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Como un tiro

¿Qué quiere decir memoria histórica? ¿Significa que hay que recordar la historia? La historia la conocemos demasiado bien --no hay que darle más vueltas (quien no la conoce es porque no quiere, prefiere malearla a su manera): hubo una guerra, unos la ganaron y otros la perdieron, unos ganaron el derecho a decidir sobre la vida y la muerte y otros perdieron hasta la palabra (en realidad perdieron incluso el silencio, que a partir de las consecuencias de la derrota ya nunca más fue suyo). Los vencedores fueron implacables en la administración de la victoria, no perdonaron a nadie, culparon a todos de ser los causantes de la destrucción de la civilización cristiana (empezando por la unidad y la identidad de la nación), y les condenaron a muerte o les castigaron a vivir en la esclavitud de una paz que, en manos de los vencedores de aquella cruzada, fue para los derrotados quizá peor que la guerra: una muerte que, a diferencia de la del campo de batalla o incluso del pelotón del fusilamiento, no fue instantánea sino diferida y prolongada durante cuarenta años. Bien cara fue la derrota, bien la cobraron los que ganaron --pero no hay más vueltas que darle: los que la perdieron no van a ganarla más tarde, aunque tengan la tentación de creer que recordándola no van a perder nada. La guerra ha terminado y, lo que es más importante, también la paz que la siguió, continuándola: la muerte que pendió siempre sobre la vida, una paz que fue un juicio sumarísimo sobre los extraños y la amenaza de serlo sobre los propios. Uno fue derrotado, otros vencieron, pero no es hora (nunca lo ha sido) de acabar mareado, ensimismado, obnubilado por el dolor y el sufrimiento que, entre los que pelearon, pasan como un tiro: hacer la guerra es quizás el mejor antídoto contra el resentimiento. Hay que recordar la guerra y cuidarse de los pacíficos (que, si disparasen un arma, no lo harían en la pelea): siempre están dando vueltas a lo mismo, como si no entendiesen que el mayor deseo de los que combaten es precisamente que todo pase como una bala, tanto la muerte propia como la ajena, y, si es posible, de largo.

Hoy un caballero

¿Se puede enviar a la mujer a la lucha contra la bestia que se ha vuelto el hombre con la única defensa de una orden de alejamiento sobre él? ¿Se la puede mandar a lo que al fin y al cabo se trata de una guerra -pues como tal se plantea y se resuelve, se practica y se teoriza- con la sola protección de la ley? Los caballeros se caracterizan -¿o se trata tan sólo de una idealización que difícilmente se realiza en nuestros días o incluso nunca?- por defender a las mujeres -mejor dicho, a los débiles: es decir, todos cuantos se hallan a merced de la fuerza bruta y la aún más bruta inteligencia-, pero no se las defiende sin mancharse las manos: porque se las defiende, con las manos y las uñas y los puños y los brazos, de las bestias en que a veces se transforman los hombres -en general, los fuertes: todos cuantos se han comprometido a refinar su fuerza y su inteligencia-, y las bestias no se dejan vencer con un escrito. Al contrario, quizá se excitan ante él -ante su mera noticia- hasta el punto en que por fin se entregan a la satisfacción de la terrible pasión que se ha apoderado de ellas, y se lanzan de una vez por todas a la rápida aniquilación de la presa en que han convertido sus mujeres: se las pega mientras se callan, se las mata en cuanto se deciden a hablar. En el silencio se hallan más o menos protegidas -de la muerte de cuya presencia ya se han emitido demasiadas señales-, pero en la palabra se encuentran más indefensas aún: con palabras no se detiene la muerte, sino que quizá se la adelanta a la fatídica hora que se aproxima de lejos poco a poco e inexorablemente. No se puede enviar a la mujer a la lucha, aunque se trate de la que se desarrolla en torno a ley, quizá sobre todo si se trata de esta lucha, más que si se le asegura la victoria, es decir, la vida (la primera victoria que se conoce): o se defiende o no se defiende a los débiles, pero si se hace se ha de hacer con todas las consecuencias. Pues se trata de evitar que se creen víctimas y verdugos, cazadores y presas, bestias y mujeres, por más que se castigue al agresor y se repare al agredido (pues no se habla para nada de vengarse). En definitiva, no se trata de de la ley y su cuidado, de la preocupación del poder y su fuerza y su conciencia, sino de enfrentarse a la bestia que se alza en cada uno: no se trata, en fin, de ser un buen político, sino un auténtico caballero que se remanga la camisa (y se va a la guerra). Pero ¿dónde se alza hoy un caballero? En la idea más aproximada que se tiene actualmente de un tipo de hombre tan antiguo se esconde el típico villano moderno que se pinta a sí mismo como un ser pacífico, humilde y manso, en el que sin embargo apenas se puede ocultar -sin abombarse- el profundo malestar que se origina en él ante la sola pintura cabal del caballero como el hombre agresivo, orgulloso y valiente del que se puede esperar con fundamento una defensa veraz y capaz de las mujeres, de los niños y de los ancianos (pero incluso se le caricaturiza, se emborrona su figura, se desfigura su imagen, se traza su borrón y su desfiguración como el verdadero enemigo de las féminas: el señor, el dominante, el soberbio, futuro maltratador y asesino de sus hembras). Las mujeres, si se defienden solas, se han de defender de una bestia: pero, si se defienden de un caballero (porque se creen el tachón de moda), se hallan perdidas (se defenderían del único verdadero aliado junto al que se enfrentarían con esperanzas de triunfo a la alimaña humana). La lucha, pues, se complica: los débiles se han de defender, además, del villano de éxito que se halla ahí arriba de guardia. Se multiplican los enemigos: pero, o se les encara, o se multiplicarán también las muertes, los crímenes de Osuna.

El evisceramiento en vivo y en directo

En el corazón todo vale, porque es la guerra (según el célebre aforismo, en el amor y en la guerra vale incluso el simulacro), la guerra de las vísceras, el evisceramiento (en vivo y en directo, con el corazón aún latiendo, que palpitará siempre, pues no le dejarán reposo ni descanso): en la guerra está en juego la vida y, para protegerla, vale incluso la muerte (sin vida no hay libertad ni esclavitud, fuerza ni debilidad, riqueza ni pobreza). Pero en la guerra, al que le descubren -por ejemplo, en un acto de espionaje-, le matan, literalmente (le matan o mata él: tales son los términos, calientes, de la batalla): en cambio aquí, que no es la guerra, acude a la ley (más allá de la costumbre) a defender, de la airada reacción de sus víctimas, el derecho a la información que según él le asiste (en nuestro nombre: él no es más que el intermediario entre nosotros y ellos, en los que está para nosotros la noticia, el acontecimiento, la diversión: nosotros los curiosos, tantas veces aburridos, y mórbidos). Y la ley que juzga los actos de la supuesta e indecible guerra (actos que sin embargo no tienen el status de bélicos) no le condena por supuesto a la última pena (ni siquiera a la primera, que puede ser tan definitiva como la otra), mientras su ejército le felicita personalmente por el éxito a que ha conducido su acción (de guerra encubierta, es decir, de descubrimiento de la información): ha llegado al corazón del enemigo, que guardaba en secreto sus planes de actuación. El más audaz y atrevido de los de por sí ya muchas veces enmascarados ha atravesado el territorio de la ley, pero ha vuelto a él con el botín prohibido en sus manos: la cortina rasgada, la intimidad desvelada, es lo suyo (lo suyo es lo más privativo de los demás, este cadáver que nos servirá en bandeja). E invocando ante quien le quiera oír la realidad primera de la guerra, la explosiva existencia de la lucha de todos contra todos, e incluso, si es preciso, las prácticas habituales del reino del poder, el funcionamiento corriente del imperio del dinero (dinero es poder o no es nada), donde la moral proclamada es cero (otra cortina rasgada, otro velo desgarrado) y la hipocresía revelada menos cien. Pero ¿cero? El poder no sería nada sin el reino que lo somete todo a su influencia -ni el dinero sin el imperio-, pero la guerra no puede regir el mundo (el espionaje es información, quizá no legal, pero al menos impune): las fieras han de contar al menos con la presencia del domador (he ahí el simulacro, el todo que es la parte, la parte que es el todo), incluso en la guerra más encarnizada y salvaje lo hay (o lo parece) más tarde o más temprano (Marte es el dios de la guerra, Jehová es el señor de los ejércitos). Afortunadamente para él, el agresor -el espía- no puede morir y sus víctimas -quizá afortunadamente para todos- no pueden matar: sin botín (una noticia cada vez más potente, chocante e impactante) uno está muerto, pero el otro -privado de su última propiedad- debe acostumbrarse a vivir sin estar muerto del todo (o ser más vivo, en fin: en el fondo es la guerra y manda el botín, la violación, el saqueo, la sangre y la muerte). Todos los negocios pierden con la guerra, todos los gobiernos también: la partida continúa en cerrado. Prohibido el campo abierto a la guerra total, donde la pérdida de la vida no es una simulación (llegará el día en que alguien la pierda realmente).

Il castrato

La civilización es la confianza en el señor, pero también la certeza de su diferencia, el conocimiento de su distinción: el animal ha sido domado, pero domado no es castrado. El señor debe asegurar la libertad y la vida: o las asegura o es un impostor que ha de ser aniquilado. La domesticación no es una castración, la castración no es civilización, la civilización no es la esclavitud y la muerte, la esclavitud y la muerte no es civilización: incluso el esclavo es un escapado de las garras de la castración. Muerte al castrador y al tirano --el tirano no es más que el jefe de los esclavos que, alzándose sobre el odio que vierte sobre sus contrarios, en realidad sus diferentes, les mueve y lanza contra los señores con el fin de paralizarlos, quebrarlos y eliminarlos, pero sin conducir a los suyos a la libertad, cosa que tal vez no le perdonasen nunca. Muy al contrario, les arrastra de la relación con un señor a la relación con un tirano, les transforma de domesticados en castrados, que es el estado más próximo y cercano al salvajismo que van a conocer no sin confundirse aún más gravemente: es la barbarie a la que es completamente ajeno el animal salvaje, reverso del doméstico como el doméstico del castrado. Un esclavo que odia a su señor y ama a su tirano... mientras su amor continúe la matanza de señores, señoras, niños y ancianos en la que él participa de un modo u otro: este protagonismo en la barbarie, en la lucha a muerte contra el señor, es necesariamente la otra cara de su castración. La negación, la destrucción y la nada es el resultado.

Un perro de paja

Arde el país, pero el fuego incendia al gobierno: si yo me quemo, avisa, os quemáis todos. El peligro de caer en mitad de las llamas lo corre todo el pueblo. Los enemigos del gobierno son incendiarios, pero también sus amigos los bomberos: la obligación del gobierno es ser el primer apagafuegos del estado. Mas, para apagar el fuego que amenaza con abrasarlo, no hay nada mejor que extenderlo a todo lo que el fuego toca con su llama: y el fuego en que arde el país es ya el gobierno en llamas. El fuego que amenaza al pueblo es curiosamente agua para el estado. Agua, ministro: y el ministro, el primer ministro, va e incendia al bombero, luego el bombero es el incendiario en esta nueva identidad de los contrarios, reconciliación de los opuestos, humanismo de los adversarios, y gobierno de todos. Huele a país quemado, gobierno abrasado y pueblo flameado: pero sobre todo huele a chamusquina (y, sin embargo, el gobierno no es un perro de fuego, sino que parece un perro de paja).

El político por excelencia

El terror es la política, la política es la dictadura, la dictadura es el terror: el terror no es más que el asesinato político del adversario convertido en enemigo por el dictador y sus amigos los partidarios de la eliminación física de cuantos difieren de su política y lo expresan con sus palabras y con sus actos --en la democracia la eliminación del oponente es moral y es un residuo de la dictadura aún vivo en la política que fue y será siempre su fábrica: un terror al poder que persiste y es "especialmente democrático" entre los adversarios del gobierno (la necesidad de ser amigo del que manda, o parecerlo, para progresar en la sociedad y en la vida es una señal bien clara de este terror de fondo, una emisión predemocrática y ultrapolítica que perdura). Los terroristas no son más que unos políticos que aún no controlan los aparatos de estado con los que eliminar a sus rivales los detractores de la dictadura, cuando aún no pueden ejercer un terror legítimo y legal confundido con la razón de estado y matar al que disiente aún no es un acto administrativo corriente (no un asesinato sino un ajusticiamiento o un fusilamiento de los enemigos del estado, del pueblo, de la nación o de la patria: en definitiva, no un acto político sino jurídico), pero las motivaciones y, en último caso, las justificaciones, exculpaciones y absoluciones ya están funcionando (ningún hombre de estado es inocente, es decir, es un político, y no es democrático. Un político democrático es, como si dijéramos, menos político: el político por excelencia es el dictador, y fascina incluso a los demócratas). Pero hay más: el terrorismo es la dictadura que hay en una política que, sin la democracia de por medio, mostraría y muestra lo que realmente es: ni siquiera la eliminación real y material del adversario o del enemigo, sino lisa y llanamente la del que no es igual a uno, es decir, al uno (la del que es de tal manera, y piensa, y siente, y obra, y habla de tal modo, que ni ha de ser ni es, porque en realidad no es: difiere y, como todo lo que difiere, carece de ser y de razón de ser). El terrorismo no es más que la tiranía de la política que cae sobre todos los que la política estima como de otra naturaleza y sin duda de otra jerarquía y otro rango --porque para los políticos el otro es en el mejor caso un don nadie (en realidad lo ven como el antipolítico por antonomasia) y en lo único que discrepan unos de otros es en el tratamiento a imponer a este verdadero incordio para el sistema al que funda la pretensión de la unidad y la identidad del ser y quizá desfonda la irrupción de la multiplicidad y la diferencia que son lo que es: la eliminación física y política o la política y moral. El terrorismo es esta política tan simple (y tan política): hay que eliminar al malo (al opresor, al explotador, al esclavizador), hay que erradicar el mal que asola la casa de los buenos e impide el esplendor del país del bien (de la libertad, de la justicia, de la igualdad) --matar para renacer, para resucitar, para que el ser vuelva a ser el que es, ha sido y será siempre: lo uno, bueno y verdadero retornará sobre la eliminación de lo otro (de lo no idéntico). ¿Qué importa lo que haya que sacrificar ante tamaña recompensa? Pero es esta eliminación de un tipo u otro la que hay que llevar a cabo, la que hay que realizar, y el terrorista no siempre y en todo lugar coincide en la misma persona con el político que la precisa y que con tanta o más fuerza precisa de él (qué es el terrorismo, cómo llamarle de verdad y cómo es posible que sirva para dar nombre a una cosa y su contraria: todas estas dificultades, y algunas más, quizá procedan de aquí): porque no hay más mal que el que causa el que difiere de la identidad a la que estropea y de la unidad a la que rompe y desguaza. En un paso más los terroristas son los curas y monaguillos que no controlan esta religión que les ha creado transformándolos en unos políticos natos, puros y duros, en los que forzosamente han de converger terror, dictadura y política. Los políticos han sido concebidos y engendrados para abortar la democracia y mantener esta alta dictadura gracias a este terror que también él apunta alto (en realidad aún más alto que el resto): la política como el terrorífico servicio a la causa (la misma causa de siempre, la misma).

Ya no habrá dos días idénticos

Atrapado en el tiempo, parece que a causa de la repetición todo va a ser siempre lo mismo -el mismo día, la misma noticia, la misma marmota, los mismos vecinos y, sobre todo, el mismo aparentemente condenado-, pero tan sólo lo parece, porque es gracias a la repetición que todo va a cambiar, todo puede cambiar, y, sobre todo, todo debe cambiar: porque uno no puede hacer trampa, la trampa que consiste en servirse de la repetición para no cambiar sino para ser una vez más el mismo -el mismo tipo aprovechado de siempre-, sino que uno ha de actuar primeramente sobre él mismo, de tal manera que el primero que llegue a ser diferente sea él, como ya es diferente incluso el hecho de que todos los días sean el mismo -y todas las noticias, y las marmotas, y los vecinos, y, sobre todo, el muy condenado-: en definitiva, gracias a la repetición que, afectando a uno afecta a todos, variando, pues, a unos y otros, todo difiere. Ya no habrá dos días idénticos, el mismo día de siempre ha mudado. Qué paradoja: la víctima de la repetición ha de ser su primer y mejor agente: ahora hace trampa, luego quiere morir -porque la trampa no funciona, una vez más no puede conseguir lo que quiere si antes no puede querer ser distinto a como es-, y solamente cuando comprende el verdadero juego que le ofrece la repetición -el arte, la vida- es capaz de alcanzar la diferencia: una revelación honda y serena. Gilles, Bill y Andy pueden estar tranquilos, mientras los demás nos repitamos, y podamos hacerlo, sin capricho.

No se gana la paz con el ejército

La guerra no se gana nunca -pues es el estado en que se vive y se es- si se pelea contra la guerrilla: una banda que se encuentra en la guerra como el pez en el agua, fuera de la cual se ahoga en el estado por el cual se muere y se transforma en partido. El problema al que se enfrenta la guerrilla en este instante es que se mantengan ciertas partidas a causa de las cuales no se abandone la guerra sino que se perpetúe la guerrilla -es decir, el estado de guerra, el ser de la banda-, pero el problema del ejército con el que se la combate es que no se acaba nunca la guerra si no se acude a la política, pues no se puede alcanzar la victoria de la que se sigue la paz y la tranquilidad pública solamente con el uso de las armas: ¿acaso se puede estar peleando eternamente?  Se correría el gravísimo el riesgo de que el ejército se desplomase de repente, porque no se le ha creado para permanecer indefinidamente en guerra: se trata de una organización que no se entiende fuera de la perspectiva de la paz del estado, sin la cual se vuelve a la guerra en la que se halla la banda como en su propio pero transferible estado. La paradoja es, pues, que no se puede exterminar a la guerrilla por medio de las armas, porque el ejército no es una formación que se encuentre preparada para librar la batalla en el campo en que se introduce cada vez más por culpa de la guerrilla: solamente si se la maneja como una fuerza que se comporta como el ejército -es decir, sometida a la política-, se puede esperar el triunfo y la paz general. Pero si la guerrilla se conduce con la suficiente fuerza y determinación como tal, se puede producir la destrucción del estado con sus soldados y sus políticos: en cualquier caso se hallará siempre sometido a la incertidumbre y la inestabilidad, se tratará de un estado débil cuya existencia se halle siempre bajo amenaza. Razón por la cual se ha de dar a la guerrilla un empleo como fuerza auxiliar del estado para su consolidación a través de la eliminación del adversario interior o simplemente para la liquidación del enemigo exterior, pero el estado se juega su ser o no ser en este envite fatal y formidable: si con el ejército no se gana la paz, con la banda se hace la guerra por la que se arriesga a perder su tiempo y su espacio y abandonar la escena. ¿Cómo se para, pues, el movimiento incesante? ¿Cómo se controla el cambio continuo? Se ve cada vez más nítidamente que la guerra es el estado natural de la banda que se desplaza y se transforma constantemente a cuyo epicentro se envía al ejército como una tormenta de fuego dentro de un huracán de llamas: por más rápido que se mueva, por más veloz que se le piense, se tratará siempre de un elefante lento y pesado al que no se le puede mandar a luchar sino contra otros animales de su misma especie. Ni siquiera se asegura con él el corte y empaquetado de los flujos. Hacerle la guerra a la guerrilla es como hacérsela a lo que más se asemeja al vacío: se ha de entender que a veces no se vea a nadie.

La violencia de género no es nada

La rebelión de la mujer pacífica y sumisa frente al hombre autoritario y violento acaba muy a menudo en la victoria o la muerte, la libertad o la aniquilación, pero es una lucha más contra el régimen de la esclavitud que también afecta al hombre, porque el mero y simple enfrentamiento entre los sexos basado en una cuestión de género cargada de una extraña y fantástica concepción ideal no lograría sino confundir, retrasar e incluso comprometer los objetivos y los resultados de esta gran batalla. Porque: la mujer es ya también el hombre, el hombre autoritario y violento, pero el hombre no existe, existen los hombres y las mujeres y los niños, los unos, los otros y los demás: al hombre hay que rematarlo y al muerto hay que enterrarlo --y, por la cuenta que les trae a los vivos, con los debidos honores rendidos por los suyos: a pesar de los pesares, él fue una vez el único que destacaba de entre todos, el único que aseguraba entre ciertos límites y niveles la vida. Y: la rebelión es la de la mujer y el hombre contra valores como los de la mansedumbre y la pasividad que les transforman en esclavos: la rebelión contra la fuerza y el poder del rebaño. De modo que dejad de ser unos borregos o ateneos a las consecuencias, pues el cordero ya no es divino y además ha muerto, pero ha de morir por vuestras propias manos, pues sois vosotros. Vosotros que servís a cambio de comida y techo a los productores de lana y carne, de vuestra lana y de vuestra carne, cuyo crecimiento vigilan y observan los pastores que os amenazan con la llegada del lobo que no queda. Y es que no hay un enfrentamiento entre los sexos, sino entre los ventajistas y los jugadores en cada género: y los hombres y las mujeres de ventaja pretenden hacerse con el campo, sobreponer la lucha que a pesar de tantos dimes y diretes realizan en conjunto, sin más problemas que el de conducirla al éxito, a la que les hacen quienes no buscan una ventaja en el juego y, sin embargo, a pesar de jugar y ser en verdad de los que juegan, esta vez han de luchar con toda su alma por su peculiar supervivencia única y exclusivamente de jugadores. Lo que está en juego no es la dignidad, ni siquiera la libertad, sino precisamente... el que los hombres y las mujeres hagan juego.

Acoso a los hombres y las mujeres libres

Uno de los primeros actos de los poderosos es establecer sobre la población quién manda, promover el temor a la ley y relanzar el amor a la prohibición, la censura y la sanción que parecían decaer sin remedio: en nombre del bien, ayer espiritual y hoy físico, antes moral y ahora material -todavía equiparan a los locos con los malos-, y siempre político, social y económico, crean y producen con hombres y mujeres cualesquiera a los esclavos que han de integrar los pueblos libres que componen la gran república existente, nación de naciones y gobierno de gobiernos aunque sin el autogobierno de cada uno de los nacidos bajo su reinado. Los nuevos poderosos revenidos -envejecen muy pronto- han vuelto a encontrar a los suyos entre los miedosos y los acobardados cuyas conductas son perfectamente imaginables: la persecución y la delación de los diferentes, tachados una vez más de peligrosos incluso para sí mismos. Los viejos poderosos renovados -hace muy poco jóvenes y frescos- están de nuevo en guerra, aunque no son tan buenos como para entrar en una guerra abierta y declarada por el poder, pero a pesar de todo quizá sean capaces de provocar la rebelión que siempre está acechando, pues los hombres y las mujeres libres nunca mueren del todo ya que saben que lo que está en juego es una cosa mucho más importante que la vida y muchísimo más que el poder: lo que tienen en juego es el ser, o sea. Quienes mandan -los poderosos son siempre los mismos: una juventud prematuramente envejecida y una vejez rejuvenecida a título póstumo-, y los que sobrevivan, también han de saber que lo hacen en medio de suicidas y homicidas con tiempo para ejecutar sus planes -eliminar de un modo u otro a locos, irresponsables, insensatos, viciosos, enfermos, inconscientes e inmorales: una poderosa descalificación de los otros, que, solamente por ser quienes son y a pesar de haberse vuelto humanos, desviaciones que el sistema ha de corregir, pues ya no son ni salvajes ni demonios ni animales, sin haber llegado nunca a ser divinos o sobrehumanos, atemorizan y acobardan, según parece, a quienes no deberían ser víctimas del miedo a lo diferente-, porque la lucha contra el mal es poderosa pero el castigo a los malos con el que comienza no es tan fulminante: entiendan, pues, que han retomado una lucha eterna cuya más práctica virtud es que el castigo diario y continuado salva, redime y, si no resucita a los muertos, al menos recupera a los degenerados. La demasiado equívocamente mencionada cultura de la violencia no es una cultura, es la vieja moral del bien contra el mal recuperada bajo otras formas: hay que forzar al bien a uno que en sí mismo ni es bueno ni es malo, al que no conocemos y sobre el que no pensamos, el cual ha de desistir de mantener incluso la voz y la palabra, acatar el discurso y respetar la garganta de quien ni entiende ni quiere entender nada. Hay que declarar el estado general de guerra abierta, de acoso del poder a las libertades y de rebelión de la población contra las autoridades: atravesada la habitual e inevitable cortina de humo, la misma emergencia de la situación obliga a actuar. El empleo de la violencia de unos y otros entre sí es la guerra, pero la de unos sobre otros es un empleo político -he ahí el nuevo revestimento de la moral- de esta violencia de naturaleza bien distinta: un empleo de poder, la palabra con la que designamos el uso y la herramienta con la que unos pretenden la captura, el dominio y el sometimiento de los otros que si hacen lo que los unos quieren reciben un premio porque son buenos, y si no lo hacen un castigo porque son malos. Pues los malos son los que le dañan a uno, los que dañan al poder, al niño: al niño avejentado y al viejo aniñado, poder puro y duro, al que por supuesto le importa el otro, para el cual es absolutamente necesario e incluso querido: sin el otro uno no puede vivir, aún más, no puede poder, ejercer el poder que le hace uno, el uno. 

Ay payo

No existe un conflicto entre A y B, existe una diferencia de A y B, o entre A y B: pero A, donde ve una diferencia, pone una contradicción --la impone, incluso a muerte, pues es el deseo de eliminación el que le mueve. A y B son opuestos y: o A elimina a B por el bien del lenguaje, o A y B acuerdan una solución que finalice el conflicto que a ojos de casi todos les enfrenta --naturalmente, la solución pasa necesariamente por la integración de B en A, por la asimilación de A respecto a B, con la previa y muy benévola comprensión de A: B es también él una letra del alfabeto con todo el derecho a existir, pero dentro de un orden, porque en el fondo no es más que un signo y, bien mirado, no es tan diferente como parece: dentro del alfabeto parecerá por fin lo que es. El bien del lenguaje es el orden al que el alfabeto somete a los signos, fuera del cual B vaga por todas partes como una falta difícil de erradicar: una opción extrema, aunque a veces inevitable y fatal --B no permite otra solución: no desea la integración sino que su tozudez, su insistencia en ser quien es o persistir en sí mismo, arrastra a todos a la exclusión. A pesar de su demasiado declarado amor a la materialidad del mundo, la matemática que aquí opera es sumamente extraña: A es, y no es más, puro espíritu, es decir, el espíritu de contradicción que, ciego a la diferencia, rechaza todo lo que difiere de A de manera clara y terminante --B aparece de vez en cuando, como un extraño o incluso un asaltante, por los terrenos bien ordenados de A para desaparecer después, y después de originar ciertos destrozos, en realidad meros contratiempos, y regresar como a los márgenes de donde quizá nunca debió salir, y salir de una existencia como invisible y fantástica: en el fondo lo que difiere, difiere demasiado. No es fácil reducir a B si B no quiere: B amenaza el sistema todo del alfabeto, que es como amenazar la sola posibilidad del entendimiento y la comunicación. Lógicamente, A no son los payos y B los gitanos: A es la dialéctica, que según los expertos es la ciencia de los esclavos de sí mismos, y B es la diferencia, que no precisa más ciencia que la de pensar. Mas, para tranquilidad de B en que pensamos todos, A es un payo entre todos los demás payos sus diferentes: el que pretende apropiarse de todo el abecedario, establecer su identidad, definir el valor de los signos, y gestionar su imperio. Ay, payo, no deseen ustedes este programa en el que los únicos perdedores no son desde luego los gitanos. 

La guerra oscura

El gran enemigo de la guerra es la verdad, porque en la guerra la verdad es la muerte que produce el enemigo y la vida que producimos nosotros y, por este motivo, la censura hinca aquí sus dientes: no es bueno alentar al enemigo mostrando la verdad que produce -su verdad es nuestra muerte-, pero es bueno en cambio animarnos a nosotros mismos enseñando una vida que producimos que no siempre es verdad, aunque nuestra verdad sea siempre la que debe, o sea, la muerte de nuestro enemigo. Y no es que en la guerra reine la mentira, lo que ocurre es que no reina la verdad, como tampoco lo hace la luz, aunque en rigor no pueda hablarse de un reino de las tinieblas: el asunto es más sutil y complejo. En el fondo reina una realidad engañosa -que, sin embargo, no engaña a nadie que no quiera ser engañado-, unas tinieblas que pueden iluminarse desde dentro porque llevan consigo su propia luz, y una luz que puede oscurecerse porque trae en su interior sus propias tinieblas. O un secreto público y transparente que todos conocen y nadie revela y una transparencia opaca y muy particular en la que todos secretean y nadie cuestiona: tan absurdo sería cuestionar una como revelar otro. El caso es que la guerra oscura ha venido y nadie sabe cómo ha sido: ¿quién sabe tan siquiera que esta recién llegada protagoniza su vida hasta la muerte? La guerra que ha venido produce una paz relativa, insegura e incierta -cree en el engaño, y hace creer en él, quien lo necesita- en la que nada es lo que parece, y lo que parece no es lo que es, precisamente porque estamos en guerra y en la guerra hay que cegar al enemigo e iluminar al amigo, con la iluminación y la ceguera que hay en cada proceso, pero tanto uno como otro están en el secreto, pues son también hombres ocultos delante de las narices de todos a cuyo respeto no falta nadie, y cuya noticia es como si la llevasen escrita en la nuca: da lo mismo, nadie va a decir nada a pesar de tan evidente.

Los extremos se tocan

La extrema derecha y la extrema izquierda no se diferencian porque una sea de derechas y otra de izquierdas, sino que se parecen en que ambas odian la libertad y aman la tiranía: entiéndase, sienten una atracción irresistible por la libertad propia y la dictadura ajena y rechazan insuperablemente la libertad del otro y la dictadura sobre uno mismo. Por esta razón se la puede ver a una luchando contra la tiranía de la otra, pero nunca por la libertad de las derechas y las izquierdas: no hay una diferencia ideológica entre ambas, porque ideológicamente no hay nada, sino una semejanza política que les arrastra a converger ocasionalmente en la lucha contra la democracia, este sistema de libertad de todos y dictadura de ninguno amenazada por ambas. Porque los extremos se tocan: cada uno pretende ser tan único que no sólo elimina a los otros, también aniquila o anula a todos cuantos pueden dentro de su espacio decirse suyos: es decir, las derechas y las izquierdas son destrozadas por sus respectivos extremos. La mitología, iconografía y grafología del caudillo que se enfrenta al imperio forman parte de este destrozo de las izquierdas: las del caudillo que se opone a las hordas, del destrozo de las derechas. Los únicos hombres verdaderamente moderados son los libres, pero la moderación no la entienden cabalmente más que los tiranos. Se trata de los primeros en dedicarse a destruir su mítica, su lírica y su épica: cómica y grotesca caricatura que contrasta, como negro sobre blanco, con la figura bien dibujada y mejor formada del líder, del dirigente, del guía de pueblos y masas. Desde un césar hasta un fidel, desde un fidel hasta un próximo.

Tradicional o moderno

La diferencia es difícil de identificar -quizás hay que pensarla de otra manera-, pero hay quien la halla con extraordinaria frecuencia: la sitúa en la lengua, la raza, la clase, la sexualidad, la religión, y, sobre todo, en cómo la sitúa, cómo la pone, cómo la trata. Pues la sacraliza, la diviniza, la trascendentaliza: toma, por ejemplo, su lengua y la convierte en su seña de identidad --dice: soy diferente porque hablo otra lengua. Pero un apache no dice: soy diferente a los norteamericanos porque hablo otro idioma -incluso nosotros somos los norteamericanos-, y no lo dice precisamente porque los apaches son diferentes, es evidente de toda evidencia. Ahora bien, ¿quién quiere ser apache? ¿Quién quiere ser tan diferente como ellos? La sacralización, esta forma de religión, este procedimiento fundamentalmente religioso de creación de la identidad, puede operar perfectamente sobre la religión propiamente dicha: soy islamista, islamista de verdad, a diferencia de otros que lo son tan sólo de palabra, es decir, falsamente, sin acción. Hay que identificar un elemento cualquiera con una cualidad muy precisa: los blancos representan la raza superior, los heterosexuales la sexualidad normal o natural o sana, los monoteístas la religión verdadera --pero también un lugar con una lengua: siempre la lengua de Dios, lengua sagrada, lengua del paraíso, la lengua de unos pocos, pero qué pocos: la lengua padre, origen de todas, y sin hermanos, que no busca la diversidad sino que asegura la unidad en estado bruto y quizás embrutecedor (la genealogía, el árbol de la vida, el aire de la muerte). Pero la diferencia está en ser moderno, laico y profano, en vez de tradicional, religioso y sagrado: la diferencia está en ser otra cosa, un ser sin identidad, una diferencia en el ser, y en el ser sin nada: mudo, anónimo, invisible, múltiple y opaco. La diferencia son las mil lenguas, las mil razas, las mil sexualidades, y ni una menos, ni una. La diferencia es de por sí incomparable, no hay una clase superior a otra, ni siquiera una especie: el bien y el mal no cuentan. Hay que entender, no que los pieles rojas y los rostros pálidos son diferentes, sino que la diferencia son todos ellos

¿El conflicto o nada?

El conflicto se produce por el rechazo, pero a veces el rechazo no se origina entre unos desconocidos que se chocan con igual o parecida fuerza con la que se encuentran --porque se encuentran en el terreno común a ambos de la prevención y el temor y el recelo al desconocido, portador de todas las señales emitidas por las alteraciones, los cambios y las modificaciones que se han desterrado con gran esfuerzo del lugar en que se vive en la seguridad de la casa, la familia y el pueblo: una pequeña identidad doméstica y cerrada que se ha ido construyendo con el tiempo sobre la abolición de todo aquello en lo que se difiere y por lo que no es es siempre el mismo: idéntico familiar, similar vecino. A veces el conflicto se suscita entre el padre y el hijo, el esposo y la esposa, el amigo y el amigo, como si nadie se salvase de la enajenación o la extrañeza en que se hubiera metido de pronto la vida: el conflicto se produce por el rechazo, pero este rechazo que se introduce en el mismo centro del territorio se origina también entre unos desconocidos que se amenazan con su sola presencia con provocar el desbaratamiento de la identidad: ¿ya se puede encontrar a alguien más desconocido que para el hijo el padre y viceversa? El conflicto se transforma en la ley y la norma, como si se estuviese condenado a pelear para salvarse de la pérdida de la que se seguiría la nada, no siempre con la muerte por delante: ¿cómo no se va a luchar contra este peligro peor incluso que el de muerte si se le arrebata a uno la única propiedad en que se reconoce y por la que se identifica: el ser, ser uno mismo, se trate de lo que se trate? El rechazo se vuelve general, universal y absoluto, y se da no sólo entre los unos y los otros sino también entre nosotros y nosotros mismos, porque esta dimensión del extravío con que se perciben los resultados de la atracción se ha superpuesto a todas: la casa, la familia y el pueblo se aparecen como zonas en las que se alza aún más insidiosa y falaz la seguridad de la vida y se levanta más acechante y tenebrosa todavía la amenaza del no ser. Se trata, en efecto, de combatir como nunca al familiar, al esposo y al amigo, como imágenes blancas de la oscuridad en que se ha visto repentinamente envuelta la existencia: a la vez que se ha producido la extensión de la guerra, se ha ocasionado también su inversión, y sobre todo el rechazo se ha vuelto positivo, como la guerra o como el conflicto. Guerra de liberación se denomina a una, como conflicto por la libertad se caracteriza al otro: el santo odio al otro se oculta otra vez en el fondo sobre el que se abomba, pero esta vez el enemigo, el extraño o el forastero contra el que antes se hacía la guerra y se declaraba el conflicto, se encuentra incluso, llegado el caso, en la misma sangre de uno. Se trata ya del último paso, del último movimiento de la totalidad del rechazo: el que se dirige contra uno mismo. Porque o el conflicto o nada, no se crea: cuando se lucha contra sí todavía se está en la misma dimensión de identidad amenazada de extinción. ¿Cómo se entiende este raro y acaso insólito fenómeno? Quizá uno se halla a punto de jugar consigo mismo como si se encontrara muy distinto a como se hallaba todos los días e incluso todas las noches: pero sin duda se habría de adentrar en el fantasmal territorio de la nada hasta atravesarlo de punta a cabo sin esbozar ni la más pequeña señal de lucha. Porque se trata del conflicto o la nada, pero también de la nada y el juego --se ha de alcanzar el punto más alto de la debilidad, de la falta de fuerza, de la imposibilidad de resistencia: si no se puede hacer nada, no se hace: nada. Ya nada se rechaza, no se busca la guerra, no se halla el conflicto, pero tampoco se siente ya ningún tipo de apego a la nada en que se debate el ser. No se puede hallar nada bueno en una casa cuyas puertas y ventanas no se abren a diario.

¡Quién pudiera ser el tramposo!

Pues bien, ¿quién es el campeón? ¿El mejor de los jugadores o el más tramposo? Por lo demás, ¿existe o ha existido alguna vez una autoridad superior y externa a la procedente del mismo juego? ¿La autoridad es la del jugador o la de una ley que no tiene mucho que ver con la que surge de la autoridad de los jugadores con sus más y sus menos, sus mejores y sus peores en juego? Pero ¿quién es, quién puede ser el tramposo? La trampa es arriesgada, precisa de cierto tipo de valor y confianza para decidirse a armarla, como si cierta clase de ley la protegiera, cuando no la fomentara, o al menos la tolerase: quizá no puede darle nombre y rostro -y finalmente, tras su desenmascaramiento, pues aquí la cara no es más que un préstamo ofrecido a la máscara, ser su apestado- sino el jugador que, ayudado por la trampa, alcanza unas posibilidades de ser el mejor que de otro modo no alcanzaría. Por este motivo el tramposo no puede ser, por sí solo, muy malo como jugador: ha de aproximarse lo bastante al mejor o los mejores y, aunque sin serlo, ha de confundirse con estos sus distintos y esta vez ciertamente sus superiores. Pero los campeones ¿no han caído ya todos bajo la sospecha de ser de los que no resultaban tan buenos como para no ser ayudados por la pequeña trampa que les volvía los mejores? ¿Acaso la diferencia no la originaba un medio que el juego no podía producir sino sometiéndose a él y creándola en falso, de modo negativo, como concediendo la razón a quienes descreen de la verdad del juego y de los jugadores: todos son unos tramposos, y los más tramposos los mejores, es decir, los diferentes y superiores al resto de posibles verdaderos jugadores? No hay juego limpio, es cierto, sino que sin limpieza no hay en absoluto juego: por esta razón privarle al juego de sus elementos de violencia, de sus instrumentos de terror, de sus armas de selección, supone poner a la trampa en lugar del juego: obligar a los jugadores a abandonar o corromperse, es decir, dejar de ser jugadores para transformarse en tramposos. Aquellos que fueron jugadores para quienes ya todo vale para ganar, pero para ganar vale siempre lo mismo: no el juego sino la trampa no sólo con su suciedad sino también con su tedio y su monotonía y su tristeza. Porque con la limpieza del juego no ganan nunca, aunque no muriesen tan pronto: serían unos jugadores más que acaso ganasen unas veces y sin duda perdieran otras más, pero ya no serían los campeones que el interés del espectáculo y del negocio demanda y acaso ofrece. Estamos en presencia de una creencia y una cultura, quizá de una vasta corrupción universal vestida de lujo: la del no jugador, la del dios máquina de ganar siempre. Pero siempre gana el mismo: el mismo tramposo, el mismo no jugador que rompe todas las marcas y bate todos los records. Porque no hay juego para él, que él no lo gane: ganar, no jugador, son aquí las palabras reseñables --pero unas palabras sobre el juego, saliéndonos por un momento de la actualidad de días, semanas y años: verdaderamente el juego no obedece a una ley que lo regule, la ley es para quien no sabe jugar: para quien falta al juego por perder y por ganar. Pero jugar es la única manera de volver a jugar: no hay mayor premio que ser acreedor a este verbo sustantivo. La  ley es el juego, pero la trampa que lo falsea está en otorgar juego a quien no lo tiene, para lo cual necesita a la ley que lo introduzca en lo que ya es un sucedáneo: incluso, sin ser un jugador, puede volver a jugar infinidad de veces. Porque, para el auténtico jugador, hay un castigo peor que la derrota: no volver a participar del juego, no jugar siempre de nuevo una vez más. La trampa es una desigualdad de origen que ocasiona, más allá de una identidad falsa o que no coincide con la diferencia que representa, el tan temido, esperado y a veces diferido golpe de dejar de jugar, cosa que en cierto modo es un acontecimiento del pasado, cuando la ganancia primó sobre el juego. El juego que vuelve y gracias al cual sobreviven los mejores pero porque cambian, sus nombres y rostros difieren cada vez, pues los más conocidos van y pierden y en cambio llegan los desconocidos y ganan: qué cosas ocurren, cómo limpia el ambiente el juego, qué sorpresas, qué imprevistos, qué crisis nos esperan. Vuelve la emoción de lo nunca visto, lo que ya nadie sabe de antemano, lo casi olvidado: el único genuino y auténtico espectáculo. 

Uno no está hecho de la materia de los sueños

Hacerse la víctima, el mártir: hacerse el inocente, blanco y puro, es -incluso inconscientemente- dar el poder a otro, echarle el poder a él como una carga, pero también como una fuerza: como un mal, pero también como una potencia de la que uno, por las razones que fuera -y quizá como si no fuera también un hombre, sino que hubiera otros que, a diferencia de él, son un dios o un demonio, en cualquier caso un sobrehumano-, carece. Abandono, renuncia, dejación, olvido, desposesión, rendición, conquista, entrega, fallo, descuido, todo es lo mismo: siempre es decirle a otro: tú eres el poderoso, bueno y malo, bueno si me das y malo si me quitas, pero uno es el impotente, a veces la víctima, a veces ni siquiera -pues por una vez no es víctima del conflicto-, pero uno es el que no ha hecho nada, porque el inocente es el que no hace, el que no dice, el que no puede, incluso el que no es. A fin de cuentas uno no es nada, el otro es el que es, el que lo es todo: señor de la vida y la muerte, de la libertad y la esclavitud, de la salud y la enfermedad, uno tampoco le dice nada, porque no siempre posee el poder de la palabra, ligado al de la conciencia. Uno no sabe, uno no es consciente, uno no percibe y, si llega el día en que lo hace, probablemente descubra que la víctima es él, él es el inocente, e ignore todavía y como para siempre que él es su propia obra, su primera y última construcción, quizá la única que hay en su vida: porque el poder lo tiene otro y difícilmente lo ejerce a favor de uno, ya que uno es la inocencia que simboliza y el otro es la culpa y el mal y el crimen sin castigo. Habría que moverse de la acusación al castigo, pero ¿quién puede? Dar el poder a otro, incluso bajo la forma de echarle una condena tan dura, ofrece estas paradojas: uno es aún un niño. ¿Cuándo llegará a ser un hombre y admitirá sus hechos, su verdad y su mentira, sus errores y sus aciertos? ¿Cuándo reconocerá su palabra y dominará incluso su silencio? Uno ha de confesar que el poder -bueno, malo o regular- no lo tiene otro, sino él mismo: el poder no es una entidad abstracta y fabulosa que no le pertenece a uno, sino que es lo mismo que uno, incluso en su fabulosidad y abstracción. La más pura inconsciencia es la que le queda a una conciencia después de haberse enfrentado -y haberse como limpiado- a lo abstracto y fabuloso que hay en cada cual. Uno no está hecho de la materia de los sueños, sino de la esencia del poder: es poder, incluso negado y actuante como el bien que desea acabar con el mal y provocar una matanza. La de todos aquellos que le obligan a simular una identidad que ha de imponerse a sí mismo y al resto a base de violentar la realidad, y muchas veces sin ni siquiera adivinarlo. Uno es el que pasa por tonto, porque evidentemente uno no es tonto jamás: tan sólo el que no sabe ser un hombre -y afirmarse a sí mismo-, sino el villano -y el idiota- con más motivos para llorar que para sufrir, y más para pedir perdón que para reclamar justicia, otorgada la cual debería pedir perdón dos veces. A veces el poder juega malas pasadas a quien lo tiene -uno y todos-, quizá porque nadie es capaz de dominar su ejercicio como algunos creen que lo hace el que lo posee.

Los supervivientes de la guerra

El acuerdo es dejar las armas -consideración de guerra- a cambio de mantener, recuperar o alcanzar el poder -la legalidad, la respetabilidad, la legitimidad-: hacer triunfar a la política, que es el arte de conservar la guerra pero de otro modo: diferida, cambiada, representada --el emperador, rendido pero aún poderoso -pues puede enviar a los suyos a la destrucción de todos-, mantiene el cargo: prolongar la guerra le perdería incluso a él personalmente. El general, victorioso aunque no único y absoluto como el emperador -su poder es otro y está obligado a extenderlo incluso a sus enemigos-, maneja los hilos. Es un secreto que corre entre unos pocos el desenlace de esta historia y si esta historia es realidad o ficción: copia fallida o prodigiosa de un modelo de éxito como pocos. Los políticos son siempre los supervivientes de la guerra, porque la guerra difícilmente llega hasta sus últimas consecuencias: la aniquilación de la política y no necesariamente la creación de otra cosa: un estado de guerra, incluso sin efusión de sangre, que impide la representación, en el que cada cual hace lo que puede si es que puede: tanto pelear como amar, vivir en paz -al lado de la guerra-, reír, ganarse el pan, morir y descansar. Una muerte o una serie de muertes, llámese atentado o acción armada, puede desencadenar la guerra: lo que es seguro es que pone en peligro a la política --y, salvo algunos de los dos lados, tanto unos como otros son amantes de la política representativa y democrática en la que los políticos están en lugar del pueblo al que sirven y por cuyo servicio obtienen no siempre solamente un salario.

Los pobres de lujo

La gente quiere, y tiene poder --algún poder: ¿el suyo? Tiene menos poder que querer, pero incluso de este modo quiere, desea: el deseo no es suyo, le viene de fuera y va tan adentro como puede --no procede al revés, es más bien el revés de la trama lo que está en juego: la propiedad no es suya, es una apropiación de un objeto ajeno y externo: la tierra en la que cae el que será su deseo no le pertenece, o le pertenece tanto como el deseo que nunca brota de su suelo, porque es el producto de otra cultura o la cultura de otro mundo, el que llena de deseo a los vecinos sin tierra y sin máquinas con que conducirla a la producción (porque persisten los sin tierra, y son esenciales para el sistema de cultivo: la única peculiaridad actual es que, a pesar de ser unos desposeídos como siempre, tienen poder... para que el poder lo extraiga, obtenga de nuevo lo que a fin de cuentas él mismo ha creado e introducido en el poderoso querer de la gente). Pero, si el deseo no es suyo, la satisfacción de él tampoco lo es --lo único que es propiedad de la gente es la frustración. ¿Quién lo puede colmar y, en cierto modo, eliminar, ya que vivir junto a un deseo insatisfecho, en un vacío cada vez más pleno de amargura y de conciencia (son lo mismo), no es vivir, sobre todo si la satisfacción o la plenitud que lo haría desaparecer surgen como al alcance de la mano? La mano, sin embargo, ha de extenderse y abrirse, ha de saber pedir --y más adelante dar o ser tomada: una ayuda interesada saldrá en socorro de los necesitados (que también persisten: pero ya son necesitados como voluntarios, de un atavismo inconsciente aunque quizás inevitable, unos pobres de lujo, de altura), interesada y por lo tanto libre de toda sospecha, aunque en el fondo el interés resulte colosalmente extraño: el préstamo infinito, la deuda eterna, el cobro inacabable, la dependencia irresoluble, la independencia hipotecada. La gente, cuyo deseo es impropio, la satisfacción del cual también lo es, puede perder (y es la amenaza constante, el temor permanente, la angustia continua) el objeto que satisface el deseo, que por lo demás no es otra cosa que él (deseo igual a objeto), una vez que ya perdió la máquina de desear y el territorio en el que esta máquina funciona (máquina de desear igual al deseo como máquina en el territorio de todos los deseos como agentes). La gente, en vez de poder lo que quiere (¿la revolución?), quiere lo que no puede, y puede este querer gracias a la banca: otro querer le resulta inconcebible, y otro poder no le resulta nada (el querer y el poder propios, surgidos de sí, de dentro a fuera, realizables en sí mismos y en ninguna otra cosa). Hay otros deseos, incluso otra manera de hacer el mismo deseo, pero mientras vuelve este tiempo, sin duda intempestivo y peligroso, la gente vacía que abarrota de bultos sus agujeros (y su sujección de objetos) quizá no debe cesar de desear, desear y desear, hasta que no haya interés satisfacible ni deseable ayuda (que todo puede ser, no es imposible). Porque puede perder sus objetos queridos, sus vacíos atestados, pero sobre todo puede perder el poder que no tiene, el querer que tampoco posee, y volver a ser lo que nunca dejó de ser en el fondo: unos pobres de solemnidad, unos sin tierra sin más deseo que otra tierra y otra máquina de desear y cultivar el campo.

Politicultores

Eta es un natural que ha fracasado, pero su lucha está bien afincada en esta tierra, que no es suya pero tampoco deja de serlo: Eta es el fruto de una tierra que otros han cultivado, pero Eta recoge la cosecha. Eta no tiene una cultura propia, su cultura es simplemente la antiEspaña -pero practicada hasta las últimas consecuencias, sin concesiones, con coherencia radical y extrema: valores de los que tal vez solamente Eta puede presumir, como de la famosa veracidad que muchos le atribuyen-: otros la han sembrado, no es una semilla nueva, aunque de su negrura pretenda la pureza: la identidad más íntegra, la integridad más auténtica. Eta quiere a los vascos como Dios manda, pero cómo son los vascos Eta no lo establece: lo definen otros politicultores, otros agricultores de la buena simiente a los que les resulta difícil desechar su idea de la buena tierra, una labor de años, un cultivo de siglos. Pero Eta ha fracasado, quizá no hasta el punto de rendirse a su extraño e íntimo contendiente, sino porque no ha logrado provocar la rebelión de los vascos contra los españoles: es decir, no ha provocado la guerra civil siempre tan presente y tan remota en estos pagos, una guerra entre vascos, los buenos y los malos vascos, por supuesto, o, lo que es lo mismo, los vascos convertidos en nacionalistas frente a los vascos no convertidos en nacionalistas transformados a su vez en antinacionalistas. El terror que en la paz hemos visto en esta tierra, en la guerra sería invisible, porque todo sería terrorífico, ya que la guerra lo cubre todo: hasta el momento Eta no lo ha conseguido, pero es porque no ha podido ensanchar y aumentar la rebelión. Y, sin embargo, en mitad del fracaso, el intento de Eta puede repetirse y, mientras lo hace, triunfar: la lucha contra las malas hierbas no es exclusivamente vasca, aunque parece haberse confundido estrechamente con la oscura flor de esta tierra, procurándole una identidad, la más pura, que sin embargo no es tan vasca como parece y sin duda vive del agua y del sol y del aire de nuestros campos. La guerra contra quienes arruinan la tierra y la echan a perder convirtiéndola en la mala tierra de los malos hombres, la que no cultivan sino que abandonan a su suerte, dejándola cubrirse libremente de arbustos, hierbas, árboles y raíces de todas clases: esta lucha ha de terminar, y de hecho está terminada en casi todas partes, pero el que no la veamos no supone en absoluto que haya desaparecido. Cuando es invisible es peor: o ha triunfado definitivamente o todos los implicados han perdido la vista y son ya ciegos. La guerra oculta, secreta, tal vez cobarde, que envuelve a todos cuantos domina, y los domina por el odio, el espíritu de venganza y el ansia de exterminio del otro al que todos culpan de su destrucción o de su abortamiento: del fin de la buena siembra o ni siquiera de su nacimiento, en el país que sea, dos, uno o cuarenta, porque es el mismo país con los mismos paisanos, sobre todo en la paz, en la paz mucho más que en la guerra.