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Ama demasiado el poder

El problema de la mentira es que exista un poder que la quiera convertir en la verdad (y la vileza en nobleza, la bajeza en altura, la pequeñez en grandeza, la sumisión en libertad, la esclavitud en independencia, la cobardía en valor, el error en certeza, el prejuicio en razón): el poder es precisamente el de forzar las cosas, abusando de su suerte (una posición sobre la vida debida en gran parte al azar, aunque dependiente en cierto modo de su talento), ordenándolas según su voluntad, haciendo que las lenguas reproduzcan su palabra porque dependen de su boca, la que alimenta los cuerpos de los que salen sin olvidar las cabezas por las que entran. El discurso no es más que esta creación del poder sobre la vida que ha de ser suya para que él pueda ser él: un jugador de ventaja, un tramposo, un falso jugador que no ama más que el poder y, sin embargo, es muy distinto a este amante que bien pudiera ser si fuera neutro o como nada: en realidad es el flojo, el desgraciado, el impotente que ha de valerse de los demás y en cuanto un jugador de verdad le da la cara, habla su lengua, alimenta su cuerpo y recuerda su cabeza (que piensa por sí misma), el poder cae por sí solo bajo su peso muerto. Pero esta caída no la puede permitir porque de las palabras pasamos a los hechos, del discurso a la acción, y es bien sabido que el poder (como el pez) muere por la boca: si pierde el poder de imponer su discurso a la vida (forzándola y convirtiendo la mentira en verdad, la parte en todo, la nada en existencia, la ficción en realidad, la muerte en vida), simplemente pierde, debe cambiar, reconocer sus problemas, identificar sus rasgos (cara, boca, lengua, cabeza, cuerpo), y obrar en consecuencia. Dejar de ser quien es (cosa que muchos le agradecerían, pero ninguno lo habría de hacer tanto como él), independizar las bocas que no son suyas, independizarse de hacerlas depender de él, de donde todo iría seguido: es decir, ya no ser más el débil, el desdichado, el incapaz. Y más tarde, con un poco de fortuna, pero cuidándola mucho, empezar a jugar en serio y, quizá, llegar a ser un jugador auténtico y sincero: el que tiene una posición debida al azar y dependiente de su talento, pero no sobre la vida sino a su misma altura, en un mismo plano. El impotente para la vida (y la vida son siempre los demás) ama demasiado el poder, porque sin el poder sería, no nada, sino otra cosa: es decir, quien es. Demasiado positivo aún.

¿Cambio de valores?

Se ve que algunos no saben todavía lo que dicen: ¿quiénes? Sin ningún género de duda los habladores, que no se enteran de que los mismos argumentos que utilizan en contra sirven para afirmar rotundamente lo que niegan: ¿qué hay de extraño en que se amen la tonadillera libre y el alcalde preso? ¿Acaso no son dos flamencos que se han querido por encima de todas las cosas? ¿No es propio de los que se muestran tan farrucos ciscarse en toda clase de reproches y censuras? ¿No está en nuestro folclor, entre nuestras tradiciones y costumbres, el personaje que se pone el mundo por montera, al que le da lo mismo lo que digan unos u otros? Porque es quizás esta indiferencia al medio, esta fuerza en uno mismo, la clave en la que se pueda hallar la explicación de lo que pasa: ¿quién no ha criticado alguna vez el egoísmo puro y duro que hay detrás de las palabras hermosas y los bellos conceptos en los que se manifiesta nuestra hipocresía? ¿Qué habrían hecho al fin y al cabo la coplera y el reo sino enfrentarse a este fenómeno y desvelar de una vez por todas la farsa de la cual se habrían por fin liberado? ¿No es lo que aún se estarán diciendo el uno al otro: somos auténticos y sinceros y, además, nuestro amor es de verdad, no es una broma, pues ha superado todas las mentiras sin las cuales el amor de los demás ni siquiera crece? El nuestro, se dirán tal vez, ha roto todas las barreras: ¿acaso no se nos critica por haberlo hecho? La justicia, la verdad, la libertad, la dignidad, la honradez no son nada, no sólo para unos pocos sino para todos, frente a los firmes y profundos valores que, cuando puede, sigue y persigue el pueblo: la satisfacción, el amor, el placer, el sexo, la gratificación, el goce, la vida, el poder. Es la lucha entre la verdad y la vida, que casi se podría decir entre la muerte y el poder, a la que asistimos a diario y de continuo: ¿y quién milita en el bando de una muerte que no se entiende tan simbólicamente como pudiera parecer? Solamente hay una pregunta en pie en todo caso: ¿es la prisión el mejor lugar para que se produzca un cambio de valores? Del cambio depende que perdure o perezca este amor del que se tienen infundadamente tantas dudas: cambio del valor del sexo al de la verdad, desde el del poder hasta el de la muerte, pues hay sin duda una muerte de por medio, una transformación en toda regla, una realineación de la existencia entera con todas sus consecuencias y efectos. ¿Dejarán de ser quienes son, que siendo distintos son sin embargo de una misma estirpe, la artista y el político que ya no se ven más que a ambos lados de las rejas, aquellas rejas de las ventanas del sur que separan a los enamorados a un lado y otro de la casa y de la calle? ¿Puede existir un amor más fuerte y verdadero, bien para la una o bien para el otro, que el que se pone a prueba en esta separación a la fuerza que el amor sufre a manos de la justicia? Pero no se trata únicamente de la pareja, pues todo el país participa ya de una experiencia en la que el interés no siempre coincide con la verdad, ni siquiera con la palabra: y el interés es la satisfacción, el amor, el sexo, incluso la vida tomada y valorada desde este único y absoluto punto de vista. Isabel y Julián son como todos: buena gente del pueblo que en ocasiones se siente sobrepasada por los acontecimientos. Pero aman la vida, la suya y la de los demás, y además se aman a sí mismos por encima de todo: ¿tú me quieres, gitana? ¡Yo te quiero, ladrón! Todo los hurtos y los encatamientos se iniciaron con el hechizo de un corazón y el robo de otro: una historia que fue, y es, de amor, de sexo, de placer, en la que la verdad como valor que arrolla a todos los demás nunca jugó un papel muy destacado. Fue más bien, y sin duda lo será en la nación durante mucho más tiempo, el primer valor que se arrojó al cubo de la basura del bienestar y del progreso: el sexo que decimos, al que no le afecta lo más mínimo la soledad o la reclusión, es el sinónimo universal aunque poco entendido del poder e incluso de la vida, que no siempre se mantienen inseparablemente unidos al deseo de veracidad y honestidad. La cuestión sería ahora cambiar el cambio que ya se produjo antes: reunir a los amantes en torno a la justicia y la verdad. Reunir a los poderosos en un interés que ya no diferiese sino de la mentira y el silencio que se han elevado sobre el país y sobre los paisanos. ¿Cuál es, pues, la leyenda: la del amor que quizá no se cree o la de la verdad que se proclama a pies juntillas?

La fábrica de reproducir

Legalizar el comercio de ciertos elementos que antes no eran mercancias -o lo eran de otro modo- es quizá la mejor manera de atajar los robos que en determinados momentos asolan las propiedades: por ejemplo, una larga y vieja tradición, muy mal vista por todos los poderes, es la del robo de las muchachas de manos de sus propietarios los padres a los que pertenecen por derecho de nacimiento y no siempre las dan en matrimonio con la aprobación y el consentimiento de la hija. El robo protagonizado por su enamorado es una acción inspirada o al menos refrendada por el deseo de la muchacha -obedece a él y solamente a él este extraño acto de fuerza- y no lo sufre la que es raptada sino la familia en cuyo seno tiene lugar el rapto: la víctima es el padre, que padece en sus propiedades y sus negocios, y habrá de ser él el que adopte las medidas necesarias para primero reparar y después reponer su estado. Naturalmente, la muchacha tiene la última palabra, tanto en el robo como en el regalo -la última palabra... y la obra entera-, y la familia la respeta salvo en casos excepcionales: el afecto no está necesariamente prohibido entre padres e hijos, no siempre el comercio prima sobre todo. Pero existir, existe y ha existido siempre: era un comercio no muy bien visto ni siquiera en la casa, pero muy eficiente. La venta de la hija tanto como esposa como madre a cambio de un precio cuyo abono engrosaba las arcas de la familia que realizaba la compraventa sin contar con la voluntad de la muchacha -compraventa por este insólito descuento del deseo femenino, por esta transformación de la mujer en mercancia- responde a un sistema económico y productivo puro y duro en el que prácticamente el robo y el regalo están excluidos o deberían estarlo, pues él combate mejor que cualquier otro todo tipo de pérdidas: tanto la más evidente que supone el robo como la más evidente aún, si cabe, que representa el regalo, símbolo de las pérdidas y menoscabos más estúpidos que pueda sufrir un patrimonio. Pero este comercio que opera con todo y aún estaba amenazado por otro sistema al menos todavía entendido que lo relativizaba, no era aún autónomo, el sujeto y el objeto -humanos- no coincidían, la mercancia y el comerciante -demasiado humanos- diferían en sus personas físicas y jurídicas: el propietario de la cosa era el padre, la familia, y la cosa en sí la hija, la mujer. ¿Con qué derecho comerciaba uno con otra? ¿Quién era él -por más mercado que hubiese- para vender nada? Sin embargo, el comercio ha sufrido afortunadamente -ha disfrutado, pues- una profunda mutación: el vientre es mío, puede afirmar su propietaria, ya no está separado de mí -cosa curiosa- como lo estuvo mientras mi padre me dominó a mí como cualquier otra propiedad y, conmigo, a todas mis hermanas y mis hermanos -los cuales no poseían, como en el fondo yo tampoco, nada similar que sacar a la venta: quizás, en cambio, alguna otra cosa disímil, aunque tan cosa como la mía-, pero ya soy dueña de mí misma, yo misma soy el amo y el criado, el objeto y el sujeto, la persona y la cosa, el mercader y la mercancia, el vendedor y la venta, el vientre -que es como una bolsa- y la bolsa misma. Y puedo defenderme yo sola: mi familia -pues provengo de donde provengo, soy hija de quien soy- combatió siempre como el primero otras posibilidades y alternativas, en realidad somos ellos y yo los paladines de este sistema de producción que ha acabado imperando. De modo que estoy en alquier o acaso en venta, como siempre, pero ahora yo, yo sola y por mí misma. ¿Quién me quiere? La fábrica de reproducir es mía, quien me creó lo sabe: los hijos nos hemos emancipado de los padres y sus raros derechos de autor sobre las criaturas --soy una cosa, me dijeron un día, ahora vais a ver la cosa que soy y lo que valgo.

El marido y el marido

Ya no hay amantes como había antes, en el presente los amantes están dentro del matrimonio: el marido y el marido, la mujer y la mujer, y sus respectivos hijitos: el de mamá y mamá, el de papá y papá --el niño sin padre y el sin madre: el dos veces materno y el dos veces paterno. La abolición de las fronteras ha traído estas mezcolanzas: no hay hijos legítimos e ilegítimos, legales e ilegales, matrimoniales y extramatrimoniales. Pero este salto ha traído y traerá otros nuevos: los hijos son, nunca mejor dicho, los que vengan. Moralmente, todo límite ha sido ampliamente rebasado: no hay nada que oponer a nada. La ley no puede contener esta avalancha que viene muy medida --más que por medio de la fuerza bruta: justo lo que la ley no puede permitirse sin sufrir un cambio de poder, el regreso al de la ley que corre un grave peligro si no identifica y reconoce a todos (Roma ha sido superada, Grecia también: el que dice no es malo, fascista, reaccionario. Luego el chantaje es progresista, demócrata: diga sí, sin embargo. ¿Acaso importa no entender nada?). He ahí la cuestión: ser o no ser objeto de identificación y reconocimiento por el poder. Los otros ya no son lo que eran.

Tenemos unas sustancias

Tenemos unas sustancias (para el sin sustancia todas son peligrosas, luego hay que prohibirlas -eliminarlas, si fuera posible- en razón de su peligrosidad), unas han de ser buenas -si fuera posible, tan sólo el agua: y con mucho cuidado- y otras malas: unas han de ser autorizadas por la bondad con que las representamos, y otras han de ser prohibidas por la maldad con que las pintamos -la paleta es invisible o como si lo fuera: el color lo llevan las sustancias en el alma (la que les hemos dibujado: el agua es pura)-: casi podríamos decir las sustancias blancas y las negras (una solución extrema, pero dentro aún del problema, consistiría en blanquear a las malas... sin ennegrecer a las buenas). Porque también tenemos un sistema con idénticos o similares parámetros: los blancos y los negros, perdón, los buenos (de oficio) y los malos (de profesión): por tanto, hemos de crear a unos y producir a otros, unos han de ser respetados y otros perseguidos, unos legalizados y otros ilegalizados: hay que llenar las cárceles sin vaciar las calles, hay que abastecer los gobiernos (ministros, legisladores, jueces) sin desabastecer el caos. El orden no puede ser sin su enemigo, el bien no puede existir sin que exista el mal que debe ser como su sombra. Yo, Miedoso, lo he inventado todo. No, no has sido tú, sino yo, Perverso, quien lo ha hecho. Quien quiera legalizar las sustancias prohibidas ha de aniquilar el sistema o, en su defecto, proporcionarnos nuevas funciones a quienes lo componemos e integramos. ¿Contra quién lucharían los policías si no existieran los ladrones? La ilegalización del tráfico de sustancias crea a los traficantes que coadyuban al sostenimiento de la ley y al mantenimiento del orden (no hablamos en ningún momento de la corrupción, que es un fenómeno que quizá sucede cuando el bien comprende, porque ha visto la imposibilidad de su victoria, que ha de pactar con el mal en vista de un bien que no podría subsistir de otra manera). Efectivamente, el problema no son las sustancias, sino el sistema: y las consecuencias las pagamos todos. Para cuando queramos dejar de pagarlas, ahí tenemos la solución: abolir las cárceles. Mientras tanto, nuestros hijos e hijas -nosotros mismos- abonaremos el precio acostumbrado de la ruina y la muerte: que el poder nos merezca la pena. 

El lío hombre

Los hombres mueren y desaparecen, las mujeres desaparecen y viven: es la única manera en que un desaparecido vuelva a aparecer un día --en estos asuntos hemos de ser más prácticos que en cualesquiera otros, pues son asuntos de espíritus, de fantasmas, de aparecidos. Pero ¿qué son los vivos? ¿Acaso los vivos a diferencia de los muertos no poseen alma? La mujer es una aparecida, pero el hombre es como un desaparecido -un muerto- al que nadie echará en falta porque estaba peor que sin vida: estaba efectivamente vivo pero en realidad como si no lo hubiera estado, pues es como el bulto que luego sería y el único problema que acabaría suscitando es cómo desprenderse de él sin dejar rastro, un sentimiento verdaderamente de pesar para los suyos. Ya veis, el ser que es el que es, simplemente no era: estaba ahí sentado en mitad del espacio, mandando sin que nadie le obedeciera, y cuando más tarde aparece tumbado sin saber cómo ni por qué junto a su preocupada pareja en la horizontal de la cama, ha de mandar sobre sí mismo con urgencia pues está en apuros y ni el cuerpo le responde --tampoco en este plano la naturaleza deja de mostrarse con él rebelde, descontrolada y esquiva. No hemos visto más movimientos de este vivo cuyo último viaje mientras vivía lo conocemos de oídas -un viaje equivocado al interior de la cocina-, pero parece ser que no sólo no era, sino que además era un negado: el pobre estaba en manos de sus más bajos e insatisfechos instintos, precisamente en el lugar doméstico en que corría un afilado peligro hasta su vida. Comprendemos sin embargo que nadie le compadezca, pues a pesar de sus violencias -las que comete y las que sufre- no es nadie: ¿qué podemos esperar de la contemplación de un desaparecido? Con lo que hemos visto nos basta -quizá sea incluso demasiado-, pero tampoco es preciso que aparezca más en pantalla: somos capaces de pensar por nosotros mismos en el muy cerdo --y en el día de la matanza en que él será lógicamente la víctima. Los malos van muy bien para muertos: matar al cerdo es la otra cara de matar a la zorra, en rústico pero en macho o en masculino. El hombre no es nada, pero ay de las mujeres... Las mujeres de Almodóvar no son tan singulares como parece, ocurre sencillamente que son mujeres -un valor en alza- y saben arreglárselas en la vida por sí solas incluso con un peso a las espaldas, el que entierran juntas y en compañía pese a que el homicidio haya sido individual y solitario, pues en el fondo es como si la autoría del hecho fuera colectiva y general e implicara a todas las mujeres y todas estuvieran en el lío: el lío padre o, más correctamente, el lío hombre --la muerte del hombre ha sido sin embargo un accidente: la hija, que no era la hija, no quería matar a su padre, que no era su padre sino quien decía ser en el fondo: el hombre de su madre, que es su madre pero todavía no le ha descubierto a la hija quién es su verdadero padre, una vez que el acontecimiento de la muerte le ha permitido revelarle quién era el falso: el hombre que, creyéndole su padre, la hubiera violado de no haberse defendido de lo que la niña creía un sorprendente y poco esperado incesto con un cuchillo grande en la mano y un homicidio involuntario en la inconsciencia. Las mujeres mienten, ocultan la verdad bajo la falda, pero la verdad es la muerte y si no mintieran morirían por lo menos de miedo --por lo demás, las mujeres son las únicas capaces de estar en la verdad, en el secreto: la única filiación segura que conocemos. La mentira es la hija natural -pero obligada- del deseo de conservar una vida amenazada por el peligro de la muerte que le sobrevendría si surgiese la verdad y pariese su criatura: la mujer ha matado al hombre, y el que mata debe morir aunque esta vez el verdugo sea una mujer y la víctima un hombre. ¿Un hombre? Ya lo hemos visto, un tipo feo, vulgar y borrachuzo que no sirve más que para muerto: el asqueroso folla por no masturbarse, pero si no folla no importa --no tiene una mujer pero tiene una mano: hay que suponer que es con la que hace el amor consigo mismo. ¿Qué hay de extraño en que sufra un accidente, cuando toda su vida ha carecido de sustancia? ¿Es que las erecciones no son a veces tan involuntarias como los homicidios? Pero vamos a asistir a la revelación también de palabra de un verdadero crimen, un asesinato que ha hecho historia, vida y sociedad, y, sin embargo, no aparece por ninguna parte, pues está en la médula de los huesos de la gente --en efecto, hay un secreto oculto en el alma de todos: el padre de la madre de la chica y la madre de una vecina de toda la vida de la familia eran amantes o, como suele decirse entre nosotros, estaban liados, y los dos murieron, aunque todo el pueblo prefirió creer que los muertos en el reparador incendio provocado fueron el marido y la mujer -o sea, los abuelos de la joven: la familia es un lío-: la mujer que mató a su marido junto a su amante misteriosamente desaparecida tras el fuego. Sucede lo mismo más tarde, cuando la hija de la hija de la madre de la casa mata a un inocente, porque el auténtico canalla era su padre, que era el padre de su madre, de tal modo que su madre es a la vez su hermana: en cualquier caso, hombre como es, mejor está muerto o, al menos, desaparecido -por un momento tememos que la truculencia desemboque en el canibalismo, pero sin duda la carne del hombre no sirve de alimento, quizá porque es carne de infiel, de violador y de incestuoso-, porque si no hay cadáver no hay nada y la vida es de este modo más segura, la verdad es un embrollo que no hay manera de desembrollar, pues la mentira es más fuerte, como al fin y al cabo es más fuerte la vida que la muerte. La verdad mata si llega a hacerse pública, pero es el secreto que queda entre nosotros por el cual vivimos y somos quienes somos: pura mentira como todos, pues lo que hay que hacer aquí es no contar nada, nuestra vida es para nosotros y acaso para los nuestros, debemos ser en público como cualquier otro. Lo singular en Almodóvar no son las mujeres -sujetas como antaño al qué dirán del pueblo- sino las películas: un cine negro a la inversa, un canto a la dulce y secreta asesina del pueblo, que mostraría y a la vez reclamaría la complicidad de todos, mujeres y también hombres, a los que haría partícipes de la necesidad y hasta la bondad de la violencia que surge de las entrañas de la tierra para envolverse en el manto de la noche en que cada uno encuentra el oscuro y poderoso sol de sus días. El uno brilla como una aparición en medio de la oscuridad en la que la mujer ha desaparecido, pero no hay tal misterio, porque por supuesto los muertos están muertos, pero entre los vivos unos están demasiado vivos y otros lo estarán sin duda: todos callan -viven- como muertos y, sin embargo, tienen un vivo en lo más profundo de sus casas, que son sus almas: y este vivo como inscrito en sus células, al menos en sus células y genes morales, no es otro que el homicida, el apasionado y arrebatado criminal que crea la historia de su familia y de su pueblo, porque no sólo no paga por la muerte que da -nadie entiende el hecho como un delito susceptible de denuncia-, sino que recibe de los suyos el mayor pago que cabe esperar de alguien: el amor, por no citar al respeto. Ya sabemos cada uno de nosotros quiénes somos, ya podemos identificarnos sin problema y reconocernos unos a otros sin engaño --vivimos un mundo, porque ya no es tan sólo un pueblo, paralelo a la ley, extraño a la justicia, refractario a la verdad, como un paraje silencioso, clandestino y opaco, habitado por unos pocos que son los amos y tienen las claves de lo que pasa en esta república que existe dentro de la república o, mejor dicho, en este agüjero negro en su núcleo duro, en su centro ciego, sin jueces ni policías ni periodistas. En el reino de la publicidad, donde todo es ya archisabido: los amores prohibidos, incestuosos, asesinos, cuando la cosa pública es más pública que nunca -tanto como una mujer de la vida que hubiera perdido toda clase de vergüenzas-, he ahí un lugar perdido que permanece ajeno al tiempo como un espacio intemporal y pretendidamente eterno que conserva con celo sus propias reglas y su modo de vida: ni siquiera un secreto, sino el verdadero y genuino otro mundo en este, que no está en los cielos sino en un confín cualquiera de la tierra elevado por arte de magia al conocimiento del mundo: más exactamente, en un lugar de La Mancha cuyo nombre viene en la película. Id y mirad, hijos míos, porque todos venimos de ahí, ahí nacen nuestras raíces, ahí crece nuestro campo: el que siempre nos acompaña, el que va con nosotros a donde nosotros vamos -aunque en la ciudad nos olvidemos y no recordemos quiénes en verdad somos- y sigue estando ahí fuera hasta que la muerte disponga lo contrario: un fuera que le está vedado a la entrometida e indeseable república de los otros, precisamente porque es el adentro de todos los afueras. La aparecida vuelve a desaparecer tras el portón de casa: el secreto sigue a buen recaudo, el truco -mejor que el misterio- continúa a resguardo... Alguien nos relatará los hechos, el relatador que nos los relate no podrá ser otro que el que viva en el centro de la tierra del enigma, por mejor dicho del lío que nos desvela la identidad profunda sobre la que creemos ya no podrá volver a construirse ninguna otra historia: Pedro Almododóvar presenta...   

Lo que no está en venta

La España del siglo XXI es una sociedad que no está unida y amigada en la lucha por la independencia y la libertad, sino dividida y enfrentada en la lucha por el poder: el poder está tan por encima de todo, que ya no hay más que partidas -empresas, organizaciones, entidades, grupos- en esta lucha de todos contra todos que arrastra a los particulares de uno en uno y todos a la vez a no ser sino simples partículas de estas agrupaciones en las que rigen las leyes de la guerra -los míos y los tuyos, los unos y los otros- a los que acecha desde el interior más profundo de sus cédulas el fanatismo, no siempre criminal pero nunca saludable y benéfico (el fanático es el que pierde la vista, la razón e incluso la vida por defender al amigo y atacar al enemigo, es decir, por defenderse a sí mismo -siempre en precario- atacando al otro en tanto que otro). En este sentido la buena conciencia es más necesaria que nunca y las buenas causas nos acompañarán cada vez con más fuerza: entiéndase, fuerza imperativa, coercitiva, intratable --y con una doble ventaja: realizar, por una parte, una manifestación clara de la fuerza y, por otra, una deslumbrante ilusión de moralidad. ¿Qué ha pasado?, ¿qué ha ocurrido para que el país haya sufrido una mutación que ha sobrepuesto a la libertad que luchó contra la dictadura el poder que lucha por el control de la democracia? ¿Qué es una democracia sin griegos? Pero ¿qué es incluso una democracia sin rebeldes, es decir, sin guerrilleros, sin españoles? Los hombres -y las mujeres- han salido al mercado, pero lo que está en el mercado, lo que es objeto de compraventa, en cualquier caso lo que compra el capital, que es el que puede, no es tan sólo la fuerza de trabajo, la mano de obra o la masa gris, sino ante todo y sobre todo la independencia de carácter, el sentido de la justicia, la libertad de criterio, el valor de la verdad, incluso el instinto de conservación de la vida de los asalariados: en este sentido no hay política, arte, prensa, industria, televisión, economía que no esté comprada, la que no lo está no está en el mercado, y la que no está en el mercado simplemente no está, no existe: la economía de mercado, en sentido amplio, general, es la que actúa siempre sobre lo que no está en venta, de modo que siempre tiene un margen sobre el que operar y cada vez estrecha más los márgenes de compra --el beneficio es cada vez más alto o al menos lo parece: cada libertad comprada es una grieta menos en un muro cada vez más sólido y seguro (la seguridad frente a la libertad no es otra cosa que esta última compra siempre por realizar, la que descarta la revolución y la que siempre tiene esta carta por jugar). La cartera cada vez es más grande, pero siempre queda una frontera difícil de convertir en moneda: el material de que está compuesto este elemento de cambio es siempre el mismo -la misma libertad-, pero cada vez está más concentrado y es, podríamos decir, de más elevado valor. De modo que, a más valor, más dinero, un capital más fuerte: ¿podríamos afirmar, sin ser motivo de burla, que el poder no lo es todo, porque lo que es todo es precisamente lo otro? Porque ¿qué es un poder que, en vez de un dar, es un quitar poder a quien en cualquier caso lo tiene, como el brazo tiene a la mano que puede, y acaricia y ataca? ¿Qué es el poder político, si detrás de él no hay un político independiente --sino que cede la política por el poder y la practica, asumiéndola o concibiéndola, como una actividad servil, la subordinada a obtener el beneficio del poder? Pero yerra de medio a medio el candidato: el poder ya no es lo que tiene el que puede, pero el político es ya el que está en el mercado para que no pase nada, no suceda el acontecimiento, no fluya el río, no avance el movimiento, no corra el aire. Es decir, para que el brazo no esté unido a la mano, y viceversa. Ya todo está comprado -o casi todo- y todo suena a metálico -o casi todo (todos tenemos un precio, luego todos tenemos un monedero más o menos ancho y hondo)-, de modo que podemos decir que el poder, el dinero, la buena vida capitalista (porque la socialista sería buena pero no era vida) lo son todo y, sin embargo... Sin embargo, cuidado aún con lo que -todavía- difiere.

Pobre gran hombre

Según sus más próximos exegetas, el presidente tiene un conocimiento que los demás no tienen -más bien, no tenemos-: un conocimiento secreto, misterioso, iniciático, sacerdotal --el del que está en posesión de la verdad: una información acorde a su inteligencia, tan distinta de la nuestra. Porque nosotros no sabemos nada -hemos de reconocerlo humildemente-, y quizá no lo debamos saber, pues nuestro verdadero deber como bien nos lo recuerdan es confiar en el presidente -antes decíamos en las autoridades, pero también era sobre todo una de la que dimanaban todas las demás-, que cuando estime oportuno y conveniente nos dará su palabra de ley: mientras tanto, no nos cabe sino interpretar sus silencios, y, si acaso -pero muy respetuosamente-, agarrarnos a su persona, atender a sus gestos, ceñirnos a sus movimientos, pegarnos a sus pasos, y esperar la iluminación que nuestras vidas precisan, sobre todo las de quienes tenemos una fe, quizá por racionalista, más difusa y quebradiza, más problemática en suma: ¡quién pudiera creer lo que no vemos, en este caso justo por no verlo --pues si por causualidad lo viéramos quizá no creeríamos nada! Pero no, nosotros no estamos en el secreto, qué le vamos a hacer, seguramente por nuestra falta de fe: claro que, bien pensado, el mayor secreto es que no hay secreto, que no hay nada. Una nada muy grande, sin embargo, en la que es necesario creer o, en todo caso, hacer como que creemos. Al fin y al cabo, ¿qué es la verdad? La verdad hay que crearla, y no hay mejor manera de hacerlo -quizá no hay otra- que creer en lo que decimos y decirlo de tal modo que sea imposible no creerlo. ¿Es mentira lo que dice el sacerdote? Debe serlo. ¿Es verdad? Lo debería: y por el bien de todos. Esta vez no nos jugamos la inmortalidad del alma, pero la conservación del cuerpo bien lo merece, ¿no? ¿Acaso tenemos otra vida que la que tenemos? Nos ha de ayudar un poco la realidad, es cierto, pero ¿qué es la realidad en comparación con nuestro verbo? El sacerdote de la nueva religión es nuestro presidente: él ha hecho de la política una fe, una creencia, una convicción --el que cree en él está salvado. Nosotros conocemos de oídas, pero un día lo haremos de verdad y veremos al fin la cara oculta y luminosa de las cosas: porque Él existe y sabe lo que hace. Guardemos silencio y dejémoslo a Él, dejémosle solo. En cualquier momento extraerá de su negra chistera el blanco conjejo con que certificará que estamos en presencia por fin del auténtico mago, del único prestidigitador que nos queda. El presidente es tan increíblemente religioso, que ya no hay más religioso que él: él y, por supuesto, sus amigos, sus aliados, y también -cómo no- sus adversarios y enemigos. Curioso éxito de los curas. Cada cual crea su sensación de poder como puede --pobre gran hombre.

¡Mierda!

El problema de la telebasura es toda la mierda que tiene por emitir y, sin embargo, no acaba nunca de emitir toda la que tiene: evidentemente, hay un exceso de mierda -un superávit que asegura el éxito y las emisiones- producida por un número indeterminado de culos que no cagan como debieran. En vez de hacer como todo el mundo, la guardan para sí mismos -crean un adentro con la mierda- y un día la sueltan por sus bocas transformadas en culos -es el complejo boca culo: los culos que hablan y las bocas que cagan-, un fenómeno al que no puede ser ajena la televisión, aunque tampoco el circo: el complejo televisión circo funciona aquí en conjunto, las televisiones de las atracciones de feria y los circos de programas de actualidad. Pero ¿qué culpa tiene la televisión? ¿Qué culpa tendría el circo? ¿Acaso sacar a los tipos que cagan por la boca y hablan con el culo? Lo único que hace la televisión es emitir lo que es noticia: ¿y qué mayor noticia que la que proporcionan quienes arrojan de pronto toda la mierda que acumulan de largo? El espectador manda y no parece harto de tragar tanta mierda como traga. Hay un actor que caga como por un tubo, un público que asiste al espectáculo y una televisión que lo emite: la única novedad es quizá este salto del tipo que la caga a la pequeña pantalla. Pero el problema está más allá del tubo catódico -serían preciso miles para emitir toda la mierda, que, además, cuanto más sale en antena tanto más parece haber, pues es como si el consumo la reprodujera y hasta multiplicara-, el problema está fuera: precisamente, y paradójicamente, en quien lleva mucha mierda dentro. En quien -discúlpesenos- es como un culo que de pronto vierte todo su interior y nos pringa de mierda, en lo que constituye la más fuerte manifestación de su poder, de su deseo y de su arte: enmierdarnos a todos, cagarnos encima, hacer ver -con tele o sin tele- que también nosotros, quizá nosotros más que nadie, somos mierda. Pura imagen del reino. La pregunta quizá sea pertinente: ¿hay quien es una mierda, un alma de mierda? 

Un juego falseado e impedido

Probablemente, el fútbol es un juego de hombres que prolongan su adolescencia, su eterna minoría de edad, y, aunque vivos y corriendo siempre bajo la inocencia que les comunica el juego, participan de las trampas de los dirigentes y los políticos en general, hombres mayores más que grandes, que aman más el poder que el juego al que sin duda aman casi tanto como controlan y manejan: en otras palabras, el azar sometido al poder, la vida encadenada a la política, el acontecimiento atado al gobierno. O un juego falseado, desvirtuado, impedido -pues no puede mandar sobre sí, no puede-, en el que hay que saber perder y ganar, pero cuya más alta sabiduría consiste en reconocer, admitir e incluso a veces celebrar que el poder unas veces nos quita lo que es nuestro y otras nos da lo que no lo es, y que el poder, este poder, es el mejor, tanto en cantidad como en calidad, y sabe siempre lo que hace pues responde a una razón superior en cuyo conocimiento no pueden estar ni los que juegan ni los que simplemente viven. Los futbolistas son estos jugadores que, por medio de la traición que no protagonizan pero secundan, han dejado de ser unos niños y aprendido por fin a vivir como lo hacen los actuales señores del mundo: es decir, parecido o igual pero sin serlo. Precisamente como los que manipulan el azar, la vida y el acontecimiento

De las llamadas luchas y otros llamados

¿Por qué estas matanzas, estas llamadas luchas en nombre de lo que sea que matan a puñados hombres, mujeres y niños como si fueran los chinches que ocuparan el lugar de los jefes y soldados del denominado otro bando, chinches llamados con todas las letras a los que no es tan fácil matar? ¿Acaso no habrá en el fondo de estos luchadores a muerte, mejor dicho matones que no luchan cara a cara contra los que llaman sus iguales sino que matan por la espalda a los semejantes a los que no dicen de los suyos, un impulso frenético y rabioso por derrotar al mejor al que acusan precisamente de convertirlos en los derrotados que según dicen luchan y que según callan matan? Ahí hallaríamos la razón de todo, del comienzo y del sinfín de la lucha mejor llamada matanza: la lucha del derrotado que lucha por derrotarlo todo, pues es como según sus palabras el mejor le ha hecho. La culpa, pues, la tiene la víctima, es decir, el que va a morir o el que ya ha muerto, pero de algún modo sobrevive siempre, de tal manera que la matanza no cesa, la llamada lucha continúa, pues siempre queda vivo alguien incluso y sobre todo en el lenguaje: como no podía ser de otra manera, el mejor, que al parecer y aunque nadie lo diría es inmortal, además de -paradoja de las paradojas- creador de sus matadores. Asesinos de un dios como una broma pesada, unidos en el callado odio sin lucha pero a muerte contra el otro, porque curiosamente el que con grandísimo esfuerzo contra sí mismos llamarían el mejor es sin ninguna duda el otro, ya que ninguno difiere de sus personas mejor que él: ¿o es que la que mejor difiere, quizá la única, no es la diferencia? El mejor también hace él el que mejor estas cosas --en cambio los matones son según desprenden sus propios dichos los restos del que dicen como un dios, los residuos de una época absolutamente distinta a la nuestra. Pero la obligación de los mejores o, simplemente, de los otros es también para con sus más opuestos e indecibles diferentes: no consentirles ni una muerte, ni una matanza, ni una derrota más. Ahora bien, ¿cómo reciclar estos deshechos, estos mudos productores de cadáveres? ¿Ya estarían dispuestos a dejar de matar según un viejo dicho que diciendo esta vez lo mismo daría la vuelta al decir: sus mujeres y sus niños primero, los amos del mundo después? Lo que dice que Dios ha muerto en todo el mundo es que también lo han de hacer sus criaturas, que aún han de llorar más y... mejor. Los silenciosos despojos generadores de una montaña de muertos que quitan la palabra de la boca han de transformarse en escasos pero nuevos y aprovechables nutrientes para el triunfo de la conservación de la vida.

Un sistema sin ley ni gobierno

Lo que perjudica al capitalismo, lo que hunde los mercados y arruina las bolsas, no son los escándalos de todo tipo que se suceden en el mundo, sino el hecho de que se los descubra y, con ellos, el capitalismo como un sistema sin ley ni gobierno -más bien porque el que gobierna y legisla es él-: el temor, en el capitalismo, no es más que el temor momentáneo y pasajero a que caiga sobre él el fantástico castigo de un padre que no existe sobre un hijo que ya es adulto, pero juega y hace lo que quiere como nunca, incluso como si fuera realmente inocente de la desaparición de la ley encarnada en la figura del padre, un cadáver que aún aparece dotado de vida y poder, o sea, de gobierno. El temor, pues, consiste en que una cosa tan simple como este descubrimiento se haga por parte de todo el mundo, se mantenga fresco cada día y obligue a actuar en consecuencia: el carácter muchas veces absurdo y hasta ridículo de las crisis del capitalismo, el famoso factor psicológico, quizá proceda de aquí, y su superación del riesgo que entraña obrar de pronto y para el resto sin ningún tipo de reserva ni disimulo como aquel adolescente que mata a su padre y no vive sujeto sino al capricho de su voluntad, es decir, al poder. El que se ocupa del gobierno y la legislación -o sea, él- se conduce como un infantilón al que no le importa parecerlo en todos los aspectos de la vida salvo en el económico, en el que no sólo no presume de hacer lo que le apatece sino que además finge que hace lo que debe según la ciencia que le es propia: opera aquí como un parricida asustado y temeroso sobre el que aún puede caer de pronto la colera del padre que está en los cielos y a pesar de todo todavía le protege. Dios -muerto- salve al -crédulo y mortífero- capitalismo: o lo que ayuda un fantasma, una superstición en torno a un cadáver.

De acongojamiento

Occidente ha caído, ha muerto de miedo: el occidental todavía no lo sabe, porque está defendiéndose y siente miedo --este sentimiento le hace creerse vivo y con futuro, pues aún tiene fe en su defensa: ¿cómo no podría tener éxito él si es bueno, es decir, está sometiéndose a todo cuanto le mandan (las señales que le envían son varias: unas rojas y otras blancas, y todas las capta a la primera, pues todas emiten el mismo mensaje: estás muerto, cuando yo quiera estás muerto)? Por este motivo parece decidido y resuelto, la sumisión piensa él que le reporta protección y seguridad y, en cualquier caso, tiempo: lo que en realidad hace es matarle en vida, estropear su salud, adelantar su hora, y, sobre todo, proporcionarle una vida de pena, mala y, afortunadamente para todos, corta. ¡Para qué someterse y entregarse a la mentira, la ruindad y, finalmente, la nada! Pues es lo que hace este inconsciente que está acongojado y que no desea más que sobrevivir sea como sea: él, el muerto, muerto de acongojamiento, que necesita tiempo para vivir, comer con los amigos, disfrutar del amor, acudir al teatro, gozar de su nueva posición y su bienestar reciente (debido quizá a su capacidad de sometimiento). Pero ¿tiene tiempo? Ha comprado lo que ha comprado, en efecto, pero ha pagado un determinado precio por la mercancia: el valor ha sido su moneda de cambio. Realizará, pues, todas sus funciones vitales bajo el enfermizo y mortal miedo, y lo disimulará bajo el redondo convencimiento, la plena confianza en sí mismo, es decir, en nada: ha de hacerse valer a sí, pero ¿él qué vale --él como argumento? Es un muerto virtual al que lo peor que le espera es llevar la vida que lleva y todavía le aguarda: un sin vivir opuesto al pensamiento crítico y polémico y, en definitiva, al pensamiento. Más falsedad, más vileza,  más esclavitud para no morir ahora sino luego --silencio, silencio. 

La señora no está en casa

Ya no hay que matar al hombre porque ya está muerto, ya es otra cosa: un cura, más exactamente un cura de paisano con mujer e hijos, pero sin hombre o con un muerto en el lugar en que una vez lo hubo. En efecto, había que matar al hombre, y todavía en algunos lugares hay que rematarlo de vez en cuando para que nadie olvide la lección y el cuento, en tanto en cuanto el hombre es -supuestamente- el que manda, el que domina, el que puede, y este singular personaje es en la imaginación de quien le ha servido como a la fuerza y sin beneficio el equivalente al dios que lo ha reducido a la subordinación, la impotencia y la nada, impidiéndole desarrollarse: porque el hombre no es un hombre, nadie lo dude, sino este curioso personaje de la representación que acontece en la cabeza del hijo del cura -todavía sin la madurez suficiente para engendrar-, por la cual el hombre es el señor y el señor es el malo bajo el cual es imposible establecer el reino de la igualdad entre los seres: estas identificaciones tan groseras como faltas de realidad han edificado el mundo desde el rincón más oscuro del cerebro. Todo es fingido: hay que creer que el señor es como un dios en la tierra, que la esclavitud no es voluntaria y bien aprovechada, y que la envidia -¡quién fuera el señor!- no es la dueña y señora en esta función: el hombre es el último señor, pero ya no queda. Lo que hay en su lugar es el padre de todos, pero sin él mismo, y vestido de calle: claro que ignora lo que le pasa, y lo que le espera, a un tipo tal que no vale ni para amo ni muchísimo menos para criado. Vale, aunque él no lo sepa, pues todo es fingido, para impotente y para muerto: muerto para el poder e impotente para la vida, su más extraordinario éxito. ¿Acaso el poder no es malo? Pues he ahí la impotencia, que es buena. Pero ¿no existe una lucha entre el que manda y el que obedece, tanto más violenta cuanto más soterrada? ¿Y no es uno el que mata y otro el que muere? Pues ahí está el muerto: un ser sin vida propia. Matar al hombre es tan sencillo y fácil como matar al señor: no hay que hacer otra cosa que distinguir quién es quién y actuar en consecuencia, atacar al hombre con una carga continua y prolongada de peticiones, exigencias y quejas aplastantes, y aguardar a que él haga el resto, es decir, muera por desfallecimiento en el intento de dar respuesta a todo lo que le viene encima sin prisa perso sin pausa. Al fin y al cabo no ha sido tan malo el pobre: simplemente ha sido un necio. Ya estamos en condiciones de afirmar solemnemente que hubo una vez un hombre que valió la pena, porque era aún un hombre: capaz de dar cuenta de sí, naturalmente hasta cierto punto, pues más allá de él habita siempre la muerte. Un lugar que ya conoce la mujer, pero una mujer que no es sino una cura con marido e hijos, pero sin vida, desaparecida bajo el peso reciente y conjunto de la casa y la familia, ocupante de un lugar fantasma, un lugar punto muerte, que nunca perteneció a quien en él aparecía como su soberano. Ya no hay tiempo que perder, para la mujer ya no hay tiempo, no hay tiempo ya para la vida. La mujer ha tomado el lugar del hombre -al que sacaba de quicio y gracias a este desquiciamiento a veces gracioso y ocurrente arrastraba a vivir por una vez siquiera-, en el que no hay aire para nadie: el objetivo ha sido alcanzado. Nadie puede, nadie vive, nadie canta: en lugar de la mujer, como en lugar del hombre, hay un cura, por supuesto laico (movimiento feminista igual a movimiento socialista y movimiento socialista igual a movimiento cristiano: y todo igual a impotencia y muerte, pero en el lugar del macho, del maldito, que es el único capital que existe). La señora no está en casa, pero tampoco en la oficina: ni una sola mujer, ni una, tiene ya vida de sí y para sí misma. Todo ha sido cumplido, quizás un nuevo universo pueda nacer ahora, pero la historia ha terminado. 

Antes éramos tontos

Antes éramos tontos, nos educaban para que lo fuéramos, si espabilábamos era por nuestra cuenta (y riesgo), y los espabilados no eran buenos: los buenos eran los tontos, que no eran listos pero eran obedientes y sumisos (quizá por instinto de conservación y apego a la vida), y estábamos solos (solos con nosotros y, en fin, con nadie). Los que nos educaban eran nuestros enemigos íntimos, tanto de los rebeldes que sin duda perdían como de los triunfadores cuya única victoria (triste éxito) era arraigar y extender el valor del miedo: en cualquier caso unos y otros éramos lo mismo, unos perdidos, tanto los triunfadores como los perdedores (es decir, todos los educados). Ahora somos listos, ya sabemos que los que nos educan para humildes y mansos no son buenos, pues los buenos son los que nos enseñan a ser libres e independientes y valernos por nosotros mismos (sin tener que pelearnos contra todo): incluso hemos aprendido que los malos son los que nos quieren disciplinados al principio y disciplinantes al final (jóvenes y viejos con los que cerrar el círculo, mantener el curso y repetir el ciclo), que además convierten la virtud de la obediencia en el santo y seña de la moral (educativa y cívica, adulta e infantil). Sed obedientes y no deis guerra, pero ¿qué guerra damos nosotros? Tan sólo jugamos y ya nos entendemos entre nosotros mismos: ¿a quién que no necesite curarse (y tal vez salvarse) dañamos los que al fin y al cabo no somos más que unos niños cuyas vidas dependen por completo de los mayores? Pero dependemos para que nos espabilen, no para que nos atonten (¿acaso la educación no es un largo y duro proceso de espabilamiento?): ya hemos comprendido quién nos ama y quién nos detesta. Creemos que hay educadores que nos desean demasiado, están demasiado cerca, demasiado encima (y como para no temer por su salud, que redundará en la nuestra): la distancia absoluta quizá les salvaría. Pero ¿quién nos salva a nosotros (todavía) de ellos? (Homenaje, humorístico, al francés: la escuela es una especie de sujección en la que las chicas continúan rebelándose contra los sujetadores para poder ir algún día con las tetas sueltas: en esta lucha contra el sujetador no es poca la ayuda que puedan ofrecer los chicos.)

Ni Nueva Edad Media ni Fin del Mundo

El rojo agujero negro provocado por el nihilismo en un bloque que no sin fisuras se mantiene unido y entero en el movimiento -con unas fisuras que son realmente las líneas a través de las cuales se expresa lo Otro y su proyecto innovador, revolucionario y diferente de vida, dotado de los medios, deseos y procedimientos llamados a superar  el orden establecido- en el fondo quiere crear más de lo que puede y es capaz de destruir -y ahí radica su último y definitivo peligro-, porque no puede aniquilar el imperio de lo Uno -quizá ni lo pretende-, pero sin duda quiere producir su recomposición y el bloqueo absoluto de todo lo que aquí y allí difiere y poco a poco va socavando el muro que atenaza al Mundo, en un devenir libre y abierto al que siempre se le resta tiempo de explosión, pues una y otra vez se le añaden Eras y Edades de retardo a las que hay que atravesar como una flecha (es en este sentido que se puede aventurar lo indiferente que a fin de cuentas resulta el que se formen o reformen dos bloques, choquen entre sí y llegue el silencio tras el terrible impacto, porque en ambos se hallan idénticos materiales, parejas tecnologías y similares ingenios). Porque lo que caracteriza más acusadamente a este nihilismo decidido y resuelto, con brotes más o menos virulentos en todos los rincones del planeta, no es tanto el desprecio radical de la vida, tanto de la ajena como de la propia -muera el Occidente corrupto y el Oriente corrompido-, cuanto su amor incondicional y rendido a una serie de valores que en todas partes se dicen de igual manera: lo puro, lo íntegro, lo fundamental, lo esencial y lo limpio, con los cuales y desde los cuales se aspira a alcanzar la Identidad sin mancha y en su aspiración se arrastra a la más completa aniquilación a todo lo que se presenta mezclado. ¿Cómo no ver en este nihilismo rabiosamente homicida y suicida el designio tomado de un combate a muerte contra todas las diferencias, multiplicidades y multitudes que alberga el mismo suelo sobre el que se levantan, y contra el que también lo hacen, los propios nihilistas? ¿Cómo no ver, en él, el denodado esfuerzo de lo Uno e Idéntico y su rechazo letal y mortífero de todo lo que se manifiesta descentrado, poliforme, heterogéneo y diverso? ¿Acaso no se considera el caos a la potencia de todos estos elementos conjuntados que no son ingobernables más que desde fuera de sí mismos? Hay que afirmar, en consecuencia, que la impagable ventaja y la insalvable distancia que separa al Oeste del Este es precisamente lo corrupto, lo impuro, lo compuesto, lo superficial, lo ligero y hasta lo frívolo -pues ¿qué otra cosa se significa, si no, con lo que se llama corrupción de Occidente?-, y que son estos valores -aunque formulados todavía en negativo- los que hay que mantener e incluso desarrollar a toda costa, pues el hondo agujero negro originado no es nada en comparación con el blanco bloque ultrapesado que el nihilismo mundial desearía originar y hacer caer sobre el planeta como una Nueva Edad Media del Espíritu. Por lo tanto, ni Nueva Edad Media, ni Fin del Mundo -dos posibilidades muy apreciadas por los partidarios y adoradores de lo Mismo, que no contemplan sino negativa y aterradoramente una tercera (el verdadero terror de los terroristas)-, sino lanzar la Flecha, estirar la Línea, intensificar el Juego, que es lo único en lo que se puede y se debe ser serio (¿cuál es, pues, el valor cierto e incluso la naturaleza genuina y auténtica de las imágenes de lo Uno bien distribuido y mejor reunido, o de todos los monoteístas abrazados en torno a lo que en verdad ya no es sino el más grande cadáver o el primero y más visible de los desaparecidos? ¿Acaso no se podría hallar detrás de ellas la fuerza de lo Diferente, o de lo que denominaríamos los polihumanos sin dios ni dioses en que vivir, en su propio vacío pero también por fin en su propio movimiento --sin causas últimas ni razones primeras, pero en el misterio de la vida, la afirmación, la creación y la abundancia?). *

       *El nihilismo es la práctica de la negación, la destrucción, la muerte y la nada en nombre -y aquí viene la teoría con sus incontables vueltas y revueltas, circular y concéntrica como ella sola: explicaciones, justificaciones, exculpaciones, comprensiones, modificaciones, alteraciones, complicaciones, tergiversaciones e interpretaciones sin cuento- de Dios, de la Verdad, de la Pureza, de la Identidad, de la Moral, de la Integridad, de la Salvación, de la Humanidad y, en último extremo -repetimos, en último-, de la Nada. El nihilismo, en fin, es la práctica de la Entidad hecha Nada, y de la Nada hecha Mundo.

El síndrome del claustro

Él la cogió de la calle cuando aún era una niña de diez años y la dejó cuando ya era una mujer a los dieciocho: durante ocho años la educó hasta convertirla en una joven sensata, responsable y prudente, lo que atestigüa la bondad de su sistema educativo, que por cierto él no había inventado --simplemente lo llevó al extremo: la niña pasó ocho años de su vida encerrada en una especie de celda monacal (o jaula doméstica) de la que salía al resto del monasterio -por continuar el modelo o el patrón educacional- para continuar su formación junto al maestro y comer, leer, charlar y, en fin, familiarizarse uno y otro. Parece ser que la joven, a los dieciocho años, cuando ya alcanzó la mayoría de edad, decidió emanciparse, concluyó que su formación había terminado y abandono el internado en que permaneció un tiempo bien aprovechado y quizá feliz: ni fumó ni bebió ni fornicó durante este período y parece que tampoco lo hará fácilmente durante el resto. Es, como suele decirse, una buena chica, sumamente reflexiva y juiciosa, que reivindica su dignidad y su libertad: afirma muy resuelta que el que la cogió de la calle no fue en absoluto su amo y, aunque algunos discrepan de esta afirmación que sin embargo comprenden y hasta respetan (el síndrome del claustro lo llaman), la joven proclama su igualdad con respecto a su compañero, lo que quizá mostrase el camino a seguir en busca de la tan ansiada relación igualitaria sin amos ni criados. Natascha, pues tal es el nombre de nuestra moderna seglar, ejemplo de una educación casta y pura exitosa, que trasciende el viejo ámbito de la cristiandad para abrazar el nuevo y más extenso de la humanidad, lo que quizás es la clave de su triunfo (la joven es una humanista, sin duda), no ama a quienes algunos definen sin demasiados matices como su secuestrador, pues en realidad no conoce a ningún secuestrador --pero tampoco ama a quienes algunos insisten en descalificar llamándole su verdugo, pues en rigor tampoco conoce a ningún verdugo: el perfecto encierro en que ha sido formada le ha impedido tener conocimientos inadecuados. Natascha ha crecido fuerte y sana, tanto que pide de los demás la comprensión suficiente para el que sin duda desconocen y desgraciadamente sus ojos ya no volverán a ver nunca más: hubo (quizá por accidente) un resultado dramático inesperado de su partida, que quizá tuvo un aire de abandono de la casa más que de huida de la celda (a pesar de las semejanzas ocasionales entre una yu otra). Él, gran desconocido que muy pocos conocen realmente (pues ha desaparecido finalmente) quién es (también él fue toda su vida como un desaparecido), murió, sufrió una muerte voluntaria que no hay duda de que en otras circunstancias no hubiera deseado sufrir, y los buenos sentimientos de su discípula aún brillan más dentro de esta última tragedia que le propina un golpe final --porque el secuestro, el internamiento, la esclavización (la criaturización de la pobre criatura), fueron como tantas otras veces no queridos, sino forzados e impuestos por las necesidades de la educación sobre todo en una época de graves amenazas para la infancia y la juventud, pero las consecuencias han sido muy distintas a lo que algunos imaginaban: la obediencia, la disciplina y la sumisión duran lo que la minoría de edad, a partir de la cual el menor ha de demostrar que es capaz de mandar sobre sí mismo (ser adulto, en fin). El caso es que la niña desaparecida no ha vuelto a aparecer (ni volverá jamás), sino que en su lugar ha aparecido una joven, podríamos decir, desaparecida también --y, a pesar de las apariencias, es una historia demasiado común. Cogemos a una niña, la encerramos en un aula, y la convertimos en una mujer, una buena mujer... (a las mujeres hay que enderezarlas ya de pequeñitas, pues nacen torcidas, incluso si son austriacas: la verdad es que todas son iguales, como la misma Natascha ha demostrado.) Asistimos, en fin, al típico rapto de la bondad, de la inocencia, de la infancia, que alumbra con el tiempo, como si el medio fuera indiferente con relación al fin, al buen hombre -porque el malo es un suicida- que ama al dios que lo tomó y le hizo suyo: al que deshizo al niño e hizo al hombre. La criatura que más tarde o más temprano muere de amor, de pena, ante la muerte de su señor, sin el cual desaparece: la joven Natascha aún ha de desaparecer del todo como en su día desapareció la niña que una vez fue y dejó de ser como por arte de encatamiento. Mientras tanto, quedamos a la espera de la mujer, pero ya podemos -confiando en el bien de la afectada- dar la noticia: una nueva desaparición ha ocurrido en Austria, una joven austriaca ha desaparecido de nuevo. 

Ni siente ni padece

El amor es atracción, aceptación, afirmación, exaltación: el amor al otro es atracción, aceptación, afirmación y exaltación del otro, pero del otro, no del mismo o parecido, no del idéntico o semejante --un amor que tiene truco: es como el amor a uno mismo pero bajo el rechazo, la desaprobación, la negación y la degradación del otro (tal es lo que quiere decir el amor al prójimo). Porque el amor a uno mismo no necesita odiar a nadie: en sí mismo no es más que amor a sí, como su nombre indica (lo que es para algunos la causa mayor del odio). El otro es absolutamente diferente a uno, pero el mismo o el semejante no es más que un invento, una criatura, del odio que el uno siente por el otro, un odio profundo, insidioso y triunfante que, quizá bajo pena de muerte y nada, convierte al diferente -siempre tan cercano a uno mismo- en el próximo al que reducir y someter a lo idéntico. Lo que quiere decir el triunfo del amor al prójimo es que ha sido vencido el odio al otro, pero sin que quede rastro de amor en el mundo: ni siquiera del amor a uno mismo --pero tampoco del odio a sí: uno ya no es tan diferente -tan extraño- como para odiarse, aunque ya no es el amor a sí por el que -diferente, extraño- es odiado. Porque ya no hay otro, pero tampoco hay nada ya que hacer con uno: el que, finalmente, triunfalmente, ni siente ni padece. Ni frío ni caliente, ni alto ni bajo, ni rubio ni moreno. Mientras tanto, continúa imparable el trabajo de la negación, del rechazo --es lo que quiere decir y nadie dice.

Tenemos un problema, tenemos un poder

Donde hay un poder no hay un problema --empieza a haber uno donde otro empieza a dejar de haber: una porquería de televisión, una mierda de gobierno, una bosta de empresa no empiezan a ser otra cosa de lo que son -y hay que empezar por el culo- hasta que entienden que ya no pueden funcionar con el mismo éxito con que lo hacían. Porque todos somos una empresa, un gobierno y una televisión: es decir, una fuerza en sí misma neutra, como a la espera de descubrir y desarrollar su potencial desconocido, pero ¿cómo encontrar su combustible en lo más bajo? ¿Cómo conducir nuestro poder hasta donde más puede con el material de lo más vil? Ciertamente, nuestra máquina funciona con cualquier cosa, cualquier producto le vale, incluso los desechos, los detritus que todo lo ensucian y hasta estropean, pero ¿cuál es la transformación que sufrimos cuando nos alimentamos con lo malo y, a veces, con lo peor? La respuesta parece obvia y, sin embargo, la máquina continúa funcionando como el primer día: parece indemne a su funcionamiento, una nueva energía genera una nueva producción con la facilidad y rapidez con que generaba la otra. Hay que buscar una nueva energía más limpia y económica, pero no nos deshacemos de la vieja mientras sigue produciendo como la única o por lo menos la más conocida: hemos hallado nuestra gasolina, por ejemplo, en las listas negras y las blancas -traducidas del color dan los malos y los buenos-, en nosotros los inocentes y todos los demás culpables -víctimas los unos y verdugos los otros: los que nosotros mismos hemos creado-, y con estos y otros elementos de parecido olor a excreción corremos que nos matamos, pues la verdad es que no tenemos tiempo para detenernos. Si nos paramos y lanzamos una mirada atrás, sobre nosotros mismos, sobre cómo vamos, no sólo a dónde lo hacemos (posiblemente a la mierda), quizá comprendemos que hay que buscar petroleo en otra parte o, simplemente, un petroleo otro. El líquido que consumimos no es lo que parece: somos los huérfanos de una civilización judeocristiana que convirtió ciertos malentendidos sobre el poder grecorromano -nosotros y ellos, ellos y nosotros: hubo un tiempo en que no empezábamos cagándola- en la energía de una maquinaria que está por ver si tiene problemas o, mejor dicho, si es un problema para sí misma. Por nuestros problemas nos conocerán, igual que por nuestros poderes, los que hemos asumido y los que abandonamos: pero ¿cómo empezó a dejar de haber un problema, y empezó a haber un poder, precisamente en la porquería? Nos traemos entre manos un asunto de puercos: ya no es solamente que tengamos las manos manchadas. Es el animal que cebamos con nuestra carne, la grasa con que hacemos que funcione nuestra máquina --afortunadamente, los sabojates no han cesado desde entonces, aunque parecemos condenados a una lucha de guerrillas.

Si quieres la paz prepara al ejército

El soldado altruista, el guerrero humanista, el militar pacifista: un ejército por una vez sorprendentemente político, pero una política demasiado previsible y manifiestamente moral: emplea al ejército, pero para la paz, desinteresadamente y por la humanidad. Si quieres la paz, prepara al ejército. El egoísmo -o las cosas como son- ha vuelto a ser inmoral, las legiones humanas -herederas de las tropas cristianas- han vuelto al combate: el poder lucha contra el poder, parece. Una batalla encarnizada: el hombre contra su naturaleza, no el hombre contra el hombre, pero todavía una batalla, quizá la última, la interminable. El ejemplo es el medio: la milicia del amor al prójimo, el interés por los desfavorecidos y la lucha por la salvación. Todo lo que no es humano no es moral, y todo lo que no es moral no es político: un verdadero ejército político es lo que no es. No hace la guerra, la impide, porque lo que hace es la paz. Y no mata, muere si es preciso: pero su sacrificio no es en vano. Alcanza el cielo, vence a la tierra: pura suspensión como es, logra la suspensión de todas las acciones de guerra, que cese el tiroteo, bajo la prohibición del uso de las armas. Hay que tener un poco de suicida -al fin y al cabo el típico desprecio militar a la vida, pero esta vez vuelto contra el militar mismo- para integrar estas misiones armadas de paz, ni siquiera de desarme de los combatientes sin moral y por lo tanto sin política, pero ¿qué perdido no quiere salvarse? Qué no habrá que hacer, y que decir, para recuperar lo irremediablemente perdido. O cómo me las arreglaría yo, el estado.