Blogia

http://FelipeValleZubicaray.blogia.com

Un problema de los dirigentes o una revolución en la élite

En la guerra hay que fomentar la victoria... ¿o la muerte? Es decir, ¿el espíritu de victoria o el ansia de muerte? Unos dirigentes promueven en los suyos el valor, la audacia, la agresividad, la anticipación, la fortaleza, la resistencia, la creatividad, el talento, la sorpresa, el ingenio, la improvisación, la osadía, el ingenio y la acción: en cambio otros promocionan también entre los suyos la cobardía, el temor, el resentimiento, la violencia, la traición, la venganza, la inquina, el odio, la rabia y la reacción. La diferencia es estimable incluso en un fenómeno tan torpemente identificado como la guerra: la victoria de los míos sobre los tuyos o la muerte de los tuyos aunque los míos pierdan (en general son los perdedores quienes pretenden confundir la guerra con la muerte física y moral del enemigo). Las guerras de unos son guerras de aniquilación y exterminio en las que no hay más victoria que la muerte, un morir matando, un perder asesinando: el otro ha de morir, no uno ha de vencer. Unos dirigentes tienen guerreros, otros tienen asesinos: estos últimos dicen que la guerra es el crimen, el asesinato, la muerte, y matan con plena buena conciencia. Porque, además, ¿quién les dice nada? Entre los dirigentes, y aunque parezca increíble, hay mucho perdedor, es decir, mucho resentido, por tanto, mucho violento que más que vencer él desea humillar y agredir al otro: a veces él mismo lo hace, aunque más frecuentemente perpetre este atentado a través de uno de los suyos al que luego él expulsa de su lado incluso como si no le conociera de nada. No sólo es uno de los suyos, incluso él ha hecho que sea como es: un asesino, no un guerrero. Es decir, un agresor del otro equipo, no un aficionado del nuestro: pero es que a veces nuestro equipo no es más que el de los agresores del otro. En el estadio no hay más muertos no porque el perdedor no lo quiera, pero si los triunfadores siguen sin distinguir nada los habrá sin duda: hay entre ellos muchos falsos ganadores que son su vergüenza y serán su ruina. Es un problema de los dirigentes, no sólo de los deportivos. Quienes fueran capaces de gritar con discernimiento: sí a la guerra, no a la violencia, lo tendrían claro y todos podríamos acudir al estadio a disfrutar de una buena pelea, de un buen partido: una revolución en la élite

Entre muertos y resucitados

El psicoanálisis es quizás el último método de resurrección de los muertos, cosido de los rotos y taponado de los agujeros: el inconsciente puede llegar a conocerse a sí mismo gracias al trabajo del psicoanálisis, que le descubrirá un inconsciente con la capacidad de concienciarse. El hombre es un muerto pero también un resucitado: es la gran contribución del psicoanálisis a la modernidad. Ladrillo sobre ladrillo surge el muro: es un muro con -aunque tapados- agujeros. El roto preexiste a todo, también lo postexiste: el trabajo del psicoanálisis está asegurado. El hombre está perdido pero es salvable: a pesar de todo el hombre es eterno. Pero solamente lo es en la resurrección de los muertos y la concienciazión de los inconscientes: es arduo el trabajo de este mundo. Y no tiene fin.

El fin de la representación

El estatuto de Andalucía es el fin de la representación, pero no importa: basta con que lo voten y aprueben los amigos, los conocidos y los familiares. Porque también los extraños, los desconocidos y los adversarios deberían participar de la representación y votar en consecuencia: quienes no actúan en este teatro no cuentan, no pintan nada. Todos estamos obligados a pintar (aunque sea monas), de tal manera que quienes lo votaran y rechazasen servirían sin duda para conservar la pintura que quizás en el fondo desprecian: tal es el truco de la vieja farsa. Todos somos y hemos de ser pintores, el que no quiere pintar no sirve de nada: fuera de la escena nadie representa a nadie, la realidad es analfabeta (aunque esta pintura que es la representación del poder no es tan moderna como el arte, que sin embargo es, aunque no ignorante, un niño que pintarrajea) y, sin embargo, si lo desea puede dejar de serlo: uno puede actuar, es decir, elegir a su abogado, perdón, designar a su candidato y esperar su defensa, su representación en escena. Hasta puede hacerse representante de los demás, no necesita más carrera que la estrictamente política o teatral: el nivel exigido no es demasiado alto, tan sólo una firme aunque siempre bien entendida voluntad representativa. Uno también puede no actuar, pero ha de estar dentro del teatro y aplaudir o silbar a quienes ocupan las tablas: puede elegir a los actores e incluso modificar la obra, pero la asistencia a la función es obligada. Quien desee perdérsela puede hacerlo, pero fuera no hay acción, y lo que hay es igual a nada. La ley es la trampa gracias a la cual la representación no tiene rival en este mundo y los juristas son los magos de este extraordinario juego de manos detrás del cual no hay nada. En este sentido, como en todos, progresistas y conservadores son lo mismo: aún más, progresista es el nombre de los últimos conservadores de una escena que, debidamente adaptada, tanto defienden y aman. En todo caso la abstención no cuenta, el día en que lo hiciera algunos dirían todavía que no vale, pero sería demasiado tarde: uno es presidente de gobierno e incluso jefe de estado con los votos de sus tíos y vecinos, pero la realidad sin imagen que difícilmente es capaz de representarse le puede arrollar en cualquier momento.

JMG

La libertad de expresión es un derecho que tienen en ejercicio los políticos, los periodistas, los médicos, los artistas, los profesores, los sacerdotes, los policías e incluso los soldados (quienes les premien o les castiguen serán los jefes para los que trabajan), pero no lo tienen los guerreros, es decir, los críticos, es decir, los agresivos: en otras palabras, los hombres de la verdad (de la que algunos incluso osan juzgar acertada o errada) han de morderse la lengua o, en caso de que no lo hagan, les han de cerrar la boca. Los primeros, que a causa del mordisco son hombres de media lengua, son los políticos, los periodistas (quizá por esta afilada medida hablan con tal carga de insultos, descalificaciones, improperios y hasta mentiras y calumnias: y es que debe de doler mucho)..., mientras los otros, que son hombres de lengua entera y muerden, son los guerreros que hay en cualquier campo de la actividad, incluso de la política, la periodística... La verdad no es revolucionaria, entre otras razones porque la revolución no ha producido más que mentiras, pero es crítica y agresiva, independiente y libre: de modo que donde no hay verdad no hay crítica, y donde no hay crítica no hay libertad. Lo que no hay es hombres y mujeres libres, y no los hay porque están censurados: la censura es mucho más de lo que parece, la censura es al mismo tiempo la acusación, el castigo y la condena. Acusa al libre (al agresivo, al veraz) de faltar con su boca, le castiga sin voz y le condena al silencio (una muerte civil que la democracia ya no devuelve a la vida): ya ha aparecido de nuevo el malo, y todos (incluso entre los suyos) cargan contra él, luego son buenos. Es decir, la 1 contra JMG (pero no sólo): los tipos correctos que saben lo que decir y lo que callar contra los mal hablados. Una democracia bucólica y pastoril en la que, como en la dictadura del mismo pelo, la censura es sumamente creativa, la represión definitivamente productiva. 

Los últimos no ciudadanos de Europa

Las putas no son unas esclavas, las putas no son unas explotadas: la prostitución es una actividad libre despreciada por los curas antiguos y los modernos (progresistas, feministas, igualitaristas) que pretenden redimir y salvar a sus practicantes a los que no pueden ni oír sin que dejen sin embargo de condenarlos a la marginación, la ilegalidad y la falta de ciudadanía, por esta desatención y en realidad esta manía tan suya. Las putas son los últimos no ciudadanos de nuestros países sobre los que caen todos los temores y las antipatías de quienes velan por el bien de los demás sin que los demás les den vela mucho menos en su propio entierro político y moral, cívico y social, económico y ético: las putas son al mismo tiempo la prueba de fuego de los sacerdotes religiosos y laicos que nos influyen y nos gobiernan, la medida de lo que aún queda en sus personas de mendacidad, insuficiencia y anacronismo, pero también de esfuerzo por conservar su posición, su autoritarismo y su prepotencia. Las putas son unas mujeres libres a las que nadie reconoce su libertad aunque todos la afean, las putas son mujeres y las mujeres no son putas y nadie lo recuerda: las putas son los verdaderos infrahombres de nuestras sociedades a los que nadie identifica ni como libres ni siquiera como mujeres. Los grupos e individuos que nos dominan son unos cobardes con más miedo a perder el poco poder que tienen que a ganarse el mucho respeto, la entera libertad y la misma vida que les falta: que hablen las putas y callen los políticos y sus esclavos y sus explotados, que ya han cobrado bastante, pues si los unos siguen hablando de su lucha contra la esclavitud y la explotación que achacan a la prostitución las otras pueden desaparecer de pronto de nuestras ciudades a causa de un golpe mortal de risa: de este modo la ideología, que da broma, solucionaría por fin algún problema. 

Todos libres pero no todos potentes

En la libertad de unos y otros, en la libertad de todos, no hay límite para la libertad: la libertad del vil es su vileza (cuando la alcanza, es decir, cuando por fin la manifiesta, es libre: ha tenido valor) en la que no tiene límite, porque su comienzo es él, que es el que es y no es otro. El vil o es esclavo o es libre: si es esclavo (es decir, si no llega a ser) está fuera de la libertad y quizá la libertad de todos no puede permitírselo (su ley es la de todos, aunque quizá sea más la de unos que la de otros: en cualquier caso, no puede tolerar la esclavitud), y si es libre es vil (ha llegado a ser) y su valor ha quedado demostrado (la libertad de todos ya puede dormir tranquila, nadie le puede acusar de nada, cuanto más dormida tanto más segura). ¿Quién quiere cambiar?, ¿quién quiere dejar de ser? Yo soy el que es: es el lenguaje de nuestra cultura. El vil nunca falla en carecer de límite y, en general, nunca falla: ignora el error (el desacierto), razón por la cual no rectifica, no corrige el tiro (el caso es disparar), no solicita el perdón: lo suyo es la contumacia en la libertad, que es la libertad contra los otros. Esencialmente, la libertad del vil es la esclavitud del noble, que comienza en faltarle al respeto como paso previo a faltas quizá más graves, y en esta falta (que es falta a la verdad) es y está la naturaleza de su libertad (podemos hablar sobre la libertad en abstracto, pero no podemos abstraer que es la libertad de unos y otros). La libertad del que, por abreviar, llamamos vil, que es siempre la misma desde el principio hasta el final (ilimitada como toda fuerza, que no limita más que con la otra) tiene mucho éxito no sólo entre el pueblo: también entre sus tribunos. Lógicamente, el vil debe ser libre, lo que no debe ser es que su libertad tenga poder en vez de impotencia. La ley de la libertad de todos es todavía la de uno, no la de otro: de este modo la libertad del vil es la impotencia del noble, porque es en él en donde está el poder. No está en juego la libertad, lo que siempre está jugándose es la impotencia: la libertad de todos tiene que elegir entre unos u otros impotentes.

El dominio del como si

En la violencia, la confusión es inherente al sistema, porque en realidad el sistema es la confusión: la confusión de la violencia con la guerra. El problema es cómo moverse en este sistema del que la guerra es el modelo mientras él es su copia o, lo que es lo mismo, la pretensión de confundirse con la guerra, el intento de simular de la mejor manera posible pero sin llegar a ser nunca el original que es la guerra en la que desaparece necesariamente la confusión y, por tanto, la pretensión y el intento y, general, el sistema, porque la guerra lo aclara todo, es decir, evita e impide cualquier tipo de simulación, pues hasta la simulación le sirve y obedece. Un bando es el blanco y el otro el rojo y la guerra les relaciona a ambos: no hay nada más que hablar, si acaso esperar a ver quién vence a quién, quién somete a su enemigo, aniquilándolo si es preciso, pues el enemigo es el que es: la guerra también tiene esta extraña virtud de iluminar las cosas, las amistades y las enemistades, mientras que en la violencia confundida con la guerra todo es por su propia naturaleza ambiguo y oscuro: todos pueden parecer amigos y ser enemigos, y viceversa, y en esta eterna incertidumbre deambulamos todos, unos y otros, otros y unos, pues quién sabe quién es quién. Pero ya hay un resultado que esperar, un acontecimiento que es seguro ha de venir, una luz que nos aguarda más allá de la necesaria confusión: el orden del vencedor, el parto de la autoridad, la victoria de la luz, ya sea la luz de un franco o la de un sabino, ciegas y con muchas sombras ambas pero al fin y al cabo ciertas y seguras, las únicas que hay de verdad porque no las produce la violencia sino la guerra que es el origen de todas las cosas y el sueño de algunas más. De este modo el sistema de la violencia puede decir, gritar incluso, con toda legitimidad: no a la guerra, viva la paz, pues es la paz lo que precisa para persistir e incluso crecer en la confusión, es decir, en sí mismo. Lógicamente, la solución no ya al problema del movimiento sino al sistema de la confusión es la claridad, pero la claridad es un acto de guerra y, como tal, es rechazado por el sistema que no lo confunde realmente con la violencia sino que lo identifica muy precisamente: es la guerra, el fin de la confusión, el término de la simulación, el acabamiento del sistema que necesita a la paz para ejercer el engaño, la tergiversación y la manipulación, moviéndose en la política como si la misma política no fuera sino el espacio libre e impune de todos los manejos, las mentiras y los atropellos, no sin razón en parte, pues la política es una representación que puede participar perfectamente de este dominio del como si: la violencia como la guerra, la política como la confusión, la democracia como la simulación, momento en el que la política resultaría asimilada al sistema de la violencia. De modo que nada es lo que parece, pero todo tiene que parecer el ser aunque sin llegar a ser nunca lo que en ningún modo es: la violencia no puede devenir guerra, la política no puede devenir claridad, democracia y razón, sino que hay que vivir entre copias y simulacros en los que un bando es el nuestro, el otro el del enemigo, y no hay tierra entre ambos: tan sólo un palmo de terreno de un largo y ancho similar al nuestro. Otros han inventado el ejército armado con biberón, en cambio nosotros -pero entre todos- hemos aportado como gran novedad las bajas sin ejército y las víctimas sin guerra: quizá no hay quien, por menos, dé más.

Hablemos e incluso forniquemos todos

Todos hablando con todos y sin apreciar a nadie, apreciándose cada uno a sí mismo desmedidamente y sin altura, pues el otro no existe, es una mera cosa que unas veces nos sirve y otras nos subleva, en unas ocasiones nos favorece y en otras nos entorpece; todos sin amigos y sin enemigos, porque cualquiera puede ser el amigo y cualquiera el enemigo, todo depende del lugar y del momento, el que hoy y aquí nos fortalece mañana y allí nos debilita. Todos reuniéndose con todos, hablando, comiendo, bebiendo e incluso fornicando entre sí: ¿por qué no amarse unos a otros, aunque esta vez, si es necesario, no como hermanos? No estamos en guerra, pero la paz hay que construirla cada día: la sociabilidad es obligada. Hablemos, comamos, bebamos, forniquemos: es la política y su ética, la ética de la política, trasladada a la calle desde el despacho, o viceversa. Al fin y al cabo el que hoy está aquí en la calle mañana quizás esté ahí en el palacio. Poder no es más que poder follar, y follar es un símbolo, todos juntos en una misma salsa en la que vamos cambiado de pareja sin amigos ni enemigos, según los avatares de la sexualidad, pero pillando siempre, porque entre nosotros hasta los castos están siempre en posición erecta. Esta es la ética, esta es la política: ¿quién no participa? Todos somos éticos, todos políticos. 

Nieves

Para la paz

Estos son una pequeña parte de los versos de un largo poema titulado "Para la paz" de Nieves Díaz, poeta en la Zona Minera Vizcaína.

XIV Un millón de amapolas/ Rotas, sobre el asfalto./ La ciudad vive a solas/ Un próspero calvario.

XV Tuvimos un momento de risa,/ Era un tiempo que apenas hoy recuerdo./ Eramos casi niñas/ En un mundo perfecto./ La tierra, verde toda./ El cielo, casi gris./ Gustábamos de darnos/ Las gracias entre risas./ El mundo era un pequeño/ Pañuelo de alegría./ La paz nunca fue rota/ Por ninguna malicia./ Tuvimos nuestro cuento,/ Piratas y cautivas./ Se pasaban las horas/ En inmensa armonía./ Jamás el toque amargo/ De soledad o ira/ Pesó en nuestra inocencia./ Eramos sólo niñas/ Solas ante los rayos/ De la luz vespertina/ Cuando todo era mágico,/ Cuando sólo había vida./ En un tiempo finito/ Fuimos, ambas, amigas/ Del vivir cotidiano, / Del amor, día a día.

XVI Aniquila heroísmo/ Un trozo de metralla./ Lo que resta es un himno/ Pleno de libertad./ Lo que muere es un mundo,/ Un mágico camino./ Y no quedan más lágrimas/ Para poder llorar.

XVII Late mi corazón/ Y no lo entiendo./ Las últimas noticias/ Son terribles./ Late mi corazón/ Y combatiendo/ Se hallan todas las etnias/ Y países./ Es un hedor negruzco/ Que adolece/ De toda belleza y hermosura./ Es un rencor perenne/ Que la vida convierte/ En una auténtica basura./ Late mi corazón/ Y está lloviendo/ Lodo, miseria,/ Harapos y locura.

XLVII Es posible que la vida/ Me haya roto el corazón./ He visto reinar la ira,/ El odio, la decepión./ He cantado las baladas/ En un mundo sin amor./ He surgido de la nada/ Para afrontar el dolor.

XIX Están cosidos/ Y retocados/ Más de mil veces/ Estos poemas,/ Y más valiera/ Ya olvidarlos/ Que ir hilvanando/ Esta monserga./ A quién le importa/ Tanto dolor,/ Tanta nostalgia,/ Tanta tristeza./ El mundo muere/ Un poco hoy/ En cada esquina,/ En cada puerta./ Es una lástima/ Tanto dolor,/ Tanta avaricia,/ Y tanta guerra./ Están cosidos/ Y retocados/ Más de mil veces/ Estos poemas,/ Y más valiera/ Ya olvidarlos/ Que ir hilvanando/ Esta monserga. 

XX Por si muero esta noche,/ Por si muero,/ Este verso harapiento/ Será esquela./ Han pasado las horas/ En el disco/ Manido y desahuciado/  De la espera./ Por si muero esta noche,/ Tomo el ritmo/ De una canción austera./ A manos del silencio/ Mece el lino/ De una sábana vieja./ Dónde hallará mi cuerpo/ Algún cobijo/ De esta tan dura estepa./ Por si muero esta noche/ Yo quisiera/ Llorar, reír, gozar de veras./ Pero no hay primavera en el vacío/ Ni mariposas blancas ni azucenas./ Por si muero esta noche/ Va el olvido/ Regalando fragancia por doquier/ Y es tan duro su encanto,/ Y tan ardua mi tórrida tarea,/ Que he de elevar mis brazos al espacio/ Para no perecer de pura pena./ Por si muero esta noche/ Este adusto verano/ Nada deja,/ No hay huella tras el paso del fracaso./ Tras toda soledad/ No hay más quimera.

XXI Hace frío./ No me queda un segundo sin temor./ Duele el alma,/ Duele también el cuerpo./ Aterido por la ausencia de abrigo/ Alguien llora./ Pasan mil ambulancias,/ Alguien canta a la vida./ No está lejos el tiempo de alabanzas,/ De risas, de atropellados juegos infantiles./ Hace frío./ Me duele la garganta/ De proferir mil gritos, / De pedir esperanza./ Atronador se escucha un ruido,/ Se estremece la calma./ Otra vez las sirenas/ Que enajenadas pasan./ Siento miedo./ Temo por ti, por mí./ Temo por el mañana.

XXV Para tres, para dos, para ninguno,/ Escribo mi canción./ Para un pez, para el sol, para Neptuno./ Para mi idea de Dios./ Para que el hombre no luche tierra adentro,/ Para nunca ignorar al perdedor,/ Para que sólo el frío del cemento/ Albergue la semilla del rencor./ Para tres, para dos, para ninguno,/ Para la paz escribo sin pudor./ Para que no sea una quimera el mundo,/ En paz, en orden, sin dolor./ Para que no haya nunca más granadas,/ Para que lluevan bombas de ilusión,/ Para que lleguen carros de comida/ Allá donde se muere de hambre hoy./ Para tres, para dos, para ninguno,/ Para el hombre escribo mi canción./ Para el mar, para el cielo, para el mundo./ Para mi idea de Dios.  

La noche de los girasoles

El violador parece uno, pero es otro: porque ¿quién es en realidad el violador? Sabemos que no es un tipo que viole y huya -como si le dominase la pasión que le asalta pero aún respetase la vida de quien le atrae tan irresistible e incontroladamente-, sino que golpea y mata incluso sexualmente -antes de hacerlo literalmente para librarse él de la justicia, pues él de sobra sabe quién es-, pues no le excita sino la muerte, la violencia que ejerce sobre su víctima -y, acaso, devolver la humillación que quizá siente a diario en el interior de su vida matrimonial y doméstica-: ciertamente, cualquiera puede ser el violador, pues no necesariamente va por la vida amando a unas mujeres y otras --más bien al contrario, pues las odia y, sin odio, no puede desearlas, que es matarlas: convertirlas en nada después de transformarlas en nadie (posiblemente él es el don nadie de su doña todo). De modo que ya sabemos un poco más sobre este punto: el violador que contemplamos es el asesino de mujeres que le excitan no sin rechazarlas hasta la muerte, y en este segundo término de la definición no sería tan difícil buscar casi universalmente a los hombres, pues el amor a las mujeres tiene sus límites (¿la violación es una violencia sexual que no implica necesariamente la muerte o una muerte que supone inevitablemente la violencia sexual?). Pero no es por este motivo que pueda confundírsele con cualquiera (amarás a una mujer sobre todas las demás, a las que rechazarás en caso necesario), sino porque es un tipo corriente y moliente, incluso anodino, muy distinto de cuantos riñen como todo el mundo con su pareja (¿cuál es la idea que podemos hacernos sobre el violador? En realidad no hay un perfil, no hay un modelo que aplicarle: tan sólo hablamos de un tipo cualquiera al hilo del pensamiento -y que hay que pensar destruyendo previamente cualquier idea sobre el particular como condición indispensable de partida para el pensamiento-: porque la idea no es más que la celda en la que encerrar una realidad que sin embargo escapa de todo aquello que la encasilla. De hecho el violador sigue siendo un desconocido, constituyendo un enigma y planteando un problema) --y, sin embargo, el hombre del motel parece el hombre del camino: el azar ha colocado al caminante en el peor lugar y en el peor momento, mientras el resto es obra humana o, mejor dicho, trastorno de la identidad -la diferencia entre el peatón y el automovilista no viene al caso, pues tanto uno como otro están en movimiento (de estar parados, de quedarse quietos, aunque no como girasoles en la noche, quizá no hubiera ocurrido nada: esta solución es la que adoptará esta vez la historia y tantas veces la vida: la ocultación de los acontecimientos, incluso su negación y falsificación)- de consecuencias trágicas para todos, pues la violencia obedece a sus leyes, domina a quien sirve y devora a quien nutre: de fácil desencadenamiento, es de muy difícil captura, pues ¿quién encierra de nuevo a la fiera a la que el miedo y la ira sacan de su cueva en la que ya sabemos reina un aislamento absoluto y una soledad perfecta? Ya nadie será el mismo, aunque no sabemos hasta qué punto diferirá, pero todo o casi todo comenzó con un error de juicio: una percepción gravemente afectada, fuertemente dañada por los golpes físicos y psíquicos recibidos, no distingue quién es quién y confunde a uno con otro, pues no ha obtenido la diferencia y en cambio realiza una identificación errónea basada sin duda en la semejanza. El resultado es absurdo e incluso estúpido, pero cruel: un falso violador muere, mientras el verdadero marcha de vuelta a casa, y de una violación frustrada pasamos a un asesinato cometido con menos éxito que en el fondo frustración (matar al inocente no es consuelo) sin que el cambio de episodio responda a otra cosa que a un accidente de la identificación que, cuando más clara debía ser, más confusa resulta: sin embargo hay que comprenderlo, los parecidos son evidentes y, además, ¿quién andaría por aquellos parajes si no el que no lo parece porque en verdad es el que es? ¿Cómo encontrar a un semejante a este que lo es y por tanto da identidad a todo en aquellas soledades en que el mundo es tan extraño y tan distinto? En definitiva, no ha pasado nada, tal es lo que la autoridad que reconoce e identifica los hechos y acontecimientos decide en una humorada última y suprema: el falso culpable es a la vez un falso muerto que no descansa en paz sin saber cómo ni porqué en un agüjero de más valor criminológico que arqueológico, tan indeseable el uno como deseado e imposible el otro --pero ¿qué importa? Quien decide lo que pasa y lo que no pasa, lo que debe y no debe ocurrir, no quiere saber nada por más que lo sospeche, y tiene poder para acallar al que lo sabe, y quien sabe lo que ocurre no puede decidir nada, ni siquiera decirlo pues el que puede no le quiere ni oír: en este sentido todos, menos el poder, somos unos pobres locos sin palabra que, por más que habláramos, no convertiríamos nuestra voz en fuerza, nuestro lenguaje en poder, pues -además de averigüar si nos interesa: una duda que ya nos revela- tenemos por encima de nosotros un poder que dictamina si conviene o no conviene la verdad, tantas veces silenciada por los afectos, las pasiones y los deseos (la política no es más que el cálculo de la conveniencia o inconveniencia de la revolución): el poder impone el silencio como impone el discurso. Vivir de manera diferente, por una vía u otra, ya no es posible y, sin embargo, ha triunfado la mentira gracias al valor predominante de conservar la vida, una que quizá no merece mucho la pena pero por el momento es la única que hay, pues la otra es la del asesino y ciertamente no es vida: en cualquier caso la muerte decidirá sobre lo que aún hay dudas. Pues aquí todo está destrozado --la misma acción -la película- es un entero que está hecho en pedazos, mientras los personajes -la película- son unos pedazos que están deshechos y sin embargo parecen de una pieza: es lo que pasa en la vida, bajo la representación todo está roto, pero un instante de ilusión no nos lo quita nadie: el vendedor ambulante de aspiradoras industriales, el huidizo espeleólogo y su inquieta y dubitativa pareja, el honesto guardia que sin duda será un fiel esposo y un amante padre, el distraído cabo que ya es un orgulloso y feliz abuelo, el loco que avisó de la existencia de un cadáver, y el cadáver que existía tanto que desapareció de pronto con su maleta a cuestas ya sabemos a dónde: al fondo de una sima sin interés turístico ninguno en el que la oscuridad es completa. Identidades modélicas, modelos ideales, tan lejos, tan distantes, de lo que hay y lo que ocurre en el fondo: grietas, rupturas, fallas sacudidas por un terremoto que alcanza a una superficie en la que el aire es de piedra y la piedra es de corcho. Vivimos aún -¿por cuánto tiempo?- la noche de los girasoles.  

Una fiera dormida pero nunca aplacada

El terrorismo no es la guerra, sino la política: una política, entiéndase, de la dictadura en nombre de la libertad que pretende arrastrar a su terreno a todas las demás estimulando el apetito de poder común a unas y otras, de tal manera que los ambiciosos, los pusilánimes y los estúpidos son sus aliados, pero en todo caso sus protagonistas son los resentidos y los amargados a los que no mueve más que el odio a los otros. Por supuesto, el terror no tiene por qué ser siempre ilegal y contrario al empleo de la democracia: puede intentar la toma del poder, y la implantación de la dictadura, por medio de los votos en vez de las armas, buscando de este modo una legitimidad de origen que le haga más fuerte. Yo ya no soy rechazado, sino deseado, amado y querido: en la política, ya lo hemos señalado, anida el terror como una fiera dormida pero nunca aplacada. El terrorismo, pacífico o violento, votado o armado, es en cualquier tiempo y lugar el producto más claro y debatido del resentimiento: defender abierta u ocultamente  este valor, este antivalor diríamos, en contra por ejemplo del de la agresividad característica de quienes lo ignoran -agresivo es, en la pelea y en el juego, activo: que entra, que acomete, que ataca, que no espera al otro a que actúe para actuar él, pues la iniciativa es suya, como también adelantarse a sus jugadas: es amor a sí mismo y no odio al otro, al que respeta y vence en noble lid, que es la que él practica, de la que no baja, y en la que su contrincante sale realzado, pues perderá pero por una vez convencerá-, es desarrollar consciente o inconscientemente, de manera tonta o lista, necia o astuta, el falso juego del terror. El beneficio puede ser un fiasco: el político del terror es un protagonista único y absoluto que pasa por encima de sus aliados como del campo que pisa y holla (ahí deja la revolución en nombre de la libertad de la patria o del pueblo, la revolución nacionalista o la comunista: todo para la nación o todo para el estado, todo para el caudillo o todo para el partido, en cualquier caso todo para el mismo y siempre sin los otros, incluso contra los otros mientras no sean nuestros: nosotros y ellos).  

Los buenos van al cielo y los malos a Guantánamo

Los buenos van al cielo y los malos a Guantánamo: una venganza divina les alcanza, una justicia religiosa cae sobre su maldad, que es la maldad de maldades, madre de todas las batallas. Han atacado al Señor, pero el Señor ha sobrevivido al ataque y ha vuelto de entre los escombros y fantasmas de su casa para castigar a los autores de semejante crueldad: ¿acaso no está justificado? Si no le sobra razón, al menos no le falta rabia: santa es la ira de la bondad, bendita es la furia de la inocencia. Pero no confundáis a unos con otros: los buenos son los carceleros y los malos los encarcelados, es básicamente una cuestión de espacios y de ocupación de los terrenos. Y si los malos han mostrado más negra que nunca  toda su oscuridad, los buenos han enseñado con más claridad que siempre su luz: blancos como nunca, he ahí los buenos buenos, que envían directamente y sin intermediarios -como si dijéramos de una patada: ya hablábamos de la colera de Dios- a los malos a la cárcel del Señor. Los buenos son siempre los mismos y los malos los otros: unos son ángeles y otros bestias; los dos tienen apariencia humana, pero son distintos: remiten a naturalezas opuestas, una celeste y otra infernal en lucha soterrada y eterna que a veces aflora y halla su día y hora. Y, sin embargo, es la burguesía la que entonces aparece descarada y desnuda, desvergonzada y desinhibida: tal es su blancura, al menos la de su alma, que prescinde con los malvados hasta de gastar jueces, abogados y fiscales, pues va a lo esencial: policías, guardianes, carceleros que velan por el más estrcto cumplimiento de la sagrada pena de la prisión que es anterior a la justicia e incluso es precivilización. La tortura es la cárcel, la cárcel -con sus grilletes y sus capuchas- es la humillación frente a la cual la pena de muerte sería una liberación de tanta esclavitud sufrida, de tanta humanidad soportada --pero es que la cárcel es el sistema que puede permitirse el lujo de prescindir de sus representantes para ir al grano: la cuestión es ahora no perder el tiempo, una dimensión en estrecha relación con el espacio. El tiempo es oro, el espacio es cárcel que lo aquilata.

Difiere

Es justo reconocerlo: el sistema no te ha apresado por pensar -quizá precisamente por no hacerlo-, sino por matar: en cualquier caso, te han apresado porque te han pillado -¿o acaso no son lo mismo?-, tú te has dejado apresar y, sin embargo, no lo querías. Si no lo hubieras hecho, es decir, si no te hubieras dejado -naturalmente, sin que tú lo quisieras: ellos no son tontos-, hoy seguirías libre y matando; pero, como tú mismo has dicho, mataste, te apresaron, pagaste, y ya está -he ahí todo o casi-: fuiste quien fuiste y -justo es reconocerlo- hoy eres quien eres, aunque apenas te dejen ser de ningún modo. Quiere -nuestro sistema- que seas hoy el que fuiste ayer, pero -aunque afirmas lo hecho y lo reconoces- no es posible -y por la cuenta que te tiene no debe serlo-: tampoco parece que este extremo importe mucho, pues si no estás a punto de dejar de ser al menos estás a punto de vivir entre todos nosotros -un nosotros distinto al que tú conocieras-, en este mundo en el que unos y otros te condenan a dejar de ser el que eres para que sigas siendo el que fuiste -es decir, para que no seas-, pues creen que eres el mismo de siempre y, aunque te tienen preso y suicidándote, no has cambiado y, si por azar u otras oscuras razones lo hubieras hecho -y no necesariamente por efecto de la culpa y de la pena-, tanto peor para ti, pues cambiado no te quieren, parece ser que no les sirves, quizá no le vales a nadie: tu identidad, como la de todos, ha sido decretada de una vez por todas y para siempre. Seas hoy quien seas, representas lo mismo de ayer y quizá -atención- de mañana, mientras la representación, aunque caída, no ha cesado de actuar en ningún momento: tú mismo, que hoy estás en su umbral, formaste parte de ella, no sé si con acierto. Comprendo que no hayas podido elegir mucho en la vida y te niegues a seguir viviendo en estas condiciones, pero morirte ahora sería tu segunda y definitiva derrota: la primera fue matar como lo hiciste. Unos y otros te condujeron en la medida que quieras a la muerte, pero tú aún no te has conducido nunca a ti mismo, que es -no lo dudes- caminar con dirección a la vida: la autodeterminación, como ya habrás adivinado, no conoce otro destino. Vive, en cualquier caso, porque te queda toda la libertad por delante, y si ahora murieses, dejarías pendiente para siempre, por una vez siquiera, ser dueño y señor de ti mismo, que no es poco -ni para uno ni para su pueblo- ni siquiera relativamente. Como sabes, no hay independencia entre los esclavos de las circunstancias, no hay soberanía entre los hechos -y deshechos- por los otros, sean propios o ajenos: pero hay, puede haber, resistencia (resistencia al arrastre, entre otras). Has de vivir, no por nada, sino porque no te juegas tan sólo la vida sino mucho más exactamente el quién que incluso sin vida serías: ¿qué imagen dejarías al otro lado de las sombras? Difiere, por una vez al menos difiere o hazlo ya de una vez por todas y como nunca: empieza ya y come, bebe, sonríe. ¿Me entiendes? No me malinterpretes, pues la lucha continúa de otro modo y la victoria no es otra cosa que tú: al fin y al cabo no hay más que lo que lees, y ya nada será igual en adelante. Te traigo buenas noticias, pero no esperes nada, porque no te las podrás dar más que tú solo. Hay más ellos de los que un día creyeras, pero -aunque en cierto modo resulte increíble- tú no hay más que uno y eres tú quien te la juegas: ser otro quizá no es mejor que ser uno mismo -unos te dirán que esta identidad conserva y asegura tu superioridad y en cambio otros que revela y delata tu inferioridad-, pero no hay duda de que es bastante diferente. La libertad quizá no es más que este poder de diferir de todos y de todo y el caso es ser distinto, comiendo o sin comer: inesperado, sorprendente, imprevisible o escurridizo como el pez.

Se va, se va, se va

Se conoce como transición española el fenómeno por el que el peninsular -y el isleño- se quiere ir de una España a otra o, simplemente, se quiere ir de España: este fenómeno político se produce sobre un espacio que se muestra a pesar de todo indestructible -tanto como hostil y extraño a su desocupado ocupante-, y en un tiempo que se desearía fijo y estático pero se mueve y se desplaza constantemente de un punto a otro como si en este baile monótono e incesante se hallara la única posibilidad de que el espacio se transmutara por la acción del español que nadie se dice a sí mismo -baldón de vida y blasón de guerra-, porque se ataría a su espacio como el preso a su condena y no se sabe de preso alguno que se quiera pasar los últimos años de su vida en la cárcel, salvo el que en el fondo se siente culpable y se mata noche y día por redimirse a través del dolor de la pena y el sufrimiento del castigo, pues ya no se halla en la libertad en que se perdería de nuevo entre el viejo torbellino de placeres, deseos y pasiones que se apoderan de él como de un niño. Nadie se está quieto en el país en el que Franco no sólo no se ha muerto sino que además no se morirá nunca, pues se parte y se vuelve a partir de él como de un origen que sin embargo se creyera poder remediar a fuer de distanciarse cada vez más de él, como el hijo que a base de tiempo se aleja de la casa del padre y se cree cuanto más lejano tanto más distinto a su estirpe (de aquí la trascendencia de los procesos, meros pasos del tiempo sobre un espacio que sin embargo no se va con los años, como si no se hallase sometido ni siquiera a los pasos y pisadas de sus habitantes: un espacio elástico y flexible en el que no se marcaría ni una sola huella, pues cuanto más se hunde más se eleva hasta recuperar de nuevo su naturaleza de siempre, una superficie lisa y tersa de la que se sale rebotado como una pelota, gracias a lo cual se asemeja el movimiento perfecto aunque en realidad nadie se mueve más que arriba y abajo y no adentro afuera como se quisiera): porque en Franco se ha de ver la imagen de la unidad e identidad de España bajo la aniquilación de la diferencia y multiplicidad de los españoles --por este motivo los españoles no se pueden sentir orgullosos de su país, tan sólo los fascistas se podrían permitir este lujo, los demócratas se callan y no se salvan de las burlas y críticas de los españoles que no se representan como tales más que si a su vez se les hace callar mostrándoles que no se diferencian tanto del resto de sus compatriotas con los que no se igualan. Se podría definir a España como la nación en la que no se quieren más que los extranjeros y porque no se les obliga a reconocerse e identificarse como nacionales. ¿Qué se entiende al fin y al cabo por español? El nacional se apoderó en su día de España, pero España se ha apartado de su lado y, sin embargo, el español se sigue yendo, se confunde aún con el vencedor o con el vencido, con el que se quedó con todo o con el que se queda con nada por culpa del que se dice español, buen español, español de cuerpo entero. Pero cada cual se va a su casa y, si se hallara en su poder, se llevaría su casa al extranjero: Francia, Rusia, Canadá, quizás Australia, además de las naciones interiores, las más difíciles de que se vayan --las que siempre se están yendo, sin embargo.

Un polonio humano

El Estado tiene una manera muy especial de actuar: parece que está reprimiendo, por ejemplo, la traición; pero lo que está haciendo realmente es crear un enemigo y un amigo, un bueno y un malo, un traidor y un leal, e incluso un vivo y un muerto; pues también proporciona de este modo una lección a la población: mis partidarios sobrevivirán y serán felices, mis detractores serán desgraciados y perecerán --la vida de cada ciudadano, incluso la de sus amigos y familiares, está en peligro, pero todos y cada uno saben de sobra cómo ponerla a salvo. Pero ningún funcionario del Estado envenena a nadie y, si alguna vez apolonia a alguno, lo hace de un modo muy particular: evidentemente, no envenena a un pobre espía ruso, sino que fabrica con él y a partir de él un polonio humano, una bomba andante que contamina todo aquello que toca, amén de advertir a todo aquello que no toca. ¿Y qué es un polonio humano? Un polonio de estas características es el último producto facturado hasta la fecha por la fábrica del Estado con un adversario de dentro -en esta eterna y secreta guerra civil de unos cuantos que ruge en sus entrañas- y un poco de polonio 210: en definitiva, el efecto de la suma de la actividad de siempre y la radiactividad de hoy y quizá de mañana. Pero el Estado no es envenenador -como ya sabemos, no reprime el delito sino que crea al delincuente-; es más bien el que produce con el veneno su salud y la salud de los suyos, porque la enfermedad de los demás es un problema de los demás. Por un solo polonio humano hay 210 millones de humanos sanos que saben qué hacer y qué no hacer para ser buenos súbditos sin resultar apoloniados. En las manos correctas y adecuadas, el antiguo arsénico y el nuevo polonio dan para mucho. 

Homosexuales por amor

Uno es heterosexual por amor, como otro es homosexual por la misma razón--pero sin este amor la sexualidad sería indecisa y, con él, compleja (no meramente animal, no supuestamente natural): pero fijar lo sexual, estabilizarlo como de una vez por todas, es arriesgado. Puede volar por los aires todo el edificio de la sexualidad a la más pequeña chispa de divergencia o disensión: un solo amor distinto devuelve el movimiento a lo que, sin él, carece de determinación y, en cierto modo, puede reclamarse casto y puro, sin sexo, sin amor --pero el amor de un sexo por el otro es una construcción cultural, ideal, que apenas tiene en cuenta el problema de quién es un amor y quién no lo es: más bien parece hallar la solución en este último, cuando no saltar demasiado alegremente sobre la cuestión. No hay una tradición, más bien al contrario, de plantear las inclinaciones sexuales con cabeza: de este modo el sexo aparece siempre en el mismo sitio, una estatua de piedra sobre un pedestal de hierro, una roca sobre una placa sorprendentemente muerta que de vez en cuando, aún más sorprendentemente, vibra y nos descabalga de pronto.  

Jefe de sus esclavos y esclavo de sus jefes

Traicionó al presidente que le nombró comandante en jefe de los ejércitos, arrastró a sus subordinados a la sublevación contra el gobierno de su nación, asesinó a los revolucionarios a los que detestó hasta su muerte, robó a sus compatriotas en cuyo nombre dio el golpe de gracia a la democracia de su país, pero su mayor crimen fue privar a su pueblo de la libertad: fue jefe de sus esclavos y esclavo de sus jefes --unos le abandonaron antes que otros, la fidelidad funciona más por abajo que por arriba, quizás es más difícil hallar nuevas alianzas allá abajo. Más tarde fue acusado de criminal, pero no de dictador: al parecer no hay leyes para este delito en el que no hay delito, en el que no hay ley. El servicio que el general prestó a la civilización fue combatir y eliminar la subversión: el beneficio que obtuvo, la jefatura del país --el poder absoluto y la gloria eterna, lo que él, campeón de lo pasajero y lo relativo, quizás creyó (fue un hombre de fe, hijo de la Iglesia y hombre de Estado) casi hasta el fin de sus días. Pero conservó el sistema en medio de la crisis que atravesaba el mundo, restauró el orden, devolvió la paz y la tranquilidad a la población, atajó -en fin- la revolución (aunque creemos que, en otro lugar y en aquel tiempo, hubiera encabezado otro tipo de tiranía): fue un baño de sangre, en el que él puso el fuego purificador, redentor y salvador de una sociedad que necesita bañarse de vez en cuando en la sangre de sus enemigos para resurgir limpia y nueva como en su primer amanecer. Los conservadores son demócratas hasta que dejan de serlo: y, a diferencia de su dictador, no han muerto. Tampoco han penado --quizá la justicia no puede con la política: tan sólo descansan en paz como dormidos. Ya nadie les hace la guerra (es decir, la oposición que entenderían como una amenaza), ya no invocan al militar que sin duda les repondría en el gobierno (su lugar natural). Un valor superior iguala a todos y, sin embargo, la unidad es la de unos, no la de otros --que, por ganar, pueden perder hasta su diversidad: una unidad que difiere, una diferencia verdaderamente de jerarquía.

El retorno de la plebe

La plebe ha vuelto, es un acontecimiento que la televisión ha emitido en uno más de sus muchos programas: y lo ha hecho a través de un actor indeseado en la calle, que representa una función aún menos deseada entre el público: la que refleja precisamente al pueblo en una imagen que nunca hubiera querido que saliera a los medios, la que vierte a la superficie un fondo que niega poseer a pesar de que exista en todos -en la gente existe como en todos, con la particularidad de que no le interesa descender hasta él-. La plebe es racista, homófoba y fascista, y no digamos los patricios -unos degeneran en esclavos y otros en tiranos: tal para cual-, pero ya no hay plebe en el plató entre nosotros: todos somos iguales, todos somos patricios, es decir, todos somos a imagen y semejanza del patrón progresista, tolerante y demócrata. Pero el desgraciado actor saca a escena un personaje oscuro que los demás ocultan bajo la máscara de buenas personas -quizás un poco más o un poco menos inconscientes que él mismo- y el ojo lo ha televisisado, ha iluminado con toda su potencia el agujero negro del que, por supuesto, todos han sentido su amenaza: lógicamente, han reaccionado a la defensiva, negándose a ser tragados por la bestia. La plebe no quiere aparecer ni siquiera como plebe: ¿cómo permitiría que alguien le sacara ante las cámaras como degenerada? Y, sin embargo, la mayoría de los espectadores y el público en general lo han percibido como una ofensa inadmisible: muerte al actor, muerte civil naturalmente, pues hace el papel de lo que no somos, es decir, de lo que no deseamos, de lo que sustraemos a las imágenes, de lo que alienta y ruge en las calles. Ordinario, basto y soez, el rubio actor no interpreta nada, sino que, moreno, demasiado moreno, pone sobre el escenario que capta la cámara sin desmayo un personaje prohibido, el fascista social que hay en todos y al parecer no hay en nadie. Las personas sufren, las buenas sufren aún más este desenmascaramiento -la despersonalización- que desde luego no reconocen como propio aunque les afecte como si no les fuera ajeno, pero el hecho es incuestionable: la tele lo ha echado, todos lo hemos visto, el retorno de la plebe en su versión más espectacular es su más actual acontecimiento. Vamos en camino del programa único, del régimen más estricto.  

A mano izquierda

¿Vamos a comer, vamos a beber, vamos a copular? ¿Nos juntamos, nos casamos, disimulamos? ¿Concebimos o nos preservamos? Un pacto es un pacto, basta ya de conquistas y seducciones: ¿quién las conoce de verdad, al fin y al cabo? ¿Cuál es sincera, es decir, nuestra? No a los amoríos, que nos engañan, nos utilizan y nos abandonan --solamente un inconsciente podría traicionar este acuerdo, alguien que en el fondo todavía quisiese volver a las andadas de los desengaños, las desilusiones y los desencantos. Podemos hablarlo todo, tratarlo, negociarlo: ya no hay zonas prohibidas para la verdad, no hay nada que ocultar en las sombras, las vergüenzas las llevamos al aire, somos por fin honestos y leales. Ahí está la demanda y ahí la oferta: lo que nos falta y lo que nos sobra, lo que apetecemos y lo que cedemos, lo que cogemos y lo que soltamos. El matrimonio puede servirnos, también la pareja: pero es inútil mentirnos. No creemos en los señores que nos cautivan, no queremos a los esclavos en que nos convierten: somos libres, humanos y sensatos. Otro mundo no existe. Hay que adaptarse al que hay sin caer en los sueños que terminan en pesadillas. Descansen en paz Mauricio y Clotilde, según entras a Barcelona a mano izquierda, junto a la tumba en la que reposan los restos de la Porritos --que sin embargo han servido para la resurrección de los muertos y la vuelta de una novela que ya no hace reír a nadie. La realidad ha regresado de nuevo, y sin embargo quizá cualquiera de los poderosos tenga razón sobre este punto: pues la imagen que devuelve el espejo situado en el camino es la del más desolador vacío.

No es un conflicto cualquiera

El verdadero conflicto al que -sin demasiado conocimiento, es cierto- da nombre el país no es un conflicto cualquiera: es el que existe -porque nosotros lo hemos inventado: lo sentimos, lo pensamos, lo vivimos y lo ejecutamos de este modo- entre los de dentro y los de fuera, los de la familia y los de la calle, los del país y los del extranjero (pero también los del campo y los de la ciudad) y todas sus representaciones (los buenos y los malos, los píos y los impíos, los opresores y los oprimidos, los explotadores y los explotados...). ¿No sería mejor, menos revelador al menos, callarlo, silenciarlo, incluso llamarlo de otra manera, como antaño: el contencioso, el problema..., pues ciertamente no es para presumir? Sin duda el conflicto existe porque en el país hay gente de fuera, que no es de la familia, que es extranjera: pero ¿dejaría de existir si echásemos de una vez por todas a los extraños? Llevamos demasiado tiempo coqueteando con estos conceptos (prejuicios: el forastero es tan neutro como el natural), pero el final del conflicto con los de fuera quizá traería consigo el principio del conflicto entre los de dentro: de la guerra internacional a la guerra civil, diríamos. Una representación más la aguanta el país, porque está acostumbrado: aún más, es la representación la que lo ha construido en un tiempo ciertamente difícil para este tipo de construcciones. De modo que hay que elegir: el teatro o la pelea, el conflicto o la farsa. En fin, la vida o la muerte, la vida o la política.