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La tierra para el que la desea

El espacio es finito, pero no se para en él: el movimiento que en él se sigue es imprevisible, pues lo mismo se está aquí que allí, y lo traza el azar por el que se guía todo el que se mueve en este espacio redondo como la belleza que no precisa más: pero en realidad lo que se sigue es el movimiento que allí adopta cualquier forma de vida, a veces se le persigue y a veces es él el que sigue al que se desplaza de un punto a otro, con el cielo arriba y la tierra debajo, tras todo lo que se mueve según la única regla que distingue al azar: el azar se regula por el juego que lo gobierna como un sol. El que se mueve lo hace hacia allí donde se produce la vida, la vida es el punto hacia el que se dirige el azar, un destino que nadie conoce de antemano pues se trata de seguir el movimiento que no sabe de puntos estáticos y fijos sino variables y dinámicos: la vida se da al azar, pero allí donde hay juego. El juego que se genera en un espacio inmenso y finito que en todas partes es idéntico y en todas distinto: un lugar originario y eterno, donde no hay más tiempo que el presente y el espacio cambia sin cambiar e incluso no cambiando también lo hace, pues la ley que se introduce en él no altera en absoluto su naturaleza (tan sólo reduce su juego, limita las oportunidades del azar para manifestarse, acota incluso la mera expresividad de la vida), en el que se respira la libertad pero también se practica la guerra, pues se es a la vez y sin contradicción un fiero guerrero y un tierno amante, el uno ama todo lo que se mueve sin corsés ni trabas y el otro guerrea contra todo lo que se opone a este movimiento libre y propio característico del lugar, sin que se pueda decir de ningún modo que uno y otro son dos diferentes o ni siquiera uno idéntico sino otro que difiere de los que con el tiempo se volverán allí mismo soldados y esposos que ya no responderán ante sí sino ante un tercero, la instancia abstracta y poderosa, superior y externa a ambos, a la que ya para entonces se ha encadenado sin variar sin embargo ni un ápice de su naturaleza el territorio. Una superficie -la superficie- que se domina y posee muy ligeramente, pues la ley que allí rige es que se coge lo que no pertenece a nadie, y lo que se cuida incluso al precio de la vida se convierte en lo que le pertenece a quien lo ha tomado de donde ni hay ni puede haber amo, pues es lo que se les da a todos una vez y siempre: se trata de un regalo para el que como tal lo quiera --o la tierra para quien la desea: pura recepción, acogimiento neto, y seguro desvelo. Los de una tierra -decimos- por la que sobre todo se efectúa un viaje movido por la actividad que despliegan los habitantes de esta planicie en la que no se descansa: unos tipos corrientes como los demás, que aman la vida como todos pero, si como consecuencia de su particular oficio han de matar, lo hacen sin que les tiemble el pulso, no por la espalda desde luego, sino dando la cara y exponiéndose a morir en el fatal duelo, pues la muerte es el peligro que se cierne sobre sus personas, ya que la vida la tienen siempre puesta en juego: morir o matar es una alternativa terrible, pero no se ha elegido nunca. Tan sólo se trata de la tragedia de la vida que sin embargo no todos encaran, pues se sabe de unos que disparan por detrás mientras otros le dan la espalda a la muerte como si con este gesto se la sacara de escena. Pero la libertad y la guerra se hallan indisolublemente aliadas, la una es el estado que se conquista y defiende con la otra, la otra es el medio por el que se aparta y evita la desnaturalización y el desvirtuamiento de la una, mientras entre ambas la justicia es un movimiento rápido y contundente que se ejecuta sobre todos aquellos que privan de la necesaria e imprescindible movilidad a estos tipos sencillos, ingenuos y honrados que no conocen la maldad sino de lejos, pero, si un día se la encuentran cerca, la combaten como solamente se conoce entre muy pocos: es a través de este instinto o esta inteligencia de la distancia como se permiten el extraordinario lujo de mantenerse íntegros y sanos sin tener jamás al enemigo en casa, hallándose como poseídos por unos sentimientos de honor, vergüenza, respeto, dignidad, pudor, valor y coraje que no se suelen descifrar sino muy raramente. Más aún si se recuerda que sus nombres son más o menos: "Pimienta" Joe, "Negro" Bill, "Indio" Jack o "Banana" Jim. Qué tipos...

Matados y matadores al mismo tiempo

Realmente en este juego no hay árbitro, sino patadas en la espinilla y más arriba si es preciso: esta acción no sancionada por nadie -aún menos por los jugadores, los verdaderos encargados de velar por la suerte y la naturaleza del juego- dice muy a las claras quiénes son en parte los jugadores, es decir, los derrotados que -no jugando nada- quieren llevarse consigo el juego, pues lo único que desean es ganar a costa incluso de los triunfadores --es la lucha y no el juego lo que están pidiendo a gritos: es decir, la guerra y la aniquilación sobre la cual vuelve una paz que merece su nombre. Una paz sin árbitro, pues también él es del equipo de los matados al tiempo que matadores, pero con auténticos jugadores, los que saben guerrear y aniquilar mejor que nadie, es decir, los que ganan la guerra a la que unos cuantos les obligan y la paz que están obligados a devolver a todos --porque no es paz una situación dominada por las patadas en los testículos y más abajo si es necesario. Es una lección -la que proporcionan los que no saben ganar ni perder, jugar ni luchar- que el pueblo aprende demasiado bien y los poderosos aprovechan todavía mejor: antes -por ejemplo- de que la justicia diga quién es inocente y quién culpable -e incluso después-, el pueblo ya le ha salvado o condenado según le ame u odie, le tenga por amigo o por enemigo. El pueblo ha caído tan bajo, que ya es absolutamente necesario hablar de los de arriba y los de abajo: los de abajo son los que están donde están por haberse dejado caer empujados por los de arriba, que a su vez están donde están no por haberse elevado sino por haber hecho caer a los otros. Evidentemente, caer es más fácil que levantarse, derribar a los demás más sencillo que alzarlos. El pueblo ha caído y no hay quien quiera levantarlo, ya no juega con nadie, pero es que nadie quiere jugar con él, nadie pretende ni que juegue ni que luche: está más abajo que nunca, es ya el de abajo a expensas del que está arriba, que es ya el de arriba --y empujando. Porque el arte no es de unos pocos, sino de todos, pero de todos mientras están levantados o para alzarlos: un arte de unos pocos -o una política, una economía, una cultura- es el efecto de una operación de derribo para la que hay demasiadas facilidades, mucho cansancio y muy poca vergüenza. Paradójicamente, los de arriba han caído muy abajo para estar como están: sentados --pues no queda nadie en pie. Unos en el sillón y otros en el suelo... pero -ay- entre otros movimientos.

La jornada laboral de 24 horas

Mayo del 68 es quizás el deseo de la democracia regida por la libertad del pueblo, no corregida por la autoridad de los políticos que ya no representan más que la crisis del sistema de la representación popular o unos los gobernantes y otros los gobernados, unos los agentes y otros los pacientes de la república: evidentemente, mayo del 68 ha fracasado y, sin embargo, no es posible decir que ha triunfado la Francia eterna, ni siquiera que persiste la Francia triunfante. Lo que existe en toda Europa es un pacto no escrito entre la libertad y la autoridad, el ocio y el negocio, la vida y la nada, el trabajo y la fiesta, la opinión y el pensamiento, la rebeldía y la sumisión, el establecimiento y la revolución: el pacto cuya ruptura provocaría la última batalla de una guerra que no ha terminado con la victoria de unos y la derrota de otros --y que quizá podría reanudarse si la victoria consistiera en lo que podríamos considerar como poner a Occidente bajo una displicina que Occidente no quiere para Oriente y que hasta podría decirse una disciplina oriental. Mayo del 68 fracasó, pero su fracaso no supone el triunfo de mayo del 07, que, si quiere acabar con los flecos (el tópico de la falta de autoridad y disciplina) que el 68 dejó, puede ocasionar la ruina definitiva de la totalidad del traje: todos somos conscientes de que vivimos entre derrotas totales y no parece posible lograr más que una victoria parcial. Las espadas están en alto, la tregua es (o lo parece) eterna: gobernar es arriesgar la situación, protestar es arriesgar el tipo. ¿Quién querrá jugársela? ¿Podremos establecer la jornada laboral de 24 horas, las vacaciones pagadas en la empresa (en el taller y en la oficina), la enfermedad en el puesto de trabajo y la jubilación tras el entierro?

Que sean políticos los sexualmente más potentes

En la vida pública actual pesa infinitamente más el deseo de poder que el sentido de la vergüenza (no digamos ya el ansia de libertad, que debe de ser un ansia especialmente insana y peligrosa y, en cualquier caso, la voluntad de poder la vigila estrechamente), pero es que el deseo de poder no es puro: está contaminado por la muerte, un apetito que devora el anhelo de la verdad (¡ay!) e incluso el ejercicio de la razón (¿qué?). Pero, sobre todo, hay que hablar del bloque que forman el deseo de poder y el impulso de la muerte (del que el poder del erotismo está excluido: quienes participan de una u otra manera en nuestra vida pública follan poco, no hay más que ver que -a pesar de gozar del poder- matan mucho. Y es que, con el poder y todo, están realmente jodidos), un fenómeno bien visible a través del espejo que utilizan -no siempre tan inocentemente como parece- los medios: la noticia es la muerte (el conflicto, la lucha, el enfrentamiento), pero la noticia es dinero. Tampoco la vida sexual debe de ser en este terreno muy boyante, a no ser que el dinero ocupe el lugar del sexo: en cualquier caso, la profunda crisis en que transcurre la vida pública actual no puede hallar una solución auténtica y definitiva más que en el erotismo en sentido estricto del poder: o gozar y poder (sean políticos quienes resulten más potentes en el aspecto sexual) . Los hombres públicos deben ser tan mundanos como los privados: incluso deberían hacer el amor más y mejor que ellos. Pero la felicidad -su símbolo es la sexualidad- no da dinero, luego no es noticia: o lo es si resulta falsa, máscara de la vida tras la cual alienta aún más terrible (aunque reveladora) la muerte. Tal es la fuerza que hila el poder, la política y los medios, a los que tiñe de un color moral, casto y puro: blanco ideal, amor sublime (o la sublimación e idealización que aún perduran). La serenidad, la armonía e incluso la civilidad son una insulsez para este demasiado chispeante equipo formado por el poder y la muerte, capaz incluso de maldecir y condenar el poder en nombre de una asexualidad (una moralidad) más íntegra (no de la muerte, por supuesto). Mientras tanto, el sexo que practican nuestros hombres públicos es una consecuencia del poder que ejercen, de la fascinación que les procura, no de lo fascinantes que por sí resultan: una práctica meramente funcional que quizá proporciona placer, pero apenas aporta nada. Quizás el sexo con esta carga simbólica en vez de otra (instrumental en vez de capital) es lo que les muere y por lo que matan (no siempre tan simbólicamente como pudiera pensarse).

Todo lo que no debe justificarse no debe entenderse

El delito ya no tiene explicación, porque tan sólo vemos el final de la película: ¿qué ha ocurrido? La muerte: no es poca cosa desde luego, pero ha llegado aquí como caída del cielo o, mejor dicho, como surgida de las profundidades de la tierra. Alguien debe de creer que todo lo que puede entenderse puede justificarse, de modo que todo lo que no debe justificarse no debe entenderse (debe ser irracional, o natural, o estructural, o dado): estamos una vez más ante las condenas ciegas (y las salvaciones cegadoras). Porque el inexplicado delito tiene su comprensión en la fe en la existencia de la naturaleza humana o, también mejor, de la invariable condición masculina: no hay que pensar, hay que creer. El hombre es machista: esta sola declaración puede encender la chispa que prenda la guerra, pero no es la guerra: es el macho, el hombre, que es el que es y tiene al menos la culpa de no combatir contra su naturaleza, de no combatirse a sí mismo hasta la victoria. Victoria o muerte, el resultado es idéntico: el hombre ha de matarse a sí mismo. No hay por qué explicarse nada (este deseo ya es sospechoso: ¿acaso no hay quien cree que el conocimiento nos salva?), basta con creérselo todo, y sin distinguir nada: por ejemplo, la existencia de hombres (y mujeres) que solucionan sus problemas (los conflictos que las relaciones provocan) eliminando la causa que según dicen los genera (los problemas... y las soluciones: el amor y el odio, la atracción y el rechazo, la felicidad y la desgracia, el honor y la ignominia, el orgullo y la vergüenza y, en definitiva, la vida y la muerte cuyo origen es siempre el mismo, es decir, el otro). Pero hay caras de criminales (porque el que el hombre sea un machista no es más que un ejemplo de un fenómeno más grave y amplio: el del prejuicio al que desmiente la experiencia, el de la doctrina -en contra de la realidad- que suplanta al pensamiento).

El periodismo ha muerto

En la galaxia del periodismo ya no hay estrrellas, porque todos los que la pueblan son periodistas estrellados que brillan en el oscuro cielo nocturno como un sol negro que no ilumina pero quema: la noche es cada vez más negra gracias a estas raras estrellas periodísticas que lucen con una fuerza cada vez más grande porque suman a la oscuridad de la noche la suya propia y extienden la suma de ambas al resto del día. El periodismo estrella es esta energía oscura que en vez de aclarar deslumbra y en vez de alumbrar ciega: en nuestro firmamento mediático ha nacido un nuevo sol sucio y contaminante que no ilumina ni lo que la más pequeña estrella en el firmamento más profundo, pero cumple la función de restar la luz al día. El periodismo ha muerto, porque lo mató la estrella que quiso brillar a toda costa sin importarle ni el cielo ni la tierra: la tierra a la que da luz y calor el sol y el cielo del que parte la fuerza y la energía. Pero el periodismo ya no necesita a nadie: él es el sol, la luna y las estrellas. Ha muerto para el mundo a cambio de renacer para sí mismo: es ya el en sí de todas las cosas, el dios de un universo sin dioses e incluso sin hombres, pero qué importa. El mundo es un sin nada que ya no desprende palabras ni imágenes ni sonidos, y ha sido precisamente el muerto el que le ha privado de la luz que trae con cada nuevo día.

La dialectización del mundo

No es cierto que todos los que no son de los nuestros o como nosotros no son o mejor que no fueran (porque en ningún caso serían simplemente diferentes a nosotros sino tan sólo una nadería.... precisamente al no sernos idénticos). Por ejemplo: las otras -las mujeres de Oriente- no son unas esclavas de sus hombres, sino que difieren de nuestras señoras de Occidente tanto como sus hombres de nosotros (¿tanto? ¿O en el fondo todos los varones somos orientales?). ¿Tan difícil es entenderlo? ¿O lo que no resulta en absoluto fácil es abdicar de una fe que nos ciega, pero también nos anima? Las que difieren al menos de denominar esclavas a las mujeres de Occidente son las orientales y es quizá su diferencia más llamativa: no sólo su manera de vestir sino aún más la de respetar a las mujeres que viven de otra manera en otra parte del mundo. Pero ¿de una manera verdaderamente libre en vez de otra realmente esclava? Dicen que las unas son libres y las otras esclavas: lo que consigue de este modo el falso pensamiento de la dialéctica no es más que ignorar a los otros, pero también despreciarlos, humillarlos y condenarlos a ser salvados... precisamente por la dialéctica de los unos que previamente les transforma en esclavos. Las mujeres de Oriente son estas esclavas de sus hombres que unas falsas señoras occidentales liberadas de los suyos van a liberar de sí mismas... y, por supuesto, de sus opresores varones: porque también los orientales son desconocidos y, sin embargo, calumniados y difamados como si el Occidente que representara este pseudopensamiento fuera el único capaz de descubrirlos y desenmascararlos. Lo cierto es que tampoco los hombres de Oriente caminan por la calle especialmente desnudos, pero no importa: según estos recalcitrantes y anacrónicos dialécticos cuya fe procede de la oposición por subordinación de lo blanco y lo negro, lo masculino y lo femenino y lo consciente y lo inconsciente, los hombres de Oriente son los tiranos que los occidentales ya no somos o estamos a punto de dejar de serlo y las orientales son las esclavas que las mujeres de Occidente dejaron de ser gracias a la liberación de sí mismas y de las mujeres de todo el mundo que un día no muy lejano emprendieron y aún continúan y expanden. El pecado es oriental, pero la redención es occidental: el pecado moderno es la esclavitud, la redención moderna es la libertad. Pero el fenomeno no es tanto la occidentalización cuanto la dialectización del mundo, porque la dialéctica opera tanto contra Oriente como contra Occidente: siempre hay para ella un pecado del que ha de redimirse el hombre. Porque hay y debe haber siempre un redentor para todos: ella misma. Que ya ha logrado liberarse (porque tampoco la dialéctica es libre de cuna: el lema de su política es no a las señoras y los señores, y la tragedía de su vida el no concebir sino abortar la diferencia).  

De una historia religiosa del mundo

El Dios que ama a los hombres debía de estar un poco loco o tal vez ciego, pues resulta evidente que no los conocía a todos por más que creara al parecer la humanidad como objeto de su amor, de sus cuidados y sus desvelos; pero los hombres lo odian y lo matan, lo clavan en la cruz por la que el Hijo de Dios salvará a todos los mortales. Los hombres son culpables, pero el más inocente de todos les salvará incluso de la muerte que ya mancha hasta su solo nacimiento, dará su vida por estos condenados que no tienen ningún poder sobre Él, pues su sacrificio no es más que el efecto de su absoluta entrega y sumisión a la voluntad del Padre que está en los cielos. En la tierra Él puede obrar maravillas como sanar a los enfermos y resucitar a los muertos, pero quizá la más sorprendente de todas ellas es este deseo de rendición a lo que Dios mande, incluso si lo que manda es el sufrimiento, la pasión y la muerte en que al fin y al cabo lo quieren los hombres, quizá no todos pero sin duda el número suficiente para que no quepa ninguna duda sobre la personalidad de la humanidad entera: unos asesinos que el crucificado pueden llevar con Él al paraíso, pero de momento están junto a la cruz clavándole al madero sin sospechar siquiera que elevan a su dios al cielo y sin saber ni por lo más remoto que el sufrimiento es quizá la prueba por la que ha de pasar el hombre para demostrar si es verdaderamente bueno o en cambio lo revela malo quizás hasta para la alegría de vivir y el entusiasmo por la vida. Porque el Hijo de Dios no tiene más voluntad que la del Padre, pero si le ordenara gozar sin duda lo haría con la misma decisión y coraje con que sufre y desea el sufrimiento, pues apurará el cáliz hasta la última gota de su sangre e incluso la buscará hasta caer extenuado y no poder más, pues Dios ha establecido para Él todo un ejercicio de impotencia y al parecer de humanización y enmascaramiento como si no pudiera servirse de todo su divino poder cuando quizá más lo necesita: Él quiere en efecto morir, pero no tanto porque la muerte reine en su voluntad como porque el Padre le envía a morir y Él, el Hijo del Hombre, no desea más que lo que desea el Padre, que si le mandase vivir le obedecería con idéntica determinación, aunque quizá sin rogarle tan angustiosa y desesperadamente que le proteja y salve, pues en la vida en este mundo parece desenvolverse con más desparpajo, autoridad y soltura que en la muerte que entre horribles penas y tormentos le dispone para ascender al otro en cuerpo glorioso. En la prueba de la extrema humildad por la que pasa, Él sufre sin quejarse porque es noble, en cambio nosotros hemos de soportar a quienes son capaces de quejarse incluso sin sufrir, pero no importa, tampoco nosotros hemos de quejarnos sino únicamente soportarlo todo y sufrir, sufrir como Dios manda y el Hijo de Dios nos enseña: Él padece infinitamente más que todos nosotros juntos y ninguno de nosotros es vil ni quiere ni puede serlo. Pero ¿llegará el día en que los hombres dejarán de ser malvados y admitirán sin sentirse forzados que son hijos de Dios y Dios les ama? Dios sufre por toda la humanidad e incluso muere por cada uno de sus miembros, le preocupa más la suerte de los hombres que la suya propia y el poco o nulo interés que los mortales muestran por su vida y por su muerte y por el gran amor que Dios les tiene. Los hombres no pueden amar a quien ni siquiera respetan ya que lo confunden y lo tratan unos como un bobo o como un loco y otros como un criminal o como un farsante, y el temor a Dios no es un sentimiento que le baste al hijo del Hombre. Si Dios no hay más que uno, todo el mercado es para Él, pues ha acabado con la competencia en estos enconados asuntos religiosos: alguien dijo una vez que los dioses sufrieron un mortal ataque de risa cuando oyeron semejante ridiculez del dios solo, pero el caso es que desaparecieron y, con su desaparición, también lo hizo el mundo en el que vivían entre peleas, querellas y juegos; las perspectivas del negocio parecieron inmejorables, pues la divinidad iba a actuar por fin sin rivales y a tiempo completo, y, sin embargo, el mundo le ha resultado tan extraño como ruinoso: los hombres no son demasiado aficionados a practicar la oración, pero aún lo son menos a rezar al dictado y, si todos han de rezar al mismo dios en vez de hacerlo cada cual al que ha elegido, puede ocurrir un sin Dios, pues de los viejos dioses al nuevo hay un salto que da directamente al vacío y en cierto modo el monoteísmo es el principio del fin de la rica y variada religiosidad humana: si no hay más que seguidores del Mesías, no hay mucho donde elegir y no cabe desechar una alta proporción de interesados falsos, infinitamente más falsos que el pobre Judas, en la insólita nueva fe que implica necesariamente una falta de fe evidente y palmaria, no un amor al Cristo sino un aherrojamiento al culto y las leyes. Pero Dios no quiere esclavos sino amantes, pues ha venido al mundo a liberar a los hombres de las tinieblas que les impiden ver la luz, conocer la verdad, encontrar el camino y descubrir la vida.  ¿Cuándo querrán los hombres sin embargo reconocer que son seres creados a imagen y semejanza del que es idéntico a sí mismo y que es en este ser igual a sí en el que pueden hallar el único espejo en el que reflejarse sin error y sin engaño? Pero, los hombres, ¿dónde están ahora los hombres? En verdad los hombres han sido suplantados por los creyentes, luego lo son también por los ateos, de modo que no reaparecerán bajo su propio rostro sino más allá de los dioses, pero incluso más allá de Dios y de sin Dios desde luego. No adelantemos acontecimientos sumamente improbables que por supuesto no van a llegar ni como caídos del cielo, porque mientras tanto el Hijo del Hombre aún tiene una pregunta que hacer a Dios como si no comprendiera del todo la voluntad del Padre, que lo ha hecho todo, lo ha iniciado y terminado, decidido y cumplido: no queda ya más que poner el espíritu en manos de quien siempre ha estado. El buen Hijo de Dios y de una mujer de la que ha sido un hijo obediente, cariñoso, trabajador y honrado, sin duda un poco excéntrico pero en absoluto malo, ha muerto y resucitado, mientras frente a Él el demonio, el ángel caído del Señor de cuya madre no hay ni sospecha, chilla desesperado y casi peor que muerto, pues su esperanza descansaba sobre la voluntad del hombre, en la rebeldía frente a Dios, junto a la soledad e incomunicación entre uno y otro. Pero el Hijo de Dios no tiene más voluntad que la afirmación, la reafirmación del poder del Padre, y en cambio el demonio no es más que la negación del poder que viene de lo alto. ¿Qué puede hacer un hombre entre ambos?  Adán y Eva, Abel y Caín, José y María, Juan el Bautista, Jesús de Nazaret, Pedro y Pablo, todos estos personajes y muchos más de la historia religiosa, maravillosa y terrible del mundo que parece indicar, y no por no ser tan humanista como parece ser hoy, que ya es demasiado creer en un Dios ni más ni menos que como símbolo científico, el demonio como otro moral y los milagros como otro más quizá tecnológico y moderno, que para entonces los hombres ya habían desaparecido y no volverán tan fácil a poblar la Tierra.

Una paz no menos cerda que su guerra

No existen los crímenes de guerra, como tampoco una guerra criminal y otrra santa: existe una guerra hecha por leones y otra por cerdos, como una paz de unos y otra de otros. Una guerra es una cerdada, pero no menos que su paz, que es igual pero de otra manera: lo que hacen los cerdos, como lo que hacen los leones, no varía en su naturaleza. La guerra es salvaje, pero no es la misma la de un salvaje león que la de un cerdo salvaje. Hay una guerra en la que la muerte es limpia y otra en la que es sucia hasta la vida y todo depende de quien la haga: un alma bella no entiende de estos matices y diferencias, pero es como una gacela a la que una de estas dos guerras, y una de estas dos paces, alcanza. Ha de elegir, por tanto: vivir y morir, ser muerto o ser vivido, de una manera limpia u otra sucia, porque no está fuera de esta selva en la que no siempre luchan únicamente cerdos contra leones, sino que los demás están fatalmente enmedio. Quizá los leones no son mejores que los cerdos, incluso los cerdos pueden no ser peores para comidos, pero sin duda son distintos. Hay que elegir entre lo que vivimos e incluso entre lo que morimos: no es una cuestión de eutanasia ni un asunto de eubiosia. La guerra es muerte, pero también lo es la vida: y es cierto que la libertad resulta demasiado cruel para una gacela incluso en la paz del zoológico en el que, aunque resulte sorprendente o incluso increíble, lo mismo puede vivir junto a un león que junto a un cerdo, pero no de la misma manera. Un alma bella debería tenerlo claro en algún momento de su vida... y de su muerte. ¿Cuál? Lo: es decir, poder combatir contra las cerdadas con fundadas esperanzas de éxito.

¿Quién puede querer la guerra?

Las guerras ofensivas son quizá más hipócritas que las defensivas, tanto que pretenden pertenecer a este último tipo de guerras: todas las guerras serían de este modo defensivas y, por tanto, legítimas, pues la cuestión es la legitimidad de la guerra, no su legalidad (las leyes de unos no son las de otros y las leyes de todos no existen). Las guerras defensivas no sólo son hipócritas, sino sobre todo la verdadera hipocresía de la guerra, que tiene el problema de su afirmación (un problema que no resuelve la mentira, pero que la verdad no afronta). ¿Quién puede decir: quiero hacer la guerra? Dirá en cambio me defiendo, incluso si ataco, por medio de la guerra a la que una amenaza me fuerza: la amenaza para la vida, o para la libertad, o para la seguridad, o incluso para la paz. En general es el peligro de la destrucción (de la nación, de la civilización, de la humanidad) el que legitima la guerra que, reiteramos, sigue constituyendo un problema que solamente la victoria eliminará (sin resolverlo): la guerra es muerte, y ¿quién puede querer la muerte? Uno sería un asesino o un suicida, en el mejor de los casos un loco al que nadie tomaría en serio especialmente en un asunto tan grave como la destrucción (aunque también podría ser un loco el que quisiese destruirlo todo), y sobre él caería todo el peso de la ley, la pisiquiatría, la moral. Las guerras legítimas, características de los hipócritas que no solucionan sus problemas, son guerras de salvación, de liberación, que el que las sufre considera ilegítimas y hasta hipócritas (seguramente él tiene sus propias guerras), porque no las quiere: el que las desea es el atacante, pero difícilmente el atacado (la misma terminología lo muestra: el agresor y el agredido), que las desea pero no las afirma tanto como las explica, las justifica, las matiza y, en último extremo, pide disculpas por haberlas emprendido (fue un error, una trampa en que caí, un engaño de que fui víctima, el culpable fue el otro) como si no las hubiera deseado nunca (como si nunca las volviera a desear) porque él tan sólo desearía las guerras legítimas, es decir, las verdaderamente defensivas, las más hipócritas (como el que critica una guerra por ser ofensiva, agresiva, como extrañamente violenta: tal vez ilegítima, pero sin duda menos hipócrita que las otras). La pregunta no es quién quiere hacer la guerra (el pacifismo es relativo, cuando no simplemente una táctica, y cualquiera puede) sino quién puede quererla, hacerla y decirla: matemos, saqueemos, violemos, y, en fin, podamos. ¡Es la guerra y nadie cree ya que sea otra cosa! Hacerla la hace cualquiera (padecerla no es lo mismo), pero... La verdad, en resumidas cuentas, es atacar a uno, que otro defiende, y al revés, pero en silencio y como si no fuera verdad, lo que es fuera lo que no es y lo que no es lo que es. Para cuando alguien deshaga el lío, la guerra ya está hecha y sin duda ganada: aún queda la paz, pero ¿acaso importa? La guerra aterra y el terror es quizás una táctica (el coche homicida, la bomba humana, el avión suicida), de manera que el que lo emplea ocasionalmente dentro de la guerra que lanza es en cierto modo un terrorista, pero no del mismo modo que el que utiliza el terror de forma sistemática, que ni pierde ni gana sino que mata a todo el que respira, en una guerra a la que el terror suplanta, pero tiene en su haber actos de terror (sobre la población, sobre los mismos combatientes, sobre terceros) de una guerra que difiere incluso en lo que propiamente aterroriza: pero el que hace de la muerte la guerra (pues la diferencia es quizá que la guerra mata pero el terror no hace otra cosa: no descansa) y mata por sistema y sin batalla no pretende tanto ganar una guerra que no es suya y sin embargo ha perdido cuanto que el que la ha entablado y ganado no gane a su vez la paz. El terrorismo de quien ha convertido el pavor en su más propio movimiento (y que por renunciar a él no dejaría de ser automáticamente el que es para transformarse en lo contrario: de momento sería todavía el que aspira a realizar sus viejos objetivos con medios renovados, seguramente pacíficos. Pero ¿cómo puede ser pacífica la voluntad de la tiranía? ¿Quizá ganando para sí una paz degradada y terminando con una guerra perdida y una libertad despreciada?) sería de este modo el precio que le haría pagar a la libertad por no someterse a sus dictados. En la guerra el terror por bandera, en la paz la sumisión por el terror. La esclavitud a la que conduce el tirano es la falta de orgullo, dignidad y amor propio de la población: y es tan estratégica como la libertad. Porque ¿qué es la libertad?

¿Una fórmula para la revolución?

La revolución quizá tiene una fórmula poco conocida y menos empleada: es quizá no al dinero rey, sino sí al pan y al libro. Sin duda de rey ni el comandante, republicano hasta el profesor, pero de comandante ni el guerrillero más combativo, y todo guerrillero bailarín y cantante en la revolución sin uniformes, de color. Desde luego que no al papá Estado y no al ciudadano bebé, con una administración de los bienes y servicios, una producción y distribución por sí, sin estructuras fijas y estables pero con funciones temporales, rotativas y variables, en un modo en que cada uno es dueño de su actividad y todos beneficiarios de la actividad de cada uno: por ejemplo, el músico, el maestro, el cineasta, sin la originalidad del autor sino con la singularidad de la obra de tantos, dos, cuatro, diez manos. Sin política pero con ciudad, por tanto sin órganos y sin aparatos, sino con máquinas que liberan de sus cortes y paquetes la actividad. Tal vez no a la profesión de las armas, sí en cambio a las guerras de la vocación, con desmilitarización del estado y desestatalización del pueblo: no a la militarización de las armas, no a la estatalización de las letras. Con presencia de todos y sin representación de unos por otros, pues uno no representa ni a uno mismo, sino que actúa y expresa un modo de ser junto a los demás que actúan y expresan cada cual el suyo: punto de encuentro, lugar de coincidencia, zona de puesta de todas las diferencias en acción. Y nadie uno, sino todos varios, de modo que restarle uno solo al múltiple es menoscabarlo sin fin --el futuro de Cuba, como el futuro de todos, es la revolución o Cuba: todo lo que no sea Cuba será revolución y todo lo que no sea revolución será Cuba. Ciertos norteamericanos y cubanos son idénticos, como ciertos chinos y norteamericanos: les une el enemigo común que han hallado siempre en la revolución.  

Adiós a Juan y José y Lola y María

Bajo la aparición del genérico -el hombre, la mujer, que nadie conoce pero no importa (esta ignorancia esencial y necesaria es la base del incesante e imposible debate), pues es lo único que son y podrán ser unos y lo único que son y deberán ser otros, disguste a quien disguste- desaparece el específico -Juan, María, José, Lola-: ¿es tal vez lo pretendido? Sin duda es lo logrado, y con un efecto curioso y descarado: para el padre de esta operación de doble cara no cuenta quién es quién, no le interesa en absoluto, pues le sirve cualquiera que acepte servir a sus propósitos, de modo que el servidor y para serlo perderá una especificidad al parecer poco valiosa y recomendable para ganar a cambio la generalidad más que prescrita que acaba de recibir el valor en curso. Lo que por su parte obtiene el padre es, además de una aureola de imparcialidad y justicia, el ser querido, amado y deseado: reconocido como el elegido e identificado como el esperado. No es lo mismo Juan que María, ni siquiera María que Lola, pero, si lo que vale es ser hombre o mujer, ¿qué importa incluso si son Lola y María? En realidad no son quienes son, pues son nada más y nada menos que mujeres, y han perdido el nombre propio -la singularidad- para ganar el genérico: no son nadie y, sin embargo, han alcanzado la universalidad al no serlo. Reducidas a su sexo, desaparecidas bajo su feminidad, Lola y María van a conquistar el mundo: papá está encantado, sus hijas son inocentes y buenas, pero esta vez no permitirán que nadie las humille y someta de nuevo (de ahí lo bueno de la intolerancia). Hay que estar en guardia, pues existe el hombre, que es como es y pocas veces puede remediarlo, y es capaz de seguir atacando a la mujer (tan sólo el amor de padre lo podrá evitar) bajo la fácil coartada de defender el nombre propio: tened mucho cuidado, Lola y María, de que por ser mujer no os quieran como os quiere papá, para el que todos, hombres y mujeres, Juan y José y Lola y María, son iguales (no es que le valgan todos, es que a todos los que valen los reduce al valor de cualquiera: una verdadera eliminación de las diferencias, no entre los hombres y las mujeres, sino de los hombres y las mujeres en sí, que ya no son unos, otros y otros más, sino el mismo y, si no lo fueran, llegarían a serlo ante el temor a ser excluidos de la comunidad humana por trogloditas). Ojo con Juan y José, que serán quienes sean pero son hombres y sin duda no serán otra cosa (las diferencias han sido juzgadas): Juan y José deben ser borrados, pues a partir de este momento de reparación de todo lo que ha sido históricamente dañado no podrá triunfar más que la mujer tachada y difuminada bajo su nuevo y cegador género (si la mujer es una cualquiera que ha engañado a su marido y mentido a sus hijos, más motivo aún para exaltarla: en todo caso el antivalor atribuido al hombre la justificará con creces, pues estamos en presencia de singularidades inversas y volteadas. El hombre no es más que este sin nombre alzado sobre su sexo). El benefactor de la humanidad ha vuelto, pero esta vez (aunque es él, o sea, el único con derecho a ser llamado por su nombre, y hasta glorificado por sus hechos) es plenamente humano. El hechicero y el hechizado.

Ya habrá un noruego entre nosotros

La guerra civil española es un estado de ánimo omnipresente en el país que se produce porque entre los naturales corre un exceso de sangre y un defecto de hielo: la sangre se nos sube a la cabeza y nos hiela el corazón, el hielo se nos queda en el congelador y nos quema las manos. ¿Quién enfriará los ánimos de los españoles cuando lo que se ama en esta tierra es el calor e incluso el fuego? ¿Hay entre nosotros algún sueco que se precie? ¿Algún vasco, algún catalán, algún gallego? ¿Quizás algún andaluz? En este sentido, por más que se busque resulta muy difícil hallar una diferencia entre el centro y la periferia: el país es todo uno y en él se nos calienta la boca con igual o parecida intensidad en el norte que en el sur, en el este que en el oeste. Porque, la verdad sea dicha, lo que fascina y entusiasma al español es incendiar los ánimos sin que le preocupe demasiado si lo que se sigue de este incendio es la guerra que se tendrá que ocupar de apagar un noruego: ya habrá alguno, se piensa, entre tantas naciones y regiones como hay en la península y, si no lo hubiera, pues mejor que mejor: del fuego a las llamas de una vez por todas, que por alguna razón somos españoles y no suizos y no nos podemos ver ni en pintura, ni siquiera en este cuadro de una serenidad y quietud inusuales frente a las cuales ya se nos está agotando la paciencia, pues nos retrata como si fuéramos ingleses. No hay nada para la salud del cuerpo ni para la del alma como un buena pelea en la que gastar toda la sangre que se nos acumula en la cabeza y se vierte por fin al ruedo, pues evidentemente sobra y el exceso no es bueno: gracias a la guerra se regulariza el caudal sanguíneo y hasta la temperatura corporal se normaliza. ¿Qué importa que se pierda el corazón por el camino?  Ya se hallaba suficientemente frío y nadie lo va a echar en falta en adelante: no tener corazón por expresa renuncia a él es una de las medidas que se le exigen aquí al valiente. La otra es no tener cabeza, pero es la primera que se cumple y, sin embargo, no se nota en absoluto la pérdida: se vive mejor de un violento golpón de sangre, sin sentir y sin pensar en nada ni en nadie. ¿Acaso se trataría de mantener la cabeza fría y el corazón caliente? Quizás alguien los mantenga y no se halle incendiando el paisaje, pero es más probable lo contrario y que se trate de un rasgo de carácter, una especie de nacionalismo común a todos los nacionalismos que pueblan la quemada y en un futuro próximo seguramente prohibida piel de toro, y no haya que ver un odioso defecto en la alegría que se apodera del español cuando percibe el mal ajeno sino la exaltación lógica que de pronto le invade cuando conoce la derrota del enemigo en que para él se ha convertido su paisano: es una moral de guerra la que se corresponde con nuestra naturaleza agreste y salvaje a la que se añade un poco de leña por si no hubiera fuego bastante. La moral tradicional asume esta misión de enviar a patadas al adversario al infierno en que por su maldad natural se consumirá en las llamas eternas, pues para un español el otro es un malvado que no se merece más que la guerra de exterminio: naturalmente, es este belicoso estado de ánimo el responsable de que se transforme en idéntico al amigo y al enemigo en diferente, con lo cual hasta una moral honesta y sincera se ve condenada a perecer o servir a la causa de la guerra, lo que le arrastraría a perecer dos ves y definitivamente, y en absoluto la bondad o maldad del paisanaje, que es posterior y consecuencia del ánimo con que se le afronta: una obnubilación no siempre parcial de las neuronas a causa de la cual se juzga al que difiere simplemente como extraño y peligroso y al amigo nada más y nada menos que como a nuestro más cercano y consolador doble, motivo por el cual nos encontramos habitualmente privados de auténticos amigos, pues en su lugar colocamos a los fieles y leales que se nos han de parecer por fuerza. Porque lo más curioso y llamativo del país es que en él en realidad nadie conoce a nadie, y se trata de una consecuencia obligada y en absoluto artificial, pues ¿con qué lo podría hacer un tipo que se ha descabezado para los restos? Pues bien, a falta de cerebro lo hará con los puños, con los que se dilucidará la única cuestión verdadera e importante: si se trata de un luchador genuino o de otra cosa, en cuyo caso será siempre y en el mejor de los supuestos un desconocido. ¿Acaso no es un despreciable cobarde que además da que pensar el que no se pega con otro? Incluso se insinúa aquí una sospecha: ¿se sabe del algún danés que no sea en el fondo un vikingo? Pues se ve tan raro como un español que no es un guerrillero, es decir, un español que no es un español. El pueblo español, cuando se halla formado básicamente por sus nacionales de todas sus naciones y regiones, ama la guerra y, si no se pega con cualquier extranjero, se pegan unos contra otros sin más necesidad de una causa que de este amor a la guerra que es la auténtica causa de los habitantes de las tierras hispanas, y, si no se pega contra sí mismo, es porque ya se puede asegurar que el pueblo español no existe: se halla constituido casi exclusivamente por escandinavos. Los españoles no se matan unos a otros en su eterna guerra civil patria más que cuando ya no son españoles: vascos, andaluces, castellanos, murcianos, catalanes y demás. Cuando se vuelven no españoles, pero sin creer que por esta evolución cada nación y región de las que integran y descomponen España se ha de volver como más suya, más hacia dentro, más ensimismada: si el europeo es la única posibilidad real y cierta de que el español se salve de sí mismo, también es la única de que el vasco, el catalán y el gallego no se pierdan. Ni el español menos español del mundo se libra de la nacionalidad que lo quieran o lo dejen de querer los incendia a todos sin convertirse en un belga: no parece ser el caso ni el centro ni en la periferia. 

Uno es lo que le dejen

La pregunta que le hacen a uno: ¿es usted de derechas o de izquierdas? ¿Liberal o socialista? ¿Reaccionario o progresista? ¿Revolucionario o conservador? ¿Español o vasco? ¿Y qué respuesta puede dar uno? Vistos unos y otros, uno podría decir -pero sin molestar a nadie- que es lo que le dejen, si le dejan: porque entre los propios y los ajenos es muy fácil no ser. Pues tampoco es el caso ser de unos porque los otros le impiden ser de otros, ya que también los unos le impedirán ser de ellos: díganme ustedes cómo hacer para que uno desee perder el poco sentido que tiene, en cierto modo cómo dejar de ser uno no sólo en la calle, entre la gente, sino también a solas, en casa. ¿Me entienden?  No, no me digan que uno es siempre el mismo allá y acá, seamos serios.

O ni siquiera nada

¿Qué decir todavía? No hay aún palabras, o hay tan sólo una, o ni siquiera una: nada, nada, nada, nada, nada, nada --una palabra infinitamente repetida, tanto como para ocultar el vacío al que ha sido reducido el lenguaje, y, a pesar de todo, nada: nada, nada, nada, nada, nada, nada --y la que sigue y seguirá... todavía. Porque el lenguaje es canción, el hombre habla de alegría, es la alegría la que le hace hablar y le conduce al lenguaje, y muere en silencio, pero en silencio ante el horror, el horror es el fin del lenguaje, un silencio de muerte, atronador, terrible, en el que late una palabra, una sola palabra: nada --o ni siquiera nada, un silencio pero sin palabras al que todo el ruido político y mediático no consigue acallar. Escribir por escribir, como desde hace tiempo

El humor es una dimensión desconocida

¿Qué es el humor? El humor es revolución, transformación, cambio: una alteración que sin embargo no elimina la seriedad a la que muda, una mutación que no anula el dolor pero lo transfigura. El humor es sufrimiento convertido en alegría, infierno transformado en cielo, dolor cambiado en placer: cerrada mueca en abierta sonrisa. Pero el humor eres tú o no hay humor que valga, porque el humor es que te caes y te ríes, incluso te matas y te ríes, te partes la cabeza y te ríes todavía más, pero o superpones tú este movimiento a la caída o no hay más que una cabeza partida que duele lo que duele: te puede pasar de todo, y no hay duda que te pasará un día u otro, pero lo único que tú no puedes hacer es no reírte, porque además duele más, duele definitivamente. ¿Cómo vas a andar por ahí con la cabeza rota sin reírte? ¿Qué dirían de ti quienes aún conservan la suya sobre los hombros? Tú te has movido y te la has roto, los demás han sido más prudentes y, en vez de moverse, han decidido no respirar siquiera: si una vez sufren una caída, será la última o como si lo fuera, pues ya no volverán a levantar cabeza. Los demás tienen el cráneo como lo tienen, pero tú tienes en mitad de él una brecha y es por ahí por donde te sale la risa que les hace reír un poco sin romperse, ya que no es su risa sino la tuya la que les toca la mandíbula y, aunque tú puedes tapar la brecha por ejemplo con un bombín, no conseguirás sino que rían más de lo que hacen. No necesitan demasiado pensar, es cierto, pues están tan quietos como tú pero sin abrir la boca, sin mover un solo músculo de la cara casi como tú mismo, que te estás quieto como muerto. Porque también puedes ser un señor muy quieto y bajo, e incluso puedes agacharte a la altura de tus pies, que ya es agacharte, pero no puedes alzarte sin dejar de reírte, es decir, sin dejar de volverte un señor muy alegre, como crecido. ¿Eres más alto porque te ha crecido un bombín en la cabeza? ¿De dónde has sacado este sombrero que sin duda te hace más alto o al menos te mide de otra manera? El humor es quizá este bombín que le ha surgido a un señor tan bajo que parecía no iba a dar la talla, pero tenía el cómico bombín que le añade una nueva e insólita medida: tanto que es otro distinto al levantarse que al agacharse, y ha sido tan sólo este movimiento el que le ha proporcionado la estatura que le ha revolucionado de pronto como dotándole de una dimensión desconocida. La revolución no es, pues, la liberación de los que son bajitos porque les han oprimido y aplastado bajo toneladas de explotación y miseria, sino el desplazamiento por el que un señor bajito y como muy serio, que sabe desde luego que la cosa no es para menos, asciende desde el fondo de la opresión y el aplastamiento que le origina su poca estatura con la risa contagiosa en los labios que iba perdiendo durante el descenso: diréis que mido lo que mido, podrás decir tú a propósito, pero la verdad es que he crecido desde muy abajo. Un larguirucho no siente mucha necesidad de reír desde su gran altura y por este motivo puede pasarse la vida feliz y contento como un chiquillo, pero un bajito está casi obligado a extraer de aquello que inevitablemente le hace un tipo serio el humor que le eleva un par de palmos. Tú vas, coges, agarras, bajas al fondo, subes de nuevo a la superficie, dices que no tienes ninguna razón de altura para reír y las únicas que tienes son de bajura, y ya eres un señor que mide lo que su sonrisa: el humor de este señor tan serio es ya su verdadera estatura. O sea, el bombín que ocultaba en un zapato. 

La fatalidad sobre la que uno camina

La gran virtud o fuerza de lo que podríamos llamar ya el conflictivismo, más allá de lo que ya habríamos denominado el problematismo, es que gracias a él uno puede ofrecer a un conflicto la solución que quiera: basta con definir como conflicto una situación cualquiera, crearlo, identificarlo y reconocerlo como tal, y uno ya está en condiciones de hacer de una vez por todas su real gana. Con la precaución, habitualmente (pues todo son aquí reservas y cautelas), de adoptar una buena causa por si acaso ha de defender con más decisión que nunca su voluntad frente a los imprevistos y acasos: no es la libertad de uno la que actúa con total desparpajo y desenvoltura, sino el ideal que todos pueden abrazar para mayor seguridad de la libertad de uno. El conflicto que hay en una situación recibirá una solución, el que hay en otra recibirá otra o la misma: todo depende de lo que uno prefiera. El margen de maniobra es amplio, uno no tiene más que sopesar qué es lo que más le conviene. Una actuación que había que combatir, derrotar y someter, ya no es tal: por medio del conflictivismo ha pasado a ser un problema que ha de solucionarse de la mejor manera posible. Esta mejor manera es naturalmente la que uno quiera, pero uno ha de tener poder: si no lo tiene, ¿qué puede hacer? Nadie desespere, sin embargo: lo que uno puede hacer cuando no es poderoso es provocar un conflicto, es decir, proporcionarle al que puede una situación hasta ver si le interesa convertirla en un conflicto para emplearlo como palanca de su voluntad. Si lo logra, si consigue implicarle en esta operación, uno ya tiene poder y ya está en el juego que tienen en sus manos los poderosos. Todo problema precisa una solución, todo conflicto un arreglo: gracias al conflictivismo el poder hace lo que quiere con la particularidad añadida de que a través de este procedimiento obtiene una causa (la de la bella paz si quiere paz, la de la justa guerra si guerra quiere) que le ha de vestir como si no estuviera desnudo. Por ejemplo, matar no es sin más una acción que haya de ser perseguida, sino un problema que ha de ser resuelto: si los muertos son muchos, es un conflicto que ha de arreglarse. En estos arreglos está la clave de poder de uno: la misma ley, que por supuesto uno defiende y hasta representa, es la hija del poder que a veces el mismo poder descuida y desatiende o incluso violenta y trasgrede. También, por supuesto, puede hacer una u otra cosa legalmente, con la vieja cautela y el antiguo espíritu del poderoso: por encima de uno, uno mismo. Y es que uno, por la causa que sea, la que más le convenga, es el padre, el hijo y el espíritu santo, y, si fuerza a su hija, es por un bien superior que solamente él entiende: pues, en realidad, no es una violencia, sino el medio de solucionar un problema, un asunto de adultos especialmente juiciosos y responsables. La actuación de uno no es conflictiva, sino todo lo contrario: benéfica y provechosa (para uno, claro). En cambio hay una acción que siempre responde a un problema irresoluble: y esta acción no tiene remedio. Es la que muestra la irresolubilidad del conflicto, su presencia absoluta, su poder sobre el poder mismo: la fatalidad sobre la que uno camina, a la que ha de enfrentarse como quizá no quisiera. He ahí lo trágico del asunto.

Entre un hitler y un stalin

Todas las dictaduras son el fondo la misma: las religiosas, las políticas, las económicas, las morales --en todas el otro es alguien que debe ser convertido en nadie si no desea de cualquier modo someterse al uno: la dictadura es básicamente el régimen del uno en el que no puede haber otros (pues el otro es siempre una multitud: de hecho, es imposible identificarlo con uno solo, pues es solamente varios). El fascismo es la dictadura de derechas, mientras el comunismo lo es de izquierdas: la tentación de ambas es la misma: eliminar a la otra  --la tentación es la dictadura y cada una da muestras a diario de querer ser la única (la única y la absoluta). La democracia es quizá la única medida contra los fascistas y los comunistas: pero aún mejor que la democracia es la libertad, el amor a la libertad --que es amor a la diversidad, la pluralidad e incluso la excentricidad (los ingleses, los bilbainos). Todas las dictaduras, que en el fondo son la misma, tienen la coartada perfecta para aniquilar al otro, que es -ya habrá sido imaginado- el insumiso, el rebelde de guardia: la lucha contra el enemigo de la nación, el detractor de la revolución, el adversario de la patria, el rival de la liberación. El caso es arrodillar a los libres para alzar en pie a los esclavos, únicos amantes del dictador --los que piensan benedficiarse de los servicios que le presten: es decir, del poder. No aman la dictadura más que aquellos que tienen en su pensamiento al esclavo de su señor: de su hitler o de su stalin, de su franco o de su castro, de su mao o de su pinochet. En cualquier caso, de su benefactor. ¿Cómo no comprender este conmovedor acto de lealtad? Hay incluso quien lo valora, y no es únicamente el dictador: su mayor pecado es sin duda anegar la vida de valores de esclavo, de deseos de amor a la dictadura, de proyectos de anulación de la diferencia. Una herencia muy notable entre nosotros: esta pérdida paulatina de sensibilidad democrática e inteligencia crítica -este gregarismo que combate al lobo por amor al pastor- que avanza, avanza y avanza. ¿Quién será, para el fascista, el comunista, y, para el comunista, el fascista que lo parará? La desventaja de la democracia respecto a la libertad es que en la democracia puede nacer y prosperar cualquier amor --porque amar, lo que es amar, todos lo hacen, aunque cada cual lo suyo. La democracia es, también, la mejor oportunidad que pueden hallar los esclavos y los dictadores, el paso previo que han de dar si quieren asegurar su futuro previendo que todos pueden desear un día andar a su paso. En suma, votos y candidaturas para todos. La democracia es tan peligrosa para la libertad, como la libertad imprescindible para la democracia: sin embargo, es más fácil vaticinar hoy el avance de la democracia que el de la libertad.    

El blanco cordero y las ovejas negras

Una banda de racistas y xenófobos criminales es sin ninguna duda culpable -está en la definición el serlo-, pero ¿dónde están? ¿Quién los conoce? Quizás alguien lo sepa, pero el estado del que participa esta banda a la que no impidió sus crímenes -miró para otro lado, precisamente el lado en que no estaban los otros- no los persigue, luego les protege: ¿cómo no iba a proteger a sus ovejas negras? Un estado de racistas y xenófobos pacíficos y honrados que no tienen sobre sus conciencias ni los crímenes de sus hijos perdidos, que debieron despreciar a los otros pero sin llegar a exterminarlos, es inocente como un blanco cordero: ¿cómo es que estos chicos han hecho lo que han hecho? ¿No habrá sido acaso porque hasta los más maduros fueron una vez unos locos muchachos? Los criminales han desaparecido y los honrados son invisibles, de modo que lo único real son los cadáveres: todo lo demás es fantástico, espectral, alucinatorio. Como el estado, como su banda --los estadistas inferiorizaron a los otros y los bandidos los eliminaron como si fueran ratas, serpientes y cucarachas: grupos e individuos de un sitio y otro que pueden ser para cualquiera verdaderamente estúpidos -nacionalistas, etnicistas, populistas-, pues fundan su valor sobre la sangre cuando admitir esta valoración es como admitir un cálido y tontorrón trato ovino, son diversamente responsables de la matanza, autores en distinta medida -no menos los que no han manchado de sangre sus manos que los que no las han mantenido a resguardo-, pero unos son políticos y otros asesinos: sean quienes sean los inocentes y los culpables, y los haya o los deje de haber, solamente unos controlan los tribunales, las cárceles y las comisarías. Y tienen -porque pueden- colegas en todas partes. 

Los verdugos son los muertos

La verdadera diferencia entre las víctimas es la que hay entre quienes pueden contarlo y quienes no pueden --porque les han quitado la voz e incluso la garganta. Entre quienes pueden contarlo unos dicen ser víctimas de los señores y otros de los esclavos --pero entre los victimistas la diferencia está en que unos dicen ser víctimas porque no son libres y otros llegan a ser verdugos mientras son o siguen diciéndose víctimas: unos y otros son o dicen ser víctimas de la falta de libertad (seguramente causada por aquellos a quienes llaman con desprecio los señorones), pero unos no van a dejar de ser víctimas y solamente víctimas (su victimismo es, podríamos decir, la sustancia y no el accidente de su sangre) de aquellos en contra de los cuales montan su identidad, mientras otros no están dispuestos a abandonar el victimismo común a ambos desde el que justifican el mal que causan a quienes no reconocen su diferencia. Unos -víctimas que son o dicen ser siempre- sufren a los malos (gracias a los cuales, y decimos gracias, no son libres, pero también son víctimas: un valor importante entre algunos), otros -víctimas que no dejan de serlo o de decirse ni cuando llegan a ser verdugos- les matan: ¿y qué crimen hay en matar a malos tan despreciables? Los verdugos de unos y otros son los señorones, que incluso cuando mueren de forma violenta siguen creando víctimas, las mismas víctimas de siempre: los que -aunque vivos y a veces coleando- no son libres... no por su culpa (más bien por culpa de los que aún quedan como sobrevivientes a su espíritu de revancha). Las verdaderas víctimas no pueden decirlo, luego no pueden serlo: es irremediable que en estas circunstancias los verdugos sean los muertos.