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El grande en lo pequeño

El Padre ha muerto, la Mujer ha nacido, pero el nacimiento ha traído cola, el parto ha sido múltiple y, sin embargo, todo parecido entre las recién nacidas es pura diferencia: las chicas son guerreras, pero todavía tienen por delante la feroz batalla librada sobre todo contra sí mismas de enterrar al viejo, una cruel e ingrata victoria que no alcanzarán sin verter nuevas y más dolorosas lágrimas. El Hombre es Dios, Dios es el Hombre: en cualquier caso un desgraciado todavía levanta desde la proximidad a su tumba un terrible e interesado sentimiento de culpa en las que un día fueran sus criaturas. Aquí hay que pelear, aquí pelean todos: hombres, mujeres y niños, y no siempre según las reglas y sin propinar terribles golpes bajos. Lo mismo que nacionales y extranjeros viven unidos por la lucha y no hay quien los distinga: es una nueva raza que surge, como surge la mujer, de las nuevas condiciones de vida y de las muertes de lo que ha existido hasta el presente: las antiguas culturas, las clásicas identidades, las viejas tradiciones mantenidas a golpes. Las bandas dominan una vida de la que están ausentes casi todas las instituciones: apenas alguna organización de ayuda nacida de las propias filas de los guerrilleros de la calle monta guardia. Las chicas aman a los hombres, que son para un rato y para un poco más si son distintos, pero no necesitan que les estén diciendo sí a todo y en todo instante, aunque tampoco les obligan a que no les digan nunca no incluso sin palabras, para asegurar su sentimiento de aprecio y autoestima, pues quieren hombres auténticos y no monos amaestrados para mujeres que caminan sobre sus propios pies ligeras de equipaje: el matrimonio no destaca entre sus deseos y las parejas cambian, nacen y mueren, a veces sin tiempo incluso para destrozarse. La muerte está presente en la misma medida que lo está la vida, pero no hay más medida de una y otra que el acontecimiento: todo puede ocurrir, ya todo es posible desde la muerte del Padre que todo lo detenía y paraba y aún ha de ser enterrado para que la vida no retorne a su círculo de ley, malestar y nada. La paz no es dada, la guerra ha vuelto a las calles y no tendrá más paz que la de una vida libre diferente. La libertad es la única autoridad que reconocen las chicas, unas mujeres que lucharán a muerte contra todos aquellos, sean quienes sean, que pretendan someterlas por la fuerza o por el engaño: vivir en plan de igualdad con los hombres es vivir entre libres o no es nada. ¿Qué más puede desear un chico? El que quiera una esclava, o un esclavo, lo mismo da que da lo mismo, ha de tener mucho cuidado contra quién lucha, pues las chicas pelean y no es fácil derrrotarlas: piense, el que quiera y si lo desea, si lo que aún puede seguir deseando para vivir de veras (pues la Vida ha aparecido de pronto como un fruto maduro para el disfrute) es, sencillamente, una escoba con sexo. O sea, el efecto de una pacificación ya imposible, pues ya no hay rey ni apenas casa: la república, en este aspecto, ha llegado ya como un desconocido, un forastero que transforma el pueblo alterando apenas su apariencia como si por una vez todo él saliera a la calle. El ser ya es otro, está ocurriendo a otro nivel, por debajo de los solemnes Muertos que ya ni siquiera significan nada: un tirano no sobrevive ni alzado sobre el pedestal de una noble estatua. Es fácil despreciar a estas chicas pero no tanto convencerlas, ni siquiera convencerse a uno mismo en el fondo, de que la verdad es el hijo del desprecio que querría a las mujeres sexo y mano de obra gratis, pues barrer y fornicar no son actividades que entren de lleno en sus planes: el Señor de sí mismo, que lo es por el peso antiguo de sus atributos, puede matar esposas y robar hijos, pero es absolutamente incapaz de construir nada que merezca la pena porque está en manos del miedo a su propia diferencia. El Hombre dice no a los niños y los homosexuales, porque es precisamente ahí donde encuentra lo que más teme: teme a la mujer que hay en él y vive a su lado, en la que confunde más infantilmente de lo que él cree ser delicado con ser blando y mostrar afecto con mostrar debilidad en este mundo que está acabándose no tanto de hombres cuanto de machos, y machas, viejos y más celosos de conservar su impotencia que de conquistar su poderío. Un Dios que no mantiene relación con nadie, pues acabó con todos y cada uno de los suyos, es el origen y el modelo al que todo o casi todo sigue aún como arrastrándose, pues no hay mejor manera de estar más cerca de la tierra que aguarda abierta al Padre que arrastrarse incluso si alguien espera todavía hallar en el agujero la fuerza precisa para levantarse de golpe, pero afortunadamente a nuestras chicas no les fascina en absoluto el poder y la soberanía del Tirano que pretende ser el dueño y amo de la existencia, les afecta pero de muy otro modo y manera muy distinta: sienten casi al mismo tiempo desprecio, asco y rechazo, pero no permiten que las domine el miedo cuya inspiración el viejo intenta ni que les atrape el amor que ellas ya saben hay que ganarse sin violencia y con arte. La libertad es una mujer que odia la esclavitud y no acepta más invitaciones a compartir el terror y la fascinación que ejerce la potencia insana y enfermiza de la Tiranía, sino muy al contrario: las mujeres recuperan la sensibilidad, que estaban a punto de perder como ya le ocurriera al resto, precisamente cuando matan en su vida y para su vida al Bruto, porque la muerte es un abono para la vida, quizás el verdadero vivero de lo que no tiene más ser que nacer, morir y multiplicarse. Las niñas, huérfanas, perdidas, no dejarán que nadie las encuentre ni apadrine de nuevo para devolverlas a una minoría de edad que nunca, ni en el peor de los sueños, fue suya, como tampoco admitirán que hay unas cosas de chicos y otras de chicas, sino las que unos hacen y otros no son capaces de hacer, igual que tipos entre los cuales unos llegan a ser quienes son y otros no llegan: por tanto, hay que esquivar los golpes del destino, saber esperar el momento, forjar el carácter, y luchar contra el enemigo, pues siempre hay un enemigo y sumisión ninguna. La vida es probablemente una injusticia que no tiene nada que ver con el merito y el esfuerzo, sino con el poder y quizás un poco con el valor: si no te dan lo que es tuyo, coges lo que no lo es, y corres. Te la juegas y corres, aunque también puedes procurar que las cosas sucedan de otra manera. Menudo invento las mujeres, dice el último hijo del Hombre: sí, pero recuerda que las chicas andan sueltas y te dicen: no eres nadie. Eres el poder en la impotencia, el grande en lo pequeño, el fuerte en lo débil, el bueno en lo malo: en otras palabras,  el uno y el todo en la nada y el cero. Estás acabado y, lo que es peor, fuiste el mismo, nadie --¿lo fuiste siempre? Despídete, responde, estás a punto de recibir tierra.

Cállate tú, para que hable él

El ex presidente de los españoles es un fascista, un criminal y un militarista, pero lo es en casa; porque en el extranjero, incluso en el que fuera nuestra casa, es el ex presidente de los españoles: ya no es quien es -o quien algunos dicen-, sino lo que es. Y es lo que es, y no quien es, como todos los que asisten a la cumbre: jefes de Estado y presidentes de gobierno que, por arte de magia de la figuración, no son quienes son sino lo que son, lo que dice el título: la cima de Iberoamérica. ¿Pero no habrá nada debajo de sus cargos?  Debería haber tipos -o puros lenguajes- que hablasen -por escrupuloso orden- del ser, o sea, de todo lo que es -en política, economía, historia, sociedad-, cosa que resultaría muy parecida a hablar desde el no ser o incluso no hablar de ningún modo: en este sentido no hablar es la mejor manera de ocultar quién es quién, seamos mucho, poco o nada; pero hay quien habla demasiado -¿quizá porque es él mismo demasiado?-, incluso no permite que hablen los demás, y pasa lo que pasa: cada cual debe salir de su escondrijo, abandonar por un momento los papeles de la representación, y mostrar quién es. Cállate, que eres un charlatán que no deja hablar a nadie; y ya tenemos por lo menos a un charlatán entre tantos tipos correctos y bien hablados que simulan perfectamente ser lo que es en vez de quienes son: ¿es el único -el único quién- que tenemos? Al menos tenemos otros dos más: el que no habla porque le interrumpen en su turno de palabra -le podríamos llamar el silenciado- y el que manda o parece mandar callar al que interrumpe al otro -el silenciador le podríamos decir-; de modo que ya no tenemos simples, aunque encumbrados, jefes de Estado y presidentes de gobierno, sino un charlatán, un acallado y un callador. Ya nada es lo que es, pero la función ha de continuar y, para que continúe, la diplomacia ha de intentar restaurar la paz de los cementerios del ser: ¿cómo lograr, sin embargo, que el jefe de Estado de los venezolanos deje de ser quien es? El presidente de los españoles es fácil que vuelva a ser el que es -prácticamente no lo ha dejado de ser nunca-, y el jefe de Estado español apenas lo deja de ser de vez en cuando, pues tiene muchos años de actuación en el teatro de la invisibilidad y la desaparición: muy pocos españoles saben quién es quién en España, pero seguramente hay muchos venezolanos que no ignoran quién es su presidente -e incluso quiénes no son ya sus adversarios, porque literalmente ya no son nada-, y el presidente no tiene más que subordinados por las buenas o por las malas, los más de los primeros en casa y los más de los segundos en casa y en el extranjero a la vez. ¿En qué acabará esta ruptura de las formas de la representación, esta figuración rasgada? El segundo plano ha tomado al primero, la tramoya ha subido al escenario, el quién ha ganado al qué: el charlatán está dolido -realmente es un dolido, pues ha vivido y sufrido en sus carnes nada más y nada menos que cinco siglos de vergüenza, los años que ha cumplido su estirpe, el linaje de su resentimiento-, quizá porque siente la amenaza de dejar de ser quien es -un caudillo de lengua larga adorado por un pueblo que le ríe las gracias, pero no le perdonaría que dejase sin respuesta a quien le afea las charlas.-, gracias a lo cual ha conseguido ser, de entre todos los suyos, el que más es: el uno, el jefe, el todo -pero no un jefe de Estado cualquiera-, y pide reparar su honra, lavar su ofensa, restañar su herida: amenaza, a su vez, con tomar represalias contra los otros que viven -aún- en su territorio.  ¿Qué hacer para que el teatro vuelva a funcionar, es decir, para que todo vuelva a su ser? Es una tarea hercúlea y muy poco agradecida intentar volver invisibles a los dictadores aupados por el pueblo; su ego es infinitamente más grande que el de los jefes de Estado y presidentes de gobierno comunes y corrientes cuya vanidad está continuamente sometida a prueba: la democracia es un mero procedimiento político de elección de tiranos cuando le es extirpida la facultad de crítica y la eficacia de su fuerza y su poder (lección para españoles, pues los venezolanos ya la han tomado a la fuerza: cuando decimos que el que no está en contra de la guerra es un asesino -y el que está a favor de los derechos de los terroristas es un criminal, y el que no está en contra de la pornografía es un pervertido, y el que está a favor de las drogas es un inmoral-, estamos iniciando un movimiento irracional violento de palabra y de obra -que puede ocasionar y de hecho ocasiona muertos civiles e incluso reales-, una dialéctica del odio personal y la muerte política del otro, del que difiere, construida necesariamente sobre las ruinas y los escombros de todo lo que conocemos por pensamiento y debate: la negación del adversario o, simplemente, del diferente ocupa entonces el centro de la escena. Pero, aún más, el diferente muda en enemigo: y ¿qué hacemos habitualmente con el enemigo? Gracias a esta odiosa y mortífera dialéctica, gracias a este falso movimiento de la libertad, vuelven de nuevo al escenario los malos, los inhumanos, los agresivos, los que no tienen corazón, los que son como las fieras: porque, efectivamente, todo ocurre en nombre de la humanidad. Una moral violentísima aguarda a la vuelta de la esquina: la representación pública ha de purificarse, si el poder no sufre una depuración no es tanto porque no quiere como porque no puede).

La caza humana

Lo que hay entre los israelíes y los palestinos no es la guerra, no exactamente, sino una como guerra, pero sin batallas, que el que se considera a sí mismo uno e idéntico arrastra hasta la aniquilación del otro y distinto. Y ¿quién no se considera allí, y no sólo allí, el hombre de la unidad y la identidad, el hombre y el pueblo? Todos se creen uno y el mismo, incluso el que se reclama el diferente frente a los demás lo hace en función de una fijeza, invariabilidad y pureza de los rasgos que atribuye a su ser, como si dijera yo soy diferente, yo soy el que es, luego el otro no es, el otro es no yo, porque no es idéntico a mí. Sabemos ya que no hay guerra justa, sino aquello que es justo la guerra y justo aquello que no lo es pero lo pretende: por ejemplo, la acción de matar al enemigo separada de la actividad de la guerra en la que se manifiesta con toda su crudeza, pero a la que no expresa en toda su intensidad, es justamente el asesinato, el crimen, la matanza (o la falta de valor que hay que llegar a tener para cobrarse la vida ajena sin apenas arriesgar la propia -o cambiar una por tantas-, lo que nos obligaría a pensar que este fenómeno guarda más relación con la caza, esta vez con la caza humana, que con la guerra propiamente dicha). En este sentido el horizonte que se cierne sobre israelíes y palestinos no es tanto la guerra, cuanto el continuar manipulando -y desvirtuando- esta guerra que no hay entre ellos al servicio de una voluntad de negación, destrucción y muerte del otro en nombre de la integridad del Estado y del pueblo de cada uno. Pero tal vez no sean los únicos sobre los que se cierne este futuro, pues vivimos una época en la que, si bien no hay aquello que es precisamente la guerra, justo aquello que no lo es a menudo se halla en lugar de la paz: esta como guerra tan única, específica y real como aquella, la guerra, que carece de copia verdadera y, sin embargo, rebosa de calcos más o menos logrados. En definitiva, y según la fórmula clásica, ni guerra ni paz sino todo lo contrario: o tengamos el odio en paz y no haya amor ni para la guerra.

La inmortalidad existe como todo

El sujeto -él o Él- no es yo, sino uno: pero no es uno que es el que es, sino uno que es el que acontece y tan sólo porque es el que acontece es el que es, como tampoco uno es el que piensa, sino que es uno al que le acontece que piensa, o sea, el sujeto es uno, que es el que acontece, y en este sentido es, y al que le acontece pensar como antes le acontece ser y antes aún acontecer. No hay por qué decir, por tanto, que el sujeto no soy yo, que soy el que piensa y soy el que soy (y soy el que pienso), pero tampoco que el sujeto es Él, que es el que piensa y es el que es. El sujeto es uno, pero como uno no es yo, es decir, no soy yo, uno es él, al que le acontece pensar, ser y sobre todo acontecer, porque es un acontecer de aconteceres llamados acontecer, pensar y ser. ¿Qué es ser? Acontecer. Pero ¿quién es? Uno. ¿Y quién es uno? Él. El que uno sea él, que sea quien es y consista en acontecer de todo tipo, supone que no hay nada personal en ninguno y este reconocimiento nos abre de par en par a la libertad que nos civiliza y nos salva de la barbarie en la que la esclavitud nos encierra: yo puedo tener un pensamiento pero no ser suyo, porque puedo tener otro pensamiento y tampoco serlo, pues la idea no viene a rescatarnos como tampoco a perdernos. Acontece en uno, el que acontece, e incluso puedo ser yo, Él, o nadie --en cualquier caso, una persona cerrada y predispuesta a que no le acontezca nunca más que siempre lo mismo: el mismo ser, el mismo pensamiento, el mismo acontecimiento. No yo ser uno, sino un sistema hermético, circular y concéntrico, o la filosofía de la cebolla que nadie pela y, si lo hace, es con objeto de añadirle una nueva y más perfecta capa, al parecer la suya propia. Pero ¿tan difícil es admitir que la vida no es personal, almática o consciente? Piénsese que tampoco lo es la muerte: pero con la diferencia de que para decir yo no me muero no ha habido que llegar a decir yo soy. No es que no muera nadie o que la muerte no exista, sino muy al contrario, pero el miedo a morirme no tiene razón de ser: la muerte, como la vida, es reflexiva y ambas hay que vivirlas en tercera persona del singular. La inmortalidad existe como existe todo, pero está fundada en la infinita repetición de la muerte, porque alma, conciencia o persona no hay: lo que hay es una vitalidad basada en el eterno acontecimiento de lo diferente. Un acto de amor fatal, y de puro erotismo, de plena generosidad y desnudez extrema, un acto de libertad humana absoluta -poder decir sí, en suma- es tan necesario como el aire para respirar por una vez que es todas a todo pulmón, con verdadera salud y genuina alegría. Porque el enemigo más peligroso de la libertad es el miedo a la muerte -por el conocimiento que todos tenemos de la mortalidad-, pues es un enemigo interior o que interioriza y crea una interioridad que es pura herida. El alma, y toda su descendencia y parentela, es este fantasma hijo del miedo a la parca -un padre olvidado por terrible-, que arrastra al que lo siente y le domina a creerlo real y, además, ocupar el lugar que deja libre la razón, un hijo malogrado y casi abortivo. Pero al fin y al cabo es también la muerte la que acude siempre en nuestro auxilio, pues morir es dejar de ser de una vez por todas y dejar de ser no es sino el definitivo alivio del difunto agobiado y un descanso hasta su próximo alivio definitivo para sus deudos aún demasiado vivos y angustiosos. 

Los piratas altruistas

Se cuenta que Noé era un viejo que salvó del diluvio universal a los animales a los que convenció de que se dejasen secuestrar por él hasta que pasara la tormenta y pisaran tierra firme, porque en la que vivían se movía demasiado; lógicamente, ante un señor tan bueno, los niños se dejaron incluso llenar de gasas y vendas con las que simular ante los negros malos de su tierra que eran heridos de guerra y les permitieran subir al arca que les conduciría a la nueva vida que sin duda se merecían y en la que se les curaría de todos sus males. Pero ¿qué sucedió de pronto para que todo se fuera al diablo? Los negros malos se percataron de que el gran padre blanco sacaba de su país con engaño a los niños que no sólo no eran heridos sino que además tampoco eran huérfanos como se aseguraba a la gente; el bueno pero incomprendido de Noé, ladrón de todas las especies de animales, fue detenido o, quizá más apropiado, capturado por los tontos y malvados indígenas que no querían ni siquiera a sus hijos y los pobres animales devueltos a la selva en la que seguramente se ahogarían en el inminente chaparrón de agua. La moraleja de este breve cuento del viejo Noé, al que también se conocía en su juventud como el listo Zoé, dice que el amor a los demás es la más perfecta cortina de humo bajo la que operan los piratas de niños, los traficantes de mujeres y los mercaderes de hombres que se ha conocido nunca, o que tenemos ante nosotros a los piratas altruistas, los traficantes humanistas y los mercaderes moralistas, en medio de los cuales y con premio o castigo para los protagonistas se desarrolla el cuento de las buenas personas (porque hay que ser persona, ¿no es cierto?) guiadas por sus buenas intenciones, sus buenos sentimientos y su buena voluntad. ¿Acaso se podría pensar, visto lo visto, que una buena persona es en realidad otra mala que actúa bajo el disfraz gracias al cual finge que no es nada, como si en algún lugar del mundo se creyese que ser bueno es no ser nada e incluso no ser de ninguna forma, justo en el momento que le conviene o quizá no tiene más remedio? Es decir: ¿qué es la persona que se dice que hay que ser? ¿Es Noé o Noé es Zoé disfrazado y Zoé es Noé desenmascarado? La persona es el humo de paja bajo el que trabaja una despersonalización que ya no se nos oculta, porque también hay personas como Zoé, que en realidad es un Noé desvestido, desnudado y descubierto, como Noé es un Zoé en persona, y en los dos casos, que quizá son uno y el mismo, el objeto es vestir un cuerpo que todavía hoy, cuando la vieja filosofía y la aún más vieja moral escriben sus últimas líneas, no se acostumbra a actuar sino disfrazado, quizá porque a cara descubierta carecería del valor que el humanismo, el altruismo y demás ismos de esta clase proporcionan a los cobardes para actuar, es decir, para robar lo ajeno en vez de apropiarse y declararse legítimo propietario de lo que es común a todos y singularmente deviene tan sólo de unos pocos.

Materia pateada y pateante

Los magistrados son servidores de los legisladores, pero los legisladores son hijos de un pedazo de carne con ojos: queremos decir, respetuosamente, de un materialista ciego y estúpido o, mejor dicho, de un ciego y estúpido que no profesa el materialismo sin privarlo de luz e inteligencia. Los legisladores les sirven a los jueces un plato que han de hacer comer a la población quiera o no quiera, su obligación es servir este plato y su libertad hacerlo con la mano derecha o con la izquierda: la interpretación que la ley admite -pues hay que leerla y aplicar la lectura- les hace sentirse amos en vez de criados, pero el equilibrio es muy delicado, la balanza no llega vacía a sus manos. ¿Qué pueden hacer los justos si aparece ante sus ojos, llamando a sus dedos, un fisicismo sin energía? El acto que contemplamos no sólo es físico sino que también tiene, como lo tienen todos, una dimensión más añadida e implícita aunque de manera generalmente bastante desapercibida en la materia: es un agresión de una fealdad, cobardía y vileza perfectamente insertables en la materiarialidad de las cosas, porque el materialismo no tiene por qué ser la doctrina de un pedazo de carne sin nada (habría que prohibir a los ciegos que lo adorasen, pues no están a la altura: más que verlo y valorarlo lo imaginan uniforme y carente), y es en lo material donde bullen todas las diferencias. Ni todos los besos son iguales, ni todas las patadas: hay caricias materialísimas pero tan rechazables como ciertas patadas, y no porque las protagonizara el mismo personaje que protagoniza el video de la agresión a la muchacha, pues no dirigimos la mirada hacia el personaje sino hacia la acción, sino porque sería vil, cobarde y fea -especialmente violenta, incluso contra la materia-, aunque no lesionara a su víctima o no dejara en su persona, a causa de una singular fortaleza, huellas físicas ni morales duraderas --o porque las caricias no son, para algunos, materiales o su materialidad es muy leve o, simplemente, bella, noble y valerosa: una materia, el amor, digna en todo lugar y momento de aprecio y estima. Es decir, otra muestra más de materialismo ciego y estúpido, o una clase de espiritualismo de igual rango. Ni el cuerpo ni el alma, ni la sensibilidad ni la carnalidad han sufrido daños, seguramente porque la agredida es fuerte y el agresor es débil, pero quizás esta falta de herida sobre la materia no sea causa suficiente para mantener una concepción de lo material tan burda, al menos no esta falta sobre la materia pateada, porque la pateante quizás encierra incluso a su pesar el secreto de una idea específica y demasiado general del materialismo muy pocas veces pronunciada entre nosotros: todos somos ciegos y estúpidos, pero si no lesionamos a nadie no diferimos gran cosa unos de otros. Debe de tratarse de una cuestión de efectos, no de una diferencia en la materia, que apunta a una doctrina necia y bruta de la potencia: como no ha matado a la muchacha, como no ha afectado gravemente a la materia, el agresor no es quien es y, sobre todo, su acción no es la que es o no lo es al menos tanto como lo parece: una tipificación simple y tosca de la acción, tampoco tipifica al personaje. ¿Qué resultados ha producido la acción?, ¿cuál es su naturaleza?, ¿qué causa la ha originado? No hay materia para tanta pregunta, la que hay carece de ojos y de cerebro: al parecer la inteligencia es demasiado espiritual y, por lo tanto y en cierto modo, ha de ser prohibida como una manifestación más del más nefasto espiritualismo (hay quizá dos fuerzas que le sacan a uno de sí mismo: una es el amor y otra el odio, pero el odio lo saca con el fin de eliminar al otro que, según él, le amenaza con abocarle a no ser, y esta aniquilación del otro es la condición necesaria e imprescindible para que la paz, la tranquilidad y la seguridad vuelvan a uno, que, destruido el otro, ya es y puede ser sin temor uno mismo, su conservación a cambio de la desaparición del otro, su vida a cambio de la muerte del otro, del que representa para él un peligro mortal, un otro puramente negativo, una pura maldad que causa miedo, el miedo al otro y la cobardía de quien lo teme y lo combate arrastrado por este sentimiento que no le proporciona el valor que no tiene ni la fuerza que no posee, el miedo del que es su esclavo y la sensación de poder con la que este falso señor que impulsa al cobarde a cometer una agresión como la que caracteriza a la tiranía le vuelve al esclavo un auténtico pero muy responsable alucinado --responsable de su poder y de los medios por los que lo genera y de los usos que le aplica: no luchar contra el odio, sino asaltar al distinto. Patada equivocada, pero por ser cobarde, feo y vil el pateador que la propina --que quizá lo somos todos, pero sin duda no todos somos el mismo: en la actualidad, sin embargo, no hay más pateador que uno, porque el otro es invariablemente el pateado.)

Quién pastor, quién oveja y quién lobo

Los mejores esfuerzos realizados en el ámbito de la religión han sido los protagonizados por los religiosos que pretendían introducir un poco de razón y cordura -humanidad lo llamaban- en un terreno abonado a la ignorancia, la superstición, la locura y, muchas veces, el crimen cometido con motivo de un ejercicio esclavizador y tiránico del poder al que llamaban cristiandad: o cuando el disparate y el desatino sirven a los apetitos de todo tipo de unos hombres que quieren ser, contra todos y contra todo, los únicos y los sumos (los otros han de desaparecer si no les obedecen, y los demás obedecerles si no queren desaparecer). Los racionalistas de la religión, nombre que les da la tradición, señalaban, por ejemplo, el error de confundir el amor a Dios con el rechazo a los hombres y la manera de corregirlo, pero apartar a la religión del inmenso error de asociarse con la muerte no era una mera cuestión de sabiduría: la religión, que habla de Dios y de su amor a la humanidad y sus mejores hombres nos lo recuerdan (el mundo para los hombres y Dios para quien lo quiera), es una fuerza que amenaza la libertad e incluso la vida de los suyos y de los ajenos, pues en este campo no existe la neutralidad: o racional o religioso, o sumiso o condenado --pero, como va dirigida al rebaño, la religión solamente amenaza a los lobos: de error en error, sin explicaciones, es el error el que la salva y la protege (el que está en posesión de la verdad puede justificar todos los crímenes perpetrados en nombre de un bien superior). Y es que el pastor puede errar, pero tiene el cayado y, mientras lo tenga, también tiene junto a él el poder de decidir quién es pastor, quién oveja y quién lobo: el que ama a Dios sobre todas las cosas, el que sigue a pies juntillas a quien lo ama incluso en contra de sus hermanos y el que es distinto y, por tanto, susceptible de ser tachado de enemigo de la religión: ni siquiera de una de ellas sino de la única de todas, porque religión no hay más que una como poderoso no hay más que otro, es decir, el mismo. Al racionalista le pierde la religión o, más bien, le perdía, pero era inevitable, pues fuera de Dios, y más allá del miedo y terror a sus semejantes, no encontraba el movimiento de la tierra sino el hundimiento de su yo, su conciencia y su vida en las arenas movedizas que entonces eran para él el mundo. Los religiosos, unos y otros, no tienen pies para correr ni piernas para brincar -es demoníaco, o sea, su propia construcción ideal les impide vislumbrar una salida-, sino cuerpo para que los trague por su propio peso la tierra.  

El cuerpo: un ser que duerme, come y fornica

Todo el fenómeno del alma remite a un cuerpo sin juego o sin espíritu -porque el espíritu no es más que el juego que da el cuerpo, solo y acompañado, en el mundo que es su terreno de juego- y una vida sin energía, tristona, mortecina, aburrida y monótona, que monta sobre estas bases su identidad terrible y fascinante, su valor trasnscendente y su jerarquía suprema, y pretende además ser única, natural, inmutable y eterna. El alma humilde, pacífica, altruista, doméstica y humanísima, en guerra hasta la muerte contra la vida, en la que todos los cuerpos enérgicos son salvajes, malvados e incluso criminales, seguramente porque la sacan de sí y la arrojan de nuevo al mundo en el que arde como si fuera paja, cuando el alma es efectivamente un órgano que, recién incorporado al cuerpo con todo el juego que le ha vetado, toda la energía que le ha arrebatado y todo el espíritu que le ha descorporizado, vive en sí, por sí y para nadie, después de haber hecho del cuerpo un fantasma y de la vida la manifestación inequívoca de sus actos. Nuestra cultura de muertos y de los muertos es una memoria deseable e imposible de los vivos, de los más pero también de los menos vivos: alguien le debe al mundo un cuerpo reducido a un ser que duerme, come, defeca, fornica y muere (y puede descansar en paz cuando su hora, aunque en la tierra continúe una guerra en la que afortunadamente para él ya no tenga que trabajar y luchar por la paz, pues la descorporización de la materia o la desmaterialización de los cuerpos parece incansable. ¿Cómo no enfadarse, cómo no estar continuamente enfadado ante semejante fastidio? Es un engorro tener que abandonar esta apatía llamada contemplación -con la que no acaba sin embargo más que la muerte- para entrar en guerra).

La muerte de un extraterrestre

El fin del humanismo -quizás una vieja noticia- es el fin del antropocentrismo, pero también del extraterrismo: es a la vez y más profundamente el fin de la separación, de la pesudolibertad y del extrañamiento de que han sido víctimas los hombres, sus protagonistas. Una noticia ciertamente positiva, pues supone el final de todas las pseudoliberaciones que hemos padecido y el principio de la reintegración de los hombres a la naturaleza que un día abandonaran para inventar -como ya nos ha sido advertido- una naturaleza humana que era -y es- pura extranjerización de los terrícolas: el hombre ya no es un extraterrestre caído por aquí en lugar del omnipotente y divino que otro día cayera, del que quizá aprendió -o quizá no de él- las mañas, para levantar con el polvo de la caída una figura de aire demasiado duradera para su verdadera consistencia evanescente y vana. ¿Acaso no hemos oído siempre que el fin de una cosa es el principio de otra? Pues si el fin de lo que podríamos llamar naturalismo fue el principio del humanismo, el fin del humanismo es el retorno de la complejidad -es muy sencillo- a la vieja e innumerable vida: los terrícolas han vuelto a poblar el planeta, el viento que disolvió al hombre en la Tierra los ha traído de vuelta a casa. El hombre es el polvo del camino y sería deseable que la polvareda no impidiese ver el mundo. Pues lo que también podríamos llamar materialismo o, simplemente, terrismo ha vuelto a la vida después de que el esfuerzo de construir al hombre sobre la naturaleza a la que no contempla más que como su medio ambiente -una cosa meramente ecológica que está fuera de él y ha de cuidar como la ciudad ha de cuidar del campo del que en cierto modo depende- triunfara de una vez por todas después de tantos intentos fallidos y, sin embargo, después de triunfar viera cómo la criatura levantada con tanto éxito caía al suelo para unirse en él con la materia del mundo: la muerte es su muy humana manera de fundirse con la naturaleza e incluso de contribuir a la historia recuperada e incipiente de los hombres, las mujeres, los niños, los ancianos y los demás. La muerte de un extraterrestre que murió de frío por no cargarse demasiado con ropa de abrigo, ya que decía que el aire es bueno y, a pesar de lo que él pudiera creer, vivía a la intemperie: el diagnóstico de la muerte del pobre es más o menos la de cómico suicidio involuntario e inconsciente, como si lo hubiera matado otro e incluso otro fuera el muerto. 

Los que sirven a la causa del Señor

Los nacionalistas son buenos -humildes, altruistas, desinteresados-, pero aparecieron los revolucionarios y lo estropearon todo: cuando los revolucionarios desaparezcan, los nacionalistas parecerán lo que son y nunca dejaron de serlo. Unos seguidores de Dios que no quieren la libertad por orgullo o por vanidad -no quieren este crimen-, sino para servir a la causa del Señor, con la particularidad de que con su triunfo alumbrarán una democracia católica, apostólica y romana, es decir, una verdadera democracia superadora tanto del capitalismo como del comunismo. Porque la pregunta sigue siendo pertinente: ¿libertad para qué? La libertad no puede ser más que para Dios o para el diablo. Los nacionalistas son los hijos de Dios -un señor que existió antes- amenazados por los hijos del demonio que pretenden confundirse con sus honestas y piadosas personas, pero en realidad no desean la autodeterminación y la territorialidad más que para apartarlas para siempre del servicio al Señor. La verdadera libertad es nacionalista, porque es la libertad de los hombres de Dios; pero la libertad de los pseudonacionalistas -y protorrevolucionarios- es falsa, estratégica e instrumental, porque es la libertad de los sin Dios y, por tanto, sin nación de los hombres. ¿Cómo distinguir a unos de otros? La violencia no es nacionalista sino revolucionaria, porque la revolución es egoísta, soberbia e interesada, mientras que el nacionalismo es pacífico, modesto y blando, y gracias a él la libertad triunfará y servirá a Dios en vez de al diablo. La modernidad es diabólica -tanto como el politeísmo y el ateísmo-, pero existe aún un pueblo que conserva sus viejas tradiciones y será él el que mantenga la verdadera humanidad libre de toda esclavitud, opresión y violencia -tantas veces enmascaradas en las leyes-: ante Dios humillado, bajo el árbol de la ciencia del bien y del mal, el nacionalista jura que rendirá la territorialidad y la autodeterminación a la causa de su Señor que está en los cielos, el cual le ama porque sabe arrodillarse y rezar --la única sumisión que pueden desear los hombres, el único temor que pueden tolerar. Los nacionalistas son sumisos y temerosos de Dios, pero insumisos y valerosos frente a Roma, que es el mundo, el demonio y la carne: el poder, la crueldad, la ambición, la impiedad, la materia. Los nacionalistas son unos cristianos que odian a los romanos pero prefieren convertirlos -es decir, corromperlos- en vez de eliminarlos, ya que sus auténticos asesinos no son nacionalistas sino revolucionarios disfrazados de nacionalistas que los detestan tanto como -aunque por otras razones- detestan a los cristianos: pero el ojo por ojo no es cristiano, cristiana no es más que la otra mejilla. Pero, en el fondo, los nacionalistas en sí no son nada, insignificancia que han comprendido perfectamente los que toman sus banderas -pero no su mansedumbre y religiosidad-: los nacionalistas valen porque sirven, y sirven a la conservación del reino del Señor. Los otros nacionalistas son falsos y, en este sentido, no son nacionalistas, porque revolucionan y quieren destrozar el reino: son los revolucionarios frente a los conservadores en una lucha que en absoluto es nueva, pero librada dentro de la patria como si el mismo enemigo la hubiera introducido en esta santa tierra. La autodeterminación y la territorialidad no son inocentes: tienen un fin que alcanzar, un servicio que prestar y un programa que cumplir: o con Dios o con el diablo. Tal es la consistencia -como de otra época y de otro mundo- de la libertad en manos del nacionalismo, pero también es cómo subsisten de algún modo aquí las rancias concepciones periclitadas de la teleología, de los propósitos divinos ocultos en la naturaleza.      

Un tipo verdadero

La verdad es lo que quiere el poder, lo que el poder produce: el hijo de una violación cometida sobre cualquiera unas veces por medio de la fuerza y otras de la persuasión, pero más a menudo por una mezcla de ambas. La violación es forzada, aunque sería preferible que parecise un acto de amor y entrega de la víctima, pero el parto es voluntario, pues debe parecer que el nacido no tiene ninguna relación con el violador sino en todo caso con el amante de la verdad o, aún mejor, con nadie: la verdad es el hijo del poder que debe asemejarse a una criatura del espíritu puro, es decir, de un padre fantasma, como un ser no creado por nadie. Al contrario, la verdad debe mostrarse a los hombres como la luz que les guía y el cielo que les ilumina. ¿Quién creería en una verdad incluso engendrada por un acto libre amoroso? La verdad es la criatura surgida del que fuerza las cosas y de la fuerza que emplea extrae la verdad que no es más que lo que él desea: un valor como caído del cielo, una forma aparentemente autogenerada, una respuesta al parecer natural de los acontecimientos, que sin embargo no es más que un efecto, quizás el más notable de todos, de la más disimulada e increíble de las causas. El poder, el poder que cae sobre cualquiera y lo convierte en un tipo unas veces de lo más positivo y otras de lo más negativo, a partir de lo cual ya no le resultará nada fácil reconocerse e identificarse a sí mismo porque ya es un tipo verdadero, un verdadero criminal o un verdadero santo. Pero ¿de qué puede quejarse si ya no es cualquiera, ni blanco ni negro ni de otro color? Ya si no es blanco es negro, y si no es negro es blanco, y si es de otro color no importa a nadie, ni siquiera si todos descubren que la verdad es una mentira o un error, una equivocación o un engaño, pero no una creación muy precisa del poder. Porque ¿cuál es la verdad, la verdad de los hechos, la verdad verdadera?  La verdad de verdad es que no hay caso para la verdad, pero el problema es que hay poder, y el poder quiere unos hechos -causales- y un sujeto al que atribuirle la causa en un mundo lineal, dual y contradictorio: no debe haber fugas en la vida, sino apresamiento por el poder sobre una vida que hace aguas por todas partes, incluso por las más próximas y cercanas. El amor a la verdad que el poder mantiene es precisamente el que lo delata: un amor violento que crea tanto como mata, pues acompaña todos los pasos de la vida y su proceso: el de la seducción, la conquista, la penetración, el embarazo, el parto y el desarrollo que deberían ser lo que son y no son sin embargo más que su sombra y el abismo que encierran. Más que búsqueda, tensión, investigación, descubrimiento, tendencia, hallazgo o relevación, lo que hay es creación de la verdad a través de un poderoso amor que es demasiado a menudo puro y duro forzamiento de los cuerpos con poder de concebir pero sin facultad de elegir, desear y rechazar.

El autor: nuestro ladrillo, no el otro

El autor es una obra muy refinada, muy acabada, muy sofisticada, de la que el nombre es apenas una pista que hay que saber interpretar, pero lo es del arte, no de la política: el uno es una función de la actividad que protagoniza, el otro es en cambio un funcionario del poder al que sirve. En efecto, el uno vive de la cultura, pero el otro no es independiente ni siquiera a la hora de alimentarse: ni come ni da de comer al arte, del que no es ni siquiera su parásito. El funcionario no es ni parásito ni anfitrión de la cultura, sino que vive a otra mano: es la política la que le constituye o, por mejor decir, le construye como autor a partir de alguna habilidad cultural que lo convierte en material de los políticos pero no en obra de una función artística a la que no llega. La suerte que tiene es que puede confundirse entre los nombres que sin embargo no engañan a los autores. La actividad cultural libera -desprende- ciertas chispas y destellos a los que denominamos autor, que es una función de la cultura: la liberación de energía y, quizá, la constitución de nombres propios o la construcción de sus autores que son en todo caso sus obras, sus personajes, sus criaturas y sus producciones: material y función creadora, material y obra de arte (ninguna obra de arte más indicada que el artista en cuestión). El autor es un ladrillo que a veces es un peñazo -precisa y específicamente por ladrillo y poco más-, pero participa de la construcción general específica con tanto o más derecho que el que, siendo un ladrillo como todos, no es en modo alguno un pelmazo: por el contrario, el funcionario es un ladrillo que pertenece a otra construcción -la construcción de la política-, por la que no es ni puede ser tan siquiera un tostón. Es una obra del poder y puede resultar extraordinaria, pero no lo es del arte: el arte ni siquiera lo destruye, sino que lo mira con curiosidad y, a veces, con desprecio. En cualquier caso la ecuación que le describe es la siguiente: servicio político y construcción pseudocultural, compraventa material y obra política, dependencia poderosa y funcionariado artístico. Es, pues, el producto de una máquina que no tiene nada que ver con la de la cultura. Pero, al revés, o sea, bien puesto en pie y del derecho, el autor es un ladrillo de una ingeniería más o menos brillante pero propia.   

Un documento en carne viva

¡Qué tendrá la mujer, que está desnuda, libre y obligatoriamente descubierta! La mujer es la vida privada, y la vida privada es secreta: todo el poder de atracción, de fascinación y también de terror que ha ejercido a lo largo de los años procede de este sencillo hecho. El hombre, el hombre público, no ha sido nunca más que el servidor de la mujer, de este secreto que ella compartía de puertas adentro con el hombre: porque de puertas afuera el hombre era otro o, por lo menos, lo parecía. Era, oficialmente, el rey de la casa en la que reinaba un secreto: pero lo era, y lo debía ser hasta con violencia, en la calle destinada a los hombres que, como él, habían de carecer de secretos. Si el hombre poseyera una intimidad, estaría perdido: en este sentido no es infrecuente encontrarlo en manos de la mujer como un chiquillo (el hombre es el espejo público, el rostro transparente de este cuerpo oscuro y opaco, perfectamente cerrado en su mundo lejano y misterioso, que es la mujer: con la salvedad de que este mundo ha sido volado de los pies a la cabeza. La mujer es la mujer pública, el cuerpo es el cuerpo desnudo, la privacidad es la privacidad abierta: si la vida vela y la muerte descarna, la libertad no ha podido funcionar aquí sin la parca). Pero la mujer, la mujer tan pública como el hombre, ni un poco más ni un poco menos, es transparente como un espejo detrás del cual no hay nada, pues todo depende de lo que coloquemos enfrente: generalmente ella misma, una mujer sin secretos, una secretaria sin privacidad, una particular sin nada dentro --el ser en carne viva que surge de un papel, de un texto, de un discurso, de un documento emitido por quien tiene el poder para hacerlo cumplir. O, quién sabe, tal vez un misterio dentro de un enigma dentro de un secreto. El caso es que la mujer ya no causa asombro ni extrañeza, misterio ni espanto, curiosidad ni arraigo, y el hombre puede dormir tranquilo, claro que después de acceder al acto más desnudo, faltaría más, la libertad lo es por fin todo. La mujer es uno de los nuestros, nuestra intimidad es ya la misma que la suya: el sexo entre uno y otro y poco más, o sea, lo que quede, si es que queda, de hacer un nuevo y anteúltimo descubrimiento (la mujer es la nueva cara pública del viejo sistema de representación en el que el hombre era único y el único en ponerle el rostro, pero es un sistema tan fino y delgado como una imagen cargada de significados que ya no registra sino el vacío, tras el cual no está ya la mujer y todo este mundo familiar y extraño, íntimo y remoto, doméstico y dudoso, que le acompañaba no siempre subordinado: ve, vence y vuelve a casa, cariño, con el botín imprescindible para la vida. Lógicamente, ya todo es para nada, es decir: el poder es única y exclusivamente para sí mismo, para su propio principio y su propio fin. No sin cierta razón la mujer puede decir, exactamente igual que hizo antes el hombre, que es para sí sola, que ni pertenece a nadie ni nadie le pertenece. Que es libre, libre como el poder).   

Campaña de propaganda gratis al monarca

Nosotros somos republicanos porque somos mejores que los reyes, los príncipes, los condes, los duques y los marqueses, que en absoluto son malos, queremos decir, tienen su propio valor: la moral del valor es la única con que podemos medirlos, apreciarlos y superarlos, pues las demás les protegen como si no hubieran nacido de donde el resto. Pero son lo más fuerte que ha dado el pueblo (cuya bondad o maldad, por cierto, puede medirse por su capacidad de soportar la diferencia): ¿o acaso creéis que proceden de la debilidad o que han caído de las nubes? Le diréis lo que os apetezca y os salga de las narices, pero siempre estáis pensando en el rey: y nosotros los republicanos no somos esclavos que están siempre pensando en el señor, quejándose de él, fisgoneando en torno a él, murmurando sobre él y, en suma, culpándolo a él de todos los males reales o imaginarios que sufren -sufrís- sin vigor ni energía, ridículamente, pues ni siquiera habéis conocido a un rey de verdad, un rey casi tan absoluto como un caudillo, uno de los tantos que pretenden reinar popularmente y, según dicen, democráticamente sobre bastantes de vuestras tierras y pueblos y como preludio de su necio reinado rescatan los viejos valores absolutistas que ni los más monárquicos del lugar conservan: ya hay que ser estúpido a estas alturas de la vida para crear o ayudar a crear consciente o inconscientemente un pequeño reino coronado por un presidente tribal elegido por el pueblo que sin duda lo conduciría a la monotonía política, cultural, social, lingüística y económica. Una sola nación, una sola lengua y -si pudiéramos- una sola raza: todo lo que hemos abolido de los antiguos reyes, a los que hemos sometido a valores republicanos modernos, está caduco. Ya hay que ser bobo para transformarse -¡incluso revolucionariamente!- en un súbdito voluntario de los rancios y anacrónicos mitos del clan y de la aldea, por supuesto sin rey o, mejor dicho, con los tales mitos en lugar del rey y los supuestamente menos bobos de vosotros chupando del bote del trono del espectral reino. ¿Ya habéis pensado si le prenderíais fuego a su imagen en tan egregio día? Sois demasiado tontos para verlo, pero mientras tanto quemáis hoy al rey, mañana no le daríais ni agua al presidente más quemado, y pasado mañana le escupiríais con fuego en la mirada al jefe de bomberos que os pidiera ayuda para sofocar el incendio que asola el territorio, porque no os merecéis la república, no os la habéis ganado: sois únicamente los esclavos que no podéis vivir con el señor pero sin él tampoco. Porque la solución es tan fácil que -retorcidos y complicados como sois- no os lo creeríais: no os tenéis que manchar ni siquiera las manos, no tenéis por qué eliminar para nada al rey, basta tan sólo con que os vayáis del reino, que es sin duda la mejor casa en que podáis vivir nunca. Aire, muchachos, aire, que corra el aire. La libertad, como sabéis, está en la calle. Nosotros somos republicanos porque somos mejores que los reyes y nos atenemos a las consecuencias de nuestros actos: ni nos quejamos de la monarquía ni le hacemos campañas de propaganda gratis al monarca. 

La desaparición de la información como noticia

Una niña ha desaparecido en Portugal: ¿dónde está? ¿La han secuestrado? ¿La han matado?¿Quiénes? ¿Los padres? ¿Tal vez los abuelos? ¿Acaso los primos? ¿Quizá unos amigos? ¿O sencillamente unos desconocidos que, como su nombre indica, no conocemos? Pero no es la única cosa que desconocemos, en realidad lo único que sabemos es el lío que han montado los medios, el ejemplo de lo que podríamos llamar con un poco de atrevimiento el lío media: una niña ha desaparecido, pero la desaparición de la información sobre la desaparición de la niña no les impedirá a los medios dar la noticia: una noticia precisamente sin información, en la que lo más llamativo es lo que falta, tan llamativo que quizá podríamos considerar incluso que la noticia sobra. ¿O es que si falta la información no nos sobra de algún modo la noticia?  Es el periodismo moderno del vacío, de la ausencia, del agujero informativo universal: no sólo hay agujeros negros cósmicos, también los hay blancos y terrenales. No hay argumento, no hay historia, no hay nada: un títular y poco más después de semanas de emisión de la noticia. Lo único de lo que podemos por el momento informar sin faltar a la verdad es que la niña no ha huido: tampoco lo ha hecho el periodismo fantasma, que avanza cada vez con más vigor e inconsciencia. Lo hace tanto, que deja atrás los hechos y los acontecimientos, pero no importa: las carencias del guión, que básicamente consiste en la reiteración sin desmayo de un título: Maddie, padres, viva, muerta, las ha de rellenar la mareada audiencia. ¿Con qué lo hará la pobre?  Probablemente con el relleno habitual de los prejuicios: los padres son culpables de la muerte y desaparición de su hija. La presunción de inocencia vacía las pantallas. Sin cadáver no hay crimen, pero hay noticia de los asesinos. La nada sobre la nada: he ahí el ideal sobre el que operan los mass media. ¿Por qué no este blog? Nosotros también sabemos dar titulares: Maddie ha aparecido, Maddie la desaparecida aparece de hecho cada día en todos los periódicos y televisiones. ¿Seremos los únicos en emitir la noticia? Tenemos nosotros la exclusiva...

Relatos

Uno no es hijo de sus padres, sino de sí mismo o de los demás: si lo es de estos últimos resulta irremediablemente mediocre, ya que incluso ignora que no es él o, mejor dicho, es él en tanto en cuanto es obra de los demás, y no saberlo resulta increíble y fantástico, quizá la más perfecta forma de identidad, es decir, de identificación con el nombre que le han impuesto y la historia que le acompaña como su correlato: uno es en este caso uno mismo con lo dado y ya puede tener suerte con el lote, aunque la fuerza de la identidad es superior incluso a no recibir nada por herencia y pudiera decirse que la suerte está echada y bien echada. ¿Inconsciencia tal vez? Tal vez costumbre, destino, seguridad: en cualquier caso feliz mediocridad de todos --uno de los demás, uno mismo, uno que no parece tanto él como yo, es el resultado de esta obra tan singular que sin embargo pasa generalmente desapercibida, precisamente porque llega a confundirse como por naturaleza con la generalidad. Uno es sin duda una criatura de la vida, pero ¿cómo crearse otra identidad distinta a la que le llega predeterminada? ¿Con qué medios y a través de qué herramientas? ¿Y gracias a qué procedimientos no ser rechazado sino aceptado y reconocido por los demás como si no fuera hijo de sí mismo sino criatura común, ficción universal como lo somos todos? Otra identidad no es más real que la que a uno le han proporcionado, simplemente es la que uno es capaz de tomar por sí solo, incluso sin renegar de la que le han dado sus mayores sino particularizándola aún más, encerrándola dentro de sí como un secreto, el secreto de todos pero aún más especialmente el de uno mismo, pues remover la tierra está prohibido y el que atenta contra sus padres es condenado, y volviéndola por tanto absolutamente insignificante e intranscendente, mediocre puro, cero integral, como el anonimato de un nombre más, de un hombre más, de un hijo más: la historia familiar en la que el individuo no es sino el hijo de sus padres, vecino de su pueblo, natural de su país, siente y piensa como todos, y ni en su país ni en su pueblo ni siquiera en su familia sobresale y destaca sobre el resto, de modo que su biografía apenas abarcaría un par de líneas en el relato de la colectividad formada y unida por lazos de sangre y de vecindad. ¿Quién soy yo? ¿Un rebelde como lo fueron tantos?  Pero la política es el instrumento de conservación del poder y en su empleo y administración no cabe esperar la revolución sin engañarse: uno puede jugar indirectamente en este campo, pero habrá de ingeniarse otras armas más adecuadas, porque uno, aun conociendo y reconociendo a sus ancestros, desea por encima de todo ser él. ¿Cómo construir otra historia, la de un yo distinto, como más deseado, más dueño de sí mismo, y hacerla respetar e incluso admirar por los demás sin que nadie recele de su veracidad? El arte es una mentira admitida y prestigiada que puede conducir a su usuario a elaborarse otro nombre, otro futuro y, literalmente, otra vida que la que todo al parecer le deparaba: si lo maneja bien puede salir de la mediocridad general y alcanzar el éxito, la notoriedad, la fama e incluso una relativa riqueza. Pero el manejo de esta maña no es simplemente el de una habilidad especial, porque el relato es radicalmente diferente al de una obra realizada con maestría: uno es, gracias a las singulares palabras que elige y utiliza, el hijo de sí mismo que por medio de lo que a fin de cuentas serían otros oficios no llegaría a ser. Esta verdadera revolución, a la que en todo caso la política habría de enfrentarse para reconducirla por el buen camino, es el efecto más extraordinario del arte en su cruce con la vida y sus irreductibles necesidades de singularidad: la más honda y genuina genialidad de nuestro hombre es que, gracias a su arte específico, deja de ser obra de sus desconocidos padres para elevarse a la condición de padre oculto y encubierto de sí mismo, hijo del deseo que habita en él y lo lanza a una creación que va más allá de la literaria para abrazar el arte de la creación del individuo en medio de la sociedad. Al fin y al cabo los premios y las medallas que él acepta no son sino los intentos no siempre fructíferos de los políticos por devolver al artista al seno de la paternidad natural, como si el hijo de sí mismo necesitara de la sanción social que legitimaría su única y relevante obra: él mismo --esta cultura. De este modo él, que es indudablemente uno menos, aparece como uno más, uno de tantos, uno cuyo yo es como el de los demás, redondo y pleno y perfectamente reconocible e identificable, pues no en vano lo ha reconocido e identificado el poder, que es por definición el de los padres, un círculo que no siempre es tan poco artificial como parece: en efecto, también uno es padre, pero qué criatura tan única e irrepetible, pues esta clase de paternidad es infinitamente repetible pero nunca nacen dos hijos iguales, y qué creador tan secreto y, a pesar de todo, solitario. Ya puede decirse uno que, allá en el centro, todos hablan de él y de su última obra con una naturalidad asombrosa, incluso involuntariamente cómica, mientras él en su casa, en la periferia, agoniza con el sol de la tarde y ya en la alta noche muere con las palabras en los labios que le han hecho otro y, sin embargo, con nombre y apellido como otro cualquiera, la auténtica obra de la que él puede responder y extrañamente nadie le pide cuentas. Un revolucionario antisocial, pues la sociedad no lo ha podido someter a él ni ha podido liberarse a sí misma como quizás un día pretendiera, ha muerto en el mismo misterio en que nació, murió y resucitó para siempre en la escritura y a través de la escritura: larga vida al muerto cuyo relato artístico es quizá más honesto que el del poder contándose a sí mismo, su interminable trabajo genealógico, su ardua e infinita tarea.  

La guerra que es política y la política que es guerra

Llamamos guerra subjetiva a la que protagoniza uno contra un enemigo que no está en plan bélico sino en plan político, pero no importa: uno está en guerra y hasta este principio político ha de imponer a los demás. O sea, la guerra política, la violencia política, van unidas y son la misma cosa: la identificación de una y otra, su no distinción, no sólo prescinde de cuál es la primera y cuál la segunda y quién subordina a quién, sino que avisa de cómo entenderá y cuál será su política en caso de victoria, porque en otro caso ya está muy claro. El plan político de estos guerreros de la subjetividad es el plan bélico: o eres de los míos o eres mi enemigo, o estás en mi bando o estás en el bando contrario. Dirás que soy belicista, pero tan belicista eres tú: la única diferencia entre nosotros es la que marca el hallarnos en trincheras distintas enfrentadas por la guerra que es política, como la política es guerra. Tanto tú yo como sabemos -dejemos en paz al pueblo- que, si estás en plan político, en realidad estás en plan bélico y no hay que relajarse en ningún momento: la guardia hay que mantenerla siempre en alto. Es como uno vive: oculto, vigilante, tenso, y es como ha de aprender a vivir el otro. Éste es quizá el efecto más definitivo de la guerra subjetiva: nadie puede vivir en paz, con tranquilidad y seguridad. Puede simularlo, pero sabiendo en el fondo que en cualquier momento puede saltar por los aires si no adopta las medidas de protección suficientes, es decir, las medidas bélicas -escudos, mallas, corazas: el viejo traje reactualizado-, pues no hay un instante de respiro, que en todo caso sería de tregua. ¿Podría el enemigo librarse al fin de la muerte? Podría decidir que, si viviendo en paz es atacado, declarándose en guerra el que atacase sería él: pero con esta determinación no habría demostrado sino que uno tenía razón, el político es militar y el militar es político. ¿O bien no le queda más alternativa que, debidamente protegido, casi encerrado, aguantar los ataques y este tipo de vida, este sinvivir diario y continuo? La guerra subjetiva es radicalmente desigual: uno está en un plan y otro en otro y no hay manera de coincidir en nada, pero en realidad el que está potencialmente muerto es el otro, mientras que uno está casi con toda seguridad demasiado vivo --y quizás al menos por una vez la desigualdad no sea peor que la igualdad. Porque en cualquier caso, sin vencer, el supuesto guerrero ya ha vencido, pues encuentra el éxito que nadie le puede negar no en alcanzar la victoria y el fin de la guerra, sino en sembrar el miedo, la muerte y, siempre y en cualquier caso, la guerra: si no hay paz para uno, no hay paz para nadie. Entiéndase, desde luego: esta guerra no es más que la negación de la paz, la libertad y la seguridad. Es decir, la militarización de la vida. 

Adiós a la sociedad doctrinaria y el Estado doctrinal

Educación para la ciudadanía es educación para la democracia, pero educación para la democracia es educación para la libertad, y educación para la libertad es educación para la pluralidad o no es nada: es obvio que son demasiadas educaciones (además de que hay que enseñárselas a los profesores) para ser aprobadas por los estudiantes, y todos los que no están en edad de estudiar (y, por tanto, de suspender) las van a tener como una asignatura alarmantemente pendiente (sirva de atenuante el que no la reciben de nadie) para cualquier mes de septiembre. Los políticos, los periodistas, los sacerdotes, los escritores y tantos otros adultos más pueden hallar aquí una disminución aún mayor de su responsabilidad o poner manos a la obra, claro que sin desbordar las áulas y por su cuenta (pero ¿de qué vivirían los pobres? Las clases privadas no son baratas, y las públicas, que son gratuitas, hay que abonárselas a quien las imparte). La realidad que hay detrás de la educación para la ciudadanía puede formularse más o menos de este modo: no hay unidad política ni cultural ni religiosa ni de ningún tipo, y cualquier atentado, incluso el más pequeño, contra la multiplicidad es un atentado contra la democracia y la libertad (por supuesto, no hay unidad en una sola parte de la pluralidad: no hay unidad fuera de la pluralidad). La misma idea de la existencia de una unidad (de ideas, de valores, de costumbres, de objetivos, de afectos) es una manifestación más de esta multiplicidad que ha de ser respetada hasta en lo más leve: por ejemplo, la sexualidad, la heterosexualidad, la homosexualidad, la bisexualidad, la transexualidad, e incluso la asexualidad, pero sin que la afirmación del valor de una represente la negación del valor de otra. O sea, la asexualidad ha de renunciar a establecer una sexualidad natural, sana y positiva en la heterosexualidad, y otra negativa, enferma y antinatural en la homosexualidad. Simplemente, ha de admitir su asexualidad (o algún otro tipo de sexualidad más o menos encubierta)  y su extrañeza e incompetencia en estos asuntos (aquí hay que proceder siguiendo el ejemplo de la dimisión o el cese): en otras palabras, no hay doctrina que impartir. Podría parecer, sin embargo, que la multiplicidad es un monstruo que lo va a devorar todo, pero sería tan sólo la percepción de una unidad aún resistente a entenderse a sí misma y abrirse a los demás, lo que le supondría (efecto paradójico y hasta chocante) encontrar su genuina identidad (sin poder pero con autenticidad) por medio de la alteración (o por la alteridad a la mismidad, qué cosas). Porque, si por una parte existe el justificado temor a poner todo el poder en manos del Estado, por la otra existe (y confirmado) el temor de ciertas instituciones no tan particulares (es decir, neutras) como pudiera parecer a perder el poder ya depositado en sus manos: desde luego, no todos los padres de los escolares son padres de la Iglesia (creemos, para tranquilidad de unos u otros, que más bien ninguno). Pero, en efecto, el Estado doctrinal y la sociedad doctrinaria deben correr el mismo destino: ser educados y desistir (es al fantasma de la doctrina al que todos tenemos miedo, un miedo razonable pues no en vano es una cuestión de espíritus). ¿La educación para la ciudadanía esconderá en su interior un muerto? En el muy improbable caso de que lo hiciera, sería (ella) un féretro y no le aguardaría sino la tumba (ella misma).

Dale palabras...

El poder del lenguaje radica en que el lenguaje es como el aceite: siempre queda arriba --pero no sacia la sed, al contrario: la aumenta e intensifica la necesidad de encontrar el agua que bebemos (y que somos), el agua que no nos sacia sin abrirnos de nuevo el apetito, en otras palabras, sin eliminarnos. Por tanto, hay que atravesar la espesa capa del lenguaje para hacer que vuelva a fluir el ser que somos, a la vez que para que volvamos a fluir nosotros en el ser que corre, el agua que sacia y la sed que fluye y nos dice quiénes somos, aunque nos lo dice en silencio y sin las palabras que hemos de buscar en un lenguaje al que también hemos de transformar de nuevo de mar en río, de capa en flujo, de aceite en agua. Porque el poder del lenguaje es impotente, pero el sujeto que lo eleva a su máxima potencia habla y silencia, habla y enmudece, habla y acalla: en este poder es único y supremo e impera sobre la vida como sobre la nada o sobre nadie. Literalmente, el lenguaje mata de sed, sacia al sediento con palabras y más palabras, le da aceite en vez de agua, pero ¿para qué quiere agua? El agua siempre queda debajo, encerrada y sin flujo, bajo otro flujo que tampoco fluye, pues todo es boca, texto, círculo, e incluso arte. El lenguaje es el mar muerto, lleno de tempestades y corrientes subterráneas, de una vida cuyo valor ha desaparecido bajo el nihilismo. La conclusión no varía: qué importa. Dale palabras... 

La Tierra temblará bajo los pies de todos

El que, por diversos motivos y circunstancias, generalmente más de índole natural que política (una catástrofe, la política, difícil de visualizar), da pena, lástima, compasión, y con su sola presencia conovoca a lo que denominamos como solidaridad, una forma de alivio de la mala conciencia (este lagarto verde que hiberna durante largas temporadas de su triste y fascinante existencia), lo tiene claro, tanto en el primer como en el tercer mundo: lo que para él es hoy atención plena, mañana es olvido absoluto. ¿Qué pasa con los pobres, los enfermos, los locos, que no son meros productos naturales (son, y lo son siempre, los afectados por el desastre), como tampoco los cuerdos, los sanos y los ricos? ¡Cuánto molestan los desgraciados! Molestan tanto, que incluso hay organizaciones dedicadas a que, por unos cuantos euros al año, dejen de hacerlo: son el socorro blanco que, pintando a la mañana el mal, lo invisibilizan el resto del día. Son los creadores, conscientes o inconscientes, de la noche en la que los desdichados reinan como sombras a las que tan sólo la catástrofe los saca a la luz del sol: ¡qué malos son los terremotos y los huracanes! Pues ¿acaso no vemos de pronto que hay ahí unos pobres diablos que, tras estas duras imágenes, desaparecen de nuevo de nuestra vista?  El cataclismo ya ha terminado, ya no quedan escombros, los muertos han sido enterrados y los heridos curados: ¿dónde están los pobres? A veces tienen la desgraciada ocurrencia de cometer la diablura de asaltar nuestras conciencias, pero ni con estas frecuentes aunque raras argucias duran mucho en el recuerdo: son como un latigazo que apenas deja huella, a veces ni siquiera precisa de un poco de pomada al efecto. Naturalmente, disponemos por si acaso de nuestro servicio de guardia: la noche, su obra más oscura, nos ayuda a todos (¡las otras ayudas son tan claras!), porque, a fin de cuentas, ¿quién sabe quién es verdaderamente el afectado? Pobres de nuestros desafortunados sin dinero, sin salud y sin razón, pobres de nosotros los arruinados material y moralmente, porque son (somos) los tercermundistas de nosotros mismos, de los afortunados (relativamente, mientras tanto) del primero. Pero el que entre nosotros sufre la desgracia ya lo puede tener tan claro como el que, sencillamente, sufre: la Tierra temblará bajo sus pies como bajo los pies de los habitantes del tercer mundo. Un día la Tierra temblará sin duda para todos.