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Materia pateada y pateante

Los magistrados son servidores de los legisladores, pero los legisladores son hijos de un pedazo de carne con ojos: queremos decir, respetuosamente, de un materialista ciego y estúpido o, mejor dicho, de un ciego y estúpido que no profesa el materialismo sin privarlo de luz e inteligencia. Los legisladores les sirven a los jueces un plato que han de hacer comer a la población quiera o no quiera, su obligación es servir este plato y su libertad hacerlo con la mano derecha o con la izquierda: la interpretación que la ley admite -pues hay que leerla y aplicar la lectura- les hace sentirse amos en vez de criados, pero el equilibrio es muy delicado, la balanza no llega vacía a sus manos. ¿Qué pueden hacer los justos si aparece ante sus ojos, llamando a sus dedos, un fisicismo sin energía? El acto que contemplamos no sólo es físico sino que también tiene, como lo tienen todos, una dimensión más añadida e implícita aunque de manera generalmente bastante desapercibida en la materia: es un agresión de una fealdad, cobardía y vileza perfectamente insertables en la materiarialidad de las cosas, porque el materialismo no tiene por qué ser la doctrina de un pedazo de carne sin nada (habría que prohibir a los ciegos que lo adorasen, pues no están a la altura: más que verlo y valorarlo lo imaginan uniforme y carente), y es en lo material donde bullen todas las diferencias. Ni todos los besos son iguales, ni todas las patadas: hay caricias materialísimas pero tan rechazables como ciertas patadas, y no porque las protagonizara el mismo personaje que protagoniza el video de la agresión a la muchacha, pues no dirigimos la mirada hacia el personaje sino hacia la acción, sino porque sería vil, cobarde y fea -especialmente violenta, incluso contra la materia-, aunque no lesionara a su víctima o no dejara en su persona, a causa de una singular fortaleza, huellas físicas ni morales duraderas --o porque las caricias no son, para algunos, materiales o su materialidad es muy leve o, simplemente, bella, noble y valerosa: una materia, el amor, digna en todo lugar y momento de aprecio y estima. Es decir, otra muestra más de materialismo ciego y estúpido, o una clase de espiritualismo de igual rango. Ni el cuerpo ni el alma, ni la sensibilidad ni la carnalidad han sufrido daños, seguramente porque la agredida es fuerte y el agresor es débil, pero quizás esta falta de herida sobre la materia no sea causa suficiente para mantener una concepción de lo material tan burda, al menos no esta falta sobre la materia pateada, porque la pateante quizás encierra incluso a su pesar el secreto de una idea específica y demasiado general del materialismo muy pocas veces pronunciada entre nosotros: todos somos ciegos y estúpidos, pero si no lesionamos a nadie no diferimos gran cosa unos de otros. Debe de tratarse de una cuestión de efectos, no de una diferencia en la materia, que apunta a una doctrina necia y bruta de la potencia: como no ha matado a la muchacha, como no ha afectado gravemente a la materia, el agresor no es quien es y, sobre todo, su acción no es la que es o no lo es al menos tanto como lo parece: una tipificación simple y tosca de la acción, tampoco tipifica al personaje. ¿Qué resultados ha producido la acción?, ¿cuál es su naturaleza?, ¿qué causa la ha originado? No hay materia para tanta pregunta, la que hay carece de ojos y de cerebro: al parecer la inteligencia es demasiado espiritual y, por lo tanto y en cierto modo, ha de ser prohibida como una manifestación más del más nefasto espiritualismo (hay quizá dos fuerzas que le sacan a uno de sí mismo: una es el amor y otra el odio, pero el odio lo saca con el fin de eliminar al otro que, según él, le amenaza con abocarle a no ser, y esta aniquilación del otro es la condición necesaria e imprescindible para que la paz, la tranquilidad y la seguridad vuelvan a uno, que, destruido el otro, ya es y puede ser sin temor uno mismo, su conservación a cambio de la desaparición del otro, su vida a cambio de la muerte del otro, del que representa para él un peligro mortal, un otro puramente negativo, una pura maldad que causa miedo, el miedo al otro y la cobardía de quien lo teme y lo combate arrastrado por este sentimiento que no le proporciona el valor que no tiene ni la fuerza que no posee, el miedo del que es su esclavo y la sensación de poder con la que este falso señor que impulsa al cobarde a cometer una agresión como la que caracteriza a la tiranía le vuelve al esclavo un auténtico pero muy responsable alucinado --responsable de su poder y de los medios por los que lo genera y de los usos que le aplica: no luchar contra el odio, sino asaltar al distinto. Patada equivocada, pero por ser cobarde, feo y vil el pateador que la propina --que quizá lo somos todos, pero sin duda no todos somos el mismo: en la actualidad, sin embargo, no hay más pateador que uno, porque el otro es invariablemente el pateado.)

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