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La inmortalidad existe como todo

El sujeto -él o Él- no es yo, sino uno: pero no es uno que es el que es, sino uno que es el que acontece y tan sólo porque es el que acontece es el que es, como tampoco uno es el que piensa, sino que es uno al que le acontece que piensa, o sea, el sujeto es uno, que es el que acontece, y en este sentido es, y al que le acontece pensar como antes le acontece ser y antes aún acontecer. No hay por qué decir, por tanto, que el sujeto no soy yo, que soy el que piensa y soy el que soy (y soy el que pienso), pero tampoco que el sujeto es Él, que es el que piensa y es el que es. El sujeto es uno, pero como uno no es yo, es decir, no soy yo, uno es él, al que le acontece pensar, ser y sobre todo acontecer, porque es un acontecer de aconteceres llamados acontecer, pensar y ser. ¿Qué es ser? Acontecer. Pero ¿quién es? Uno. ¿Y quién es uno? Él. El que uno sea él, que sea quien es y consista en acontecer de todo tipo, supone que no hay nada personal en ninguno y este reconocimiento nos abre de par en par a la libertad que nos civiliza y nos salva de la barbarie en la que la esclavitud nos encierra: yo puedo tener un pensamiento pero no ser suyo, porque puedo tener otro pensamiento y tampoco serlo, pues la idea no viene a rescatarnos como tampoco a perdernos. Acontece en uno, el que acontece, e incluso puedo ser yo, Él, o nadie --en cualquier caso, una persona cerrada y predispuesta a que no le acontezca nunca más que siempre lo mismo: el mismo ser, el mismo pensamiento, el mismo acontecimiento. No yo ser uno, sino un sistema hermético, circular y concéntrico, o la filosofía de la cebolla que nadie pela y, si lo hace, es con objeto de añadirle una nueva y más perfecta capa, al parecer la suya propia. Pero ¿tan difícil es admitir que la vida no es personal, almática o consciente? Piénsese que tampoco lo es la muerte: pero con la diferencia de que para decir yo no me muero no ha habido que llegar a decir yo soy. No es que no muera nadie o que la muerte no exista, sino muy al contrario, pero el miedo a morirme no tiene razón de ser: la muerte, como la vida, es reflexiva y ambas hay que vivirlas en tercera persona del singular. La inmortalidad existe como existe todo, pero está fundada en la infinita repetición de la muerte, porque alma, conciencia o persona no hay: lo que hay es una vitalidad basada en el eterno acontecimiento de lo diferente. Un acto de amor fatal, y de puro erotismo, de plena generosidad y desnudez extrema, un acto de libertad humana absoluta -poder decir sí, en suma- es tan necesario como el aire para respirar por una vez que es todas a todo pulmón, con verdadera salud y genuina alegría. Porque el enemigo más peligroso de la libertad es el miedo a la muerte -por el conocimiento que todos tenemos de la mortalidad-, pues es un enemigo interior o que interioriza y crea una interioridad que es pura herida. El alma, y toda su descendencia y parentela, es este fantasma hijo del miedo a la parca -un padre olvidado por terrible-, que arrastra al que lo siente y le domina a creerlo real y, además, ocupar el lugar que deja libre la razón, un hijo malogrado y casi abortivo. Pero al fin y al cabo es también la muerte la que acude siempre en nuestro auxilio, pues morir es dejar de ser de una vez por todas y dejar de ser no es sino el definitivo alivio del difunto agobiado y un descanso hasta su próximo alivio definitivo para sus deudos aún demasiado vivos y angustiosos. 

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