Blogia

http://FelipeValleZubicaray.blogia.com

Los aburridos saben cómo divertirse

Dicen que la maldad es un placer, pregúntese a los aburridos: los pobres saben cómo divertirse metiéndose con los demás, picándoles, molestándoles, insultándoles, haciendo que pierdan el humor, la salud e incluso, llegado el caso, la vida, por no hablar de la propia memoria. La bondad debería considerar esta actualísima y cada vez más extendida manera de gozar, sobre todo porque no siempre es posible mantener a los aburridos a la distancia adecuada y suficiente: añaden a su estupefaciente aburrimiento las inseparables pesadez y obstinación en el empeño. Qué le vamos a hacer, a veces el placer es tal y como nos decián un vicio irremediable y la bondad, si no le permitimos disfrutar de la capacidad de dar un par de puntapiés en el trasero a ciertos tipos, una estéril virtud que tendrá ganado el cielo, pero no la tierra, y por la vía rápida: de aguantar los incordios a soportar la enfermedad, y de soportar la enfermedad a conocer la muerte sin saber ni cómo ni por qué. Los buenos han venido a este mundo a sufrir las pequeñas acometidas a veces infecciosas de las domésticas moscas y moscones que siempre encuentran cerca, pero es parte de su destino: los buenos también lloran. ¿Qué creían, que todo iba a ser reír, cantar y saltar? Los vividores no tienen quien les defienda, de modo que no tienen más remedio que fastidiarse si desean ser amados o incluso tolerados: unos cuantos picotazos son muy poco precio para tanta solución. Quizá la bondad es una alegría que corre el peligro de echarse a perder porque la pobre ha de ser tan especialmente buena que no ha de defenderse de los celosos ataques de sus enemigos, pero la maldad es un sufrimiento que quizá desapareciese un día si no estuviera tan obesionado con dañar y perjudicar a los demás: sin embargo, aunque no lo crea, tampoco la maldad está libre de la estupidez, y con la frecuencia que la caracteriza pasa de ser un enfermo a convertirse en un soldado de la enfermedad que ya ha hallado su lugar en el juego de poder del mundo. ¿Quién podría afirmar ahora que los buenos no son tontos y los malos listos? En otras palabras, ¿quién quedará con vida entre tanto asesino y suicida? El futuro quizá surja donde aparezca la fuerza.

Unos deportistas desnaturalizados e impotentes

La falta de deportividad de los jugadores -su inconsciencia, en un sentido que le es completamente desconocido al juego- es la causa de que el deporte esté en manos de los árbitros (comités, jurados, directivas): la naturaleza e incluso la potencia propia del juego están de este modo vendidas (unos deportistas desnaturalizados e impotentes), pero nadie tiene la culpa, mucho menos los árbitros, que hacen su trabajo; es tan sólo la falta de conocimiento, un poco menos de inocencia, un poco menos de espíritu de equipo, un poco menos de sentido del juego. Porque quienes deben arbitrar sus conflictos son los propios deportistas: todos juntos, unos y otros, pero en caso de duda, de nuevo conflicto sobre el modo de solucionarlos todos, la última palabra la debe tener el que afirme más y mejor, el que juegue por encima de todo. Ha sido falta, la jugada es mía: yo arbitro el juego, porque soy un jugador de veras, tanto como lo puedas hacer tú, pero de momento eres tú el que ha de volver a jugar de nuevo (evidentemente, el lugar del árbitro está entre los no jugadores, porque en el juego no hace absolutamente nada e incluso sobra: además de no jugar representa otra cosa que el juego, quizá la necesidad de protegerlo de los que en realidad no juegan pero también la oportunidad de controlar a los que efectivamente lo hacen. Es un trabajo lo que él realiza, la ingente tarea que le proporcionan los tramposos y los falsarios que desean el resultado del juego sin detenerse a jugar desde el principio: en el no juego, en fin, radica el origen y la posibilidad de actuación del árbitro. Pero, sin jugadores, ¿quién tendría el valor de arbitrar una lucha? La guerra no es desde luego un juego ni siquiera para generales: la guerra es quizá el medio contra el juego maldito o de niños).

El espíritu del enunciado

La historia de Euskadi es la historia de la violencia de palabra que deviene una violencia de obra, una violencia de hecho que devendría una violencia de derecho, nacida sobre un suelo religioso, crecida bajo un clima moral y madurada bajo un cielo político: la violencia de obra, como la de derecho, aunque más difícil y arriesgada, pues necesita un día muy claro para decantarse, presenta múltiples rostros y, aunque en todos refleje la muerte -la del otro-, solamente en el último la contempla cara a cara: además de una muerte figurada y simbólica, es ya a la vez una muerte física y real provocada por el espíritu que le es común a todas --un espíritu puro, íntegro, neto: la patria es un todo, pero está sojuzgada y hay que liberarla (la violencia es la de una cirugía dolorosa pero inevitable que, para eliminar la enfermedad y restaurar la salud, ha de cortar por lo sano, aunque a veces corte poco a poco en sucesivas y cada vez más penetrantes e incisivas operaciones realizadas sin prisa pero sin pausa, a veces), está fragmentada pero hay que unificarla, está dividida y hay que soldarla (y ya es el momento -ideal- de hacerlo con sangre: un pacto definitivo, una comunión sagrada, la revelación de las revelaciones). La vida de uno es la muerte de otro, y hay que entender las palabras al pie de la letra: ahora bien, el uno es el que es y revive, renace, resucita: es la resurrección tras el sacrificio, la resurrección de siempre tras un sacrificio como nunca. Por fin el sacrificio ajeno y la resurrección propia: por una vez los leones son los cristianos, y quienes van a morir romanos (no nos respetan, pero aprenderán a hacerlo: hasta aquí hemos llegado --palabras: uno que habla en primera persona del plural, con un enunciado de nosotros y ellos, ellos los malvados y nosotros los benditos, la negatividad en ellos, la positividad en nosotros, incluso la que ellos habrían de descubrir en sí mismos). Es el tiempo -nuevo- de la revolución, que comprime todo el tiempo en un momento dado y lo hace explotar de pronto con toda su fuerza acumulada, siglos que revientan en un solo golpe, en un único día. Esta historia no ha terminado, apenas ha mostrado sus comienzos, y tampoco lo hará si no le acompaña el fin de la violencia de palabra, de idea, de concepto: pero puede asegurarse sin temor a yerro que la continuación de la historia de la violencia de hecho puede acabar con la la historia de la democracia en el nacionalismo en Euskadi, y con el propio nacionalismo democrático. Por este motivo hablar de la proximidad o inminencia de un final de las muertes sin resaltar el final, por decirlo de algún modo, de los insultos (la violencia que adopta la política a veces enmascarada bajo el lenguaje) es mentir con todas las letras: la muerte está íntimamente unida a la violencia de la identidad, la unidad y la homogeneidad, y no hay manera de separar una de otras --ni siquiera de apartar lo civil de lo militar, es decir, lo imaginario de lo material. En estas condiciones la pluralidad, la heterogeneidad y la diferencialidad no dejan de ser una mera mención que reaparece de tarde en tarde, posiblemente por los avatares por los que pasan las luchas entre los distintos tipos y grados de violencia, para la cual, sin duda, representan lo desintegrador frente a lo puro, lo sucio frente a lo íntegro y lo partido frente a lo entero: es decir, la democracia. 

Toda la semana es Jueves

Una de las últimas consignas que circulan por la villa y corte es la que dice: no secuestrarás el jueves (que sale los miércoles), porque el secuestro lo convierte en el viernes, el sábado, el domingo, el lunes, el martes y el miércoles (que es cuando sale el jueves). Secuestrar el jueves no es malo, porque es un jueves que sale los miércoles (no es un jueves como Dios manda), pero ¿ya sería bueno que reinara sobre el resto de la semana? ¿Qué pasaría con el domingo, incluso con el sábado? Hay que respetar la jerarquía: el jueves, por más agradecido que le esté a Júpiter, es un día cualquiera que tiene su lugar en la semana, ni antes ni después, sino más bien en medio. Si secuestramos el jueves no sólo sufre la libertad de expresión sino, lo que es más importante, la política del reino: toda la semana queda trastocada. La próxima vez no habrá más secuestros, porque la política vela por la libertad de todos y si ya lo hacía sobre la libertad de mercado (favoreciendo a unos sobre otros), también lo hará sobre la de creadores y criaturas: prohibido secuestrar más jueves, hay que recordar que está prohibido crear semanas de un solo día, precisamente del jueves que sale los miércoles, es secuestrado el viernes y prevalece sobre el sábado, el domingo, el lunes, el martes y el miércoles (que es cuando sale) después de ser secuestrado. La represión de El Jueves juveniza toda la información (quizá podríamos hablar de una jupiterización de la prensa): ¿qué represión es, pues, buena? ¿La que nos ha hecho a nosotros amos de la política o la que ha hecho a los satíricos dueños de las portadas de los medios de comunicación? ¿Una de las dos o tal vez ninguna? La verdad es que tampoco tiene mayor importancia esta disputa, porque seremos nosotros al fin y al cabo quienes decidamos. Por lo tanto, no a la represión que hace crecer a los enanos (como fuimos nosotros), no a la competencia (fuera ellos): en definitiva, no a que toda la semana sea Jueves --lo diremos quizá cínicamente: sí a que a nosotros los demócratas nos repriman los fascistas (porque los fascistas están siempre ahí, qué bobos).

La vida de los otros

La cultura y la política son dos realidades diversas que no pueden tratarse de igual a igual (no hay paralelismo), una de las dos ha de someter a la otra (previo pago, por supuesto), pues nadie vive en paralelo en un sistema vertical y ya sabemos quién está arriba y quién abajo: la cultura ha de ponerse al servicio -político- del poder, el arte ha de hacerlo al servicio -sexual- de la política. La política también es sexo, el arte es también política --dinero, fama, poder (incluso sustento, trabajo, supervivencia: pero la supervivencia tiene mucho más de súper de lo que imaginamos). La política establece quién triunfa, incluso quién come, pero también quién puede: el que corrompe su arte, el que prostituye su alma, el que somete su actividad (en último caso, el que no afila su pluma). El sexo es el elemento que los relaciona a ambos, la política toma sexo del arte, el arte da sexo a la política: el poder goza, la cultura brilla. Quien no es crítico es puta (de una u otra manera), pero quien no es puta no es nada (ni siquiera sexual): está reducido a su vida íntima. Ser virgen y mártir no es difícil, pero ¿cómo ser crítico y continuar vivo?  La política crea y enriquece, pero también empobrece y destruye: da poder y proporciona impotencia (es absolutamente productiva). ¿Cómo escapar de este dilema? Pero la disyuntiva no es tan perfecta, pues al fin y al cabo la puta no condena a nadie (salvo a sí misma, ya que no es tan artista como parece) y además el cabrón (la policía al servicio de la dictadura) salva a los demás (tampoco él es, al menos tanto, lo que parece): el sistema es piramidal (oriental, egipcio, universal, faraónico, espléndido), pero una sola piedra que cae derriba el muro. El policía traiciona a su jefe, el escritor denuncia a su ministro: los dos tuvieron un día un ideal y un régimen que lo realizaba en sus primeros pasos, pero también en sus últimas voluntades. La pirámide cae desde dentro, una simple grieta la desmorona como un castillo de naipes. La vida de los otros nos marca más de la cuenta. 

Lo que es el márketing y la publicidad

Lo que es el márketing y la publicidad, o sea, la política: el partido único va a asegurar en China la libertad, la propiedad y la legalidad --más todavía: va a castigar a los desalmados que mantengan a los trabajadores en régimen de esclavitud. El partido único no admite competencia, una cosa es la esclavitud política y otra muy distinta que le salga de pronto un rival en la administración de la libertad económica: no hay empresario que pueda tener sus propios esclavos, pues todos los que hay y los que puede haber pertenecen al mismo y ningún amo puede ser tan bueno y honrado como el que no tiene nada que ver con el capital privado por más que capitalice el público, el único capital del que el partido puede sentirse legítimamente orgulloso. Es posible incluso que el partido de capital único llegue a premiar a los empleadores que tengan a sus trabajadores en régimen de libertad, pero de momento no permite que sus súbditos sirvan a dos amos distintos y es muy poco probable que con el tiempo lo llegue a hacer: su apuesta es el capitalismo con verdadera dignidad humana, auténtica armonía política y genuina justicia social. Nada de conflictos egoístas y particulares, la regla es poder estatal, estabilidad institucional y grandeza nacional: el individualismo ha sido superado, los buenos trabajadores chinos tienen un buen patrón y, si por raro accidente lo tuvieran malo, no les duraría demasiado. La lección es clara: si a quien tiene esclavos le espera la muerte, ¿qué puede esperar quien en vez de esclavos tenga libres? Quien manda en China es la envidia secreta del Occidente: no hay nadie en el mundo que, aun estando como suele decirse partido, sea tan único como él (además de poder presumir de los trabajadores que, no siendo aún ciudadanos, son los más libres que nadie pueda tener: tanto, que no desean disfrutar de la maldita libertad política, esta cosa de estudiantes que atropellan tanques en la primera plaza libre que encuentran, pues les basta y sobra con la bendita tiranía económica que ejerce para su bien el partido total. Esclavitud política y libertad económica es el futuro, muchachos).

Alguien moral

Los buenos son los que dan pena, lástima, compasión; los malos, los que dan asco, rabia, odio (por este motivo son dos veces malos): pero los buenos y los malos lo son para alguien. ¿Para quién? Alguien los siente como los siente: alguien que es todo corazón, buen corazón, y nada cabeza, mala cabeza (por supuesto, lo bueno es tener corazón; lo malo, tener cabeza: una opción descabellada, porque es descorazonadora). Pero un poco de lógica no le vendría del todo mal al problema antes de que el desaliento y la desilusión diesen paso por fin al nihilismo: en el fondo de todo está la guerra, delante de nuestros ojos su frío y oscuro resultado: los triunfadores y los perdedores. ¿Es que unos han luchado mejor, han sido más valerosos, o simplemente han tenido más suerte que los otros? Es tan sólo un resultado, feliz para unos y desgraciado para otros, y la causa no es ni la justicia, ni la libertad, ni nada por el estilo: la causa es sencillamente la guerra, razón por la cual quizá pudiera pensarse que el resultado sugiere al menos cierta superioridad de unos sobre otros en el arte propio de la cuestión. Pero sería demasiado aventurado asegurarlo: habría que haber participado de alguna manera en los hechos y quizá tampoco adelantasemos gran cosa. La razón de la victoria de unos y la derrota de otros, o las razones, podría ser cualquier simpleza, es decir, una intrascendencia o una insustancialidad como otra cualquiera. Pero, además, ¿qué cambiaría respecto a la moral? Hay los que hay y son los que son y alguien siente dolor ante la visión de unos y más que dolor ante la de otros: remediaría la desgracia de unos y la felicidad de otros, a cada cual más inhumana, si pudiera, pero para poder necesita a la moral como el aire que respira. Los hombres son fruto de la guerra, y guerra no hay más que una, que tiene tanto que ver con la moral como sus hijos: los hombres no son por naturaleza buenos, aunque tampoco malos por supuesto: son naturalmente poderosos. Buscan poder, producen poder, contrastan poder; luchan por el poder de unos sobre otros, porque unos para otros son puro poder. Y lo trágico del asunto es que el poder no es necesariamente malo: quizás es tan sólo el principio de la evolución, el dios de la humanidad, el origen de la especie, el final de la vida y el mundo del simio. Sin embargo, los hombres roban, matan y violan: pero ¿a quién? Alguien daría vida a unos y muerte a otros, y aquí es donde radica la clave, porque en esta vida sin duda hay que ser alguien. ¿Quién? Por lo visto, alguien que es supuestamente pura receptividad, sensibilidad en estado bruto, quizás enfermedad neta: todo lo coge, lo contrae, como una herida abierta, una llaga sin curar, una cicatriz infecta por la que alguien (¿quién?) respira. ¿Cómo acabar con este indecible sufrimiento? Hay en efecto quien en la moral tiene puesta en juego su vida, su supervivencia, e incluso la mera posibilidad de vivir en paz consigo mismo algún día. El padecimiento del que es pasto le torna un matador de los malos y un salvador de los buenos (momento en el que ya descansa, aunque todavía con un ojo abierto) y, sin embargo, este gran desconocedor de sí mismo en verdad ignora a los pobres y no conoce a los ricos: quizá la moral no es más que la venganza del perdedor en la guerra. Porque lo que en realidad desea este alguien moral como ninguno es dejar de sentir, que en todo caso es dolerse, y con este fin ha de protagonizar un particular rodeo: eliminar a una parte de sus desconocidos y cuidar de la otra parte son las dos operaciones que componen este atajo bastante más largo de lo habitual. Padre y patrón de unos, mientras les beneficie, es y será el justiciero que les proporcione a los otros el tratamiento que según él merecen, derrota o muerte, asimilación o aniquilamiento. Y de este modo hasta el infinito, es decir, hasta que (desapareciendo los que ganan a los que pierden) ya nadie dé pena ni rabia y, con el cierre de su herida, pueda cerrar también su alma: fin de toda señal, pantalla en blanco, espectador dormido. Hondo silencio (sin palabras).

San Dionisos

Los desconocidos se encuentran y se abrazan como si se conocieran de siempre, los conocidos se pierden y se abrazan como si no se conocieran de nunca: nadie se hace preguntas, ni por el nombre ni por el lugar de origen ni por la profesión, pues también las respuestas se han quedado viejas. No se busca la despersonalización, sino todo lo contrario: se pretende recuperar el cuerpo y todos sus sentidos, los físicos y los morales, pues se sospecha de su fuerza, de su energía, e incluso de su naturaleza. No se es más que el cuerpo, pero el cuerpo de fiesta: la gente se rompe, se destroza, se parte, pero no se detiene, se mueve sin parar, se mantiene en pie e incluso se prolonga en la danza. Se brinca de nuevo, se salta otra vez, y no se guarda nada dentro: todo lo que se es, se halla ahí fuera, y no se es otra cosa, como tampoco se está en otra parte. Se ha perdido el alma, se la ha arrojado por la borda, se le ha prendido fuego: se vive al día, en la calle, pero de noche y en casa se vive igualmente. Sin duda se acaba muerto, pero se renace nuevo, entero y vacío, pues se es ligero como una pluma: no se trata de la edad sino del peso, y no se pesa sino lo que el cuerpo, un ser que se disloca, se revuelve, se lanza, y se hace uno con cada uno y todo con todos. No se posee más consistencia que la del deseo, que se proyecta del interior al exterior como para unos un horror y para otros una maravilla, y no se tiene volumen, espesor, tamaño, sino aire, pulmones, vuelo: se es y se está fresco, quizá más que el primer día, en el sentido en que no se soporta ya el peso del alma que se ha ido creando en el hueco del cuerpo con el deseo con el que no se ha jugado sino que se ha materializado como alma, carga, relleno: en realidad, paja que se quema en el cielo con los primeros sones de lo que se festeja. La gente, tanto los vecinos como los forasteros, se reconocen, se saludan y se identifican por los rasgos peculiares y característicos de la fiesta: el gasto y no el ahorro, la intuición y no el cálculo, la ligereza y no la gravedad, la inmanencia y no la trascendencia, la sorpresa y no la previsión, el juego y no el trabajo, incluso la desarticulación y no la integridad. Se ama la vida y todo el mundo se muere y se mata, mientras en mitad de todo se ríe, se baila y se canta: una pierna por aquí, otra por allá, el sexo y el amor por todas partes o casi, y ya se acabaron las fiestas de san Dionisos de san Fermín.    

Lo mismo habla que escribe

Diferenciar el ser de los hombres por el sexo, la lengua y la raza, es pura ignorancia: es decir, es la diferencia al alcance de una ignorancia que prefiere el prejuicio en vez de la razón, el error en vez del conocimiento, la irreflexión en vez de la verdad, y el estereotipo en vez del pensamiento --la manera de apresar, por parte de una ignorancia que en cualquier caso opta por sí misma, una diferencia que le es siempre libre y salvaje y sin reconocer ni identificar como siempre: he ahí el problema, pero quizá también los rasgos genuinos y auténticos de lo que, nunca mejor dicho, difiere (escapa). En otros términos, el varón blanco europeo -y todos sus descendientes- no es quién (ningún qué lo es): más bien representa la ignorancia en lugar de la inteligencia, pero con todos los títulos y honores, la ignorancia catedrática, que alza una identidad sobre otra a la que rebaja y no capta nunca la diferencia, pues aunque quisiera no podría. Desde luego que no es el caso: su problema consiste sin duda en erradicar lo que no puede capturar, pero creyendo que de este modo logra su objetivo, la eliminación de lo distinto, de lo rebelde, de lo que no admite ni su captura ni por supuesto su erradicación, pues ahí está siempre libre e insistente como un virus. Una mujer no es nada si no es una danza (la mujer en danza), pero un gitano no es más si no es una aventura (el gitano en ruta), y un vasco tampoco si no es una canción (el vasco sin letra pero con música), y todo el que baila es mujer, y todo el que viaja es gitano, y todo el que no tiene palabras más que en los labios es vasco. Desde este punto de vista de la diferencia, ni son todos los que están ni están todos los que son y resulta imposible definir por su sexo a una mujer, por su raza a un gitano y por su lengua a un vasco. La diferencia es otra cosa, mucho más difícil de reconocer e identificar y, sobre todo, completamente esquiva a los procedimientos clásicos de representación de los seres, de su encuadramiento y clasificación, pues salta por encima de los géneros, los lenguajes y las naciones, y lo mismo está aquí que allí, lo mismo danza que repta, habla que escribe y pare que fecunda. 

El prójimo vive en el Polo

Todo lo que no comprendemos, lo destruimos (una forma de destrucción es desvirtuarlo): ¿por qué, pues, la acusación, la culpa y la condena? ¿Por qué, pues, su poder? La causa de esta desgracia que no abandona a la humanidad es la ignorancia --o incluso ni siquiera: es más bien el temor natural y el más artificial rechazo a lo desconocido. El desconocido vive con nosotros, está a nuestro lado, es nuestro semejante y, sin embargo, qué extraño, qué lejano, qué distinto nos resulta: es, con todas las letras, el otro. El prójimo, en realidad, vive en el Polo, entre él y nosotros hay un mundo, un abismo para salvar el cual no siempre hay mediadores (en realidad cada vez los hay menos: desaparecieron todos juntos). La atracción casi irresistible por lo idéntico es el signo distintivo de nuestra cultura (de nuestra incultura), lo que atestigüa el vigor del miedo a lo que difiere (¿y qué no difiere al fin y al cabo?), la imposibilidad de convivir con lo desemejante, incluso con lo que no ha sido reducido según la ley de la identidad a un modelo de conducta, creación y conocimiento. Miedo es miedo a uno mismo, el temor incluso a lo que nunca está demasiado atado, el valor del sumiso (el sujeto) que sin embargo vive siempre inquieto y movedizo, preso paradójico de la libertad a la que nunca maniata del todo. ¡Qué habrá en uno en el fondo, qué agitación, qué turbulencia, qué alboroto! Pero es el miedo el que suspende la aventura, la aborta antes de emprenderla: el aborto, el diablo, la bestia es el nombre que recibe el desconocido (sin duda uno que brinca y salta sobre todas las cosas) que va a ser atacado con todas las fuerzas que acopie el terror, un valor que invierte muchas energías en tratar (a su modo)  lo uno y lo otro. ¿Quién es quién, en suma?

¿Muera la luz y reviente de una vez la diferencia?

Los grupos son cerrados, la luz es forastera, la luz ciega los ojos, la luz destroza el grupo, el grupo siente miedo, el grupo teme fragmentarse, este destrozo es el destino que integra a todo el grupo, el grupo desplaza sus fragmentos día a día, la muerte es entrañable, las vísceras son suyas, el corazón y la cabeza y los riñones son siniestros, el fin del grupo es su comienzo, la desaparición que siempre espera le proporciona espíritu, el alma es temerosa pero asegura el cierre, la ruptura es el eterno futuro de este grupo al que tiene en sus manos el más profundo y cotidiano miedo, el sentimiento agrupa y la razón disgrega, el grupo difiere siempre el estallido que late en él con fuerza desde un principio, la nada acecha siempre ahí como un espíritu, el fantasma está fuera, el terror es la sombra que produce la materia, la materia no es la última razón del grupo y de su idea de la realidad y de las cosas, el pensamiento es una mera extensión del sentimiento y la razón un brazo más de la fe, la fe lo es todo, el sentimiento es puro, arriba y abajo es lo mismo, la identidad aparece de una vez por todas y no varía sino en sus vestidos y disfraces, el grupo evoluciona pero sin perder el pelo de sus orígenes, un bloque de miedo y horror lo mantiene unido frente a los demás, el resto es amenaza a la que a veces enfrentarse con todas las consecuencias, pero su grito no es muera la luz y reviente de una vez la diferencia porque si existe alguien iluminado es él, la luz es el cegador halo que sale del temor que le nace de dentro, y si hay alguien diferente no son por supuesto los otros, el grupo es uno y de los unos, el único que queda compuesto por los únicos, triunfe aquí pues el uno, bueno y mismo, sobreviva lo cerrado, lo honesto y lo puro, el grupo, el grupo, y sus hombres, sus mujeres y sus niños.  

Y el imponderable de la esclavitud

La vivienda no es un espacio para vivir, ni siquiera para habitar, sino el ejemplo de un tiempo político, económico y social nuevo: la vivienda es el elemento central y capital que sirve a nuestro sistema la vieja función de hacer a unos ricos y a otros pobres, a unos acreedores y a otros deudores, a unos libres y a otros esclavos, en la guerra que es tradición incluso negada establece quién es quién en la vida. Es una operación sistemática que abusa del deseo de propiedad y el instinto de territorialidad de una población sumida en el temor a vivir en una intemperie que ni siquiera es suya, pues cree que hasta de la calle puede ser privada y sabe que no le pertenece ni la nada en la que ya no está seguro nadie: el espacio es frío y siempre nos sitúa demasiado fuera, de modo que hay que agenciarse un lugar hasta cierto punto cálido dentro de un espacio que dirigen los mismos de siempre, aunque quizá como nunca antes: hay que librarse del casero, pero sin pensar demasiado en lo que implica la nueva casa. Es decir, quién es el pobre, el deudor y el esclavo: quién es en verdad el amo que reparte la propiedad y distribuye el territorio para su mayor poder pero también para su mejor nombre. El sistema es bueno, construye viviendas para el pueblo, las pone al alcance de todos y ayuda a que cualquiera pueda abonar el precio que vale una vivienda que en otro caso no sería suya incluso si tuviera el mismo valor que tiene: los despropiados ya no existen, ya no hay más despropiado que el que quiere (y ni siquiera sería un despropiado, sino más bien un necio, un tipo incomprensible, un vagabundo que debería ir saltando de un lugar a otro como un fugitivo sin cabeza). El país fue una vez el profundo y solitario desierto al que venían a vivir todos los muertos de hambre de espacio y movimiento de la tierra,  pero ya no es sino la urbe extensa y atiborrada en la que todo el mundo tiene donde caerse muerto tras volver de un trabajo de negros que una vez estuvieron sedientos, pero ya están cada vez más saciados de su nuevo status de propietarios libres y adinerados que no necesitan ni mucho aire que respirar ni muchos pasos que dar por el camino, pues todo es automático: el pago de la pobreza, el cobro de la deuda y el imponderable de la esclavitud. Dinero y libertad ya son sinónimos, la vivienda en la que morir e ir malviviendo rodeado de lo inimaginable, pues no hay alternativa ni para el pensamiento (y, sin embargo, tan sólo nos queda lo impensable). 

El tiempo de Europa

Un continente es el resultado de la batalla que se libra entre las naciones que lo forman y a veces lo constituyen: el continente se llama Europa y las naciones urden en él sus alianzas, elaboran sus estrategias y traman sus planes unas contra otras. La guerra continúa porque la victoria se dice la unión de Europa, pero ninguna nación quiere la derrota que supondría su desaparición y la desaparición de todas el fin de una historia de honor y gloria de cada una, cuando Europa dominaba el mundo y en cierto modo lo dirigía y creaba. Se trata o trataba del tiempo de Francia, España, Inglaterra, un tiempo del que no parece escapar un continente en el que sus naciones siguen peleándose en busca de un éxito que las uniría disolviéndolas sin percibir acaso que el mundo ya no volverá a ser nunca más el que era: el lugar en que una nación de Europa imponía su voluntad al resto. Pero en el mundo actual ya no se respeta a Europa, por la sencilla razón de que lo que existe no es Europa sino sus naciones cada vez más débiles y menos poderosas, enzarzadas en una guerra a la vez contra sí y en pos de sí mismas de la que no podría surgir la victoria de todas sin la derrota francesa, española, inglesa, y subsiguientes. Las viejas naciones ya no se pueden hacer cargo del planeta, además de porque él no lo quiere porque ninguna lo puede, pero los conflictos que tienen lugar en él ya no se resuelven como hasta ahora: amenazan la civilización entera, ya no es una pelea de egos por la supremacía. Europa no se halla unida, pero sus naciones ya no están fuertes y vigorosas: el mundo camina sin Europa, pero también sin Francia, España, Inglaterra. Mientras tanto, se libra en el continente la vieja batalla de los orgullos e intereses nacionales y la culpa la tiene cada vez más América, el responsable es como nunca el otro, y el otro ya no es más el que era: ya ni siquiera jugamos este papel en la escena. El nacional es, desde esta perspectiva, aún más patético (mirad al francés energético, al alemán residual, al inglés anacrónico y al español perdido). Y es que Europa no ha nacido, pero sus naciones aún no se han muerto: preñadas del hijo común a todas que no las superaría sin dejar de matarlas naturalmente, ni paren ni por supuesto abortan, el instinto de conservación es todavía más activo frente al impulso suicida que encuentran en la génesis del futuro que esperan.

Pioneros de la publicidad

Junto al silencio, no siempre fácil de mantener, la mentira es el arma que defiende del ataque ilegítimo de la curiosidad el valor de la privacidad, sea o no sea un derecho: un arma cuyo uso e incluso cuya naturaleza son demasiado fácilmente afeados por los moralistas del desarme, pioneros de la publicidad y transformistas de la verdad. Es decir, la verdad es el desnudo al que el público somete por las buenas o por las malas al particular, frente al cual el vestido que le proporciona la mentira, aun legalmente reconocido, pierde todo su valor, pues el empuje del único desnudo no sólo permitido sino incluso obligado es irresistible y absoluto: el valor de la transparencia reduce a pura y dura opacidad, a veces incluso sin derecho, todo vestigio de privacidad. El público, insaciable, lo devora todo, pero siempre hay todavía más: hay está el privado, un tipo, tanto en el plano individual como en el colectivo, que es como un trozo duro de carne a deglutir y eliminar (¿totalitarismo?) por la bella bestia de la verdad, valor superior asumido y recreado de la esfera de la publicidad en la cual, y por la cual, todos somos y seremos como papel de fumar.

Cada uno solo, libre y desesperado

El esclavo no puede amar a su señor, pero el señor tampoco puede amar a su esclavo: el uno sirve al otro a cambio de su supervivencia, el otro le asegura el sobrevivir a cambio de su servicio --la relación de amor es imposible, pero también hay una forma de imposibilitar toda y cualquier relación amorosa: insertar en la mujer y en el hombre la imagen de una como esclava y otro como señor (una esclava que no sirve y un señor que no asegura la vida), o viceversa. La imagen que aparecería sobreimpresa en el fondo es, más o menos, la de la posadera y el huésped: una relación económica a la que estarían sometidas incluso la afectividad y la sexualidad. Una extraña relación en cualquier caso (hasta tendrían hijos y habrían pasado por el matrimonio) de una blanca mentira y una negra verdad: la mujer mata de hambre (en todos los sentidos de mujer), el hombre mata de una vez (en el único sentido) --cuando no son de este modo activos, simplemente dejan morir. La imagen de fondo ya no es ni siquiera la que era: la ocupan por completo las figuras de la prostituta y el proxeneta, pero también más profunda y reveladoramente la de dos enemigos jurados a muerte -que reina soberana y fantástica en medio de la vida-, en el mejor de los casos cada uno solo, libre y desesperado, sin señor pero sin esclavo, y viceversa (los hombres y las mujeres son como una máquina de cine que proyecta cualquier tipo de película y, aunque depende en alguna medida de sus gustos y preferencias, no hay más que poner en marcha el aparato).

Una forma pacífica y muy peligrosa de hacer la guerra

El pacifismo es una forma muy arriesgada y peligrosa de hacer la guerra, el cual utiliza como arma invencible a los afectos: el militarismo, en cambio, es una manera arrogante y soberbia de no hacer la guerra -o, mejor dicho, de deshacerla a cualquier precio para salvaguarda de intereses supuestamente superiores, por lo general comerciales, financieros y económicos- por medio del empleo exclusivo y absoluto de las armas vencedoras y, sin embargo, impotentes para crear el deseo de paz y el amor a la vida --que alumbra en su lugar aquello mismo con lo que engendra: el odio, el resentimiento, la venganza, todas las inquinas de la muerte en la vida, en un cuadro general en el que la paz es la de los cementerios y la libertad la de los cuarteles (haz el amor y harás la guerra contra el ejército de salvación). 

Los gaseadores y los gaseados

¿Quién era Hitler? ¿Hitler pensaba, sentía, amaba? Hitler era un hombre, no un animal, y pensaba: pero ¿en qué? Hitler era un creador, su idea era desde luego la creación, no la destrucción, pero su idea creadora obedecía a la realidad de la destrucción que en él era la fuerza dominante: no puede ser efectivamente de otra manera cuando el objeto de la actividad política es el regreso a una vida natural y sana (y un arte realista y saludable), lo que presupone necesariamente la eliminación de todo lo que en la vida es antinatural y enfermo, en esta ocasión la vida misma arruinada por elementos extraños (judíos, gitanos, homosexuales...) que han destruido la vida buena: de modo que para Hitler la destrucción es la destrucción de la destrucción, de lo que daña y pervierte, de lo que corrompe y asola. Las ruinas de los decadentes edificios presentes han de ser dinamitadas para levantar en su lugar los bellos e inmortales edificios del futuro: de la miseria de hoy a la grandeza de mañana por medio de la guerra necesariamente de exterminio y aniquilación de lo diverso y mezclado en nombre de lo íntegro y puro. Según esta metafísica aterrada de la lucha que lo abarca y dirige todo, el más fuerte es el único que posee el derecho a vivir, que es derecho y hasta deber de matar: de hecho el más fuerte en este enfrentamiento global por la supervivencia y la supremacía destruye al más débil, que es el que difiere en grado sumo de uno y no posee el derecho sino más bien el deber de someterse e incluso desaparecer según una lectura particularmente sangrienta de las leyes recién descubiertas de la naturaleza y de la vida. Porque la llamada revolución hitleriana no es más que la reacción más violenta contra la democracia y contra la aristocracia, pero con todos los progresos y aparatos de la ciencia y la técnica: tiene de demócrata lo que la democracia debe tener de antiaristocrática, y de moderna lo que la modernidad de antitradicional. Es el intento por construir un nuevo orden desde el rechazo más virulento al antiguo: un orden nuevo y desde luego popular, pero ni ruso ni mucho menos americano (aunque nadie creyera que su lucha contra el bolchevismo fuera más que retórica tras la cual apenas ocultaba su voluntad de expansión y sus ansias de territorio). En los términos propios del siglo, ni comunismo ni capitalismo, ni cristianismo ni ateísmo (ni Marx ni Jesús: Hitler y nada más, a diferencia de los dos anteriores un gran fracasado post mortem, pues pudo realizar sus sueños en vida y no mostró sino que eran más bien pesadillas): por el nacionalismo hacia la humanidad, el fin de todo conflicto y el principio de una verdadera hermandad. Cada hombre una raza y cada raza una nación: las unas sobre las otras, pero las otras bajo las unas. No todas las razas son iguales, aunque todas subsuman igualmente a los hombres en su seno: porque realmente no hay hombres, ni siquiera hay hombres -y mujeres- alemanes, sino -por ejemplo- individuos racial o nacional judíos inferiores a los individuos nacional alemanes que los dominan como quieren. En el momento de los hechos los hombres carecen de rostro, nombre y vida propios: son masas contra masas (el gran panadero artista y creador frente a los otros pobres panaderos artesanos). La política como una forma -perversa- de la física en su sentido más amplio: los gaseadores y los gaseados. También, por tanto, de la tecnología. 

Evidencia e invisibilidad

Andy Warhol presenta su obra (escrita): "soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, soy invisible, es evidente, es evidente" que (escrita, pintada o fotografiada) es... evidencia e invisibilidad, reproducción y novedad, serie y singularidad, obviedad y misterio, identidad y ceguera, automatismo y creatividad, representación y desaparición.

Un bluff boom yuppy (o parecido)

Nadie debe jugar con un órgano, porque un órgano es una cosa seria: de su funcionamiento depende muchas veces la vida. ¿Pero hay excepciones a esta norma? Quizás exista una: el espectáculo no debe ser real, los donantes y los solicitantes deben ser actores (y, sin embargo, no será el arte el que salve tampoco ahora el simulacro). El show debe ser una mentira, un montaje, una farsa: por una vez no es la verdad exigida a las cosas lo que lo justifique todo. Al contrario, esta vez es esta misma verdad lo que condenaría el espectáculo desde el principio hasta el fin: si sus protagonistas fueran auténticos -un verdadero demandante de un órgano para sobrevivir y unos no menos veraces ofertantes de la vital pieza- intervendría sin duda la moral y quizás hasta la ley con el fin de sancionar y tal vez eliminar de la programación (a pesar de la alta audiencia, no sólo europea sino incluso global, lograda) el inefable concurso de órganos: un tema demasiado serio como para jugar con él. Pero el espectáculo debe continuar, posee más fuerza que cualquier proscripción y, sin embargo, también enseña su debilidad: la degradante emisión era un bluff, pero un bluff bienintencionado. Al parecer la apuesta consistía en concienciar a la población -aprovechando el tremendo poder de arrastre de un medio de comunicación de masas- sobre el grave problema de la falta o escasez de donantes de órganos esenciales para la vida: ¿lo habrá conseguido nuestra santa e internacional televisión?  Pero sin duda el caso ha servido para mostrar cómo funciona aún en nuestro tiempo la sociedad: los buenos propósitos, los nobles fines, los bellos sentimientos bendicen todo y cualquier simulacro. El entretenimiento y la diversión ya tienen una función social que cumplir, una razón de ser humana, verdaderamente humana, que los legitima: ser una hermosa y moralísima mentira --como si dijéramos, un bluff boom yuppy (o parecido). Es la moral la que rescata de nuevo los productos más salvajes y característicos del arte, incluso del arte cotidiano y doméstico de la televisión.  

Todo lo que es vuelve y no hay más lo mismo que este volver

Las células madre son el cuerpo, unas veces hígado, otras pulmón, otras más estómago: y lo son siempre y en todo lugar -aunque siempre variablemente, como por azar o como por juego-, pues poseen el poder del eterno retorno (todo lo que es vuelve, pero no sin diferir: lo que vuelve es lo que difiere, pero no hay más lo mismo que este volver). El cuerpo es neutro, las células pueden ser óvulo o pelo, espermatozooide o sangre, pero también volver a ser el cuerpo que son en todo momento: la neutridad o neutralidad es diferente (sobre todo a como nos la representamos, como ni sí ni no, como mera carencia de positividad y negatividad, la una a veces negativa y a veces positiva, y la otra ídem: prohibido, pues, reprentarse nada, pues el vacío es un depósito de elementos que pueden ser blanco, rojo, negro, azul, gris, amarillo...), pero es que la diferencia es neutra, es decir, todas las cosas (reversibles, y tan plásticas). El cuerpo que son las células es múltiple o, mejor dicho, es la multiplicidad que difiere de todo lo imaginado, una entidad prácticamente inconcebible y, sin embargo, situada ahí ante los ojos desde siempre. Hay que pensar en una realidad sin imagen ni semejanza con nada y actuar con diferencia, pues lo que parece ciencia ficción quizá no es más que vida maravilla. Las células son una máquina con su propio tiempo incorporado cuyos operarios a veces están activos y a veces desactivados, en la que los productos que fabrica pueden volver a ser de nuevo los artífices de otra producción, y de este modo hasta el infinito: el creador duerme en la obra y siempre puede volver a despertar en su seno para llegar a ser (y no sólo producir) una obra distinta o quizás idéntica. La muerte es tal vez una vida desactivada con el poder de retornar a la actividad que es la vida misma: cuando ha sido creada (autocreada, con paso de una forma a otra), desaparece. No trabaja más (si es que alguna vez lo hizo), sino que vaga quizás eternamente (aunque aún puede ser forzado).