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El desmandamiento

Para este viaje a la derecha no se necesitaban aquellas formidables alforjas a la izquierda, quizás hubiera bastado con que el viajante se declarase partido de gobierno cargado de política de estado: cerrar el cielo para abrir un agujero o, dicho de otra manera, provocar la rebelión en la tierra para restaurar la autoridad en los cielos no es cosa que se vea todos los días. Pero ¡qué no se hará cuando el bueno de oficio encuentra al malo de vocación tan predispuesto! ¿Acaso no se trata de acabar de una vez por todas con los privilegios? Los gobernantes no se arredran ante los privilegiados de cuya muerte digna aún no les han convencido del todo: los trabajadores del aire cobran unos sueldos que se elevan varios palmos por encima de los de tierra, quizá porque se añade a una injusticia más chica la otra más grande de estar más cerca del cielo. Hay que acabar con esta situación discriminatoria y absurda: los aéreos se han de agachar todo lo que les permitan sus espaldas hasta encontrarse con los terrestres en un punto económico intermedio entre el cielo y la tierra. Si hay que morder el polvo se muerde, pero nadie se alarme, porque se puede optar por hacerlo por las buenas o por las malas ya que la libertad reina: la libertad constitucional, claro. Como el orden, constitucional por supuesto, que se ha de mantener al precio que sea, incluso prolongando la excepción a la regla: la pregunta que no se temen plantear los dirigentes es quién controla a los controladores si se descontrolan y desmandan, quizá porque en estos terrenos del descontrol y el desmandamiento no deberían haber competido nunca con sus jefes, estos pez en el agua, ave en el aire y reptil en la tierra que se mueven por los tres elementos a sus anchas, es decir, prendiendo por todas partes mil fuegos. O yo o el caos, o los soldados o quedarse sin vacaciones en tierra: poco hay que trabajar en cualquier caso, pues la elección ya se da hecha. ¿De paso no se podría militarizar la economía? La normalidad nos protege todavía, pero nadie se debería asustar ante una decisión democrática de un gobierno democrático de una monarquía democrática; el estado de alarma se ha pensado para resguardar a la democracia democrática de la otra. Gracias a la alarma no hay nada de que alarmarse, ya se entiende. Aún menos de la crisis, o sea, de la excepcional normalidad económica que nos gobierna.

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La lengua del fuego

En realidad es un asunto que ya se sabía, pero en este momento es público: la máscara no representa nada y se mantiene por un mero acto de fuerza, es una realidad fría y sin vida que incluso si se moviese plena de vigor y fortaleza no dejaría de parecer una marioneta cuya representación nadie se toma por otra cosa, simplemente se cubre con ella un rostro al que desfigura y contrae en una especie de mueca desvergonzada y obscena, la fuerza la sostiene sobre él y sin embargo el símbolo que pega a su superficie ya no se encuentra en donde debiera: es, por decirlo de algún modo, la fuerza enmascaradora desnuda a la que si se le priva de la cara que oculta no pasaría nada, tan sólo se vería lo que todo el mundo imagina, lo invisible que es más fácil de creer que lo increíble que la máscara pretende que se vea siempre: el rostro de la nada en el poder, o sea, todo el mundo es necio. La diplomacia es quizá el arte de parecer que se es necio sin por supuesto serlo, pero si este arte es ciertamente mundano el público al que se dirige no se halla tan fuera de él como la política cree o finge creer porque es la fuerza que se halla bajo la fuerza de la máscara y por lo tanto no le importa demasiado la falta de sentido de la representación con la que a veces todavía se entretiene como el titiritero con un puñado de niños delante del viejo teatrillo de la farsa. ¡Qué escándalo lo que se escucha! Pero ¿qué va a decir la diplomacia cuando no se halla cara al público? Lo que se le oye decir a cualquiera que no actúa tras su máscara cuando se para a pensarlo y habla con la libertad con que lo hace en casa, aunque no se lleve ni un céntimo por hacerlo: este tipo, igual que aquel otro, es lo que es y no lo que representa, que es como bien se sabe humo en una hoguera de paja tras la que se esconde el verdadero fuego callado e invisible en el que arde el mundo. El fuego cuya lengua dice: la política es una guerra que se lleva en secreto delante de las narices de todos gracias a la mascarada en cuyo nombre dice actuar o, mejor dicho, no actuar como hace todo el mundo.

El mundo al revés

Marruecos se defiende, qué otra cosa podía hacer: se puede ser bueno pero no tonto, y Marruecos no iba a permitir confusiones sobre este punto clave de la moral. ¿Qué se creían ustedes? Cierto es que la ingenuidad marroquí se dejó engañar por los sorprendentes fenómenos del desierto a causa de los cuales creyó ver una población autóctona alegre y feliz adherida lealmente al buen gobierno de la monarquía alauita, pero se trataba de una alucinación, es evidente: en realidad el campamento era un nido de rebeldes que se dedicarían como siempre a sembrar la destrucción y el caos por todo el territorio saharomarroquí. Armados de piedras y palos, estos pájaros de cuidado se lanzaron en tromba contra el pobre reino indefenso, que hubo de responder, aunque de modo justo y proporcionado, por mero instinto de conservación y sobrevivencia a la súbita avalancha de aquella horda traicionera y cobarde: ¿cómo lo hizo? Se armó, no tuvo más remedio que hacerlo, de unas potentes mangueras de agua a presión y procedió a efectuar a chorro limpio el desarme de aquella chusma recubierta de una mugre, hay que atreverse a decirlo, más propia de su etnia que de otra cosa: de esta sencilla manera se limpió el forro a más de un pobre desgraciado que a partir de este momento ya no vería manchadas sus manos de sangre debido al uso alborotado y criminal de piedras y palos y, de tan limpio y transparente como quedó a consecuencia del providencial aunque forzoso lavado, ya ni siquiera se le vería más, pues hoy es aún el día en que se desconoce dónde está, si es que está en algún lado, a pesar de que la prensa hable de varios cientos de centrifugados aquí y allá: la prensa, ya se entiende, del malvado enemigo, pues la marroquí tomó el mundo del revés y lo puso del derecho en un instante. ¿Algún muerto por culpa de un manguerazo ejecutado sin la precisión suficiente? Al contrario, en todo caso los fallecidos fueron dos o tres que se apalearon y apedrearon a sí mismos, pues además de malos tontos, qué le vamos a hacer. Porque agua y jabón, mucho jabón, es lo que se utilizó allí, ni más ni menos, para que todo quedase limpio y claro como se debió hallar siempre: Marruecos es una parte esencial del Sahara, cuna de la nación marroquí y lecho de la monarquía que lo gobierna desde los principios de igualdad, libertad y fraternidad, pero los auténticos y verdaderos, o sea, los orientales, y no se puede desgajar de él sin sufrir un grave e irreparable menoscabo de la integridad territorial saharaui. Como ha señalado oportunamente la prensa auténtica, el propio rey se eligió de entre las tribus y clanes del vasto desierto que rodea hasta hace unos pocos días amenazadoramente -culpa de la conspiración argelinoespañola que se halla en el fondo- las aldeas, pueblos y ciudades sujetas libre y voluntariamente a la autoridad soberana de su democrático, popular y campechano monarca... ¿alahuita? Saharauita, saharauita, más bien. ¿Qué se creían ustedelas? Las cosas son como son, no se extrañen por tanto de que si se anda de cabeza haya que terminar pensando con los pies.

De un tanto un poco

La ley, que goza de más fama entre nuestros científicos que entre nuestros poetas, es una excepción al poder aplicada a todos aquellos a los que se reduce a la impotencia en nombre de un orden que si no gobierna los cielos al menos ha de dominar a todos a los que alcance con su fuerza en la tierra: el poder, el gran desconocido, se confunde con el caos, pero la ley lo hace con la naturaleza de todos nosotros a los que se nos hace creer en nuestra ignorancia inteligentes y sabios. La ley la encontramos allí donde la ponemos, lo cual no obsta para que se nos aparezca como una revelación mayúscula, pero del poder se sabe bien poco: es como si se hubiera de mantener oculto bajo la propia ley y no se pudiera esperar de él ningún descubrimiento, pues a diferencia de la ley no fuera nuestro y se le hubiera de contemplar como el extraño frente al cual nadie pudiera nada.

¿Cómo se hace de un feliz un desgraciado? Se le pone entre desgraciados y ellos se ocupan de lo demás. Pero ¿cómo se hace de un inteligente un idiota? Se coge a un infeliz y se le deja entre publicistas: él solo se encarga del resto.

Ocurre con la ley que se le aplica al que se puede aplicar, pero en cuanto se manifiesta un poder que se halla dispuesto a hacer todo lo que puede se deja de hacerlo, ya no tiene la fuerza que dice tener, ya no tiene el poder sobre las cosas: se habla entonces de una excepción a la ley y se sigue funcionando bajo semejante ficción, pero en realidad se ha manifestado el poder. O sea, el enchufe se ha conectado a la red y la ley se ha desconectado de la máquina: la ley no tiene la fuerza, por la simple y elemental razón de que se la proporciona la más curiosa compañía de electricidad que conozcamos.

Seamos de verdad serios: allí donde se ríe se producirá siempre la victoria de la vida sobre la muerte, no porque uno no se muera nunca, que sería cosa de mucho chiste y cuidado, sino porque la risa vence el miedo gracias al cual la muerte se vuelve poderosa: nos morimos, pero nos morimos de la risa que se nos ha dado; vivimos destrozados, pero destrozados por la risa que nos ha entrado de pronto. Todo se halla partido, pero partido por la risa: aún más, si ya no queda nada íntegro, entero y de una pieza, es porque por ahí ha pasado la risa sobre la muerte, se han borrado sus figuras de barro del mismo modo que sus dioses de paja se han perdido en el viento.

La realidad es de los que se imponen, se impuso el mejor y el único, pues no hay mejor manera de ser el mejor que quedarse solo, sobre los fantásticos griegos y los rigurosos romanos, luego se reveló que el único no era nada, y ahora el mundo se vuelve contra esta realidad que nadie impuso hasta que todo se vaya a donde se fueron los griegos y los romanos, los paganos y los cristianos, porque de la realidad ya pocos se atreven a decir: bueno, mejor que nada.

El éxito mundial de la cultura del entretenimiento y el espectáculo no se debe a la alegría de un público confiado y feliz que no teme nada y sabe disfrutar de la vida, sino al contrario: el sentimiento de que un acontecimiento desgraciado y terrible se halla a punto de suceder de modo fatal e inevitable es el inagotable combustible de una máquina de distracción universal que funciona las veinticuatro horas del día y se muestra tan potente y concentrada en su tarea como potente y concentrado es este sentimiento insoportable que ni siquiera se puede decir, porque es el miedo oculto tras el entretenimiento.

Cómo serán ciertos individuos, cómo se definiría a ciertas sociedades, en definitiva quiénes serán en el fondo, cuando la noticia es en ellos que se han mostrado solidarios: es como el avaro haciendo un obsequio: ¿qué beneficio se buscaría en este caso? ¿Qué clase de egoísmo moverá a estos solidarios que se convierten de pronto en toda una noticia?

Una filípica más o sobre la razón de establo

Él debería saber mejor que nadie quién es él, porque todos lo sobrentienden o intuyen aunque él juega a ser otro, el joven líder que soñaba con la libertad en vez del gran hombre de Estado que no puede escapar y quizá ni siquiera quiere de este hecho definitivo en su vida: natural que, a pesar de su aparente seguridad y aplomo, tenga dudas. La seguridad y aplomo son los del estadista, pero las dudas son las del muchacho que fue y quizá es aún en su memoria: desde luego, habría que ser hombre de Estado de la cuna a la sepultura, pero la democracia vale más por lo que evita que por lo que logra. Posiblemente él lo sabe como también sospecha que pocos le quieren, algunos todavía le temen, y la mayoría siente hacia él una curiosidad irresistible: podría ser para él una pesadilla, pero no es el caso, pues le basta con su comprensión, generosidad y hasta complacencia para consigo. De ser preciso, la conciencia la salva con las acciones no ejecutadas y las dudas quizá las tiene para que le digamos que adoptó la decisión correcta y no dio la orden que no debía: volar cúpulas no es bonito, puede ser revolucionario pero no bonito, y lo que no hizo de joven no lo debía hacer de adulto. La gobernanza exige unos sacrificios sin cuento, pero mejor no hacerlo para no contarlo, pues si lo hacemos y no lo decimos siempre habrá alguien que nos señale con el dedo o nos mire de aquella manera por la que encontremos en su mirada el viejo temor al criminal de turno y nos confunda con quien no queremos: un hombre de Estado libre y suelto, pero con las manos manchadas de sangre, demasiado resuelto para lo que prometía, no utilizar nunca el atajo sino única y exclusivamente el camino largo y recto, el buen camino. ¿Qué dudas puede tener aún? El chico es listo, le dirían aún sus mayores a fin de ayudarle a que las despejara de una vez por todas, incluso sabe hablar con las tripas sin perder la compostura, rechaza que en su casa nadie le imponga reglas aunque aún pretende que las suyas rijan en casa de los demás, vende crecepelo -siempre su preocupación casi obsesiva por los calvos- como pocos en su oficio, y además carece de la ambición de militar entre los que le pueden y le pudieron siempre, pues le sobra con realizar su viejo sueño de poder a quien le pudo y lograr que haga por fin lo que su poder quiere: someterse a lo que él llama con su habitual gracejo sus ideas, que quizá no son más que las secreciones de su crónico malestar juvenil y la inmutable pasión dominante de su vida. Las dudas le asaltan, nos confiesa, pero no las hay de que hundirse en la bosta hasta más arriba del cuello lo habría dejado todo limpio como una patena y, sin embargo, el vaquero no cuidó hasta las últimas consecuencias el ganado: no estuvo al parecer dispuesto a salir de la vaquería cubierto de mierda hasta la cabeza, no osó decir yo volé la cúpula y salvé los cielos, y en vez de peor fue tan sólo malo. Dudas, dice. La razón de establo le asista.

Exclusiva mundial de El Mercurio de Arequipa

Estamos a principios del dos mil treinta y cinco y Mario Vargas Llosa se acerca a los ochenta años y un buen puñado de días, de modo que con este solo dato ya nos podemos hacer una idea de que por él apenas pasa el tiempo. Aún es el joven asombrado de Arequipa que, escritor siempre asombroso y disipador de sombras y mentiras -gracias a él y otros como él el poder se contempla como una religión de idiotas no siempre desavisados a la que se ha puesto al fin en su sitio-, va a recibir el Urbi et Orbe en el enorme Manhatan en que se ha convertido Lima. Lima la bella y sin ironías. Viene de las selvas amazónicas donde se desarrolla su anteúltima novela: "Eternidad y vida de la intempestiva", gran cabellera blanca al viento, sonrisa de oreja a oreja, y una frente milagrosa en la que no se dibuja la más pequeña arruga. Camina como de puntillas y de vez en cuando da un pequeño salto o volapié que le proporciona un aire aún más jovial, extravagante y risueño. Le acompañan uno que se hace llamar Lituma -ya no es cabo- y los Inconquistables de siempre. ¿Cuál es el secreto de la vitalidad de este hombre al que la ya casi ilógica ancianidad le queda tan estrecha como la aún mítica juventud? ¿Acaso el favor de los dioses y los hombres? Sus enemigos hablan de un impostor, pues aseguran que se trata de un fenómeno imposible, y dicen que al menos esta vez la ficción ha suplantado con éxito a la realidad: él no es él sino otro, afirman -más bien niegan-, o bien no es nadie. A juicio de este modesto redactor del Mercurio de Arequipa son unos canallas los que de suplantador lo pintan y, lo que quizás es peor, nunca se han enterado de nada. Porque no es aquel joven Mario Vargas Llosa de mediados  e incluso finales del XX sino este gozador infatigable que no se halla nunca ocioso -servidor del amor se le diría si no sonara tan cursi- el que, según la Universal, se ha hecho acreedor al Urbi et Orbe de Poderío, la nueva ciencia descubierta o tal vez inventada allá por el dos mil veinticinco y dedicada al estudio pomenorizado de los medios y procedimientos de creación de la Realidad en la que aún cabe, se supone, la literatura y, en general, la ficción: o sea, de la creación de Poder de cualquier forma. Escribe la poderosa Academia bostoniana: "el siempre joven y querido Llosa se merece el reconocimiento de nuestro nuevo mundo por haber combinado como muy pocos, en sus rápidos días y sus ágiles hojas -se refiere sin duda a las llamativas páginas de "La intempestiva"-, el amor a sus diferentes y la verificación de la calidad del poder de nuestra recién esclarecida globalidad, tras haber trasvasado exitosamente la fuerza de la libertad del campo de la literatura al de la política, la economía y la sociedad". No es esta la opinión que uno mantiene sino que aún se aferra con denuedo a la que le resulta más cercana y comprensible del Nóbel del dos mil diez acerca de las resistencias del individuo a la opresión del poder, pero, qué le vamos a hacer, es nuestro problema: en cambio nuestro deber para con los lectores es seguir a través de sus recovecos y en la medida de nuestras escasas fuerzas el pensamiento de nuestro ilustre compatriota. Porque, según las declaraciones realizadas en exclusiva a  nuestro diario, tras pasar unos días de descanso en  su tierra natal, que es la nuestra y la de todos ustedes -esta entrevista se publicará en todo el mundo-, junto a los amigos de lo que nos atreveríamos a llamar su  juventud eterna y prodigiosa, se podría concluir que lo que llamamos realidad, como lo que llamamos ficción, quizá no es más que una creación del poder, de este y no de aquel otro sistema de apresamiento y dominio -lo que no se apresa ni se domina ni existe-, y el mismo Mario Vargas LLosa, que no es una criatura de él aunque tampoco se halle por este motivo huérfano o como si dijéramos perdido, no es tan real ni tan ficticio como algunos aseguran que es, pues su personalidad no es desde luego la política pero tampoco exactamente la literaria y, si es un impostor, antes se le ha suplantado a él y él ha combatido siempre esta suplantación de aire tan cierto y real como de poca entidad y movimiento. Preguntado inevitablemente por el nuevo significado que a la luz de estas singulares reflexiones el gran conjunto de su obra pudiera adoptar, la conclusión que esta vez sacamos es que en realidad son libros de viajes porque se relacionan de una manera íntima y fatal con nuestro tiempo, son textos que se desplazan por su propio laberinto a una velocidad constante, con medida precisión pero sin renunciar a la búsqueda de la sorpresa y el hallazgo, con aventuras y personajes que no se atienen a las leyes del lugar como, lo queramos o no, nos ocurre a todos nosotros, ciudadanos de aquí o de allá pero inmersos en esta edificación a la que denominamos realidad y que bajo este nombre se conoce y se produce entre verdades y mentiras, a veces más potentes las segundas que las primeras, pero que en el fondo es tan artificial y construida en un caso como en otro y, en ambos, se crea como los artefactos, las máquinas de vivir y los productos de lectura. Pero el poder que opera ahí, fuera de lo que se llama la ficción, es según confiesa nuestro creador todavía un misterio por descifrar incluso para él -no digamos ya para nosotros-, una palabra con la que se suscitan más equívocos que cosas se solucionan, y desde luego no es fácil de localizar aquí o allá, pues corre por todas partes y no se le ha de achacar a unos al precio de salvar a otros de él sino que se cierne por igual sobre todos y el que cae, cae, pero cae preso en esta trampa por la que se siente inusualmente dominante y poderoso, lo mismo el padre que el hijo, el hombre que la mujer o el anciano que el joven, pues a su juicio las tornas cambian pero se conserva intacta la inversión general del proceso. Gustoso acepta sin embargo -nos aclara- el reconocimiento que le otorga la Universal americana -algunas cosas tardan en cambiar o simplemente no cambian-, que también lo es a la primera lengua hablada en el mundo y la segunda fuera de él, en las bases recién plantadas en Marte y la Luna, y en un escalón más personal pero para él no más bajo a su agente de siempre Carmen Balcells junior, viva imagen de su longeva y dinámica abuela, pues siempre ha pensado que desde la impotencia no se levanta sino una realidad castrante y disminuida que se hace pasar por todas y la de verdad -quizá por asesinar el deseo: son sus palabras respecto a esta forma de suplantación para él ciertamente reprobable-, y lo brinda a todos aquellos que se aventuran a desarrollar a lo largo de nuestro nuevo mundo una creación de poder desde el gozo de vivir y el amor a la vida, tanto la propia como la de los demás. Nosotros creemos, y ahora hablamos en primera persona, que en nuestro escritor inmortal -ojalá no se muera nunca como a veces parece- se ha de premiar a los otros, pues gracias a personas como él el mundo es estupendo y la vida, que ha alcanzado un desarrollo tecnológico y material incuestionable, extraordinaria y sin embargo real. Por fin aprovechamos la ocasión para preguntarle sobre el valor de la literatura y el arte en general y nos responde con su cortesía y amabilidad características que las ficciones, las mentiras, sirven al menos para mostrar el valor relativo de lo real, que la realidad es una creación entre tantas otras y a veces no se distingue de una criatura miserable y estúpida debida a una mera voluntad del poder por el poder o, lo que es lo mismo, de los apetitos de la negación, la muerte y la nada, y se la puede destruir sin ningún escrúpulo como se puede amar y procrear sin ningún temor, pues no nos debemos sino a la afirmación, la vida y el mundo. Al contrario de lo que al hilo de la tónica general de este discurso quizá se pudiera deducir, no se desdice en absoluto de lo que en su día dijo, o mejor dicho se dijo que dijo él, de la resistencia del individuo a la opresión del poder, pero nos señala un poco misteriosamente a nuestro humilde entender que en realidad también el individuo se crea como lo hace el poder y no representa por tanto una panacea, una tabla de salvación a la que asirse cuando sentimos que el barco en el que viajábamos se va a pique y el que menos se salvaba es el capitán del atropello. Admite que ciertamente el poder del que  todavía hoy se trata no desea que los individuos puedan todo lo que pueden sino que él lo haga por ellos y, en este sentido, se le podría sintetizar en la fórmula: el poder para mí y la impotencia para los demás, con la variante aún no tan desacostumbrada: todo el poder para mí y toda la impotencia para los demás -impotencia respecto a que le puedan, no en el sentido de que no puedan seguirle-, pero puntualiza que también el poder tiene sus propios individuos sin los cuales no se podría concebir ni ejercer, pues crea a tantos sujetos como puede y los hace quizá no dueños de sí mismos pero sin duda cómodos y seguros dentro de los confines de una vida en la que todas las decisiones se les dan hechas, se establece una solución para cada problema y se regulan todas las conductas, tanto lo que se debe  como lo que no se debe hacer, pensar y decir, de modo que si a veces el poder se ve obligado a cortarnos las lenguas, las manos y las mentes es porque solamente él sabe lo que hay que saber y para que ninguno de nosotros se equivoque y haga, piense y diga lo que no debemos -incurriendo en el error, la extravagancia y la estupidez-, pero en primer lugar produce los órganos con los que hemos de hablar, pensar y actuar -porque se nos habilitan para ejercer la función que él ayer ordenaba y hoy quizá sugiere-, y sin duda nos proporciona un poder del que sin él careceríamos: paradójicamente, ser capturados y cobrar inopinada fuerza vendrían a ser la misma y sola cosa. Hay tantos malentendidos sobre este asunto -termina tan jovial  y enérgico como el resto de la hora y media larga de palique- como los hay sobre su persona no sólo respecto a su aspecto -en este punto agradece nuestro deseo de que no se muera nunca como él no piensa que parece a pesar de los enormes y casi milagrosos avances médicos actuales y nos hace constar que al menos podemos estar seguros de que, si lo hace, la parca ingrata y maloliente que se lo lleve no se llevará su felicidad, sus ganas de escribir y su parloteo-, y opina que quizá la causa de todos ellos es que a pesar de premios, medallas, honores, títulos y más títulos, él es a sus años y este buen pico de semanas y meses y con todas las letras, no un signo mayor o mayestático de la cultura, sino un tipo menor y un tanto mozalbete que se mueve entre las tierras y los días como pez en el agua. Quizá el poder lo crea a uno y hace con él de su capa un sayo, pero el Mercurio de Arequipa se lo ha de estudiar primero con calma y detenimiento: el domingo próximo, Dios mediante, se lo contaremos. Gracias, don Mario.

La del sol en la tierra

Las luces se han apagado, se ha acabado el espectáculo de ver cómo, con un poco de interés, se baja a los infiernos a ascender a la tierra a aquellos desgraciados que, una vez arriba, se habrán de hallar como en el cielo: todos hablan de los mineros menos los mineros mismos, que aún no se han enterado del todo de la que se ha montado para rescatarles de la más que probable muerte a la que se les envió en busca del oro por el que se han de jugar cada vez la vida. Se ha organizado la del sol en la tierra y quizá por este motivo el mundo se ha deslumbrado: la salvación con políticos, periodistas, médicos, psicólogos, sacerdotes y demás intermediarios entre el paraíso y el infierno ha funcionado de nuevo. Todos se han dirigido a la superficie desde las profundidades en que se mantienen ocultos a la espera de la oportunidad de salir a la luz y brillar como estrellas en un cielo negro como el carbón y sobre una tierra oscura como un pozo de muerte y dinero desaparecido de pronto de la escena como por arte de magia de las bellas artes del espectáculo: todos con el equipo de rescate, qué bonito, con tal de salvar a los mineros que han sufrido un accidente en la mina. Al agujero se lo ha tragado la tierra y en su lugar se ha plantado una ciudad llena de cámaras, luces y micrófonos, capaz de mostrar un mundo transfigurado en el que todos se preocupan de todos y no se abandona a su suerte a nadie, pues no se sabe muy bien a quién o quiénes se ha de atribuir la tragedia tal y como nosotros la entendemos, o sea, un drama perfectamente insignificante y reducible a las precisas dimensiones de un accidente debido a la corrupción de una moralidad que a pesar de todo se conserva sustancialmente única e intacta. Patriotismo hacia dentro y humanismo hacia fuera, la brillante máscara se ha impuesto a la personalidad vergonzosamente desnuda allá sobre la oscuridad del fondo en el que la vida se viste de agonía y plata: el extraordinario espectáculo que a diario ponemos delante es la mejor manera de que no se descubra quiénes somos.

La función

Los patronos temen a los obreros, pero se defienden de ellos por medio de los sindicatos: en su elección entre la democracia o la dictadura quizá haya que agradecerles que se decanten por los sindicatos en vez de precipitarse a llamar a la policía. Quizá sea una decisión inteligente y juiciosa, porque en el fondo se teme a la revolución y ya se sabe que a veces la policía no sólo no es capaz de controlarla sino que incluso la provoca con una actuación a veces desproporcionada: no siempre se dispara al aire con acierto. En cambio los sindicatos son mucho menos escandalosos: se les puede criticar todo lo que se quiera por medio de la prensa, pero estas críticas pertenecen al mundo del espectáculo y en democracia no se las debe evitar en absoluto, porque contribuyen a la legitimación e incluso la brillantez de la farsa cuya única y entera verdad es que entre los patronos y los sindicalistas se fragüa toda una amistad a espaldas del público: unos y otros se hallan a partes iguales tan por encima del resto, que sin duda constituyen un seguro más o menos fuerte contra las más arraigadas insinuaciones del fascismo, pero tambien contra las más sordas y lejanas del que hasta ahora se consideraba su opuesto. Ni fascistas ni comunistas: representantes de los empresarios y de los obreros, que si no se dejan representar no importa mayormente. Quizá habría que acudir a la policía, porque estos tipos se resisten, en el fondo son iguales unos y otros, tienen tan pocas tablas que no se puede confiar en que mantengan el duro campo de batalla dentro de los claros y precisos limites del escenario en el que cada conflicto viene con su correspondiente regla y si no se le conoce solución no existe, porque ¿quién se aventura por los terrenos de lo desconocido? Los patronos y los sindicatos son conservadores, se aprecia en ellos el mismo horror al vacío: no hay luz fuera del túnel, que a pesar de todo es donde se conserva el calor mientras que al otro lado se abre el precipicio y reina el frío, pero ni unos ni mucho menos otros se plantean cualquier vacilación del sistema como una oportunidad para que surja otra cosa, ya que no se puede tratar de la misma. Patronal y sindicalistas forman parte de una representación que apenas se mantiene en pie apoyada sobre un público que deserta poco a poco y sin interrupción de los escenarios: tampoco se habría de dar mayor importancia al hecho de que al final no les eligieran para representarlos sino sus amigos y familiares, pues mientras haya un mecenas que les sufrage  los gastos por su interés y para su gusto la función se seguirá celebrando incluso ante la nada o el vacío dejado por unos espectadores que están ya en otra historia preparando quizá su propia actuación en solitario.

La cosa de sus males

Hoy y en general los que pueden y sufren de algún mal prohíben todo lo que les apetece, es decir, cuanto más sufren más prohíben, pues la esencia de su poder es el dolor y su ejercicio la prohibición de la cosa que según dicen les agrede e incluso de su uso a quienes no les daña en absoluto, como si no pudieran soportar la existencia de la cosa de sus males y su sola presencia les causara un sufrimiento indecible tan sólo con pensar que sigue ahí a la vista y dañase incluso a quienes jurarían que les agrada y estimula: en otras palabras, reaparecen los viejos inquisidores de siempre que renuevan la eterna lucha contra el mal, inventan males nuevos y los combaten en nombre de un bien que creen representar y según el cual tener el derecho e incluso el deber de imponer a todos prohibiendo a quien sea lo que sea con tal de que coincida con su mal y enfermedad: ¿que para otros es un bien y una alegría, incluso una felicidad? Somos sin duda unos malvados, unos insensatos, unos desdichados, tal vez los de toda la vida, porque aquí nos las estamos viendo una vez más con categorías eternas y universales ante las cuales hay muy poco o nada que decir: cualquier objeción es una prueba más de hallarnos al menos en el lado equivocado. No resulta fácil entender que nos resistamos a combatir el mal y, sin embargo, los que apenas lo entienden nos desean el bien, es decir, la prohibición: de hecho nos lo prohibirán todo, pues todo lo que nos gusta es malo y nos perjudica y lo que nos disgusta es bueno y nos beneficia, y lo harán por nosotros a los que la virtud salvará del vicio que nos consume --la última prohibición a estudiar: prohibido respirar demasiado en público. El viejo reino moral, aún en mitad de una tierra que tiembla bajo sus pies y que con cada sacudida amenaza con hundirlo en la desmesura y el caos, en la pérdida de sentido y la desesperación, hace ímprobos esfuerzos por agarrarse a los huesos y la carne de la humanidad, su último escudo y su primera lanza contra hombres y mujeres. Y lo comprendemos, cómo no lo habríamos de comprender: ¿qué nos pasa que donde hay dolor no lo vemos, vemos placer o no vemos nada, y somos ciegos incluso al horror? ¿Por qué no sufrimos con el sufrimiento? ¿Por qué no nos duele el dolor? ¿Por qué no nos hieren las heridas y la muerte? Falta de sensibilidad quizá o tal vez extravío de la inteligencia, lo cierto es que la moral no es lo nuestro: lo nuestro debe ser agachar la cabeza y callar. La moral, para los que sufren con los que -animales u hombres- sufren: que los demás dejemos de reírnos y gozar como canallas que ni somos hombres ni somos animales --pero qué poco conocen nuestros espontáneos bienhechores a las plantas, estas máquinas inteligentes y sensitivas perfectamente capaces de sufrir. Pero -silencio- también, ay, de disfrutar.

Unos intempestivos más

En realidad no hay menor desconfianza que la que desconfía de la inocencia de todo cuanto se le muestra porque en absoluto ha llegado a desconfiar de que nada tenga un significado oculto, transcendente o inmanente: como bien se ve aprecia, le queda una larga y dura tarea por delante a la desconfianza.

Al principio de nuestra edad del espectáculo el acontecimiento fue la noticia que todavía se mantiene llena de fuerza,  pero al final el acontecimiento será el acontecimiento y ya no se podrá dar ninguna noticia por la total ausencia de todo.

Los celos son la manifestación más elocuente del amor que uno se profesa a sí mismo sin tener el valor de llegar a declarárselo.

Entre los brutos o tontos se hallan los preferidos de los poderosos o al menos de los que manejan los aparatos de dominio sobre los demás: los tienen como sus amigos y como enemigos de los que por su diferencia de inteligencia y sensibilidad se convierten en los malos de esta farsa cotidiana, pero más tarde o más temprano se han de topar con la necesidad de elegir entre la estupidez y la maldad o la nada por la sencilla razón de que el poder no es el poder y nada más.

La velocidad del más potente de los ordenadores no es nada en comparación con la velocidad a la que se mueve el pensamiento, de modo que la impaciencia e incluso la insatisfacción de nuestros días no decrecen con las máquinas más rápidas sino que aumentan, pues se abre ante nosotros un vacío que nadie puede saltar: a pesar de la rauda época en que se produce nuestra vida vivimos como siempre en diferido y la instantaneidad no es posible ni siquiera si alcanzáramos un día la velocidad de la luz.

En la actualidad la realidad es una película tonta y mala como siempre y lo más cómico es que todo se produce por no pararse a mirar: lo más cómico y lo más trágico al mismo tiempo, porque se sufre de un modo estúpido pero habitual.

La revolución, una cosa a la que nunca se debió poner nombre y apellidos, es quizá la única manera de ser feliz no solamente uno.

Las razas son diferentes, pero en absoluto se puede decir por este motivo que las diferencias son racistas: no hay unas razas diabólicas y otras divinas como no hay unas diferencias que se puedan juzgar positivas y otras negativas y, sin embargo, el neutro no se define por una falta de color y diferencia sino que hay que pensar cada vez su colorido y diferenciación.

La forma suprema de la imbecilidad es la del imbécil que, cuando se lo hace, se cree que no lo es.

El que haya que proteger a los hijos de los padres no supone sino que se ha producido un cambio en las costumbres y quizá necesidades del padrino: antes se protegía a los padres de los hijos y nadie decía nada, pero el que mandaba sigue todavía ahí y se trata del mismo de otras veces.

Los sin flujo

Lo peor de los recortes no es lo que a uno le quitan sino lo que le dan, porque también el hambre -el ahogo, la carencia- crea: uno puede quejarse de que le estén matando de hambre, pero en realidad le están haciendo una vida como un pan --en rigor la vida de un ser como nacido del revés: un tipo sometido a la necesidad, quizá resignado a su suerte, en el que sin embargo es perfectamente comprensible y razonable el lamento e incluso alguna que otra manifestación de descontento y protesta ante la situación --sin alzar demasiado la voz, claro, pues el exceso no está en absoluto contemplado en el diseño de esta creación por la que uno tiene todo el derecho a nacer llorando y vivir entre lágrimas, pero poco más. Pero el hecho es que el recorte produce y esta producción es lo peor que puede esperarse de él: cuando a uno lo recortan lo paran, lo frenan, lo sujetan, y todavía pretenden que asuma la nueva creación que, pongamos x, están ejecutando sobre él. Recortado, uno empieza a formar en el batallón de los sin flujo, una categoría general poco estudiada: el recorte es en verdad una reproducción. No importa tanto que uno esté parado cuanto que no corra, no baile, no avance: es esencial que vuelva a apreciar los valores del sacrificio, la renuncia y la abnegación, y sus efectos más fundamentales: la construcción de un tipo contenido y apocado incluso a la hora de respirar. Quizás hay que fastidiarse, pero sobre todo alegrarse de volverse a descubrir y encontrar preso de la necesidad y sin posibilidad de escapar, incluso sin oportunidad de elegir, porque ¿qué va a elegir uno si lo que desea en realidad le va a conducir inevitablemente a la ruina y la destrucción? Libertad, sí, pero para realizar la elección políticamente correcta y económicamente adecuada. El amor al sufrimiento vuelve, pero también la recompensa de la reconstrucción de una vida responsable y consciente para la que no hay alternativa: el recorte o la nada. ¿Quién sería en estas condiciones el insensato, el suicida o el insolidario que osara siquiera pensar en elegir de verdad? Elegir es reproducir el orden y todas y cada una de sus estrecheces y apreturas, elegir es abortar el caos y sus aperturas y liberalidades. El recorte es un repaquetado, el recortado es un paquete presto a expedir de nuevo al mercado.

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Por encima de por encima

Se les llama por ahí los amos del mundo, pero es pura leyenda: por lo poco que hemos visto  gracias a la prensa en realidad se trata de los que hablan sobre los amos del mundo, los dueños de este pequeño reino o de aquella gran república, y sin duda lo hacen con gran libertad de expresión y crítica. Son de los pocos que no se muerden la lengua al hablar sobre los que según la creencia popular mandan, pues su ventaja radica en que se mueven a lo largo de un mundo que es mucho más grande que el que estos señores gobiernan en sus respectivos territorios, y además sus palabras no se quedan en un mero hablar por hablar: al contrario, se convierten a menudo en hechos, generalmente en hechos de los demás. Los amos no se limitan a escuchar lo que les dicen sino que actúan movidos por lo que mejor escuchan muy atentamente por si acaso, y luego deciden con una relativa independencia de modo que cada uno de ellos se asegure la parte del mundo que domina para mayor fortuna de todos, pues alguien ha de haber que mire por la marcha de la humanidad y, sobre todo, por la de los amos de este pequeño rincón al que consideramos nuestro mundo: ¿qué sería de nosotros si el mundo en general se redujera a lo que los señores de sus respectivos pueblos y naciones decidieran ellos solos? Una cosa es gobernar y otra muy distinta hacer que el mundo se mueva, pues el mundo puede descarrilar pero peor es sin duda que se mueva, sin railes, por mitad del vasto campo a través de los caminos que se abran a pie: se puede ser progresista en vez de  conservador, pero ¿qué progresismo se puede defender si el progreso no existe o bien no avanza? ¿Qué conservadurismo se puede proponer incluso? El mundo no lo crean los amos, más bien se trata de hacerlo ascender por una carretera sobre la que luego ellos pueden arbitrar un impuesto, pero también se trata de que no se entrometan en lo que no saben, o sea, en construir carreteras para la circulación humana, ya que los caminos se han quedado atrás y tampoco abrieron nunca ni uno solo: gobernar será todo lo difícil y necesario que se quiera, pero primero hay que producir la realidad sobre la que se ejerza el gobierno y, claro, los gobiernos lo pueden destrozar todo si se meten donde no les llaman, es decir, si olvidan quiénes son, en qué se han convertido --los reinos y las repúblicas ya no son lo que eran desde luego, pero es que se han de convencer de que además ya ni lo parecen ni lo han de parecer: no es que el mundo sea más grande que en el pasado, sino que ya se trata de otra cosa y ha cambiado incluso la idea del dominio. Ya no se gobierna en nombre de Dios pero tampoco en el del hombre, sino que hay que crear la realidad, es decir, echar a rodar el mundo, porque el gobierno se relaciona con la creación y no con el mero dominio sobre las criaturas, que no son como son por nacimiento sino según las fuerzas universales que se ejercen sobre ellas y, dependiendo de estas afecciones, uno es chino, norteamericano o ruso y, aun dentro de estas clasificaciones tradicionales -las de los gobiernos y estados-, odioso de su país, creyente en los extraterrestres o indiferente a todos los humanos --incluso refractario a todas estas identidades. El problema de los amos del mundo, pero también su suerte si no se empeñan en perder la cabeza, es que no se dedican a la fabricación de automóviles -es otra imagen, por supuesto- y tienen que hablar con los que los fabrican, que son siempre los de fuera, pues con los de casa ya lo hacen como se debe hacer en estos casos: el amo dice se acabó la crisis y el vasallo se lo cree o no se lo cree, pero poco puede influir sobre las cosas., porque no hay duda de que el gobierno se halla bien organizado A imagen de su rey o de su presidente, tampoco él fabrica coches, se limita a comprarlos y venderlos, y vive en el mismo terreno político improductivo y ocioso que los que gobiernan sobre él y se sirven de su fuerza -o quizá de su debilidad- a cambio de una fantasía tan real como ellos quieran: la identidad de los pueblos y naciones, su soberanía, su autodeterminación, su poder. Pero ¿y el mundo? ¿Quién se ocupa del mundo? ¿Y quién se ocupa de los amos? Pues bien, estos particulares que se reúnen periódicamente hoy en un país y mañana en otro no sólo para reconocerse y felicitarse entre sí son, quizá, los que crean y destruyen el mundo y sus amos y señores: en cualquier caso son de los que no se callan ante ellos y, aunque su existencia como grupo es más que dudosa, seguro que se les escucha con respeto cuando no temor y cuidado. Alguien tiene que haber por encima de por encima de los de aquí y los de allá, pues la cosa no se acaba en los amos del mundo y sus vasallos y criados: perdón, los electores y los candidatos, el pueblo soberano y sus mandados --ciudadanos todos. Y cosmopolitas.

Un mundo en paz en mitad de la guerra

Cualquiera diría que los judíos se han vuelto romanos y los palestinos, judíos en manos de los nazis: el poder es una fuerza que se comporta sin piedad, al desnudo, pues ni siquiera guarda las formas que se deben a un mundo que se queda perplejo y espantado ante la falta de pudor, o sea, la exhibición de un poder con las vergüenzas al aire --quizá porque no es tan fuerte como él se cree. Sin embargo, el poder hace toda la fuerza que puede, aunque no se trate del lugar y el momento adecuados, de modo que se equivoca, todos los afectos se vuelven contra él, pero el mensaje ya ha sido enviado: no se pasan medicinas y alimentos al otro lado y lo que diga el mundo le importa un bledo, pues para él se trata de enemigos a los que combatir a muerte por la propia vida --la vida de unos y otros está en juego: no es el poder el que se halla en peligro de extinción frente a una humanidad que a pesar de todo avanza entre vivos y muertos, sino un bando en lucha contra otro y sus respectivas naciones y pueblos, los cuales utilizan todas las armas necesarias -o sea, las armas- para alcanzar los fines de sobrevivencia que por otra parte también se les supone a todo el mundo, aunque con la particularidad de que se trata de un mundo en paz en mitad de la guerra a la que desea alejar lo más lejos posible de sí cuanto antes por un medio de resultados bastante dudosos: someter a los bandos al juicio moral de los buenos y los malos, las víctimas y los verdugos, los rebeldes y los tiranos, pues a pesar de todas las evidencias que se pueda esgrimir en su contra no conciben la guerra sino como una dialéctica con la que despachar, sin solución, las cosas --es lo que tienen las impotentes autoridades externas que al parecer se preocupan de la suerte del mundo desde arriba como si un día pudiera devenir gris y no se viera, no sólo no se pintara ni compusiera, sino en blanco y negro y con la oposición por medio, o sea, con una guerra que identifican necesariamente con el odio, la sangre y la muerte --y cada uno se hubiera de oponer y en cierto modo matar a sí mismo para devenir todos juntos a la vez en la luz de la paz, la libertad, la justicia, la felicidad y el ser de la vida. Sin embargo, un acto de guerra no implica forzosamente una matanza: pues ¿cómo se llama a matar a hombres y mujeres desarmados que no pertenecen por supuesto al bando de los amigos? ¿Cómo se llama a emplear las armas para rendir por hambre al enemigo, incluidos niños y ancianos? Si se habla de amigos y enemigos será desde luego la guerra y, ya se sabe, en la guerra todo lo justifica el lenguaje: un problema que el mundo sin duda lamenta y quizás incluso condena, pero difícilmente se atreverá siquiera a planteárselo. Someterlos por las letras y las armas si es preciso a acabar con la falta de democracia y el uso y abuso del ejército o de la fuerza armada como política del poder.

A forrarse, que ya enfría

Los más listos lo hacen legalmente y los más tontos no, pero la democracia no puede con el caciquismo y el amiguismo de épocas que parecían superadas: el que puede, puede, parece ser aún la regla no escrita, y si puede de verdad hasta consigue el reconocimiento público como un prócer --¿por qué? Porque es listo, o sea, es amigo del que puede o familiar del cacique: dicho con otras palabras, es mucho más que un demócrata. Pues hay valores superiores a los de la democracia y no son exactamente los del poder: son más bien los de la seguridad, la estabilidad y la gobernabilidad del sistema --son el sistema mismo, el servicio de guardia o, quién sabe, la dirección de empresa. Hay, en fin, tipos que son los responsables de la marcha de las cosas y es precisamente esta responsabilidad la que les libra de otras sin duda más ordinarias y pedestres, como por ejemplo la de tener que caminar por sí solos, un pie delante de otro, que no es poco. El poder, el gobierno sea del tipo que sea, crea ricos y pobres, altos y bajos, incluso buenos y malos: ¿y qué recibe a cambio? Las relaciones entre el hombre público y el privado son complejas, quizás en el ámbito de su actividad el uno es menos libre que el otro, pero también es al fin y al cabo un particular que, salvo el rey, no ocupa siempre un lugar en la república, pues el titular del poder cambia, el gobierno es una obra abierta, y puede terminar en la calle y a veces no tan abrigado como quisiera. ¿O es que debe ser un hombre tan fuerte y saludable que no necesite nada y austeridad y sobriedad sean sus únicas galas? Forrarse no es malo, sobre todo porque cada vez hace más frío fuera de casa y hay que prever el futuro: pero los abrigos de piel, el dinero sin marca, incluso los trajes de diseño no hay necesidad de adquirirlos a lo tonto --para qué comprarlos si puedes recibirlos legalmente, es decir, con el poder mediante, pues al final la necedad no es otra cosa que no tener poder bastante. El enriquecimiento mejor por lo legal, que el político no es un cura, pero tampoco un salteador de caminos. Es un hombre en cuya actividad ya desde la lejana época de los romanos quizá lo más esencial o al menos permanente es hacer favores, conseguir influencias, lograr contactos, acumular clientes, tener deudores. Y, acaso, dar miedo.

Una decadencia áurea

Los sindicatos son unas organizaciones cultas y refinadas de alto valor simbólico: son en realidad de las pocas fuerzas que, pudiendo hacer todo lo que pueden, no lo hacen porque aman más la impotencia que el poder --una impotencia a la que llaman sentido de la responsabilidad. Los sindicalistas que los controlan son políticos y por tanto calculan las consecuencias de sus actos y, además, políticos conservadores -si es que una y otra cosa no son lo mismo-, pues desean conservar la política, evitar la revolución, asegurar lo viejo y no dar paso a lo nuevo: saben o al menos entienden que los medios son siempre los mismos y, en consecuencia, lo que diferencia a los políticos de los demás son los fines --en lo tocante a los sindicalistas el mantenimiento de la  organización general que corta y empaqueta los flujos en vez de dejarlos correr y actuar libremente a su marcha: fines buenos, diferentes, para medios inevitablemente indiferentes, malos. Hubo una vez un movimiento que luchaba y ganaba para ganar, que en el presente lucha y gana para perder, pues tiene puesta su victoria en la derrota y el fracaso es su única ley: ganar la batalla -en la que el batallador por principio pierde siempre-  para perder además la guerra, porque dar la batalla es ya un éxito sin parangón. Los sindicatos son organizaciones testimoniales, residuales, cívicas: representan una debilidad dorada, una decadencia áurea --la casa en ruinas de los ricos, el dominio en cueros de los poderosos. ¿Están domesticados? Son orgánicos --los obreros tienen patronos, políticos y sindicalistas: ¿cómo ganar en estas condiciones? ¿Cómo librar sus viejas luchas? Han de pasar por tantos organismos, que ya no les queda fuerza para nada: tal es el triunfo que les espera y la razón por la cual hay cada vez hay menos afiliación sindical --pues no hay mejor símbolo de su éxito. En suma, los sindicatos han nacido o al menos crecido para defender de los obreros a la vasta organización mundial --sus jefes, sin duda cada vez más capacitados y preparados, están abducidos por unos pocos terrestres y en su amor indudable hacia los suyos no cabe dejar de ver el paternalismo de estos pocos dirigentes que hacen su juego cada vez más encastados, más ensimismados, más envanecidos, más representativos de la nada y más encaramados sobre una representación prácticamente vacía: a unos y otros les acabarán votando sus familiares y amigos y seguirán ahí sin enterarse gran cosa. Ni siquiera que su poder no es suyo y bajo los cascotes no será el poder de la mano unida al brazo el que crujirá.

Cara de bobo

Al hombre le falta la medida de las cosas, tanto el mito como la ciencia, igual la leyenda que el discurso: perecerá estupefacto, como un bobo, rodeado de una vida que ya le parece como de otro planeta. El hombre es un marciano que muere de respirar una pequeña bocanada del agitado aire de su tierra: fallece de un ataque de sorpresa, con los ojos abiertos como platos que ven un volcán en llamas pero ignoran que es su propio país en vivo y en directo, y tarda varios años en darse cuenta de su fallecimiento y, sobre todo, de haber vivido todos los días en las nubes, con la sangre subida a la cabeza, la cabeza caliente y el corazón frío como el único volcán muerto, extinguido, del planeta,  en el que fuera el falso señor de la naturaleza a la que una vez perteneció -aunque aún no era el hombre-  como una cosa más entre las cosas y el inadvertido esclavo de su figura de barro de otro mundo, cocido en su sueño de soberanía y roto al contacto con el viento que atraviesa su pueblo y su garganta, dormido en su poder como en una fantasía y despierto como un mero sonámbulo en medio del maravilloso y terrible espectáculo de sus días, la potencia de la que es sin duda hijo y de la que quiso ser un padre como el que él tuvo, otro fantástico dominador del universo que sin embargo dejó profunda huella en la personalidad del crío, este anciano que por dentro es un niño y creyó ser dios de su existencia, confundió su saber limitado y prodigioso con su deseo de poder frenético y absoluto -al que llamó constancia, ley que no varía- y ni siquiera percibió el polvo errante y ceniciento que esta vez no pudo desafiar y era suyo, tan suyo como el cielo, ceniza a la ceniza y aire al aire. A la medida de todas las cosas le falta la medida, el mundo desmesurado y peligroso, extraño como si no más fuera el efecto de una ficción que no tuviera que ver con nada, ni con su carne ni mucho menos con su técnica, y él viviera aparte, dentro de su propia concha metálica y hermética, ajeno a una tierra que ruge y le pone cara de bobo: ya estaba muerto el rey y él sin enterarse, lo más gracioso fue la cara de rey que tuvo en vida. Murió de estupefacción, lo mató el humo.

Leyes bélicas

La batalla se libra en torno a la ley, la ley que no se puede cambiar se salta y sobre la que no se quiere seguir se vuela: nadie se salva de intervenir en una guerra que se habría de acabar supuestamente con la ley --pero ¿cómo se va a admitir una derrota? ¿Cómo se va a aceptar un desenlace de la guerra logrado por medio del empleo de las armas de la ley según los generales de semejante estrategia? ¿Estrategia o, mejor dicho, estratagema de soldado? La batalla se plantea con astucia y se gana con valor, inteligencia y coraje: en cambio se pierde con falsas y necias creencias en la neutralidad de la ley, su falta de belicosidad y su superioridad sobre la guerra en medio de la cual se erige por el miedo. ¿Acaso se puede encarcelar a todo un ejército? Más bien se ajusticia a los cabecillas y se escarmienta a la tropa, porque se trata de rendir a los que se ha derrotado pero no se puede apartar de la calle: se utilizan las leyes para conseguir que cada cual se preocupe de conservar su vida en vez de rebelarse junto a los demás contra la victoria por temor a la muerte de la que ya se libró en la guerra. Pero se trata sin duda de leyes bélicas con cuya utilización se pretende extender a la paz la derrota que se sufrió en una guerra perdida porque no se peleó según las condiciones que se precisan para alcanzar la victoria: entre ellas se cuentan la desconfianza hacia las leyes y la fe en el poder sobre todas las cosas, cualidades a las que no se puede enemistar por supuesto con las que no se le supondrían sino al espíritu grande y generoso, porque no se trata de un negativo y un positivo que en un mismo individuo no se podrían hallar sino en una lucha a muerte. En absoluto se trata de la muerte, como tampoco de la ley como una forma que no se deba a la guerra: la ley se relaciona más con el desarme, pero no se desarma igual el vencedor que el vencido. ¿Acaso se podría llegar a algún punto de concordia entre unos y otros que en el fondo no se distinguen apenas en el desprecio a cualquier modo de resentimiento, odio y venganza, y el deseo de vivir y amar la vida? La guerra, que no se para ante la ley, no se confunde con el crimen ni la muerte y solamente se la puede entender como un procedimiento real y simbólico por el que se resuelven las diferencias más en conflicto que en juego, pues no se sabe jugar como hombre cuando ya no se es sin duda un niño. La población se puede dar una ley u otra y atenerse a ella, pues si se gobierna por sí también se somete por sí misma, pero si se pretende la virtud en la república no se puede vivir sujeto al miedo en el que quizá no necesariamente se constituye siempre el sujeto. Quizá se pueda contestar a aquella pregunta traduciéndola a unos términos más actuales: se podría llegar a algún tipo de armonía si no se sobrevaloraran los golpes bajos y se apreciara en su justo valor el juego limpio, o sea, la sana agresividad y la alegre rivalidad en que se produce la vida. En cualquier caso se trata de elegir de nuevo entre el hombre fuerte y poderoso del perdón y el olvido o el débil e impotente de la memoria y el castigo: es decir, entre el horror o el futuro, la vitalidad o la muerte, el poder o la vida. Y, ciertamente, ya se está eligiendo. El malón, al paredón, ¿no es cierto?

La palabra pollita

Allí no comen pollo -ni mucho menos su pareja-, los hombres no se desvían de una dieta estricta y rigurosa que los conserva gallos y, además, sin pluma -allí solamente quieren pelo-, amos del abarrotado gallinero en el que las mujeres, qué remedio, se atienen a lo que nadie más desea en la mesa, el plato prohibido y peligroso que a hombres de otras latitudes los convierte sin duda en gallinas, pero a féminas de gallos tan tiesos y peludos no menos que en gallas de pelea, dignas de la poderosa sexualidad y el espartano régimen -nada de pollo, quizá de vez en cuando un trozo de pollino aun si en vez de macho en realidad es hembra- de sus sacrificados compañeros de altos vuelos, incluso cuando aún son jovencitas -la palabra pollita cayó en desuso bajo las garras de la cruel y benéfica censura-, porque allí donde no hay pollo no hay gallina y donde no se come el único peligro que corremos es el hambre, no la desviación de la gran mamacita, pachamama de toda clase de animales menos de los gallináceos, raza dañina y populosa que sacia el apetito de unos afeminados europeos que no saben lo que comen, ni el precio que pagan en sus carnes por hacerlo, y luego se satisfacen sin gallardía -dicho sea en honor de los gallos que allí aún quedan-, con una hombría mal entendida y peor alimentada que deja a sus mujeres sin un triste bocado que llevarse a la boca, pues se las tienen que arreglar las desdichadas con un menú a base de conejo o, en el menos malo de los casos, pescado disfrazado de carne que no puede, por mucho que se esfuerce, disimular un sospechoso sabor a pollo -y el acusador e inoportuno gatillazo: tú has comido pollo, ¿no es verdad, papito?- al delicado pero sabio paladar femenino, allí en cambio el varón no come lo que no cría y es por esta razón que no pide pollo ni muchísimo menos su hermanita, porque se cuida mucho de no salirse de los límites de una dieta respetuosa con sus congéneres más tiernos y volátiles, se nace gallo -y quizá galla, porque la pareja del pollo está mal vista- sin pasar por la etapa del pollito, allí ya de pequeños algunos son gallitos y de adultos conocen algún que otro gallazo que prefiere morirse de hambre a desviarse, recubierto de pluma aunque quizá sin paja alimenticia de una sesera tantas veces en cueros, de la  ortodoxa sexualidad que un día empollara la madre naturaleza, no sólo por una cuestión de salud y belleza, pues ciertamente al que come pollo -no digamos ya si degusta la hembra de tan traidor animalito- se le cae el pelo y, lo que es tan grave como esta caída por lo demás fácilmente evitable con un poco de austeridad y entereza -amén de información correcta y adecuada y una voluntad a prueba de las oscuras y nunca del todo superadas tentaciones de la carne-, se le tuerce el que ya no será nunca más en su vida su enhiesto y más que notable pajarote, también conocido entre nosotros como la dulce galla o la  fiel gallina  siempre a mano a la que ya no oirá cacarear, desde el centro mismo de su entraña, allí donde comienza el gallinero donde la bicha reina sobre su recto propietario, arriba gallos de la tierra, en pie la desnutrida legión.

Contra el otro siempre viviremos mejor

Los españoles no defienden a los suyos, simplemente atacan a los demás: no montan un acto político en defensa de un amigo en cuyo discurso no destaque con holgura el ataque al enemigo. No es la alabanza del propio sino la censura del extraño lo que practican, pues no aman a su igual sino que lo utilizan para lanzar contra su diferente todo el odio acumulado sobre él. ¿Qué puede hacer el defendido?, ¿cómo defenderse de sus defensores? ¿O bien cómo participar de esta orgia a la inversa? El placer de uno es el dolor del otro, su alegría es su sufrimiento, su dicha es su desgracia: uno es el antiotro, sin el otro el español tiene que inventarse a sí mismo y le cuesta, no está acostumbtrado sino a negarse y lograr un simulacro de amor propio sobre la base de la negación y el odio al diferente convertido en contrario. Los demás no son nadie, pero si pretenden un día empezar a ser alguien sufren incluso sin saberlo una transformación sorprendente que sin duda les deja perplejos y con la boca abierta: son de pronto los que odian y atacan a uno, los enemigos del que es, los agresores del que ha llegado a ser uno y el mismo, el único, el bueno y el verdadero --culpables no sólo de querer abatirlo sino también de no reconocerlo, de no someterse, de no arrodillarse ante él y seguir su fe y profesar su doctrina. Culpables, en definitiva, de errar, cuando hay un modo infalible de no equivocarse, el cual puede resumirse en dos palabras: cada cual con los suyos. Con los suyos uno es siempre el que merece la pena, pero qué pena, ay señor: ser, no de los otros, o sea, de los que cada cual es cada uno, sino de los del grupo en que cada uno deja de ser el que es para ser como cualquier otro. En este sentido no hay amigos ni enemigos, propios ni extraños, sino el que actúa por sí mismo y el que hace lo que los demás: lo que le dicta la masa. En otros términos, no acaba de irse cuando parece que vuelve el español que, porque no piensa por sí, en realidad no piensa: es decir, no es quien es él sino que él es como el resto. Contra el otro siempre viviremos mejor.

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La famiglia

Los mafiosos no se preguntan: ¿es de derechas o de izquierdas?, la pregunta que se formulan los mafiosos es: ¿es corrupto o no lo es? Se preguntan por los políticos, claro está, y contestan las preguntas una a una: ¿qué se sabe de x? ¿Y de y? ¿Y de z? Pero un ambiente político general en que se perdona todo lo malo que haya podido hacer un amigo y se castiga incluso lo bueno que pueda hacer un adversario -o se aprecia a uno y desprecia a otro por encima de la virtud de cada cual como si en verdad no hubiera un contrario honorable y un afín deshonroso- es, con todas las letras, claramente mafioso: y se podría preguntar quién es el causante de crear este ambiente, porque quién es el beneficiario es una pregunta que se contesta sola. En realidad el país tampoco se pregunta si es de derechas o de izquierdas o si es corrupto o no lo es, simplemente se pregunta si es uno de los nuestros y según la respuesta que se da actúa o reacciona de un modo u otro: lo ataca o lo defiende sea quien sea, conozca o ignore cómo se comporta en realidad, y se trate del asunto que se trate --con la particularidad añadida de que posiblemente el país no se dé ninguna respuesta, pues la recibe y nada más: la respuesta, o sea, la consigna que dicta la autoridad que se halla por supuesto de nuestra parte. Una autoridad corrompida, desintegrada, torcida, que arrastra a la población a pisar los peligrosos terrenos en que ya se podría hablar de una mentalidad mafiosa cada día más cerca de apoderarse del país. Terrenos peligrosos, pero sembrados: porque, ya se sabe, la famiglia...

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