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Por encima de por encima

Se les llama por ahí los amos del mundo, pero es pura leyenda: por lo poco que hemos visto  gracias a la prensa en realidad se trata de los que hablan sobre los amos del mundo, los dueños de este pequeño reino o de aquella gran república, y sin duda lo hacen con gran libertad de expresión y crítica. Son de los pocos que no se muerden la lengua al hablar sobre los que según la creencia popular mandan, pues su ventaja radica en que se mueven a lo largo de un mundo que es mucho más grande que el que estos señores gobiernan en sus respectivos territorios, y además sus palabras no se quedan en un mero hablar por hablar: al contrario, se convierten a menudo en hechos, generalmente en hechos de los demás. Los amos no se limitan a escuchar lo que les dicen sino que actúan movidos por lo que mejor escuchan muy atentamente por si acaso, y luego deciden con una relativa independencia de modo que cada uno de ellos se asegure la parte del mundo que domina para mayor fortuna de todos, pues alguien ha de haber que mire por la marcha de la humanidad y, sobre todo, por la de los amos de este pequeño rincón al que consideramos nuestro mundo: ¿qué sería de nosotros si el mundo en general se redujera a lo que los señores de sus respectivos pueblos y naciones decidieran ellos solos? Una cosa es gobernar y otra muy distinta hacer que el mundo se mueva, pues el mundo puede descarrilar pero peor es sin duda que se mueva, sin railes, por mitad del vasto campo a través de los caminos que se abran a pie: se puede ser progresista en vez de  conservador, pero ¿qué progresismo se puede defender si el progreso no existe o bien no avanza? ¿Qué conservadurismo se puede proponer incluso? El mundo no lo crean los amos, más bien se trata de hacerlo ascender por una carretera sobre la que luego ellos pueden arbitrar un impuesto, pero también se trata de que no se entrometan en lo que no saben, o sea, en construir carreteras para la circulación humana, ya que los caminos se han quedado atrás y tampoco abrieron nunca ni uno solo: gobernar será todo lo difícil y necesario que se quiera, pero primero hay que producir la realidad sobre la que se ejerza el gobierno y, claro, los gobiernos lo pueden destrozar todo si se meten donde no les llaman, es decir, si olvidan quiénes son, en qué se han convertido --los reinos y las repúblicas ya no son lo que eran desde luego, pero es que se han de convencer de que además ya ni lo parecen ni lo han de parecer: no es que el mundo sea más grande que en el pasado, sino que ya se trata de otra cosa y ha cambiado incluso la idea del dominio. Ya no se gobierna en nombre de Dios pero tampoco en el del hombre, sino que hay que crear la realidad, es decir, echar a rodar el mundo, porque el gobierno se relaciona con la creación y no con el mero dominio sobre las criaturas, que no son como son por nacimiento sino según las fuerzas universales que se ejercen sobre ellas y, dependiendo de estas afecciones, uno es chino, norteamericano o ruso y, aun dentro de estas clasificaciones tradicionales -las de los gobiernos y estados-, odioso de su país, creyente en los extraterrestres o indiferente a todos los humanos --incluso refractario a todas estas identidades. El problema de los amos del mundo, pero también su suerte si no se empeñan en perder la cabeza, es que no se dedican a la fabricación de automóviles -es otra imagen, por supuesto- y tienen que hablar con los que los fabrican, que son siempre los de fuera, pues con los de casa ya lo hacen como se debe hacer en estos casos: el amo dice se acabó la crisis y el vasallo se lo cree o no se lo cree, pero poco puede influir sobre las cosas., porque no hay duda de que el gobierno se halla bien organizado A imagen de su rey o de su presidente, tampoco él fabrica coches, se limita a comprarlos y venderlos, y vive en el mismo terreno político improductivo y ocioso que los que gobiernan sobre él y se sirven de su fuerza -o quizá de su debilidad- a cambio de una fantasía tan real como ellos quieran: la identidad de los pueblos y naciones, su soberanía, su autodeterminación, su poder. Pero ¿y el mundo? ¿Quién se ocupa del mundo? ¿Y quién se ocupa de los amos? Pues bien, estos particulares que se reúnen periódicamente hoy en un país y mañana en otro no sólo para reconocerse y felicitarse entre sí son, quizá, los que crean y destruyen el mundo y sus amos y señores: en cualquier caso son de los que no se callan ante ellos y, aunque su existencia como grupo es más que dudosa, seguro que se les escucha con respeto cuando no temor y cuidado. Alguien tiene que haber por encima de por encima de los de aquí y los de allá, pues la cosa no se acaba en los amos del mundo y sus vasallos y criados: perdón, los electores y los candidatos, el pueblo soberano y sus mandados --ciudadanos todos. Y cosmopolitas.

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