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Un mundo en paz en mitad de la guerra

Cualquiera diría que los judíos se han vuelto romanos y los palestinos, judíos en manos de los nazis: el poder es una fuerza que se comporta sin piedad, al desnudo, pues ni siquiera guarda las formas que se deben a un mundo que se queda perplejo y espantado ante la falta de pudor, o sea, la exhibición de un poder con las vergüenzas al aire --quizá porque no es tan fuerte como él se cree. Sin embargo, el poder hace toda la fuerza que puede, aunque no se trate del lugar y el momento adecuados, de modo que se equivoca, todos los afectos se vuelven contra él, pero el mensaje ya ha sido enviado: no se pasan medicinas y alimentos al otro lado y lo que diga el mundo le importa un bledo, pues para él se trata de enemigos a los que combatir a muerte por la propia vida --la vida de unos y otros está en juego: no es el poder el que se halla en peligro de extinción frente a una humanidad que a pesar de todo avanza entre vivos y muertos, sino un bando en lucha contra otro y sus respectivas naciones y pueblos, los cuales utilizan todas las armas necesarias -o sea, las armas- para alcanzar los fines de sobrevivencia que por otra parte también se les supone a todo el mundo, aunque con la particularidad de que se trata de un mundo en paz en mitad de la guerra a la que desea alejar lo más lejos posible de sí cuanto antes por un medio de resultados bastante dudosos: someter a los bandos al juicio moral de los buenos y los malos, las víctimas y los verdugos, los rebeldes y los tiranos, pues a pesar de todas las evidencias que se pueda esgrimir en su contra no conciben la guerra sino como una dialéctica con la que despachar, sin solución, las cosas --es lo que tienen las impotentes autoridades externas que al parecer se preocupan de la suerte del mundo desde arriba como si un día pudiera devenir gris y no se viera, no sólo no se pintara ni compusiera, sino en blanco y negro y con la oposición por medio, o sea, con una guerra que identifican necesariamente con el odio, la sangre y la muerte --y cada uno se hubiera de oponer y en cierto modo matar a sí mismo para devenir todos juntos a la vez en la luz de la paz, la libertad, la justicia, la felicidad y el ser de la vida. Sin embargo, un acto de guerra no implica forzosamente una matanza: pues ¿cómo se llama a matar a hombres y mujeres desarmados que no pertenecen por supuesto al bando de los amigos? ¿Cómo se llama a emplear las armas para rendir por hambre al enemigo, incluidos niños y ancianos? Si se habla de amigos y enemigos será desde luego la guerra y, ya se sabe, en la guerra todo lo justifica el lenguaje: un problema que el mundo sin duda lamenta y quizás incluso condena, pero difícilmente se atreverá siquiera a planteárselo. Someterlos por las letras y las armas si es preciso a acabar con la falta de democracia y el uso y abuso del ejército o de la fuerza armada como política del poder.

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