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el pensamiento privado
y los poderes públicos

 

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Temas

Un tipo servicial

Si nadie es más que lo que representa, Fraga es el Estado por encima de la dictadura y la democracia, la libertad y la servidumbre, incluso la monarquía y la república: Fraga es el servicio al Estado y el beneficio a su servidor, que pase lo que pase nunca será abandonado a su suerte, porque también gracias a tipos como él el Estado llega a ser siempre el señor de la vida. Fraga es el hombre siempre dispuesto a ayudar, colaborar, contribuir y apoyar, pero necesita un amo con el que hacerlo: el amo es el Estado y, como Estado hay siempre, siempre habrá criado. El Estado es el amo del que ser criado toda la vida: en la capital y en la provincia, en el centro y en la periferia, en el país y en el extranjero. Fraga no es tanto el orden cuanto el orden de su señor, que el el señor de su vida: lo que le da sentido, porque ayudando a su señor es como logra ayudarse a sí mismo, incluso entenderse a sí. La vida de Fraga, sin el señor por el que la ordena y hasta la vive, es el caos y quizá alguna cosa peor que la muerte, de modo que hay que imponer el orden como sea: la calle es mía, porque la casa es de mi señor y mi señor no quiere bárbaros a su puerta, pero también es posible que yo no dijera nunca tal frase, porque es propio de mi condición temer acabar sus días en la maldita calle en que los iniciara. El servicio de Fraga es ordenar al vida al Estado, someterla a él, sea dictadura o democracia, incluso monarquía o república, porque fuera del Estado el hombre es un animal, y el beneficio ya lo hemos mencionado: ser un buen hombre, un tipo servicial, un servidor fiel y honrado. La lucha de Fraga contra la anarquía es su propia lucha por por persistir en su ser, por ser él mismo, toda vez que halla su vida tan amenazada por la anarquía como la del propio Estado: por este motivo acusarle de cometer barbaridades en su servicio al Estado es tan absurdo y ridículo como considerarle simplemente un fascista o un demócrata, lo mismo un centralista que un autonomista, tanto un españolista como un galleguista. Fraga es por supuesto todas estas cosas en la medida en que el Estado también lo es, pero ninguna lo agota como ninguna agota al Estado gracias al cual Fraga es el que es: Fraga, hombre de Estado, del que el hombre es. Fraga comunista, republicano, confederal. Fraga, el buen vasalo que hay cuando hay un buen señor. Un señor Estado.

27/01/2012 20:29 Felipe Valle Zubicaray #. Manolo Fraga No hay comentarios. Comentar.

Iguales ante su ley

El enunciado según el cual todos somos iguales ante la ley quizá se habría de modificar y cambiar por otro que, más acorde con la realidad, dijera que todos somos iguales ante su ley, porque la ley es la de alguien -la ley del papa, la ley del rey- y solamente en este sentido se puede hablar de alguien que es de verdad igual ante la ley y realiza el enunciado: pero ¿acaso el enunciado no se realiza en sí mismo? ¿Acaso no indica en el fondo que es ante la ley ante la que no cabe andarse con diferencias, porque es precisamente la ley la que diferencia a unos de otros? Todos somos iguales ante la ley, pero la ley es la diferencia y la diferencia es la de alguien: quién sea este alguien no es tan difícil de colegir si pensamos que no se distingue tanto por sí mismo como por no hacerlo de la ley ante la que es igual siendo distinto a sí y todas las diferencias que pudiera expresar en cuanto que es él, diferencias que en ningún caso son legales porque la única diferencia es la ley y se halla más que capacitada para saltárselas todas, tomar unas y dejar otras, quitar estas y poner aquellas, justamente porque es la ley y la ley es indiferente a todo excepto a sí misma. Sí misma, o sea, la ley de alguien ante el cual o somos iguales a él o no somos nadie, con la paradoja añadida de que él en sí mismo no es nadie a su vez, porque todo su ser se reduce a un definitivo diferir de sí: de este modo la diferencia es suya y no hay más diferencia que él, o él es la diferencia establecida ante la que no se puede diferir porque diferir es continuar el juego de las diferencias sin ley que establezca cuál es la que sirve como identidad a todas, o la ley es él y nosotros los que no hemos de diferir de él porque nuestra diferencia es opuesta a la ley de la identidad que establece a través de él cuáles son las diferencias iguales y cuáles las distintas a la única que es igual a sí misma, o todos somos iguales ante su ley y lo que no podemos es ser distintos a esta diferencia que al modo de la identidad se establece por ley a la que ni siquiera él puede ser igual, porque en realidad no es igual más que a la suya. Él, el gran indiferente, el invariablemente diferido, el supremo diferidor de todo, gracias al cual todo lo que difiere, que es todo, se mantiene firmemente en el aire como una promesa o como una amenaza, pero sin forma ni sentido, puro bloqueo logrado a partir de una vida entregada al más puro servicio a la causa: la vida del papa, la vida del rey, una mera ficha en el gran tablero de la causa rígida y dura de la dominación mundial a la que sin duda le ha de llegar su hora, la hora en la que ya no sea imprescindible y el resto de fichas la sustituya y entierre quizá sin los debidos reconocimientos y honores.

12/01/2012 13:07 Felipe Valle Zubicaray #. Urdangarín No hay comentarios. Comentar.

De perros y ratas

La guerra no lo justifica todo, la guerra es simplemente la guerra, la guerra no siempre mata: la guerra resuelve las diferencias por la fuerza, pero no necesariamente por la muerte, y mientras unos ganan y mandan otros pierden y obedecen. ¿O acaso se trata de matar? Hay que defender de los criminales a la guerra, como también de los que la idealizan y exaltan: la guerra es destrucción que no purifica nada, y no hay coraje, no hay lealtad, no hay audancia que transforme esta realidad: en el sufrimiento no hay más valor que el sufrimiento, no hay en él ningún valor añadido. La sangre no nos salva, ni la nuestra ni la de nuestros enemigos, sino que nos mancha las manos, pero ¿qué política las tiene limpias? ¿Acaso no habría que defender de los criminales a la política, mucho más si son sangrientos? ¿O en la política no se encuentra como en su casa el matarife? En la política y en la guerra sobrevive y hasta progresa el mismo criminal de siempre, el que tiene sobre su falta de conciencia no solo el cadaver de la libertad sino el cadáver mismo, y parece que ni la una ni la otra están en condiciones de desembarazarse tan fácilmente de él: ¿acaso no se comportan ambas como el territorio preferido de los perros y las ratas? Nuestro rico y excéntrico dictador fue un perro en la paz y una rata en la guerra, como perros trató a sus súbditos y como ratas a sus rebeldes, y de este modo labró su carrera siguiendo una larga tradición que después de él quizá aún perdura: perros y ratas que poder matar para poder mantenerse en el mando. ¿Acaso se mata otra cosa en el mundo? Casi diríamos que si no hubiera perros ni ratas no habría muertes en la política ni en la guerra e ignoraríamos las oscuras virtudes del raticida incluso con los canes, pero ni siquiera la sangre fría de la política es capaz de regular lo que por supuesto la sangre caliente de la guerra es incapaz de hacer: cabe destacar, sin embargo, que resulta más fácil someter a la ley a los derrotados que a los gobernantes, aunque no sea este nuestro caso quizá porque todo depende de que, aunque se trate del mismo asesino, no tenga siempre el mismo poder. Pero la paradoja a la que asistimos es que por una vez el raticida lo aplicaron las ratas sobre el perro, que murió como vivió, aunque sin rendirse: la muerte es el final de la muerte que fue el comienzo, pero a pesar de todo la muerte no es bélica ni política. Es, quizá, el asesinato de un asesino desatado por un mismo proceder en la paz y en la guerra. Quizás a partir de ahora se produzca la revolución tan celebrada después de una lucha tan digna y tan valiente.

03/11/2011 09:20 Felipe Valle Zubicaray #. El fin de Gadafi No hay comentarios. Comentar.

Nuevos demócratas de toda la vida

De las capuchas a las corbatas, ahora que estas se están pasando de moda, porque hay toda una revolución en marcha que avanza sobre la política: pero bienvenidos sean los que dejan de eliminar al que difiere, aunque lo hagan con varias décadas de retraso, en un momento tan difícil para ellos que el cese no resulta especialmente meritorio y al modo de la política a la española: unos nuevos demócratas de toda la vida se suman a la escena, a pesar de tratarse de una escena en franca decadencia que sin embargo ellos agitarán unos pocos años. A veces no hay más remedio que ponerse a la cola y pasar por taquilla. Pero ahora el futuro es democratizarse y no hay propaganda que pueda ocultar este proceso: porque las ideas, los deseos y las palabras de unos no son los de todos y, aunque un día lograsen el respaldo de una mayoría, seguirían sin serlo, pues se trata únicamente de las palabras, los deseos y las ideas de quienes pretenden hablar, desear y pensar por todos, ahora que precisamente la representación es un asunto de parte y como cuestión de conjunto está quebrada. Durante un tiempo la animarán sin duda con su vieja y caduca pretensión de totalidad, el único espejismo posible y aún vigente de su salvación, y lo sepan o no lo sepan la servirán de algún modo entre las sonrisas de muchos y quizás las carcajadas de algunos, pero nada más y nada menos:  cuando se es el último de la fila no hay modo de ir más atrás. Naturalmente, nadie les va a pedir que den el salto de no querer representar a nadie como hasta ahora a no querer representar ni siquiera a una parte de los que junto a sus nuevos colegas de la política representarán, porque sería un salto de gigante del pasado más largo al futuro más inminente, pero empezar a diferir de sí mismos es un paso inevitable que habrán de dar más pronto que tarde porque no se puede querer representar a todos y buscar en la democracia la mayoría suficiente para que una política tan totalmente representativa y particularmente democrática tenga éxito: con desarme o sin desarme, ser siempre los mismos, frente a los cuales los que difieren no son más que un estorbo que apartar a un lado esta vez más por medio de la persuasión que de la fuerza, es parte del falso sueño de anteayer y de la auténtica pesadilla de ayer mismo. Pero ahora que cesan las armas ha llegado la hora de cambiar de rollo o, mejor dicho, de dejarlo: los buenos no tienen por qué ser buenos por ser de dentro, pero desde luego los malos no son los de fuera. No estamos para una representación total, ahora que hasta el mero actuar por otro se viene abajo.

26/10/2011 08:08 Felipe Valle Zubicaray #. El fin de Eta No hay comentarios. Comentar.

Incendios y quemaduras

Ahora resulta que King-Khan es un ligón, no una bestia, y todo el mérito ha de recaer sobre la bella, el único ser capaz de descubrir en él la sed de amor que arrebata su alma. Pero el mundo no le entiende, el mundo le juzga y le condena, incluso le condena tras juzgarlo inocente: el gorila que abusa de su fuerza con las bellas es tan temible como odioso. Ni siquiera le salva el oculto deseo de la amada, porque el feo es un depredador sexual en toda regla y la bella sexualmente no es nada: puede dejarse desear, sí, puede consentir el amor, pero desear y amar activamente le están prohibidos y en la sexualidad es y ha de ser pasiva a todos los efectos, una vasija que recibe una lluvia de fuego, el objeto de todas las pasiones y el sujeto de ninguna, si acaso tan solo de los incendios y las quemaduras propios y ajenos. Sus labios pueden decir ámame, pero debe callar yo amo: no hay Queen-Kong ni puede haberlo en nuestros cuentos de amor y violencia, de sexo y sangre, que son todo un género, quizás el único, entre nosotros. Y, sin embargo, el cuerpo de la bestia está lleno de amor y el espíritu de la bella no es de piedra sino de carne que comprende el amor de todos los seres y los ama: la sexualidad que comunica a ambos en un abrazo incomparable es un secreto que queda entre ambos, pero al desvelarse afecta a todos aunque ya no es lo que era. Parece ser que había dos ligones y una historia muy particular entre ellos, pero el cuento ha retrocedido a sus primeros párrafos y el público no avanza: el amor es una cosa de la que ha de hablarse profusamente, pero hacerse ya es otra historia, y hablar de él es hablar de todo menos de él mismo, porque él no tiene tanto que decir más allá de la intimidad en que habla no siempre con palabras. King-Khan sigue muerto allá arriba, en la cima del edificio más alto de la ciudad, y de la bella ya nadie supo nunca nada más: la tumba guarda el secreto de la sexualidad y la muerte, en unos tiempos en los que, cuanto menos entendemos, más vociferamos nuestra ignorancia.

21/09/2011 19:15 Felipe Valle Zubicaray #. El cuento Strauss-Khan No hay comentarios. Comentar.

El gobierno de los mejores amos

Ellos se lo guisan y nosotros nos lo tragamos, porque todavía hay un nosotros y un ellos que si se eligen de abajo hacia arriba se comunican de arriba hacia abajo. La democracia es un sistema que ha de servir a que se cumpla el moderno designio de que el pueblo elija a sus amos que, por este solo hecho, se creen los amos del mundo: a veces también se lo cree el pueblo y los vuelve a elegir sin parar a pensárselo, pero si entre una elección y otra se produce una percepción distinta acerca de su excelencia se lo piensa sin detenerse en nada y los cambia por otros, porque en la democracia hay amos de sobra y se elige siempre a los mejores. La democracia es el gobierno de los amos más grandes, porque el pueblo no se merece menos: nosotros los elegimos y ellos se lo montan. ¿Quién se puede quejar de los tragos que ellos nos hacen pasar de vez en cuando? La sumisión voluntaria es la postura más coherente y menos problemática entre el electorado, porque si se pierde la fe en que nos gobernamos a nosotros mismos a través de las excelencias de que nos hemos dotado se pierde la virtud de la república: si hemos elegido a quienes hemos elegido, no nos queda otra que fastidiarnos, porque si elegimos a otros nos habremos de fastidiar igualmente. Nosotros hemos elegido, elegimos y sin duda elegiremos: el sistema se basa en nuestra elección, nosotros somos la base de una pirámide en cuyo vértice se halla el faraón que nosotros colocamos. Nosotros, los que siempre elevamos a un faraón, el único que se encuentra a nuestra altura, porque él es el nuestro como nosotros somos los suyos, realidad que a veces se olvida quizá porque entre unos y otros se levanta una montaña de arena y piedra. El verdadero pueblo elegido no es el elegido por dios sino el que elige a sus dioses, porque en el gran espectáculo de la democracia es como se dan a su divina voluntad los candidatos a ejercer el verdadero poder del pueblo, la suprema cracia.

21/09/2011 18:49 Felipe Valle Zubicaray #. La reforma constitucional No hay comentarios. Comentar.

Nuevo cristianismo pagano

El Papa no es una estrella del rock porque es humilde, pero hay que admitir al menos que es un rockero como sus miles de fans llegados a su fiesta de todos los rincones del mundo: hay que ver el espectáculo que le montan, él arriba y en el centro, encarnación de la palabra, y abajo y enfrente del majestuoso escenario los suyos en silencio, aguardando al señor de la voz cuya emisión demora y, por fin, aplica: ¡Madrid!, para estallar de pronto en el grito atronador y unánime que resuena en la bóveda del cielo concentrando en sí todo el fervor y el éxtasis: ¡Benedicto! ¡Qué marcha, Dios mío, qué movida! Hasta ahora, el grupo del Papa interpretaba como nadie en el planeta la grave melodía de la pasión, el sufrimiento y la muerte y, a través de estas sencillas pero precisas notas, la justificación de la vida y la liberación del alma: castigar el cuerpo, aunque no con los desgarrados sonidos rockeros, para salvar al hombre de la maldita música del mundo. En cambio la música cristiana es profunda, trascendente, densa y hasta pesada: no es desde luego muy dada a las grandes efusiones de la carne, sino que todo es más bien recogido, íntimo, secreto, como corresponde a la silenciosa existencia del espíritu. Puede ser gloriosa, porque el tema lo requiere e incluso lo facilita, pero ¿alegre? La alegría del grupo papal es la alegría en la esperanza de la vida futura plantada en medio del dolor que redime de este mísero presente en la vida en la tierra, pero es una alegría secundaria e inconsecuente que en sí misma no es nada, carece de sentido y es negativa y pagana, como celebrar un banquete en mitad del hambre de los pueblos: cristiana, en cambio, es tan limpia y pura como beber una copa de agua, aunque de agua bendita que obra el milagro de curar los males del ánimo más decaído. Y es en este punto donde salta la sorpresa, porque un Benedicto entregado a la fiesta, la celebración y el gozo con la ligereza y superficialidad que caracterizan inevitablemente a estos acontecimientos, no es verdaderamente de este mundo y, sin embargo, ahí está con sus chicos haciendo de un tema tan serio como Dios la letra y música de un espectáculo tan intrascendente o, si lo preferimos, inmanente como el resto en una especie de nuevo cristianismo pagano. Porque hay que ver qué amores, qué placeres, qué juegos.

21/09/2011 18:41 Felipe Valle Zubicaray #. JMJ No hay comentarios. Comentar.

¿Un loco, un criminal, un idiota?

¿Un loco, un criminal, un idiota? Posiblemente todas estas cosas y ninguna, pero sobre todo un activista de la unidad política, religiosa y cultural de Europa lograda a sangre y fuego; un antidemócrata que hace de la violencia y el terror los medios con que imponer su programa político de homogeneización y uniformización social europea a base de exterminar todo lo que difiere, porque es lo que le contraría, amenaza y revuelve: un acto de autodefensa de la civilización occidental cristiana en peligro de muerte a pesar de su superioridad moral y material sobre el resto --porque lo que según él corre un gravísimo riesgo de desaparición es el mismo Dios, el propio Hombre: el temor del rey, el pánico del obispo, el miedo del filósofo, reunidos en un solo hombre decidido a afrontar la amenaza como en los viejos tiempos. La aniquilación del diferente, ya sea de otra doctrina religiosa como de otra doctrina política: los que arruinan la identidad de Europa y los que permiten su ruina, los invasores de fuera y los traidores de dentro, unidos por un mismo odio y designio destructor de la sociedad. ¿Quién odia a quién, señores? Para él -¿él?- la muerte que suministra a los otros es una acción atroz pero necesaria de amor a los suyos: ahora bien, a pesar de lo que crea los suyos son cada vez menos, unos pocos matan como él y otros más hablan, porque unos hablan y otros actúan, quizá porque hace falta menos valor para el lenguaje que para la acción de la muerte programada en uno y otra. Europa es para este héroe trágico de lo uno, bueno y verdadero, la Europa pequeña y cerrada de los cristianos y los derechistas determinados a hacer todo lo que sea preciso por más terrible y apocalíptico que resulte: todo nos suena demasiado familiar, la violencia forzosa, el terror obligado, la identidad impuesta, la vida debida y ordenada. Los muertos son los malos, los matadores los buenos. Aquellos son las bajas de guerra de un hombre -porque es un hombre- que está aún en guerra contra un enemigo que no solo es el suyo. Posdata: respetad a quienes los cuerdos dañamos incluso cuando pretendemos sanarlos, porque no son los locos los que matan. Los que lo hacen militan en las filas de una política que no es capaz de solucionar con energía sus viejos problemas: entre otros, el de enterrar dignamente el pasado y, con él, todo tipo de anacronismos. Nuestro solitario y violento fascista, que no es desde luego de los tipos para los cuales la democracia consiste simplemente en unas elecciones para la dictadura, es un sólido resto del ayer en un hoy que aún no anuncia su mañana.

01/08/2011 18:21 Felipe Valle Zubicaray #. Anders Behring de Noruega No hay comentarios. Comentar.

El reino del como si nada

La representación se mantiene en pie, no porque lo consiga por sí misma, sino porque la sujetan en el aire como una obra que se cae por el peso de la dramaturgia que ella misma invoca unos pocos brazos que no son precisamente los de los obreros: son los de quienes se dedican a trabajar y vivir de ella por más que los espectadores que abonan su butaca y pagan los salarios de la compañía se sientan cada vez menos identificados con la comedia que les representan a menudo sin mirarles a la cara y de la que solicitan y esperan algunos cambios. Cambios políticos, pero que tal y como están las cosas se juzgan poco menos que revolucionarios: elegir el cuadro de actores, participar de alguna manera en la elaboración del guión, renovar los temas dramáticos, modernizar la escena e incluso asesurarse de que la función que se anuncia es finalmente la que se representa no parecen en principio gran cosa pero cuando se trata de la vieja y cerrada representación de una democracia atenazada por el miedo a la libertad, la prima a la estabilidad y el gobierno y desde luego el amor a la autoridad y el poder, todo lo que no es lo mismo se vuelve lo otro y todo lo que se vuelve lo otro es una bomba que incluso si en un primer momento se comporta pacíficamente quizá porque su detonador aún no ha sido activado por nadie con el paso del tiempo resultará sin duda violenta y de un estallido terrible y quiá cruento, porque es lo que tienen las bombas y también las diferencias, que la violencia se halla en su misma naturaleza y cualquier petición -por no decir protesta- es solo aparentemente inocua: se empieza con pitos en vez de aplausos al elenco artístico y se termina quemando el teatro, por no recordar cómo se va dejando de entender poco a poco la necesidad y relevancia del arte irreemplazable de la representación y de su magia incontestable. ¿O acaso no es mágico que por arte de lo mismo la violencia de las leyes desaparezca y prácticamente no se la conozca entre nosotros porque la violencia si es legal no es violencia y todo papelito que se apruebe se considere de concecuencias a veces incomprensibles pero siempre inapelables y benéficas? Tampoco se ignora desde luego que la violencia verbal de los actores es puramente simbólica y si el público se la cree y luego la reproduce en la calle como si no fuera ficticia e inofensiva como un juego de chiquillos ya tiene al menos dos problemas: la ignorancia que no exime del cumplimiento de la ley dramática y la pena a la que se hace acreedor por ser tan fanático de lo que se pone en escena, que apenas distingue la realidad de la ficción e incluso de la farsa. Pero los responsables teatrales de la trama no se hacen responsables de nada de lo que ocurra fuera del teatro, una vez más y quizá esta vez de manera terminante y definitiva cierran las orejas a las críticas que recibe por parte de los asistentes la actuación, el argumento y el desarrollo de la obra, pues sugieren con cierto sentido de la libertad que a quien no le guste o no sepa apreciarla como se debe no vaya a verla o aprenda a reconocer sus innegables valores pero al menos permita que el que aún ocupa su lugar en el patio de butacas pueda seguirla entera y hasta el final aunque quizá sin pitos ni aplausos, en un silencio debido pero también entre respetuoso, temeroso y estupefacto ante tanto aplomo como el que se despliega en ella, y por supuesto y ante todo no se interponga en el camino de los actores hacia las tablas cuando no directamente hacia el estrellato. La cuestión ya no es por tanto si la farsa es una farsa, pues se representa la libertad y la soberanía del pueblo que no se sostienen ni con la ayuda de los artilugios más modernos y avanzados, de modo que difícilmente sostendrían la pieza de la que quizá sirven de pretexto y excusa, sino que se mantiene en pie por la única virtud de la fuerza empleada en apuntalarla cuando todas sus razones se han mostrado fingidas o adulteradas y no valen ni un poco de lo que la estructura a la que deberían dar sentido y contenido vale, porque la cuestión es efectivamente que la estructura existe, el teatro es real, y aunque la veamos en su desnudo esqueleto aún se encuentra ahí y actúa, pues quizá su verdadera función es la de ocupar el espacio y conservarse en él, sin derrumbarse de pronto y dar con los huesos en el suelo, como una representación que por fin se produce como una representación en sí y por sí que ya no necesita a nadie ni nada para producirse realmente: al fin y al cabo la política es una comedia que se representa en función de sí misma y ya cualquier apelación a los valores de la sociedad o el individuo cae en un vacío que ya no tiene la capacidad de disimular ni cubrir, pues el teatro es un agujero que se ofrece como pura y dura teatralidad únicamente preocupada en resguardar su lugar y su momento y, dentro del agujero, ya casi resulta indiferente que los políticos se hagan los fuertes o realmente lo sean, porque en cualquier caso el objetivo inconfesado que persiguen es evitar que el alma se les caiga a los pies para poder continuar actuando como si nada ocurriese, de modo que a pesar de que si el pueblo se la toma en serio la democracia revienta como un traje que se queda estrecho por el ejercicio de una política de sastrería no demasiado sincera ni elevada, la democracia misma se convierte en este reino del como si nada. Y es que a poco que se agiten las aguas la democracia derriba a la democracia, el argumento a la obra, la trama a la comedia y, en fin, la comedia al teatro: pues todo se origina entre actores, entre farsantes, entre hipócritas. Sin embargo, conviene señalar que no es que los políticos mientan, de lo que más bien se trata es de que no son quienes son sino en la medida en que no son los mismos que vemos en público sino otros de los que apenas se saben sus conversaciones privadas y reuniones secretas y no se parecen a ellos mismos sino en que difieren y son diferentes a la identidad que nos enseña una representación que la primera persona en cuyo lugar se coloca es la persona de ellos. En cierto modo se podría adelantar la hipótesis de que la representación a la que de pronto acceden como los espectadores desde el patio de butacas hasta el escenario en que se ejecuta la obra es la locura de los políticos no sólo ante la incomprensión y muchas veces estupefacción del público: ellos mismos se encuentran a veces un tanto perplejos y confundidos, cuando no realmente cambiados, como aquellos que sin duda les aprecian y quieren.

24/06/2011 12:50 Felipe Valle Zubicaray #. El 15-M y siguientes No hay comentarios. Comentar.

Modelo unisex de la política

El pepino español es inocente como todo fruto humilde, modesto y comestible: no se sabe que haya iniciado nunca una guerra, aunque su nombre aún salpique más de una crónica periodística; lo que ocurre es que al doméstico y pacífico pepino le delatan sus oscuros orígenes nacionales, el Sur de lo que llamamos Europa y sin duda es Europa al menos de boquilla es más promiscuo que el Norte y tiende a protagonizar mezclas que fuera de sus fronteras se juzgan perniciosas cuando no letales; el pepino tiene sin duda entre el electorado un componente relativamente honesto y puro, pues a menudo se le asocia con el símbolo del miembro sexual masculino que da mucho que hablar y ha de tomarse con preservativo -con la salvedad de que si a uno le conviene el póntelo, pónselo, con el otro es preferible el quítaselo, quítaselo, se sobreentiende que la cáscara o el pellejo-; la bacteria dañina con que se acaba de mezclar inconscientemente el pepino es o al menos debe ser como su nombre indica latina -la ecoli, procedente probablemente de la cola-, pues los alemanes tienen fama de ser muy ordenados y limpios con sus cosas y si se encuentran de pronto con alguna impureza en su casa la queman sin necesidad de pensarse dos veces si se trata de pepinos, de pepinillos o de pepes; Alemania no ha lanzado ningún pepinazo ni siquiera de alerta contra nadie, aún menos contra su tradicional aliado y sin embargo rival España, que en cualquier caso se lo devolvería enviándole un puñado de rosas a la nerviosa y querida Cornelia, pues en el fondo Zapatero es estoico como Séneca aunque no tiene huerto ni cultiva bonsáis -ni realmente nada- como el célebre moralista cordobés y Felipe el socialista sevillano que a su edad se anda todavía con problemas con la ética; Mariano, ya se sabe, no es inocente, pues no echa una mano al gobierno a la hora de tragarse la indigesta pepinada y deja solo a su cabeza visible con la copiosa ensalada que el pobre se trae entre manos de hace tiempo; Mariano es gallego y -para seguir con los tópicos nacionales- si nos lo encontramos en el rellano no sabremos si sube o baja las escaleras, aunque pensemos no sin cierta inocencia que se halla parado y a la espera de descubrir si los parados verdaderos suben o bajan para obrar en consecuencia; en general le pasa al pepino lo que por lo que se ve le pasa a la política, que no es de derechas ni de izquierdas sino que es lo que hay y punto, de modo que si la corrupción le alcanza ni los de un lado ni los de otro se lo comen y se culpan entre sí del misterioso pepinicidio como si no hubieran sido pillados todos con las manos en la masa; la suerte del pepino ya está echada, si no se vuelve loco y acaba pudriéndose en una triste y aséptica residencia de la edad intempestiva terminará sirviendo para hablar de cualquier cosa que no tiene nada que ver con su salud ni con sus enfermedades; pudiera ser al fin y al cabo que el pepino andaluz tuviera la fama y la soja hamburguesa -o cualquier ingrediente de la hamburguesa propiamente dicha- cardara la lana, pero a estas alturas de la historia ya no se puede pensar en la verdad de las cosas sino más bien en la guerra y su propaganda, pues entre los europeos es todavía frecuente que la nacionalidad condene a unos y salve a otros sin necesidad de juicio ni aún menos de justicia; la Merkel, claro ejemplo del modelo unisex impuesto a la política, no quiere problemas a la hora de ir a atender su alegre puesto de verduras al mercado o mandar a su esposo a que lo haga y se faje con su selecta clientela, pero seguro que pasado el tiempo se disculpa y no le importará nada a nadie, porque todo el mundo creerá única y exclusivamente en la fuerza soberana del pepino como hasta ahora ha hecho sin mayores problemas: para qué necesita a la razón al fin y al cabo el que lo tiene más hermoso y grande que el resto si además aún cuenta con un buen puñado de tópicos y refranes con el que se halla más que dispuesto a tirar Europa adelante y sin miedo ni vergüenza.

07/06/2011 10:37 Felipe Valle Zubicaray #. El pepino No hay comentarios. Comentar.


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