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el pensamiento privado
y los poderes públicos

 

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Temas

Los humanotes

Los sosos han triunfado, los fofos reinan: todo en ellos es reacción y, además, reactiva, pues no hay en ellos nada activo, mucho menos sus reacciones, ya que de acciones que haya que considerar como tales carecen --carecen de acciones nacidas en sí mismos que no deban nada a nadie. Pero es que les va la vida en el intento, pues son incapaces de subsistir en un medio que ellos consideran cruel, o sea, fuerte, noble y activo: su fuerza es, evidentemente, el no ellos y no hay nada de particular en que entiendan que ellos o nosotros y el nosotros sea el no ellos --¿quién puede achacarles que para ellos sea una cuestión personal si solamente respiran en un ambiente que ellos llaman humano, o sea, blandengue, mullido y bobo? Es esta parte de la humanidad que no puede convivir con la otra, porque según ella su sola presencia le sume en la inhumanidad, la violencia y el odio, y la pobre no tiene más remedio que luchar, o sea reaccionar débil, vil y reactivamente: en realidad es el instinto de conservación, aunque más sutil, más refinado, más taimado, más culto, el que le lanza a la guerra --una guerra humana desde luego en la que los malos, o sea los inhumanos en cualquiera de sus manifestaciones, son siempre los otros. ¿Quiénes? Para el caso que nos ocupa y quizás en general los bravos --pero, tranquilos, los mansos han tomado cartas en el asunto y avanzan como una enorme quejumbre que no nos acusará sin a la vez salvarnos: nos señalan con el dedo y nos rescatan, incluso contra nuestra voluntad y desde luego en nuestra más fatal inocencia, de nuestra falta de cabeza y de corazón. De modo que no es una cuestión de catalanes o españoles, que es como en la actualidad algunos llaman a los castellanos, sino de todos los humanotes alzados en pacíficas y violentas armas que pueblan -y despueblan- la descuartizada e irrompible piel de toro y para los cuales su conservación pasa inevitablemente por la falta de conservación de los demás: es lógico que nos maten a todos de aburrimiento y, cuando ya no tengan a nadie contra el que reaccionar, o sea contra el que vivir, mueran de no poder aburrir a nadie más porque ya han agotado todas sus fuentes de energía. Será de norte a sur y de este a oeste un país sin toros, o sea sin lobos, pero lleno de ovejas, algún que otro carnero con el que escarmentar de vez en cuando al rebaño y pastores, muchos pastores, pastores por todas partes: pastores laicos que quizás hagan buenos a los religiosos, pues lo que unos no prohibieron lo harán sin duda los otros, a los que también aburrirán por ser los últimos, aunque remotos, parientes de los romanos: los pastores de los cuerpos enzarzados con los de las almas por ver quién domina más y mejor el negocio del aburrimiento. No cabe duda que, unos antes y otros después, todos descansaremos en paz: afortunadamente para ellos, nosotros seremos los últimos, claro.

19/12/2009 12:21 Autor: Felipe Valle Zubicaray. #. Tema: Cataluña sin toros. No hay comentarios. Comentar.

¿La historia continúa?

Una primera percepción nos llevaría a escribir: "ahora que habíamos dejado de ser cristianos, los otros pretenden que empecemos a ser islámicos" --pero quizá fuera el discurso del miedo. Pero gracias a una segunda escribimos: "ahora que empezábamos a ser científicos, los mismos pretenden que volvamos a ser religiosos". Al parecer la historia continúa, las guerras de religión regresan, las identidades religiosas sobreviven, la poderosa religión vuelve: fantasmas y más fantasmas de aquel viejo y medroso discurso. Pero ¿a quién beneficia una población de cabezas cerradas y corazones huecos? El amor del criado al amo, sí, pero también la necesidad del amo de tener un criado: un anacronismo, en fin --en medio de una época en la que ya todos somos y seremos siempre marcianos.

07/12/2009 21:46 Autor: Felipe Valle Zubicaray. #. Tema: La muy religiosa Suiza. No hay comentarios. Comentar.

La política no es necesaria

La nueva humanidad ha triunfado, siempre hay medios para hacerlo --aunque pocos lo dirían: porque ¿quién pagó el rescate? Todo el mundo lo tiene delante de sus narices, pero es como si nadie lo viera: hace falta valor, en cualquier caso. Pero, dentro de lo que cabe por supuesto, todos están contentos y satisfechos: el bien tiene extraños caminos, caminos que justifican el que haya que tomarlos de noche. No siempre el sol es el mejor revelador de los secretos, a veces lo es en cambio la luna. Para salvar la libertad y la vida hay que tratar con quienes las amenazan: los piratas no acaban de nacer hace un instante y, una vez que actúan, sobreviven siempre o casi siempre, pues la buena voluntad les alimenta de continuo --es decir, la sumisión al miedo, el temor a la pérdida. Es demasiado precioso lo que tienen entre manos, lo que agarran por el cuello, aquello con lo que juegan: los rehenes. ¿Quién arriesgaría este tesoro? La muerte es un escándalo, mayor si cabe que la esclavitud, y el camino es la negociación con el mal que la utiliza como arma, no hay duda. Pero el fin es bueno, aunque el medio es un secreto que corre de boca en boca, un mal camino en la noche que conduce a un día feliz para todos: piratas, marineros, políticos, armadores, periodistas, ministros, incluso el presidente y tal vez el rey. El sol de la nueva humanidad y la luna de la vieja. La nueva humanidad, guiada por los mejores deseos, no aguanta un conflicto: aún más, un conflicto provocaría el caos y la revolución, o sea, la revuelta general contra los inhumanos que la gobiernan --porque siempre hay inhumanos entre nosotros, o sea, siempre hay otros enmascarados de humanos: la comunidad ha de estar en guardia. La ley que rige al Estado es el amor, no la guerra: políticamente está todo decidido. La política no es necesaria. 

25/11/2009 09:30 Autor: Felipe Valle Zubicaray. #. Tema: Alakrana. No hay comentarios. Comentar.

Llamamos hombre

Llamamos hombre al hijo recién nacido de la propia creencia en la nada que ha descubierto detrás de la demasiado obvia existencia de Dios -el Dios que la ocultaba como la tapadera el vacío- en el que creía con una fe superior a la que podía depositar en su propia vida -vida de una criatura a la que le es imposible responder de sí misma-: por este motivo el hombre vive como si no muriera, como si no hubiera muerte, ni vida, ni nada, pues la nada ya habita en él, en su tierra y en su carne, en su sangre y en su materia, desde el día en que explotara a la existencia tras la pérdida irreparable de la creencia en su Dios y la súbita e irresistible aparición de la nada en la que antaño no creía porque su Creador la velaba y hacía desaparecer tras su aplastante existencia, y ningún esfuerzo mereciera de verdad la pena porque todo está decidido de antemano y el resultado es siempre idéntico e invariable: nada, en el cielo y en la tierra, en los mares y en las estrellas, porque él es aún y para siempre lo que ya no podrá dejar de ser nunca más: el animal que es el que cree y lo que cree que es --el hijo del sentimiento cuyo pensamiento aborta, un no nacido para la razón pero para la reflexión muerto y bien muerto, alguien sin el valor necesario y suficiente para convencerse y creer en el sujeto de su vieja fe: no él sino el uno que elimina el cero, porque él es nadie, o sea, lo que es creer en él y no en el otro, el que respondía de él y por él mismo, y mucho más cuando ya es huérfano y, haga lo que haga, todo es inútil porque es imposible que pueda dar cuenta de sí mismo, cerrar la brecha en la que surge, lo constituye y da fe de él. Una mezcla prácticamente insuperable de desprecio a la vida y miedo a la muerte le ha parido, mejor dicho, una combinación casi perfecta de rechazo a lo que para él no es muy distinto a la muerte y temor a la nada que no le aguarda simplemente más allá de la vida, porque es su propiedad inalienable y más característica, la forma que encierra el fondo oscuro e insobornable de su naturaleza, el espacio íntimo y personal de una vida humana, la nada de nadie. El desprecio a la muerte, porque hay valores más importantes que el de la mera vida, por ejemplo el amor a la libertad y el peligro y el riesgo que afronta el que la ama o, simplemente, el deseo de una vida distinta aunque quizá no nueva, no es de esta civilización, ni de este tiempo cuyo rey es el hombre, o sea, don nadie, y el trono está vacío porque lo ocupa un muerto, pero permanece ahí en pie en los caminos y aún no han nacido los hombres que lo destruirían simplemente a su paso, o sea, los hombres antes de volver a ser definitivamente ellos mismos, plurales y únicos, múltiples y distintos, que desean medirse consigo mismos, comprobar quiénes son, labrar su estatura, conquistar su nombre, levantar su casa, y no deber nada a nadie, porque no son nadie y no les espera nada ni después de la vida ni antes de la muerte: tan sólo su vida y su memoria, su singularidad y su historia, su muerte y su leyenda --y el mundo, un pedazo más o menos soleado de hierba y roca, al que volver a vivir atravesando el círculo al que parecían condenados por medio de una línea de ruptura que los compone de nuevo con una vieja y rara consistencia: los hombres o los también llamados los que nacen y mueren infinidad de veces, los hombres o los que caminan con la casa a cuestas y también podrían ser llamados los que caminan con la casa a cuestas... 

23/11/2009 14:08 Autor: Felipe Valle Zubicaray. #. Tema: La muerte. No hay comentarios. Comentar.

El dinero no puede

El dinero no puede con el juego (y, en general, el gobierno con los jugadores), pero no es el azar el que lo conduce a la impotencia sino el que no mantenga con el azar la relación que en cambio mantiene el jugador: una relación de amor que quizá desprecia y de la que sin duda está en la ausencia y la ignorancia el que apuesta por el dinero. Los que apuestan no son los mismos que los que juegan, ni siquiera son exactamente espectadores: son los que evalúan a los jugadores no tanto por su valor como por su precio y, acaso confundiendo uno y otro, deciden por quién jugarse el dinero, que indistintamente como medio y como fin es para los apostantes lo mismo que el éxito. Pero prescinden casi por completo de lo que es privativo del juego: el azar, la suerte y, por supuesto, el deseo, la capacidad de afirmación e implicación en él y con él --el no tener más capital que el del juego, ni más patrimonio que el de ser un jugador, ni más salario que el de jugar. En otras palabras, el hambre y una saciedad que nadie alcanza sino con un nuevo y más grande apetito, con una nueva y más fuerte necesidad de ponerse a jugar, de vestirse de jugador, de ofrecerse al juego como a la prueba que le revelará quién es realmente él, cuál es su amor, cuál su destino, cuál su felicidad --o su desgracia. Deseo de seguir el juego, de continuar la aventura, de proseguir la suerte --recién descubierto el reino de la casualidad, rendirse a él en cuerpo y alma, y actuar sin malicia, inocentemente, como un jugador, un chaval, un crío. Porque es una fortuna que las cosas sean como son: un puro juego de azar al que hasta los apostantes han de aprender a jugar más allá del cálculo de probabilidades, cuando salta la sorpresa y aparece de pronto la verdadera naturaleza de lo que nos traemos entre manos.

16/11/2009 21:42 Autor: Felipe Valle Zubicaray. #. Tema: Alcorcón. No hay comentarios. Comentar.

Lo que no se pilla es la honradez

Señores corruptos, o sea, señores políticos: un ciudadano les ruega encarecidamente que, en todo lo que no se trate del poder, no se guíen única y exclusivamente por el poder, sino por otra cosa --aunque quizá no sepan muy bien de qué se trata. Porque ¿de qué otra cosa que no sea el poder se puede hablar en todo caso? ¿Acaso de la libertad? ¿Tal vez de la justicia? ¿Quizá de la verdad? El poder es una realidad que se cierne sobre todas las cosas, de modo que las cosas se han de acomodar e incluso arrastrar detrás de él de ser preciso, pues si se alzasen por sí mismas podrían chocar contra él y provocar la caída del sistema, que no es tan fuerte y resistente como se cree: un golpecito aquí, un poco de verdad más allá, y el pobre se va al suelo mientras las cosas, descontroladas, se echan a rodar amenazando incluso su propia existencia, la libertad frente a la seguridad por poner un ejemplo, no sólo el marco que encuadra una tras otra a la totalidad. Porque ¿qué se puede esperar de una libertad que se encuentra sola y puede por tanto campar a sus anchas? Posiblemente la destrucción, legalmente el crimen y socialmente el caos --además de políticamente la revolución, o sea, la no política, la no corrupción: ¿o acaso no se ha conducido con indudable éxito lo diferente hacia el espectro ciertamente fantástico de la barbarie y el salvajismo, el horror de la mente y el temor del poder a la realidad, el miedo a este preso al que se ha de vigilar muy de cerca porque en cualquier momento se puede dar cuenta de que no vive en libertad a pesar de que se le permite casi todo: por seguir con los ejemplos, hablar sin cese, el sexo sin contemplaciones, aunque también se le advierte de los riesgos de ser él y nadie más que él, o sea, un desconocido que se halla por hacer? Pero no se aproximará el peligro a las inmediaciones del sistema por medio del lenguaje por el lenguaje o el sexo por el sexo, sino al contrario: no puede haber mejores aliados que los que se confunden con el enemigo de tal modo, que se sirven de él sin tener que recurrir al empleo de la pura fuerza como con los amigos. En cualquier caso la última palabra se encuentra en manos de la justicia, porque el poder se halla muy repartido, la corrupción también, y de algún modo se ha de llevar el control del modelo, que al fin y al cabo es de lo que se trata: una libertad que se desata de pronto y una verdad que al fin se asoma más allá del escenario, pero ¿y una justicia que no captura a aquella parte del poder que se salta el control derivado de su propio sistema? Ciertamente, tampoco se puede desear el dinero por sí solo, pues antes que nada se trata de mirar por el poder según el cual todas las cosas se ajustan como se deben ajustar a su principio para el equilibrio y la estabilidad de un conjunto con cuya conservación quizá no se soluciona nada pero, entre simulacro y simulacro, se mantiene el dominio de la situación y un lugar superior y externo a las cosas desde el que gobernarlas, someterlas y ordenarlas al fin esencial del poder, que es él y después lo otro, su sostén particular como objetivo y la sujeción general como resultado, porque en realidad la disminución de verdad, libertad y justicia en el sistema es un dato meramente secundario. De modo que, en un sentido amplio, la corrupción quizá no es más que la extraña necesidad de lo que se podría llamar la militarización de la verdad, la politización de la justicia y la estatalización de la libertad: se coge cada una de estas cosas y se las pone todas juntas al servicio del dinero. ¿Del dinero? Del poder: porque la corrupción es el dinero del poder --se atrapa el dinero y se lo pasa de un lugar a otro hasta que ya no se mueve más, o sea, se queda tan quieto como debiera. Se trata de un éxito más, aunque esta vez quizás inesperado y peligroso, de los aparatos de captura: se trata, en fin, del descontrol que se halla implícito en el dinero. La corrupción o el dinero del poder, el poder del dinero, el dinero del dinero, el poder del poder: la corrupción o se pilla todo lo que se puede --y lo que no se puede es la honradez, la limpieza y la integridad.

16/11/2009 16:17 Autor: Felipe Valle Zubicaray. #. Tema: La corrupción. No hay comentarios. Comentar.

La hora de la libertad no es una fiesta

La hora de la libertad es una hora grave, de una tremenda responsabilidad, de una seriedad inmensa, que impone: es, junto a la de la muerte, la hora de todas las horas, la del nacimiento a la vida con todos sus peligros, incertidumbres y amenazas. Una hora dichosa, pero dramática: ¿qué ocurrirá? ¿Será un alumbramiento feliz para la madre y para el hijo? ¿Ya estará el padre a la altura? Y además hay que hallarse preparado para el día siguiente, y para el siguiente. No puede ser un acto sin consecuencias, meramente simbólico y, por otra parte, ficticio: alegría sin lágrimas, risas sin dolor --pero también sufrimiento sin parto, aborto con desesperación. Una frustración más. Un simulacro. La hora de la libertad no es una fiesta, un juego ni una verbena a rebosar de inconscientes que no quieren parir un nuevo ser sufriendo como las mujeres sino conservar al mismo viejo resabiado de siempre protestando que alguien no les permite divertirse como si fueran chiquillos. Es la manera que estos hombres tienen de engendrar lo que ha de nacer y ser su hijo, encargado en una noche de embriagador sentimiento y embriagada razón para los días que quedan: un proceso realmente descorazonador para todo aquél que deseara nacer de verdad a la libertad y morir también de veras para la democracia en la que la libertad sobrevive enclavada en la prohibición, el temor y la sumisión al poder de guardia. Porque después de la embriaguez viene la reseca y uno no está ni para ponerse de pie, que es por donde hay que empezar, desde luego: por ahí y por vestirse los pantalones por los pies, respirar por el hueco de la nariz y no por la herida de la boca y, sobre todo, renunciar al cargo y los oropeles --lo demás es pegar otra patada en el culo al prójimo y gastar el día anterior, importantísimo, en ensayarla. O sea, en repetir una vez más la bronca, el lío y el alboroto.

15/09/2009 19:16 Autor: Felipe Valle Zubicaray. #. Tema: Arenys de Munt. No hay comentarios. Comentar.

Los delitos invisibles

No es noticia fresca que la población se halla sometida al chantaje emocional tras el que avanzan los más astutos criminales disfrazados de bellas personas preocupadas por el bien del prójimo: ¿quién se atrevería a resistirse ante semejantes hipócritas ejemplares? La salud de los fumadores, el bienestar de los parados, la libertad de los jóvenes, la igualdad de las mujeres, el futuro de los niños, la dignidad de los consumidores, el socorro de los débiles: con una buena causa a mano se puede lograr una fortuna, iniciar una guerra, ocupar un gobierno y, en fin, hacerse con un nombre y una fama. La población se lo cree porque no puede sustraerse a un chantaje que protagonizan con el corazón los triunfadores: ¿cuándo se ha visto que estos señores sean unos criminales tan maquiavélicos, que sus delitos queden impunes? Y es que se trata de los delitos invisibles, las causas blancas, los fines transparentes, con la particularidad de que el tipo que se entrega a su servicio tiene garantizado el poder: por ejemplo, el dinero. ¿Qué reprochar al que se suma incluso en un principio de buena fe o fe ignorante a este movimiento exitoso imparable? Posiblemente no haya sentimiento, o sea, resentimiento en la que se ha adjudicado últimamente entre nosotros el papel de madre coraje, sino tan sólo un aprovechamiento de las oportunidades que le ofrece el sistema, un cálculo de intereses riguroso y un afán de ganancias no sólo legal y legítimo sino además común, universal y extenso como una mancha de aceite cuya fuente no deja de verter como si se tratara de un río de oro negro sin fin y sin principio. La que fuera esposa y madre de la primera de las hijas del torero de las bragas de esparto se ha hecho un sitio en la sociedad a base de defender a todas horas a la niña: pero ¿cuándo dejará en paz a la chiquilla y concluirá la guerra con que se enriquece a costa del que fue su breve y por fin silencioso marido? Evidentemente, motivos más económicos que sentimentales se lo impiden; pero es que la plaza del pueblo resulta un lugar muy rentable para los medios que se han adueñado de un espacio que ayer fuera de todos y en la actualidad controlan casi exclusivamente -por medio de exclusivas y sin ser exclusivos para nada, para mayor burla y escarnio del festejo-, y la avaricia de unos alimenta la de los otros en una especie de círculo vicioso de la virtud pública empujada por la creación natural o forzada del inevitable conflicto. Quizá no se pueda olvidar, sin embargo, que el dinero y, en general, el poder tiene la capacidad de arrastre suficiente para conducirnos a todos al vacío más ordinario y profundo, porque a pesar de lo que se cree el dinero no está solo sino que más tarde o más temprano se encuentra siempre con él el solitario que lo ha ganado dejándose según él la piel en el camino: al final el poder es la nada, este poder soberano e impotente, cuando ya no se cree ni se puede creer en el noble objetivo del bien de la niña. ¿Qué pasará en el inmediato futuro? Aparentemente nada, o sea, lo mismo que en el presente; pero quizá se abra un agujero que acabe tragándose a la cándida, pícara y desdichada cieguita de nuestra población sujeta a la pantalla. La pobre carece del dinero y el poder necesarios para mantenerse flotando continuamente sobre el vacío como una poderosa e imponente atracción de feria y, sin tales cantidades de materia y energía, nadie se puede permitir el lujo de prohibir esta o aquella libertad a unos u otros en nombre del más alto propósito de la conservación de la gran familia del circo de las buenas personas, altruistas y desinteresadas, con sus cuerpos huecos y sus mentes planas. Vivimos en medio de la espectacular economía de la miseria.

14/09/2009 21:29 Autor: Felipe Valle Zubicaray. #. Tema: La Esteban. No hay comentarios. Comentar.

Divino de los pobres

Si juzgó a Pinochet, ¿cómo no juzgar a Franco, que al fin y al cabo es de entre todos los dictadores el suyo o al menos el más cercano? Esta es la prueba de la verdad de Marte, el dios que somete a juicio a la guerra, pues ninguna guerra le es ajena ni extraña: ¿cómo lo iba a ser la suya propia? Este es el flanco por el que desfallecería su ética y su estética y por el que podía atacarle con éxito su conciencia, el único juez ante el que responde. O casi el único: Júpiter le ha llamado al orden. Marte, hijo mío, tu intención es buena; pero te has excedido en tus funciones, te has pasado de la raya, para ser más preciso: la competencia en ciertos asuntos es exclusivamente mía, qué te crees; yo los juzgo o los dejo de juzgar según me plazca. El placer, o sea, el poder es mío: tú, hijo mío, no olvides que eres un subalterno. Puedes dormir con la conciencia tranquila, incluso con la fama satisfecha; porque aunque algunos sostengan con hiriente chulería que los verdaderamente malos son los perdedores -es su temor a la derrota, la desconfianza en sus propias fuerzas y, en suma, su pobreza en todos los sentidos la que, sin eximentes de ningún tipo, les arrastra al crimen-, en verdad los malos son los vencedores a causa de una evidente cuestión de poderío: el poder de los otros, sin duda nuestros enemigos, no es bueno, hijo mío; tú bien lo aprendiste, Marte, de pequeño. De modo que deja de fastidiar a tu padre y no hagas más el niño, que ya no eres un jovencito y, por más años que cumplas, no ocuparás el lugar más elevado: Júpiter es el rey del Olimpo. Reflexiona y seguirás siendo uno de sus virreyes. Eres libre, yo te absuelvo; pero prueba de tu propia medicina y no cometas de nuevo los mismos errores: ¡eres capaz de intentar resarcirte a ti mismo ahora que, además de vengador justiciero, eres reivindicativa víctima! Pero no olvides que lo que ha hecho Júpiter contigo es salvarte y recuerda que, como hombre, no eres tan humano como tus amigos: quizá más, sin duda más; pero poderoso, institucional y, en cierto modo, divino. Divino de los pobres, pero divino al fin y al cabo. Aún más lo serías si comprendieras que los ricos también lloran, chico, y no sólo por este motivo han de estar sometidos para bien o para mal a nuestro gobierno.

10/09/2009 20:20 Autor: Felipe Valle Zubicaray. #. Tema: Garzón en el Olimpo. No hay comentarios. Comentar.

Los integristas: sin faldas y a lo loco

Los chicos con los chicos y las chicas con las chicas: ellas con faldas y, además, largas; y ellos con pantalones, no por supuesto cortos. El pantalón hace al hombre y la falda a la mujer, pero ambas prendas han de ser igualmente extensas: las piernas desnudas, incluso las de los varones, con sus nalgas y pantorrillas al aire, son de una intensidad malvada, endemoniada --quizá, sobre todo, por infantil. En realidad los hombres y las mujeres son unos animales vestidos, tapados, cubiertos por un velo de autoridad, sumisión y silencio que no sólo afecta al cuerpo sino, a través de esta estúpida y perversa afección, al nacimiento del alma en su seno, es decir, al efecto del encarcelamiento del cuerpo que crece abombado hacia el interior de faldas y pantalones: o sea, el espíritu que hace de un chico un hombre y de una chica una mujer, y les hace internos, ocultos, secretos como la enfermedad, el miedo, la angustia o el abandono. El espíritu es, claro, el de la ropa en cuestión, uno para los chicos y otro para las chicas y, para los dos, fundamentalmente el mismo: taparse, por Dios, taparse. ¿Qué ocurrirá el día en que ellas quieran vestir la minifalda y algunos de ellos también? El tiempo de la desnudez avanza: ¿lo pararán los simples y los malvados? Los integristas son unos tipos que van sin faldas, pero igualmente a lo loco --y los únicos que les apoyan son las integristas que caminan detrás de ellos animándoles a que sigan desbrozando la misma senda cerrada y obtusa: dos más dos suman cuatro; quien no dijo cuatro, latigazo, zas. La semejanza entre unos y otras va más allá de los pantalones y las faldas: está íntegramente situada en la más malvada de las simplezas y la más simple de las maldades --los pobrecitos todavía no han visto nada.

09/09/2009 13:26 Autor: Felipe Valle Zubicaray. #. Tema: Pantalones en Jartum. No hay comentarios. Comentar.


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