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el pensamiento privado y los poderes públicos |
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Se han detectado fuertes explosiones de la bomba popular en pleno centro de Teherán. El presidente de la república lo desmiente: "se trata de pequeños movimientos antislámicos promovidos por Occidente perfectamente neutralizables por nuestra revolución", asegura. Mientras se extienden las detonaciones por todo el país, el pueblo teme el empleo de la bomba nuclear por parte del régimen y afirma: "todo se solucionará sin derramamiento de sangre, pero con el fin del gobierno de la opresión y la mentira y el fraude. El presidente ha de elegir: o lo popular o lo nuclear. Y deseamos que no se equivoque de nuevo". Hombres y mujeres, estudiantes y trabajadores, jóvenes y viejos continúan estallando en las calles de la capital de Irán a pesar de que entre sus filas se cuenta un número cada vez mayor de heridos y muertos: "la muerte no nos parará", declaran los manifestantes, ""solamente nos detendrá la vida, la verdad y la libertad". La bomba popular es una explosión de paz y amor y es una paradoja que no se entiende desde las altas instancias del poder: "lo único cierto", destaca su portavoz, ""es que con estas algaradas se pretende la caída de la revolución y el regreso de los reaccionarios, cosa que no sucederá. La revolución islámica se halla por encima de todo y, si hay que utilizar el arma nuclear contra los pérfidos enemigos que engañan a nuestro pueblo, se utilizará con energía y sin miedo". Pero aún nos hallamos en condiciones de revelar que la bomba popular no se ha desactivado a pesar de tales amenazas, la rebelión del pueblo convertido en una perfecta máquina libertadora continúa en marcha: se oyen disparos cada vez más cerca, pero seguimos informando. Es cierto que la prensa forma parte de esta gran máquina y la censura e incluso la eliminación física del periodista se contempla como una de las más peligrosas operaciones con que el sistema puede impedir o al menos estropear su suave y poderoso funcionamiento, pero también el silencio estalla y desde luego no es la explosión más importante que se produce en el país. Porque en Irán, por fin, se vive y, por más que se mate o se muera por culpa de los conservadores o de los reformistas, se vivirá cada vez más. Sí o sí: he ahí la alternativa de la bomba del pueblo. Continúen a la espera de próximas informaciones. Muchas gracias. Del mismo modo que el izquierdismo es un derechismo al revés y el socialismo es un capitalismo al contrario, el innombrable (su sola mención acarrea la expulsión de la santa madre iglesia progresista con el consiguiente envío del pecador a los infiernos de la maldita secta reaccionaria) es un machismo a la inversa: de todos modos es difícil entender cómo en democracia puede legislarse desde el sexismo, cómo puede promulgarse una legislación especial en función del sexo --uno, negativo, sospechoso de cometer y acaso disfrutar todas las violencias y crímenes, el cazador, el verdugho, el culpable, el reo, una potencia maligna, el demonio del sexo opuesto y bien que opuesto; otro, positivo, pero que sufre todos los males y desgracias, a veces en silencio, la víctima, la presa, el inocente que necesita de un defensor y un justiciero. Porque la razón de este comportamiento, el error que promueve, el prejuicio del que nace y vive, es pensar que el uno es el fuerte y el otro el débil, y el fuerte es malo y el débil bueno, cuando en realidad es justo al revés -un revés que en esta falsa teoría es el derecho-: el que es malo, es porque es débil, y cuanto más débil peor, sin que la debilidad le sirva por supuesto de defensa --cuando uno está débil lo que debe hacer es pasar de largo, no actuar y aún menos reaccionar: porque no hay un sexo fuerte ni otro débil, ni siquiera hay un sexo. La política es más o menos la misma de siempre aunque al revés: dar toda la fuerza posible, sea bueno o malo hacerlo, a uno de los sexos frente al otro, que será el que en cada ocasión nos sirva y beneficie más y mejor, crear una especie de delegado propio en el enfrentamiento suscitado entre ellos, y lograr por fin con unas maniobras u otras que el gobierno domine al individuo subsumida su personalidad bajo el sexo con el que ha surgido a la vida como identidad que planea y recae de una u otra manera sobre él, positivo o negativo lo mismo da, en todo caso más cargado de significación que él mismo. Ambición de poder y no anhelo de justicia, pero quizá también la mala conciencia de unos legisladores que quizás han pensado más de una vez que la diferencia entre los sexos representa la superioridad de uno sobre otro, la dominación de uno y la subordinación del otro, a pesar de que la realidad lo haya desmentido siempre: evidentemente, el poder es más fuerte que cualquier otra cosa --las mujeres, por ejemplo, desean tanto y de tal modo, son tan dueñas del deseo, su desear es tan suyo y potente, confían de tal modo en él, que son capaces de pasar por lo que sea con tal de conservarlo (la mujer en la historia es la que conserva el deseo y lo mantiene por encima de la ley), de modo que al final hacen siempre lo que quieren, conducen al triunfo a su voluntad: cosa muy distinta, sin embargo, es que sean felices queriendo lo que quieren y eligiendo lo que eligen, pues desgraciadamente a la realidad no la crea lo bastante el deseo, la mujer no es tan realizadora como algunos deseamos). En Europa no hay izquierda, precisamente por ser la que hay demasiado europea; la izquierda que hay está en Lationamérica: la pasión de Europa es la libertad, pero no la igualdad, que entre nosotros es un fuego apagado, un recuerdo cada vez más antiguo y olvidado, un viejo que incluso en un rincón nos incomoda: ¡quiénes fuisteis ayer y quiénes sois en el presente! Un mar de libertad ha caído sobre lo que hace apenas nada era la antorcha que iluminaba a la humanidad. Pero la prueba de fuego de la izquierda es la igualdad, pues entiende que la libertad es siempre más la de quien tiene más poder que la de quien tiene menos --en este sentido no hay igualdad más completa que la impotencia, la falta de deseo, porque, repetimos, cuando el sistema gira en torno al que hace lo que quiere resulta evidente que el que puede más hace más lo que quiere que el que apenas puede: igualar a uno y otro en un punto medio que no represente ni el hambre ni la saciedad es lo que intenta la izquierda. La izquierda lucha por la igualdad -y contra la desigualdad-, a favor de la pobreza -y contra la riqueza-, y, en general, en contra de toda clase de diferencias políticas, económicas, sociales e incluso individuales, a las que quizás agrupa indistintamente en el marco de la diferencia como clase en vez de la identidad como sociedad y como nación. Los ideales u objetivos de la izquierda son, por este motivo, la unidad, la uniformidad y la homogeneidad, y para realizarlos precisa de toda la fuerza del Estado: nadie, sería su lema, más fuerte que el Estado, nadie con más dinero que él, el dinero es el rey pero el rey del rey es el Estado, el Estado patrón, el modelo de la ciudadanía, el origen y el destino de la revolución. El fin no es por supuesto que las riquezas y los privilegios los tenga el Estado, pero no puede ocurrir de otra manera: él asegura que no los haya entre los ciudadanos, unos más y otros menos con las consiguientes pugnas y rivalidades entre ambos -movimientos negativos de un deseo insatisfecho-, mientras llega la sociedad perfecta en la que ya no haya necesidad de un patrón que vele por la conformidad y concordancia entre trabajadores libres e iguales. Naturalmente, en el fondo más activo de la izquierda hay cierta envidia e inquina por lo que difiere a la gran manera -y lástima y pena por lo que lo hace al modo contratrio: el derecho y el revés de una misma herida-, y son estos mismos sentimientos los que funcionan como motores de su actividad política y de su apuesta por los pobres y contra los ricos: en sus manos, unos no dejan de ser nunca lo que son, y otros dejarán de serlo para siempre. En este sentido no hay piedad, la igualdad es la fe, la pasión, la razón y todo: es, en cierto modo, la cruz de la muerte y la salvación, del tormento y la vida, de la negación y el éxtasis. Los pobres lo saben tan bien como los ricos, los iguales del mismo modo que los diferentes. Tampoco ignora la izquierda que es la izquierda del dinero, no de los cielos azules y los verdes campos, y su modelo es un modelo de control, conservación y manejo del mercado. En Latinoamérica la izquierda ha construido su régimen, porque ha optado por la igualdad -y todo lo que esta opción conlleva- o por dejar de ser lo que es. Y es todavía. Un Estado, una sociedad y una nación: el Estado ya existía, la sociedad también, y la nación no ha tenido que inventarla: Lationoamérica empezó con ellas y quizá con ellas acabe. En su seno, mientras tanto, el individuo es un sujeto estatal, social y nacional al mismo tiempo, que desconoce casi por completo cualquier otra dimensión de su naturaleza, la que podríamos considerar propiamente individual o simplemente propia, tal vez europea si no fuera porque también en Europa hay parte de Latinoamérica --como en Latinoamérica parte de Europa, en fin. Los periódicos, esta atrevida empresa de plebeyos que se hallan dispuestos a todo con tal de seguir siendo lo que son, pues pocos o ninguno se cambiaría por un príncipe y, en cualquier caso, el salto a una escena dominada por las exigencias de una representación oficial trasnochada y caduca lo pagarían caro: la máscara saca y expresa al hombre, pero el hábito lo deshace y abisma en su propia comedia y ya ni él mismo se reconoce nunca más, pues no se puede vestir de etiqueta todos los días sin estropear la personalidad-, no desaparecerán sino el día en que se produzca la desaparición de la política, un oficio que ni siquiera el pueblo desea que se extinga en la noche de los tiempos de este rápido presente, pues a veces se guía todavía por la fantástica luz que a pesar de todo la prensa aporta a un mundo cada vez más real y, por tanto, más difícil y complejo, en algunas ocasiones ciertamente incomprensible y más bien escasamente vivible y habitable: una luz fantástica, artificial, pero que brilla en mitad de las tinieblas como la de un espectáculo diario que sin embargo no pierde por este motivo su poder de cautivar y satisfacer los deseos de seguridad, confort y tranquilidad de la población -aunque a veces no se cumplan más que en la butaca del salón de casa-, aprovechando y a la vez realimentando con este fin una extraña suerte de seducción feliz o dominación amorosa deseada y querida. El periódico es un arma en la batalla, unas veces con la tendencia a que no se note demasiado a quién sirve para de este modo servir mejor a su general y otras sin que le importe si se nota o no se nota porque en cualquier caso sirve a la verdad que se ha incorporado a las filas y banderas de su ejército: son las dos tendencias clásicas del periodismo, la de la preocupación y la del desparpajo, que se combinan como el guante y la mano entre otras cosas para que no se desencadene la revolución sin volverla a atar al orden, la anarquía al gobierno y el caos al sistema. En el fondo todos los periodistas son en la actualidad iguales y no se puede culpar a ninguno de ellos de esta increíble identidad, pues el papel que representan ha ido creciendo en importancia con el tiempo y, se les llame para defender o para atacar, el hecho indiscutible y cierto es que se les necesita cada vez más en primera línea de combate: de este modo, si en el anonimato y el seudónimo se adivinaba quizá su cuidado e incluso su pudor, en el nombre propio y la firma -incluso con la imagen en el efímero y extenso papel impreso- es su descaro, su confianza y a veces su desafío lo que salta a la vista de todos como una realidad invisible por acostumbrada, pero evidente en su conquistada cotidianidad: la fama les ha asaltado por igual a unos y otros, que apenas se han parado a pensar que por la vanidad entra la ruina, o sea, el enemigo que con sus premios y honores mella su ser y su curiosidad y, a cambio de un equilibrio siempre inestable, les arrebata una particular forma de vivir la vida siempre en danza y una aún más singular convicción de hallarse por encima o incluso de vuelta de casi todas las cosas. Los periódicos sirven de distintos modos al poder que a pesar de dictaduras y democracias se halla inevitablemente en la calle y no es tan teatral como parece, tan sujeto a unas tablas, tan constreñido a un guión siquiera con unas cuantas liberalidades dramáticas, y lo hacen entre críticas y alabanzas -no se puede desechar la idea de que con las primeras lo elevan y con las segundas lo rebajan-, y, sin embargo, es por esta senda en la que se reclaman los hijos naturales de la plebe, como un nuevo y controvertido patriciado ajeno a los viejos intereses de la república, por la que se pueden salvar del desprestigio y rechazo que acompaña a toda servidumbre: una preocupación, no hay duda, a la que habría que enfrentarse con más desparpajo que el que se manifiesta en la pregunta tan frecuente por la muerte de la prensa escrita. Se trata más bien de la cuestión de la vida y la salud, la dignidad y la prosperidad, la libertad y la supervivencia de la empresa y el oficio de periodista: cómo vivir, mientras se produce la revolución que acabe con la política, el periodismo y todo, en unas condiciones mínimamente adecuadas el presente y el futuro de una actividad cuyo más tenaz enemigo no es la crisis periódica -nunca mejor dicho- ni la imposible muerte a manos de los nuevos medios de comunicación, sino la búsqueda -a un precio que exceda de un carlino, pues nunca conviene despilfarrar el resto- del éxito, la gloria y el poder. Vamos, la falta de tabaco o, lo que es peor, tenerlo y que se halle prohibido fumar. Unos analistas opinan que se trata simplemente de un chantaje ya visto con anterioridad -y añadiría uno que, al parecer, exitoso, pues si no, el supuesto chantajista no habría repetido e incluso mejorado el truco-, con lo cual parecen conjurar o al menos rebajar la gravedad de la evidente amenaza contra la paz y la seguridad del mundo, la no remota posibilidad de que la prueba se convierta en un bombazo de verdad, o sea, con cientos e incluso miles de heridos y muertos; otros, que, según declaraciones del interesado más que afectado, con la explosión de una bomba atómica de una potencia quizá similar a la que asoló la población de Hiroshima -precedente que utilizan como si todo fuera lo mismo y, más allá de su poder de destrucción, se pudieran comparar una bomba y otra: claro, las dos son bombas, tienen los mismos componentes y el mismo nombre, y por tanto quizá no hay por qué reparar en la pequeña diferencia de que ni las hacen explotar los mismos ni se explosionan ellas solas-, pretende disuadir a sus malvados vecinos de una posible agresión a su país auspiciada y apoyada sin duda por un poderoso enemigo que no le puede ni ver, acción sumamente improbable que se produzca porque los que le rodean en un sentido figurado o meramente físico y geográfico -desgraciadamente para él y la posibilidad de que sujete a su mente, quizá el único ciudadano o ciudadana que bajo su régimen se encuentra demasiado libre y sin gobierno, no vive en una isla en mitad del océano, sino que se halla obligado a convivir con otros que quizá no piensen lo mismo que él y hasta les disguste cómo es y cómo actúa y este disgusto no acabe de entenderlo ni asimilarlo del todo- no albergan intenciones particularmente hostiles contra él -el que no sean sus amigos no significa que sean sus enemigos, aunque es cierto que si no están en su contra no es porque estén a su favor-, entre otras razones porque no se hallan en posesión de la bomba que él posee y exhibe con temeridad digna de mejor causa y atacarlo sería poco menos que suicidarse de manera indirecta pero segura y fatal; otros más, que con la broma nuclear -pues los analistas coinciden en que, aunque maldita sea la gracia que tiene, estamos ante la siniestra chanza de un jugador de farol que no se atreverá a arrojar las cartas o, por lo menos, las bombas sobre la mesa- busca atraer la atención de la primera, ya que no la única, potencia económica y militar del mundo, pero si por medio de baladronadas y desplantes periódicos consigue que el extraordinario rival con el que quiere medirse le mire de vez en cuando es más que dudoso que logre en cambio que le escuche y haga caso, pues estas maneras no son desde luego las más indicadas para hacerse apreciar y querer, sino que corre el riesgo de que con estos bruscos modales no sólo el temible y codiciado objeto de su inaudito deseo sino cualquier observador que lo contemple sin un previo y quizá lógico rechazo lo juzgue una especie de criminal que no se merece otro trato que el que le deparase la justicia mundial por poner en peligro a la humanidad con el uso y comercio del armamento nuclear; la mayoría de los analistas, sin embargo, no piensa una cosa tan sencilla como que se trata de un monarca absolutista, apopléjico y nuclearizado que, si no se le paran los pies cuanto antes, es perfectamente capaz de originar una terrible catástrofe en el momento en que se le crucen los cables -que no debe de tenerlos demasiado en su sitio: rasgo no infrecuente ni siquiera entre los mejores dictadores-, porque quizá no le importe nadie más que él mismo y su comportamiento no ha sido nunca como para hacer amigos ni en su casa ni en la de su vecino: su paranoia se hallaría más que justificada, pues es un tipo rodeado de enemigos por todas partes menos por una, o sea, aquélla en la que él no está presente ni ante su imagen. Qué le vamos a hacer si al parecer a ningún analista se le ha ocurrido que lo que no logró el nazi lo logran sujetos de esta calaña que además tienen la enorme ventaja respecto a aquel criminal consentido y desdichado como más o menos es el nuestro de contar con más de uno y de dos que aseguran, con una seriedad digna de una respuesta más contundente por parte del resto, que el nazi es el poderoso americano, el mismo. El mundo no sigue un plan que Dios no tiene para él, pero la Iglesia pretende que siga otro que ella tiene en su lugar y en su nombre: el hombre no es el rey de la creación, nada obedece a un propósito o un plan, todo carece de sentido y finalidad, el hombre no es la cima de la evolución, que no es progreso, pero el servicio que la Iglesia presta a este mundo es una oferta sin fecha de caducidad al poder: sometimiento, control y aceptación de la voluntad del señor por parte de los hombres --un sistema basado en la violencia contra uno mismo, contra su deseo, su libertad e incluso su responsabilidad, el solo intento de dirigir uno su vida y responder de la dirección ante sí y ante los demás, una divinización o sacralización del poder como organización dominadora de la tierra superior, distante y ajena a los dominados -a los que no permite más opción que la vida, la rebelión y la muerte-, un entusiasmo desmedido y sin duda exagerado por el ejercicio del poder temporal, soberbio incluso en su pretensión de buena voluntad, la buena voluntad según la cual el pastor ha de gobernar el rebaño y dirigir al hombre por el buen camino, conducirlo al bien, incluso arrastrarlo a la luz si al fin no entiende, no comprende qué es lo mejor para él -lo que siempre le ha estado destinado- y persiste sin remedio en una elección equivocada, su estúpida libertad, su falsa responsabilidad y su insensato deseo, no asimila la amorosa sumisión al de arriba por la propia supervivencia y bienestar del de abajo, el primado de la autoridad sobre todas las cosas, el valor de la disciplina y la obediencia, todo aquello y mucho más que lleva ofreciendo veinte siglos y lo seguirá haciendo veinte más mientras haya demanda de este poder, de esta violencia silenciosa y brutal, íntima y burda, privada y tosca, no por familiar y hermética menos escandalosa, que crea sombras de hombres y mujeres, cuerpos de fuego quemados a los que les nacen definitivamente almas de paja que son puro humo, el humo de un hombre abrasado en su propia llama, asado en su propia salsa y comido en su propia carne, el casto, el íntegro, el puro, el que vive de espaldas a la sexualidad y, desdichadamente para él o al menos para su santa madre iglesia, ha de rendirse de vez en cuando al sexo para servir a los intereses más altos de la reproducción -la heterosexualidad es un mal menor, pero la homosexualidad es directamente una desviación de las leyes de la naturaleza-, el que pasa por la vida sin tocarla ni mancharla, según lo que le mandan los que mandan -ser bueno, humilde y manso-, y espera a la muerte aunque ya no esté en condiciones de esperar o no esperar nada, el leal súbdito, el ciudadano respetable, incluso el rey prudente, el buen republicano largamente anhelado por el poder, este viejo celoso ajado y achacoso que aún blande en su mano el pesado bastón de mando en señal de amenaza y autoridad: hijos míos, perdonad el decimono trato, pero dominaos unos a otros como os domino yo a diferencia de cada uno de vosotros que no es capaz del todo de hacerlo consigo mismo. Al fin y al cabo, ¿qué ha hecho el poder que separa a los hombres en gobernantes y gobernados con las ligeras modificaciones y variantes que introduce la representación propia de la democracia? Sencillamente, servir a la servidora, beneficiar a la gran madre, la auténtica gobernadora de la humanidad, creadora y destructora al mismo tiempo, que prefiere mantenerse a la sombra sin exponerse a sufrir la brillante y peligrosa luz del sol que, en las autoridades de nuestro pobre mundo, cae ridícula y hasta patética, de puro marionetas que son de las ocultas pero conocidísimas fuerzas que agitan febrilmente los invisibles hilos tras las cortinas de la dorada función. Dos enseñanzas que acaso nunca deseamos recibir han acabado por aprender los hombres: la vida no es más que lucha de poder a poder por la conservación y la supremacía, y la Iglesia madre de la humanidad está equivocada y ha fracasado en todo lo que ha ido más allá de sobrevivir e imponerse. En la vida no tuvo nunca nada que hacer. La verdad del médico se encuentra en su relación con el enfermo, es la relación que confirma o deniega su más profunda y genuina identidad: en ella se comprueba si mira por el paciente, por él o por el hospital. En los dos últimos casos, se trata de un médico que ya no lo es de verdad: es, para decirlo con dos palabras con las que todo el mundo se pueda hacer una idea o una imagen, un empresario o un asalariado, el propietario de una clínica o el empleado de otra en las que no se obedece forzosamente a necesidades estrictamente médicas y la actividad propia de la medicina -la curación del enfermo- se halla supeditada a principios y valores que no siempre resultan de fácil comprensión (por supuesto, se puede participar de múltiples maneras en una clínica y ser todo un profesional). Pero, tanto si el médico es patrón como si es marinero, la prosperidad y supervivencia de la empresa económica se vuelve más que dudosa, a no ser que se trate sencillamente de una empresa pública en la que no hay más posibilidad de elegir: en este caso la duda razonable se halla en que el paciente sobreviva y mejore todo lo que puede sobrevivir y mejorar. La medicina es una actividad privada que en el sistemá público goza de una salud que, a pesar de tantos y tan auténticos médicos, a veces se hace de desear (también en el ámbito privado el economicismo, la falta de personal, el exceso de trabajo y, en fin, una gestión basada en la rentabilidad a cualquier precio -cuando lo que renta es lo que funciona: no se sabe de otra manera de ganar-, supone en la práctica la sustitución del médico por el empleado con carrera y la del enfermo por el difunto sin voz para quejarse ni para celebrar la fatal aunque quizás adelantada mutación: pero, si el enfermo se halla solo, terriblemente solo, piense el médico que su soledad no es mucho menor. Uno y otro se necesitan, y se refuerzan mutuamente, como dos náufragos en medio del mar: juntos volverían impensable el viejo y común dicho de que se cura lo que se puede). Entre los nacionalistas de toda la vida se ha deseado siempre la independencia, pero no se le ha querido a gritos ni se le ha pretendido a tortas: se trataba de un valor implícito. ¿Por qué vocearlo? ¿Acaso se desea o se puede desear otra cosa? ¿O no se concibe la autonomía como una forma tranquila y ordenada de esta voluntad situada siempre al fondo? ¿Se olvida quién se es o se teme no serlo, se desprecia cómo se ha actuado siempre, se ignora quién se es o se busca ser quien no se debe? ¿Qué se ha de gritar, qué se ha de dejar claro, qué se ha de manifestar a todas horas? Pero ¿acaso no se trata precisamente de no gritar aquello que se halla meridianamente claro, aquello que se halla más que manifiesto? Entre los nacionalistas de siempre no se anhela la independencia al precio de la democracia, no se ansía la estalidad o la soberanía o la territorialidad a costa de la libertad, no se ama el poder a cambio de la ciudadanía: no se fuerzan las cosas, se actúa con finura, se detesta la sal gruesa, se ejercita la inteligencia sin desechar la honradez, se seduce, se enamora, se conquista, siempre desde el respeto más escrupuloso a la mayoría de edad de la población, y se sabe bailar, se guarda el compás, no se pierde el oído, se mantiene el ritmo, se camina al son, se acude al baile de la chica y se gana su corazón sin liarse a patadas ni escupitajos con los demás pretendientes de su secreto y su intimidad. Porque se tiene tiempo, porque no se es un histérico que se siente sin aire que llevar a sus pulmones, porque no se es un cretino al que la fuerza se le escapa por la boca, porque se está completamente seguro de lo que se hace y lo que se es, porque se es un tipo que se aguanta sobre sus propios pies, porque se hace lo que se debe hacer sin dejarse arrastrar por unos ni por otros, porque no se tiene prisa y las pausas no se entienden desde el nerviosismo y la dramatización sino desde el propio sentido de la marcha con sus paradas y descansos en un camino que se ha de continuar con la misma forma de andar alegre y confiada, serena y feliz; se trata del protagonismo de hombres hechos y derechos, pacientes y maduros, no imbéciles y atropellados tanto de veinte como de setenta años, cuando aún no se sabe que se va a envejercer o se teme demasiado que se va a morir, el proceso de la vida y la política se acaba o prácticamente no se ha iniciado aún, los cuales no se permiten identificarse con la parte ni el todo ni alzarse sobre un pedestal de poderío, soberbia y caudillaje tras el que se han de agitar los suyos y detenerse los demás, porque se dirigen a todos sin partidismo ni mucho menos totalitarismo. La nación: una construcción de vascos de diferentes maneras de ser, y de ser vasco. La independencia: una cuestión social y no un asunto personal de unos cuantos. La violencia: una manifestación de la prisa y las urgencias del día, de la falta de tiempo y la sensación de muerte acuciante y letal. Euskadi no se crea desde su interior sin ser la tierra de atracción, acogida y absorción del exterior, y no se integra a nadie en su seno si se le priva de la facultad de elegir y aceptar y en consecuencia se le obliga a rechazar. Euskadi: madre de todos los sin tierra, no padre que se apodera de la tierra de todos primero para él y luego para uno de sus hijos. Padre: no el excluidor de los de fuera e incluso de muchos de los de dentro, sino el asimilador de todos sin distinción en la casa de la familia de su mujer la madre. Diferencias: entidades neutras, ni positivas ni negativas, sino precisamente diferentes o lo diferente se inicia por lo diferente mismo. Y, por fin, obligación aplazada e ineludible de la diferencia cuando se reivindica su derecho y su verdad. La batalla por el poder carece de seriedad, políticamente es nula, ni democracia ni libertad ni verdad ni siquiera vergüenza: el malo eres tú y el bueno soy yo, el tuyo es un mal hijo mientras el mío es el bueno, incluso el ciudadano de verdad es el mío, que es el auténtico y cabal, no como el tuyo, que es fatal. Póngase el adjetivo que cada uno quiera: socialista, nacionalista, izquierdista, derechista, liberal, y manténgase la actitud batalladora. Pero seriedad, ninguna: mentiras, tonterías y artimañas -que no llegan a estrategia, tal es su falta de grandeza- que no son dignas de ser estimadas en su literalidad, que son lo que son y no son más: armas de bajo disparo empleadas por los impotentes para hacerse con el señuelo del poder, cerrar el campo de batalla y alcanzar la paz de los camposantos sobre la eliminación, la exclusión y la negación del rival cuya caracterización es tan ridícula, que solamente los necios que no están en la jugada pueden creérsela como lo necios que son. Pero cuanta más ética, estética y genética, peor: más bobería. Ni siquiera cabe hablar de cerrazón de los batalladores, pues por no ser no son ni cerrados: es, simple y llanamente, el deseo de poder de los que no pueden más, de los que no quieren más rivales, de los que no resisten una batalla más. Paz, paz, paz: o sea, vosotros fuera y todo para nosotros. Y libertad: es decir, la nuestra, que ya no podemos más. Tomarse en serio la política es hacer el tonto: batalla por el poder, dada por cualquiera, que ya es hasta político, y nada más. Es broma: la política, claro, su palabra, su palabreo, en fin. La moraleja de esta historia es la siguiente: leña al político y al pueblo que lo sigue, lo saca y lo copia. Total falta de escrúpulos. Seriedad (qué tendrá el poder, preguntan algunos, para que el político esté tan engolfado a él -el político y toda su corte de afiliados, simpatizantes, militantes y votantes: es decir, la vida diaria, social, económica y cultural-, sin que además le haga ni más alto ni más guapo ni más listo: pues muy sencillo, le hace más bajo, más feo y más tonto, básicamente, o sea, políticamente un simplón. Le ayuda a no pensar, le sirve para ser siempre el mismo, para creerse una vez el amo. Lo que tiene el poder, amigos míos, incluso el hegemónico y el supremo, es que, por más afrodisiaco que resulte, no cura en absoluto la impotencia. En realidad, lo único que hace, hablando en serio, es intentar quitar de enmedio a los que pueden, los que triunfan, los que gozan, los que aman: es todavía entre nosotros una cosa de curas o de eunucos, o sea, de impotentes voluntarios o forzados.) La vida no tiene sentido, pero gracias a la que le proporciona el arte se llena de vida, de libertad, de juego: descubre por medio de la salvaje inocencia del arte la roja y palpitante carne de que se halla hecha y con la que se nutre con cada profundo mordisco con que se saja y se renueva a sí misma, el pozo de armoniosa y feliz monotonía de todos los días que parecía vacío o de aguas quietas y calmas es un océano embravecido en el que se puede nadar no sin peligro sin atisbar el principio ni el final en unas horas de vacación casi olvidada intercaladas dentro de una dura jornada de obligaciones y compromisos, el hambre callada de acontecimientos y novedades con que se salpica el transcurrir ordinario de la vida se sacia más allá de todo lo esperado porque no tiene más que abrir la boca y gastar de su propio bocado, la dulce pasión adormecida tras la ventana es una inagotable mina de Oviedo que tanto más colma cuanto más se extrae de sus mismas entrañas el gozoso material de vida que la vacía y con cuyo explosivo vaciado se llena a la vez de vigor el atropellado caudal de nuestra sangre, el apetito alimentado a diario según la nueva costumbre alcanzada se abre de nuevo cada mañana a deseos que se creían satisfechos y regulados y no tienen más ley ni más satisfacción que abrirse y ser abiertos en sí mismos, la misma saciedad de una existencia resuelta y acomodada es una medida que se rebasa casi sin quererlo con cada pequeño pero irremediable chispazo que salta mientras se esté en contacto siquiera ocasional con la extravagante vida que llega a las puertas de casa, el afecto mantenido a resguardo del torbellino de sucesos que se levanta en el exterior se desborda sin cálculo como un río que amenaza con destrozar los cauces establecidos y hacer que ya nada vuelva a ser lo mismo que antes, la identidad tras la que se conoce al ciudadano es un edificio que se desploma como un castillo de naipes porque no se corresponde con la construcción ni la ingeniería del habitante que nada más salir a la calle se encuentra con una bomba en su interior envuelto en llamas, la personalidad oculta tras la máscara de cada dís que se identifica como su única y verdadera manifestación de siempre es en el fondo una naturaleza desconocida e indomable que no se casa más que con sus instintos y las verdades y razones con que no se les traiciona ni soborna, el conocimiento se revela de repente como una genuina experiencia de la ganga que se representaba veta y que incluso si no se tratase de una mera fachada ya no sería la única fuente legítima de energía material y moral para la vida, la estabilidad es una figura doméstica que se proyecta sobre un campo secreto de minas en el que las explosiones se suceden una tras otra mientras sus víctimas se echan a volar con cada voladura que estalla bajo sus pies más allá de la tibia y pobre farsa cotidiana, el arte del séptimo día de nuestra semana de seis e iguales se cuela entre las rendijas del artificio al que llamamos realidad como una aventura lanzada a la velocidad de una locomotora al mismo corazón de la ciudad en la que se conduce como la furia prisionera y arrebatada con que se iluminan poco a poco las socorridas y aburridísimas tinieblas, la criatura trasparente y equívoca de la política y la sociedad del lugar se libera de pronto de sus férreas y calidas amarras sin que perezca por este motivo a la súbita y peligrosa reaparición de la libertad a causa de la cual casi se queda en el aire y sin duda sometida al azar de todos los azares, la realidad y la ficción se parecen definitivamente en que las dos son representaciones que operan con el mineral en bruto de la vida y se distinguen en que mientras una se dice mentirosa y variada la otra se pretende la verdad y aquello como lo natural y uno ante lo cual no queda sino aguantarse, la mentira del arte afecta a la vida en la que pasa que se nace y se muere y alguna verdad ha de tener incluso para nosotros, la mentira de la vida es hacer como que no ocurren los acontecimientos con que se nos mata o se nos alumbra de nuevo y toda su verdad ha de reducirse a cero, el arte es la revolución de la vida que se ha mostrado todavía bulliciosa y caliente en su fondo magmático que parecía apagado, la vida es en cambio la conservación de la energía que ya ha realizado su función de crear una forma para estabilizarse y se ha retirado a una posición que no debería volver a encenderse, pero todo es un disparate, todo lo que se origina ante nuestros ojos es tan disparatado como la vida misma, el sentido común que se quiere aplicar como fiel guía en medio de los encadenamientos fortuitos y casuales que a veces se confunden con una causa interna es una de las herramientas más estrambóticas y absurdas que se puedan utilizar como linterna en la exploración de la oscura y rápida mina de la existencia, el azar se desarrolla en una sola de sus múltiples combinaciones y su papel se halla confirmado hasta el infinito por el sencillo hecho de que su protagonista es el juego para el que las fronteras entre arte y política se difuminan al igual que las que se edifican día tras día entre realidad y ficción, el juego cruel e inocente se observa por doquier y hay que tomárselo en serio porque desde luego no es broma, pero es lo que es y se trata de no emparentarlo con nada parecido a la seriedad, la gravedad y la cicunspección, pues si con algún espíritu se relaciona es con el de la ligereza, la libertad y la superficialidad incluso en la reflexión y el pensamiento, y no es vía para perseguir la unidad, la identidad y la continuidad del ser, pues en él se brinca, varía y difiere, o se juega ahora aquí y luego allí, ahora con uno, luego con otro y después con otro más, todo depende de lo que uno desee y de cómo se presenten las cosas, del azar y de todos los movimientos, cambios y permanencias del día, pero siempre en la perspectiva del goce, la diversión y la vida, es decir, en el horizonte de la diferencia y la multiplicidad, porque ni uno es el único, bueno y verdadero, ni el otro se ha de identificar con él en este sentido, ya que en el juego no hay dios ni demonio que valga, se puede disfrutar y hacer disfrutar a los demás más o menos, pero nadie se puede quedar con los dados y no hay lugar en él ni para el espectador que mira cómo se divierten los jugadores ni para el ganador que hace que sus amigos se pierdan la partida que les pertenece con el mismo derecho a unos y otros, pues la distracción es la causa y el efecto del juego que pone a todos los seres sobre el verde en el que se les enseña quiénes son de verdad y que siempre hay un tercero y, sin embargo, no se rompe ninguna ley que establezca una relación de semejanza, paridad o fidelidad entre uno y otro, ya que todos juegan con todos y no se sabe de ninguna otra manera de ser la humanidad: lo que representa este tercero que se cruza invariablemente en la vida de la pareja no es un triángulo amoroso, sino la ineludible aparición de la diversidad e incluso de la vida que se puede dar en una forma sin número, en una geometría sin dibujo, es decir, la comuna sexual universal que no se puede imaginar ni representar por nada ni por nadie, pues se expresa de mil maneras diferentes, por ejemplo, de dos en dos cada vez pero desde uno que es muchos y juega con todos los que puede a lo largo del tiempo en que se extiende, en paralelo y horizontal, pero también en las mismas condiciones de tres en tres y con todas las variaciones posibles partiendo, sin embargo, de la situación privilegiada aunque equívoca del número dos, que se mantiene cada vez o sucesivamente y no modifica por ello la disparidad de la naturaleza en la que su matemática se inscribe, pero ¿y el mal, el daño?, el daño es no entender a pesar de todas las pruebas en su contra que no hay más vida ni más amor ni más felicidad que la que se genera en la libertad, la diferencia, la pluralidad y el no querer ser amo ni vasallo de nadie: el ansia de poder, el deseo de posesión y la ambición de propiedad como la verdadera limitación que encierra a los seres entre cuatro paredes ciertas y seguras en que sin duda se empequeñecen y esterilizan y, cuando se les arroja fuera, les arrastra a no abandonar jamás el círculo de hierro del dolor, la angustia, la obsesión, el sufrimiento, la pena, la preocupación, la falta e incluso la locura y el crimen, cuando no les deja simplemente colgados del vacío y la nada una vez que se han situado un poco más allá del círculo pero sin romperlo sino conservándolo a sus espaldas como el espacio al que nunca se ha de volver, la dura y confortable geometría en que se resume la frustración de nuestros días y la conservación de nuestras almas, la traición de nuestros corazones y el acomodo de nuestras cabezas, y de cuyo interior neutro y en hueco se borra físicamente el cómico viviente y actuante para el que el mundo se aparece carente de arte y ya nada tiene en él el sabor de lo diferente y genuino, pues en su lugar se ha instalado tras la experiencia terrible y maravillosa del juego y de la realidad y de la farsa el espíritu opuesto de la metafísica y la religión por el cual no se tiene gusto más que por el ideal único y solo de la belleza y el bien o el modelo entero y de una pieza de la verdad y la esencia tras el que se esconde la atracción irresistible por la muerte en la vida y la nada en la muerte, el más allá de un aquí y el siempre de un ahora que ya se dicen cero cuando el arte ya no es el verdadero otro mundo del nuestro y ni siquiera la vida es la otra vida de la que se nos resiste y escapa como una mujer obligada a elegir o puta o santa, o libertina o boba, o actriz o muerta, pero no exactamente de unos muertos a los que solamente los vivos pueden resucitar si los contemplan como unos señores que se hallan llenos de vida y les esperan con las manos abiertas y las páginas cerradas como pliegues de una piel que se estira y se encoge a voluntad del cliente, como el cuerpo a cuyo interior raudo y celérico se incorporan los mortales gracias a la proverbial generosidad y entrega de los difuntos cuyas líneas escritas nunca desaparecen del todo sino que se quedan en suspenso y al albur de los anhelos de vida disparatada aunque auténtica de los que simplemente sobreviven encerrados en un esquema en el que las cosas se hallan demasiado claras unas por un lado y otras por el que se supone su contrario: la realidad y el teatro, lo aventurado y lo cierto, el arte y la vida, el cine y la política, incluso lo vivo y lo muerto, pero se les rompen ante las propias narices en cuanto también ellos desean resucitar de algún modo de sus vidas olvidadas y oscuras y explorarse a sí mismos en sus minas ocultas e inolvidables a causa de un amor nunca perdido por la vida, pues en el cementero del que salen los inmortales subidos a su tren de cine en su recorrido de leyenda hay más vida que en los muertos en vida que tanto para su placer como para su desgracia no se pliegan sin embargo nunca del todo, os lo dice un mirón con una salud de muerte y una vida de película que habla todavía demasiado, demasiado. |
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