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El pan y el apanarrado

Un rey sin vasalllos no es nada, lo mismo que un amo sin criados o un dictador a quien nadie obedece porque nadie lo quiere: el pueblo puede renunciar a la libertad a cambio de asegurarse el pan, pero si un tirano cree que gobierna por su cara bonita es que está loco, o sea, es un faraón fuera de lugar. El orden podría definirse como el pan a cambio de la libertad, la libertad que pierde uno y el pan que le da otro a cambio, y la revolución como la vuelta del pan y la libertad a las propias manos, la riqueza o la pobreza, la ruina o el esplendor, pero sin deber nada a nadie, sin un panadero ni un carnicero de los que dependa la vida y la muerte: es demasiado poner en manos de otro, incluso en una sociedad con una larga tradición en este sentido --con la diferencia de que en esta ocasión, precisamente en esta, el gobernante, independientemente de que lance contra el pueblo hambriento y revolucionario a sus pistoleros, es un tontaína de los pies a la cabeza: creer que el pueblo ama al que manda o prefiere el orden a la revolución no es para recibir otro calificativo, que no otra descalificación. El pueblo quiere pan y a veces, por el pan, pierde la libertad: no obstante, no entrega nunca del todo el corazón. El pueblo no es un apanarrado, el gobernante no lo debe ser, pues únicamente a él le estalla una revolución cuya hora parece africana y el reloj que la marca, aunque no es europeo, es global también. ¿Cómo llamar a esta revolución si es posible llamarla de algún modo? ¿Nacionalista, socialista, islamista? Pero ¿quién está en mejores condiciones para liquidar la revolución popular, ocupar su lugar y hasta tomar su nombre? Y, por otra parte, ¿cómo atemorizar al mundo hasta alejarlo cada vez más de la revolución del pan y la libertad? En otras palabras, ¿cómo salir de la revolución? ¿Necesita la revolución una salida de orden? Son los órdenes, llamémosles como queramos, los que separan el pan y la libertad, pero quizás la revolución tiene el suyo propio del cual el nacionalismo, el socialismo, el islamismo y demás ismos son sus usurpadores, ladrones y homicidas: ¿qué orden es, pues, el revolucionario? Pan y libertad, libertad y poder: y desetiquetando.

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