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El reino del como si nada

La representación se mantiene en pie, no porque lo consiga por sí misma, sino porque la sujetan en el aire como una obra que se cae por el peso de la dramaturgia que ella misma invoca unos pocos brazos que no son precisamente los de los obreros: son los de quienes se dedican a trabajar y vivir de ella por más que los espectadores que abonan su butaca y pagan los salarios de la compañía se sientan cada vez menos identificados con la comedia que les representan a menudo sin mirarles a la cara y de la que solicitan y esperan algunos cambios. Cambios políticos, pero que tal y como están las cosas se juzgan poco menos que revolucionarios: elegir el cuadro de actores, participar de alguna manera en la elaboración del guión, renovar los temas dramáticos, modernizar la escena e incluso asesurarse de que la función que se anuncia es finalmente la que se representa no parecen en principio gran cosa pero cuando se trata de la vieja y cerrada representación de una democracia atenazada por el miedo a la libertad, la prima a la estabilidad y el gobierno y desde luego el amor a la autoridad y el poder, todo lo que no es lo mismo se vuelve lo otro y todo lo que se vuelve lo otro es una bomba que incluso si en un primer momento se comporta pacíficamente quizá porque su detonador aún no ha sido activado por nadie con el paso del tiempo resultará sin duda violenta y de un estallido terrible y quiá cruento, porque es lo que tienen las bombas y también las diferencias, que la violencia se halla en su misma naturaleza y cualquier petición -por no decir protesta- es solo aparentemente inocua: se empieza con pitos en vez de aplausos al elenco artístico y se termina quemando el teatro, por no recordar cómo se va dejando de entender poco a poco la necesidad y relevancia del arte irreemplazable de la representación y de su magia incontestable. ¿O acaso no es mágico que por arte de lo mismo la violencia de las leyes desaparezca y prácticamente no se la conozca entre nosotros porque la violencia si es legal no es violencia y todo papelito que se apruebe se considere de concecuencias a veces incomprensibles pero siempre inapelables y benéficas? Tampoco se ignora desde luego que la violencia verbal de los actores es puramente simbólica y si el público se la cree y luego la reproduce en la calle como si no fuera ficticia e inofensiva como un juego de chiquillos ya tiene al menos dos problemas: la ignorancia que no exime del cumplimiento de la ley dramática y la pena a la que se hace acreedor por ser tan fanático de lo que se pone en escena, que apenas distingue la realidad de la ficción e incluso de la farsa. Pero los responsables teatrales de la trama no se hacen responsables de nada de lo que ocurra fuera del teatro, una vez más y quizá esta vez de manera terminante y definitiva cierran las orejas a las críticas que recibe por parte de los asistentes la actuación, el argumento y el desarrollo de la obra, pues sugieren con cierto sentido de la libertad que a quien no le guste o no sepa apreciarla como se debe no vaya a verla o aprenda a reconocer sus innegables valores pero al menos permita que el que aún ocupa su lugar en el patio de butacas pueda seguirla entera y hasta el final aunque quizá sin pitos ni aplausos, en un silencio debido pero también entre respetuoso, temeroso y estupefacto ante tanto aplomo como el que se despliega en ella, y por supuesto y ante todo no se interponga en el camino de los actores hacia las tablas cuando no directamente hacia el estrellato. La cuestión ya no es por tanto si la farsa es una farsa, pues se representa la libertad y la soberanía del pueblo que no se sostienen ni con la ayuda de los artilugios más modernos y avanzados, de modo que difícilmente sostendrían la pieza de la que quizá sirven de pretexto y excusa, sino que se mantiene en pie por la única virtud de la fuerza empleada en apuntalarla cuando todas sus razones se han mostrado fingidas o adulteradas y no valen ni un poco de lo que la estructura a la que deberían dar sentido y contenido vale, porque la cuestión es efectivamente que la estructura existe, el teatro es real, y aunque la veamos en su desnudo esqueleto aún se encuentra ahí y actúa, pues quizá su verdadera función es la de ocupar el espacio y conservarse en él, sin derrumbarse de pronto y dar con los huesos en el suelo, como una representación que por fin se produce como una representación en sí y por sí que ya no necesita a nadie ni nada para producirse realmente: al fin y al cabo la política es una comedia que se representa en función de sí misma y ya cualquier apelación a los valores de la sociedad o el individuo cae en un vacío que ya no tiene la capacidad de disimular ni cubrir, pues el teatro es un agujero que se ofrece como pura y dura teatralidad únicamente preocupada en resguardar su lugar y su momento y, dentro del agujero, ya casi resulta indiferente que los políticos se hagan los fuertes o realmente lo sean, porque en cualquier caso el objetivo inconfesado que persiguen es evitar que el alma se les caiga a los pies para poder continuar actuando como si nada ocurriese, de modo que a pesar de que si el pueblo se la toma en serio la democracia revienta como un traje que se queda estrecho por el ejercicio de una política de sastrería no demasiado sincera ni elevada, la democracia misma se convierte en este reino del como si nada. Y es que a poco que se agiten las aguas la democracia derriba a la democracia, el argumento a la obra, la trama a la comedia y, en fin, la comedia al teatro: pues todo se origina entre actores, entre farsantes, entre hipócritas. Sin embargo, conviene señalar que no es que los políticos mientan, de lo que más bien se trata es de que no son quienes son sino en la medida en que no son los mismos que vemos en público sino otros de los que apenas se saben sus conversaciones privadas y reuniones secretas y no se parecen a ellos mismos sino en que difieren y son diferentes a la identidad que nos enseña una representación que la primera persona en cuyo lugar se coloca es la persona de ellos. En cierto modo se podría adelantar la hipótesis de que la representación a la que de pronto acceden como los espectadores desde el patio de butacas hasta el escenario en que se ejecuta la obra es la locura de los políticos no sólo ante la incomprensión y muchas veces estupefacción del público: ellos mismos se encuentran a veces un tanto perplejos y confundidos, cuando no realmente cambiados, como aquellos que sin duda les aprecian y quieren.

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