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Iguales ante su ley

El enunciado según el cual todos somos iguales ante la ley quizá se habría de modificar y cambiar por otro que, más acorde con la realidad, dijera que todos somos iguales ante su ley, porque la ley es la de alguien -la ley del papa, la ley del rey- y solamente en este sentido se puede hablar de alguien que es de verdad igual ante la ley y realiza el enunciado: pero ¿acaso el enunciado no se realiza en sí mismo? ¿Acaso no indica en el fondo que es ante la ley ante la que no cabe andarse con diferencias, porque es precisamente la ley la que diferencia a unos de otros? Todos somos iguales ante la ley, pero la ley es la diferencia y la diferencia es la de alguien: quién sea este alguien no es tan difícil de colegir si pensamos que no se distingue tanto por sí mismo como por no hacerlo de la ley ante la que es igual siendo distinto a sí y todas las diferencias que pudiera expresar en cuanto que es él, diferencias que en ningún caso son legales porque la única diferencia es la ley y se halla más que capacitada para saltárselas todas, tomar unas y dejar otras, quitar estas y poner aquellas, justamente porque es la ley y la ley es indiferente a todo excepto a sí misma. Sí misma, o sea, la ley de alguien ante el cual o somos iguales a él o no somos nadie, con la paradoja añadida de que él en sí mismo no es nadie a su vez, porque todo su ser se reduce a un definitivo diferir de sí: de este modo la diferencia es suya y no hay más diferencia que él, o él es la diferencia establecida ante la que no se puede diferir porque diferir es continuar el juego de las diferencias sin ley que establezca cuál es la que sirve como identidad a todas, o la ley es él y nosotros los que no hemos de diferir de él porque nuestra diferencia es opuesta a la ley de la identidad que establece a través de él cuáles son las diferencias iguales y cuáles las distintas a la única que es igual a sí misma, o todos somos iguales ante su ley y lo que no podemos es ser distintos a esta diferencia que al modo de la identidad se establece por ley a la que ni siquiera él puede ser igual, porque en realidad no es igual más que a la suya. Él, el gran indiferente, el invariablemente diferido, el supremo diferidor de todo, gracias al cual todo lo que difiere, que es todo, se mantiene firmemente en el aire como una promesa o como una amenaza, pero sin forma ni sentido, puro bloqueo logrado a partir de una vida entregada al más puro servicio a la causa: la vida del papa, la vida del rey, una mera ficha en el gran tablero de la causa rígida y dura de la dominación mundial a la que sin duda le ha de llegar su hora, la hora en la que ya no sea imprescindible y el resto de fichas la sustituya y entierre quizá sin los debidos reconocimientos y honores.

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