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De perros y ratas

La guerra no lo justifica todo, la guerra es simplemente la guerra, la guerra no siempre mata: la guerra resuelve las diferencias por la fuerza, pero no necesariamente por la muerte, y mientras unos ganan y mandan otros pierden y obedecen. ¿O acaso se trata de matar? Hay que defender de los criminales a la guerra, como también de los que la idealizan y exaltan: la guerra es destrucción que no purifica nada, y no hay coraje, no hay lealtad, no hay audancia que transforme esta realidad: en el sufrimiento no hay más valor que el sufrimiento, no hay en él ningún valor añadido. La sangre no nos salva, ni la nuestra ni la de nuestros enemigos, sino que nos mancha las manos, pero ¿qué política las tiene limpias? ¿Acaso no habría que defender de los criminales a la política, mucho más si son sangrientos? ¿O en la política no se encuentra como en su casa el matarife? En la política y en la guerra sobrevive y hasta progresa el mismo criminal de siempre, el que tiene sobre su falta de conciencia no solo el cadaver de la libertad sino el cadáver mismo, y parece que ni la una ni la otra están en condiciones de desembarazarse tan fácilmente de él: ¿acaso no se comportan ambas como el territorio preferido de los perros y las ratas? Nuestro rico y excéntrico dictador fue un perro en la paz y una rata en la guerra, como perros trató a sus súbditos y como ratas a sus rebeldes, y de este modo labró su carrera siguiendo una larga tradición que después de él quizá aún perdura: perros y ratas que poder matar para poder mantenerse en el mando. ¿Acaso se mata otra cosa en el mundo? Casi diríamos que si no hubiera perros ni ratas no habría muertes en la política ni en la guerra e ignoraríamos las oscuras virtudes del raticida incluso con los canes, pero ni siquiera la sangre fría de la política es capaz de regular lo que por supuesto la sangre caliente de la guerra es incapaz de hacer: cabe destacar, sin embargo, que resulta más fácil someter a la ley a los derrotados que a los gobernantes, aunque no sea este nuestro caso quizá porque todo depende de que, aunque se trate del mismo asesino, no tenga siempre el mismo poder. Pero la paradoja a la que asistimos es que por una vez el raticida lo aplicaron las ratas sobre el perro, que murió como vivió, aunque sin rendirse: la muerte es el final de la muerte que fue el comienzo, pero a pesar de todo la muerte no es bélica ni política. Es, quizá, el asesinato de un asesino desatado por un mismo proceder en la paz y en la guerra. Quizás a partir de ahora se produzca la revolución tan celebrada después de una lucha tan digna y tan valiente.

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