Blogia

http://FelipeValleZubicaray.blogia.com

El amor al trabajo o el horror al vacío

El amor al trabajo es el horror al vacío que siente quien establece el valor de las cosas por el peso: si carga según un inteligente programa de tareas con un fardo grande y pesado es un dios que acaba echándose el mundo a sus espaldas -el hombre como responsable de la existencia toda-, si no carga con nada no es nadie --un vago sobre el que ha de caer todo el peso de la ley: pues también él ha de cargar por fuerza, ha de saber lo que es el valor incluso contra su voluntad -una existencia irresponsable y sin sentido-. Pero el ocio es el vacío que deja el trabajo cuando procede a descansar, que es descargarse de unas tareas de las que el descanso también forma parte del programa -nunca como hasta ahora ha sido tan visible esta pertenenencia y supeditación del uno al otro-: he aquí un problema, la falta de peso, la carencia de valor, que siempre surge de nuevo y hay que aprestarse a solucionar antes de caer en el agujero de un modo que impida toda vuelta al trabajo --antes de que el vacío cause la depresión de quien estima el valor de las cosas por el peso, pues la depresión es precisamente este sentimiento de desvalor o no valía nunca ausente del todo. Pues ¿cuál es el valor de quien ama el trabajo en el vacío que provoca el ocio? El valor es quizás el mismo, un peso hasta cierto punto estable, si otro buen programa de tareas destinado al descanso pero similar al del trabajo aparta de él la terrible sensación de horror que duerme en su seno: el verdadero trabajo del ocio ha comenzado, su enemigo es otra vez el mismo: la libertad, la ligereza e incluso el vuelo a los que no hay que permitir ni un solo resquicio, pues por la más pequeña abertura penetra para quedarse definitivamente el vacío. Amar el trabajo es amar las rutinas, las disciplinas y las servidumbres como caídas del cielo que han de llenar también el ocio, un tiempo cuyo peligro resulta tan evidente como siempre, aunque quizá más y mejor conjurado, pues su tratamiento es por fin más específico y quizá más astuto: también él forma parte ya de la vasta economía del trabajo. Un amante del trabajo como el patrón manda no puede pasarse muchos días ocioso, la falta de peso que alcanzase no le haría volar por los aires, pero le arrastraría al fondo del pozo: un lugar tan profundo como anchas y resistentes las espaldas del amable laborioso. Y, sin embargo, está por demostrar que el asno ame la carga que acarrea sobre el lomo, es más probable que quien lo ame sea el dueño del negocio: el del trabajo y el del trabajo que constituye, para unos y para otros, el tiempo de ocio. La clave de nuestra civilización es la caída: la del animal en el hoyo o la del peso sobre el animal. Los antiguos cielo e infierno son ya nuevos: el individuo vacío y la sociedad laboral, sobre el fondo común e insoslayable de la nada.

Dictadura en democracia

La peor corrupción, que es origen de todas, es la dictadura: pero la dictadura puede nacer y desarrollarse en mitad de la democracia, pues no es más que el poder de uno alzado por y sobre los más, que descuenta a los varios y desdice a los menos porque no sirven más que a una libertad cuyo poder es el respeto a la diferencia y la multiplicidad o no es nada: es decir, la dictadura del uno y los suyos contra el otro y todos los demás. En la democracia existe y actúa efectivamente esta fuerza, que es quizá la que no le abandona, la que la asola pero también la que la encaja, de modo que no hay nada extraño o fuera del sistema y su normalidad en que, si el territorio es suyo, el pueblo y la ciudad, en cualquier caso el poder, todo lo que haya en él lo sea también: todo menos tal vez los descontados y los desdichos, que están como si no estuvieran y asisten como fantasmas a la desaparición de la libertad precisamente en nombre de la democracia y no pueden acceder a nada si no aceptan como uno más y de una vez por todas el poder del pueblo, el régimen de la banda compuesta por el uno y los más. La democracia es por fin una dictadura, pues es lo que hay si no hay libertad por más que aún haya reparto de discursos y recuento de votos, y ya puede encerrarse en esta ecuación: democracia igual a unidad e identidad menos los varios y los menos, las minorías y la diversidad.

El antibotellón: la verdad del poder

El poder ni siquiera es una tristeza, es tan sólo una bobaliconería contra la diversión, que es siempre revolucionaria, es decir, pagana, griega: el poder es cristiano o no es, no sabe ser de otra manera. Religioso porque él es el más, monoteísta porque él es él solo, y cristiano porque él es el todo, no tiene otros valores que el amor al prójimo y la ayuda a los demás --la solidaridad, el desinterés, el altruismo y, en suma, la humanidad: cáritas y las organizaciones no gubernamentales, lugares de amor al sufrimiento y búsqueda de la muerte. En las condiciones presentes, pasadas y futuras del mundo -porque el mundo es como es-, ¿quién querría divertirse? ¿Acaso divertirse no es una inmoralidad? Bien sabe el poder que la diversión es peligrosa, pero tan sólo para la religión que sigue y extiende --y que le convierte en un dios: más concretamente, el de los bobos. El poder son los bobos contra todos y contra todo, pues ya hay que ser bobo para querer transportar esta carga, y decimos transportar porque siempre hay que bajarla de allí arriba en los cielos a aquí abajo en la tierra: el combate contra la ligereza, la inmoralidad, la frivolidad y la inconsciencia no termina nunca, puesto que siempre hay un bobo dispuesto a cargar de nuevo con él a sus espaldas. Naturalmente, a cambio, hay que proporcionarle mucha paja, que es en lo que consiste para él, todo para él, el poder: él, que es tan bobo que es perfectamente capaz de convertir, sin querer, la más inocente de las diversiones en una protesta --pues, en efecto, la diversión es otro modo de vivir, concebir y ejercer el poder: es la manera de que incluso él supere la religiosidad que le aboba y le transforma poco a poco cada vez más en un antitodo: el miembro de un aparato al servicio de la religión contra el mundo, unas veces entregado a la derecha y otras a la izquierda. El caso es crear siempre, disponer siempre de una inmensa nadería en la tierra que arrastre a la irrelevancia a los que viven y gozan y testimonian otras formas de existir y otras experiencias de la vida: lo que los aparatistas llaman un contramodelo, una antifigura, y no es más que la manifestación de otro poder, de otra potencia, quizá la del planeta --mientras el poder, el de sí mismo, no son sino los bobos con piel de señores, de dirigentes, incluso de sacerdotes. Ya hay una política, una religión, una moral, incluso una metafísica por fin aquí abajo en la tierra: ya hay un poder. Un poseer, dominar, capturar y ordenar no sólo al enemigo sino también al amigo, incluso al más amado, al más propio, y para hacerle depender, servir y, en cierto modo, valer: si el poder triunfa, creará un disminuido, un incapaz, un apocado cuya libertad tendrá en sus manos, y lo habrá salvado de sí mismo. Pues incluso el amigo, si puede -por ejemplo, si es joven y cuenta con un buen par de piernas y de manos-, tiende a huir y reventar todo aquello que le impide ser y actuar por sí solo, pues en absoluto es bobo: de manera que estas formas de mirar por él, por su cuerpo y por su alma, son en realidad tan tontas que le pueden volver un enemigo del poder que tan aparentemente le ama. En este caso y en este preciso instante habría que acuar como nadie desea, de una manera más tonta aún --en fin, el verdadero sentimiento que hay detrás de tanta preocupación por los otros es un amor del poder hacia sí mismo: y ya hay que ser bobo de verdad para, con todo lo que hay que amar, no ocurrírsele a uno otra cosa que amarse a uno mismo. 

Qué politiqueo

Lo que reina en el país no es en absoluto la política -que algunos quieren que sea otra vez nuestra noble señora- y, sin embargo, tampoco es por supuesto la revolución -una vieja prostituta olvidada-: lo que manda en el país es el politiqueo, en la versión que podríamos denominar el conflicteo, el cual, a pesar de su nombre, no es el conflicto que siempre tenemos abierto por el poder, sino el que no acabamos de cerrar por la libertad, la independencia y la soberanía de la tierra -terrícolas aparte, vascos fuera-. Desde luego no es fácil cerrarlo, a pesar de que ya hayamos pasado de amar a la Iglesia a amar el Estado -el nuestro, naturalmente, el natural y orgánico-: no ha sido un gran salto en efecto, sino un paso modesto aunque ciertamente importante, un pisar sobre pisado, que es la mejor manera de cambiar sin moverse y andar sin desplazarse. Al fin y al cabo la Iglesia y el Estado no son organizaciones tan distintas, no en vano el amor que exigen de los hombres es el mismo o parecido: un sentimiento altruista y desinteresado, incluso sacrificado y doloroso, sufriente y esforzado. En cualquier caso, con un conflicto tapamos otro -no conocemos otra causa, aunque también ignoremos todavía nuestras ganas de pelea-, porque el verdadero y auténtico, el que no tenemos ni abierto ni cerrado, es el que tendríamos si amáramos meramente el poder y lo declarásemos: un conflicto eterno, terrenal y desdichado, que una vez planteado no podríamos resolver sin suicidarnos porque, entre otras cosas, causa adición y, además, sin terapia de deshabituamiento: ni siquiera la Iglesia, no digamos ya el Estado, por más democrático y libre que resulte -el nuestro-, ha renunciado ni probablemente renunciará al ejercicio del poder, sea cual sea el fin que proclame -incluso el de la eliminación de toda forma de poder, es decir, de dominio de unos sobre otros... para que mande uno solo-. Es difícil, decimos, e incluso peligroso, arriesgado y contraproducente no cerrarlo en falso, porque el fin del conflicto podría ser un proceso que nos sirviera para aprender a amar el poder sin tener que continuar mortificándonos como en la mejor tradición española, quizá la única -la que la Iglesia ha edificado a lo largo de los siglos sobre toda la patria-: negar a los demás mientras a la vez nos negamos a nosotros mismos, transformándonos en pura negación del otro y por el uno, que -en identidad y a diferencia de él-, es el bueno, único y verdadero -frente al otro malo, múltiple y equivocado-: ¿acaso no podemos empezar a amar el poder sin disimulos, es decir, sin trascender lo que nos avergüenza porque nos proporciona placer, y el placer es un ídolo de los paganos, de los sin Dios y los sin Caudillo? Los que aman la religión y la política, la Iglesia y el Estado, conocen recompensas más elevadas que el vulgar gozo: al fin y al cabo lo que nos jugamos no es tan sólo el final del conflicto, sino el de una forma de vida basada en el temor, la mentira y la nada. y que no es nuestra.

Como un señor

Parece ser que muchos no se aclaran, no se aclaran sobre quiénes son los buenos y quiénes los malos, quiénes los justos y quiénes los injustos, quiénes los libres y quiénes los esclavos -y esclavos con poder, es decir, señores que se esclavizan por un poder que les alza a la categoría de señores a cambio de que se entreguen a esclavizar a los demás a él-: no se aclararon ayer como al parecer querían, no se aclaran hoy como aún lo quieren, pero se aclararán mañana aunque no quieran. Pues el mañana ya ha llegado, y no es cosa que este advenimiento se tome a risa, al menos a mucha risa: yo mismo me ofrezco a que se encienda la luz en mentes tan oscuras y voluntades tan cerradas, aunque me temo que no se esclarezcan las tinieblas que les ciegan de luz tenaz difusa si se lo toman tan a pecho como acostumbran: pues bien, yo soy el bueno y vosotros, los demás, los malos. Tal es mi orden, y el de los míos, los buenos, justos y libres, y no se permite invertir ni siquiera alterar una coma: quienes lo hacen se encuentran, sabiéndolo o sin saber, consciente o inconscientemente, con habilidad o con torpeza, siempre en el segundo término de la afirmación. Transformad vuestro orden -reíd-, podéis ser de los míos -al fin y al cabo siempre se os oyó decir que somos ellos-, pensad que hasta las negaciones se han de hacer como un señor, pues no se trata de matar, ni siquiera de risa, ni de morir, mucho menos de rabia. Se puede ser como algunos dicen un muerto de hambre -yo mismo me sacio cada vez menos-, pero no de odio, pues la muerte no se acaba nunca más ni con la muerte. Yo, con toda la arrogancia, el orgullo e incluso la crueldad que se quiera -pues la bondad es la de un bravo, no la de un manso-, yo soy el bueno y vosotros los que queréis serlo, ¿no es cierto? Porque se trata -¿o no se trata?- de ser en la vida un señor, en el que el poder no se encuentra fuera de él, es decir, de desear ser lo que -quien sea- no es, pero de verdad, desde los pies sobre los que se alza hasta la cabeza bajo la que se incopora: se trata del ideal que proclamamos, del porvenir al que cantamos, del valor que decimos. Y del deseo.

Mira por dónde Mira por dónde

Querido Savater: yo le aviso, porque quien es importante es usted, no yo, aunque le confieso sin falsa modestia y con bastante más orgullo que poquísimo gusto que incluso yo soy más y mejor que yo mismo, hazaña tan sólo aparente que creo en su caso suficiente y hasta necesariamente al alcance de usted y, si bien se mira, de cualquiera. Porque ¿quién no es más y mejor que él o, un poco mejor dicho, más y mejor que el mismo de siempre o que siempre el mismo: el único, bueno y verdadero, incluso en persona? ¿Quién no se quiere evadir de esta jaula de oro? ¿Quién no se quiere librar de este traje de madera? ¿Quizá la identidad no es para nosotros, que no tenemos raíces -ni siquiera en el cielo- sino pies y, además, en la tierra, una arquitectura de plomo? Pues para hacerlo o, aún mejor, para evitar que se alce tan colosalmente el yo, basta únicamente con no pretender tanto y conformarse con ser, no más humilde, sino un poco menos que Todo, un poco diferente al Uno… Pero vayamos al grano, le decía que le aviso, querido Savater: no se me ponga triste, que le conozco. Es usted un hedonista como muy pocos, y quizás un estoico como menos aún, pues dígame, si no, cómo se puede soportar el fascismo, el clericalismo, el racismo y otros ismos de la misma calaña, sin acabar loco o asesino -que no son lo mismo, aunque a veces se confundan: hay locos llenos de amor y asesinos reventados de sensatez-, y cómo se puede aprobar al fin el democratismo, el humanismo, el igualitarismo, bien entendidos, por supuesto -todos somos iguales, pero no todos estamos igual, desde luego-, sin perder la cordura, es decir, sin duda lo que nos diferencia. ¿No hay que ser, acaso, un resistente cruzado, se nos diría, de vividor? Porque es usted, don Fernando, un verdadero vividor, hasta me atrevería a decir que un inmoral profundo que, para más inri, da clases de ética, imparte lecciones del demonio, me imagino, y, sobre todo, osa proclamarse, en este mundo en el que hay que sufrir para salvarse -y también para nada, como es lógico- alegre y -tal y como corresponde a caso tan demoníaco- poseído por la más animal alegría cuando lo que es usted de verdad es un inconsciente, pero no en el sentido de lo que le falta o no llega a la conciencia sino en el de lo que surge y le sobra al cuerpo, de la cabeza a los pies y de los pies a la cabeza, para producir la afirmación de afirmaciones de esta cosa tan oscura y desagradable que es la vida: el hombre suda y orina, no digamos ya la mujer, que además sangra. Pero, aún hay más, ha hecho usted de su propia muerte un sueño, o quizás una fantasía, cuando algunos que no quieren ni a los suyos ni a sí mismos más que sometidos -sujetos de tal o cual cosa, soberanos, lo dicen- la sueñan y desean, ¡qué le vamos a hacer!, una realidad no de hoy para mañana, como sería de esperar aunque ni usted mismo lo desease ni siquiera en estos plazos, sino de ahora mismo y ya: pero, y he aquí lo que en verdad cuenta, ¿es que acaso no ha leído usted que la muerte pasa más rápido que el más rápido y lisérgico de los pensamientos? Yo lo he leído, y seguro que no le aventajo a usted en lecturas, ni en escrituras, ni en nada, de modo que la muerte sería lo más parecido a la velocidad pura o el movimiento neto. ¿Para qué preocuparse entonces, si ni un chasquido de los dedos la imagina? Vea cómo es usted efectivamente un niño, querido don Fernando -pues ¿qué es ser niño o, mejor, quién lo es? Creo yo o al menos se me ha ocurrido de este modo que niño no es más que el hombre particular, el hombre privado por excelencia: de ahí que la mujer sea quizá el verdadero secreto de la historia, incluso su arma desconocida y, al parecer, últimamente desactivada (¡y por sí misma!)-, aunque, y observe aquí una nueva paradoja, no es usted demasiado joven, no se crea, para escribir una autobiografía -¿acaso no se trata de la autobiografía de un chiquillo, razonada desde luego, explicando el porqué de aciertos y errores, éxitos y fracasos, por supuesto, pero la de un chiquillo al fin y al cabo, pues también los niños piensan, y qué ocurrencias tienen, por cierto?-, pero me temo que, después de escrita, sea usted demasiado mayor para vivir lo que no se halla escrito: por esta causa le advierto nuevamente que evite ser aún tan vanidoso, recuerde su orgullo y no se humille, pues el hombre y todos estos bultos sospechosos del yo, la conciencia e incluso Dios -que sí que ha muerto y sí que se notan los efectos, pues de hecho algunos se han puesto muy malitos y de ahí que hagan pintadas tan rabiosas como inofensivas y hasta inocentes, con las que muestran que no han entendido nada-, son como el hinchazón que sufre el cuerpo y el espíritu de un niño, una enfermedad demasiado común y corriente que afortunadamente se pasa pinchando y haciendo explotar lo enfermizamente hinchado como si fuera un simple globo de aire en una fiesta para adultos que padecen del sistema nervioso, del locomotor y del auditivo, en la que se hallan prohibidos los ruidos y los pinchazos, quizá porque en el fondo, y en el cielo que los tapa como si se tratara de una protectora y azul lona, no hay más que globos llenos de nada en ella (nada que ver con aquellos cuerpos que se dejan atravesar, pieles y membranas de por medio, para mostrar en su interior la vida). Donde hay juego hay alegría, ya se sabe, y no hay merendola de niños en la que no se acabe haciendo estallar los globos de mil colores que sus padres han encargado para ambientar la cosa, liberando su contenido -el aire al aire- y pasando los jugadores a jugar a otra cosa, porque se acaba la fiesta pero no se acaba el mundo, es decir, el juego y quizá más la alegre inconsciencia que la consciente alegría. Por cierto, la expresión juegos de azar es una redundancia especialmente desafortunada -válida tan sólo para las loterías y apuestas del Estado, el ganador que nunca juega y el no jugador que siempre gana… claro que perdiéndose el juego-, porque si hay juego hay azar y, si hay azar, todas las jugadas nos han de parecer por fuerza chocantes y hasta misteriosas: precisamente lo que choca de las que llamamos previsibles es, en el fondo, su inaudita rareza, su imprevista previsibilidad, en un lugar y un momento dados (y aquí metería yo, qué digo metería, meto ya lo que he creído atisbar en su vida razonada, fuente de no pocos malentendidos, según creo: el deseo de que las cosas fueran, no de otra manera, sino otras, o, simplemente, el deseo de la diferencia que pretendía usted, querido don Fernando, darle o introducirle a las cosas que pasaban: porque lo propio de este deseo de la diferencia no es desear lo que difiere, sino que es precisamente lo que difiere lo que desea. Del mismo modo que la voluntad de poder no es el deseo del poder, sino el poder del deseo: razón por la cual algunos pierden siempre, quizá porque no se hallan dispuestos a jugárselo todo). Cuestión que estima uno muy distinta es la existencia de una jugada verdaderamente feliz y dichosa…

En cuanto a mí, no creo que me humille -por lo demás, mi vanidad es demasiado mía: a efectos públicos prácticamente inexistente- si se reconoce uno heraclitiano, nietzscheano, unamunesco -nunca llegué a más, tal vez como el propio don Miguel-, deleuziano -el que repite de nuevo la visión de una película o la lectura de un libro es, tal vez, para que la vean o la lean hasta los ciegos, es decir, para y porque marca la inagotable diferencia incluso entre los que gozan de la mejor vista-, savatérico -que consistiría en una más o menos equilibrada mezcla de amor, humor y furor-, presocrático, no socrático y, lo que creo resultaría mucho más importante para mí y, a mi entender, para todos, postsocrático, entre otras razones, y he aquí la de mayor peso, porque no le queda más remedio, pues ha nacido después, en algunos casos bastante después, incluso en una época que desgraciadamente no es la misma, cuando el pensamiento ya se había producido, porque lo demás no es pensamiento desde luego, y ya se habían echado los dados: dígame otra vez, si no, cómo se entiende que aquel mínimo aforismo (género mayor en el que uno no es justamente pequeño) “los hombres no tenemos raíces sino pies”, el que estas líneas perpetra lo haya leído hace muy pocas fechas en no recuerdo qué periódico referido a ya he olvidado qué texto de vaya uno a acordarse de qué famoso escritor -maldita cabeza … no sé yo si la mía-, cuando a uno se le había ocurrido hace ya años y tal constaba en el bendito y al parecer inoperante o al menos demasiado poco vigilante registro de la propiedad intelectual (será que allí no leen). ¿Qué ocurre aquí, entonces: el autor es él -sea quien sea-, lo soy yo -que no soy el que es, pero sé más o menos quién soy-, lo somos los dos o no lo es ninguno? ¿El autor es el que más rápido saca… la edición? Porque en este caso uno no es autor de nada, quizá ni siquiera de lo que ahora escribo y desconozco si publicaré, y no existo: pero no es tal mi idea de la verdad profunda, de la superación genuina del concepto de la autoría… ¿O la idea del hombre con pies en vez de raíces es, simplemente, la de alguien que, nunca mejor dicho, anda por ahí? Pero, en fin, sea ello lo que fuere, quiero creer, querido don Fernando, que en el fondo estará usted conmigo en que la paradoja del pensamiento es que cualquiera piensa -¡cualquiera piensa, qué miedo!- y cualquiera es capaz de tener cualquier idea, desde la más elevada o ligera hasta la más rastrera o pesada -unos tienen más de un tipo que de otro, por supuesto, y hasta ha habido quien ha tenido nada más y nada menos que ideas puras-, sin que se pueda hablar con rigor de una inteligencia o una propiedad que le hiciera a él sujeto, dueño y autor del pensamiento en cuestión (ni siquiera se le puede atribuir esta cualidad al villano de las ideas más bajas o de las otras, los dioses le bendigan, ya que todos los demonios le protegen). En realidad todos los nombres a que he aludido, más otros muchos, aunque quizá no tantos como los que se hallan en nómina, son los nombres propios del pensamiento, de modo que se podría señalar que todos y cada uno de ellos son, o quizá somos -uno en la exigua y empecinada medida en que se quiere-, discípulos del acontecimiento de pensar y, quizá, sus personajes más emblemáticos, más queridos. Pero ¿y los de la vida, los que nos pueden servir, no sirviendo a nadie, claro está, después de este tiempo en el que quizá no habido ni hay en el mundo moral, ni ética, ni nada, quizá ni siquiera un esfuerzo individual y colectivo para llevar una vida buena, feliz, virtuosa y bella -tras la que llega la muerte-, sino tan sólo el poder, el que está ahí, por todas partes, tirado en el suelo, por los suelos, oscuro y fascinante como un misterio -más aparatoso que real, sin embargo-, y unos lo agarran y se ensucian las manos y otros no se limpian y sus manos tampoco lo agarran? Usted, querido don Fernando, ha hecho memoria, que no es una cosa que se tenga sino más bien otra que como en su caso se hace -yo creo que no se tiene ni la memoria de los besos más apasionados (pues de un modo u otro se sigue besando) que se han gozado ni la de los golpes más violentos (ya que se sobrevive a ellos) que se han sufrido-, y también pensamiento, que no es otro que el que se produce, cuando lo hace y como lo hace, en uno más o menos abierto a lo que ocurre y obligado a servirle de inestable asiento y paso seguro, pero ¿y la vida, la vida que no hay más que la que se forma y quizás a la que se da forma, sin que haya dios ni hombre al que pertenezca como entre nosotros ocurre entre la tierra y su propietario, el cual tiene la ventaja sobre otros símiles menos opacos de que su propiedad no le habla, al menos en un lenguaje que él entienda y admita? Yo, en cambio, admito por completo que no amo la vida, ni al ser, ni al hombre, ni a Dios, ni a mí mismo, ni nada: amo tan sólo, única y exclusivamente, los acontecimientos, y espero hallarme a la altura, que no es fácil. ¿Será que soy tan inconsciente como usted, por no decir tan confesadamente alegre? Se diga lo que se diga, querido Savater, el estado consciente le parece a uno que es en verdad el dolorido y quejoso, el desgraciado y sufriente, y, aunque de que está salpicado aquí y allá de satisfacciones -el placer extraído, la recompensa ganada, el deber cumplido- no me cabe duda, y mejor que sea de este modo porque, si no, se revuelve contra la vida culpando a los que viven felices y despreocupados de ser unos inconscientes, y tachando a lo inconsciente mismo de puro ser sin conciencia, negatividad bruta, inhumanidad completa, no deja de ser lo que es y quizá lo sea aún más si mantenemos que la inconsciencia no es otra cosa que el mal nombre dado a un fenómeno superior de la energía, de la intensidad, del arrojo -ahí fuera, arriba, encima-, o que en realidad es la actividad en sí misma del cuerpo o el cuerpo mismo, en su valor más alto y, sin embargo, más desconocido, cuando no directamente despreciado. Pero no, no me engaño, don Fernando: aún somos demasiado conscientes, demasiado demasiado, yo diría, de modo que acaso sea imposible que terminemos nuestros días con lo que se conoce como la cabeza perdida, una risa loca irresistiblemente contagiosa en los labios y una alegría en el cuerpo que ni por qué ni para qué, pues todo le sobra y nada le basta, todo lo cual quizá le hiciera justicia a nuestro júbilo deseado y nuestro intempestivo contento, porque nadie que yo sepa es capaz de sostener durante mucho tiempo este trágico y alegre final que hay que verlo para conocerlo y saber que es realmente indescriptible y no vale más que para vivido. Mientras tanto, y puesto que de este estado quizá se vuelve siempre a la normalidad más tranquilizadora y espantosa, ojalá que en un San Sebastián que ya no será el mismo, ni falta que tuviera, usted, en plena posesión de sus facultades físicas y mentales, un día muy lejano como de otro lugar, frente al mar en que los niños eternamente juegan, ante ella -a la que también ama el que ama la vida-, escuche como de su boca, pero no de toda ella, que es usted muy grande, una especie de juicio, ni final ni inicial ni siquiera intermedio -sino mucho más sorprendente e inquietante-, que más o menos dijera, extraña sentencia desde luego: “¡Sí, te quiero! ¡Todo está bien, de nuevo! (Me salió, a este inconsciente, digo -qué terror, qué maravilla-, una rara, casi desconocida musiquilla.)” Yo, desde luego, me entusiasmo, incluso creo que tengo un no sé qué de cristiano, no sé si me explico…

Al fin y al cabo, y quién sabe si porque no se vive como se escribe y por tanto se muere de cualquier manera, escribir no sirve de nada, ¿no es cierto?

La vida es igual a...

La diferencia entre el arte y la vida es la que hay entre la realidad y la ficción: es decir, la libertad. La que ha alcanzado el arte y la que no alcanza la vida, aunque quizá no por su responsabilidad: porque no es que el arte sea mentira y la vida verdad. Puede entenderse mejor este hecho si pensamos que la diferencia entre la política y el teatro es, no la realidad y autenticidad de una y la falsedad y ficción de otro, sino la libertad que le corresponde al teatro frente a la política. Las funciones que representa la política no guardan ninguna relación con el poder de la libertad, salvo en su aspecto negativo: no el poder de la ficción, sino el de la esclavitud o el control de la libertad. Hay que respetar el arte, la mentira y la ficción: es quizá la única manera de respetar la vida, incluso el mejor modo de invocar su derecho y no utilizar su nombre en vano. La ecuación de la vida es: vida igual a libertad menos política, donde la realidad es igual a x.

La guerra es una cosa muy rara

Todas las guerras tienen un comienzo y un final -dicen algunos que también un principio y un fin-, de modo que podemos definir la guerra como un extraño proceso de paz: sería también, por supuesto, una guerra un tanto extraña -tan atípica que no sería en realidad una guerra-, como si toda guerra fuera un proceso muy raro, no sólo de paz sino sobre todo en sí mismo. ¡Qué raro, una guerra, qué fenómeno tan insólito, tan difícil de asimilar y entender! El proceso natural de la vida es la paz, de manera que tampoco resulta tan ilógico denominar proceso de paz al que tiene lugar entre una guerra y otra o entre su primera y su última batalla -incluso si la batalla es subjetiva y ocurre que uno está en guerra con los demás-, pues hasta que llega a su final todas las guerras que interrumpen los procesos naturales de la vida tienen desgraciadamente estas cosas -a veces hay hasta muertos-: en un comienzo ha habido víctimas -de los dos bandos, porque sin dos bandos opuestos y enfrentados no hay interrupción de la paz, e incluso si el muerto es siempre el otro salvo en el caso de que quien lo mata muere por accidente en la acción con la que pretendía matar siempre al mismo-, pero en el fin habrá -como los hay siempre- vencedores y vencidos que firman la paz en las condiciones adecuadas, es decir, las que acaban con la guerra y regresan a la paz que ya nada interrumpirá de nuevo, porque unos y otros reanudan por fin, como uno solo, el proceso lógico y natural. Mientras tanto, aquí y en Cuba seguiremos viviendo en medio de un proceso de paz a guerrerazos: es en el que felizmente, y para algunos incomprensiblemente, vivimos siempre: los mismos más que los otros, en verdad. O, quién sabe, tal vez y sin saberlo todos, pues todos somos humanos y, si no lo fuéramos, al menos en la guerra todos somos guerreros y, por tanto, iguales: morimos y matamos --algunos no tienen otra idea de los exóticos procesos de paz de que hablamos.

Catalanes y españoles, sí.

La dialéctica ignora el arte del color, es una chapucera: enfrenta el blanco al negro, cuando el negro y el blanco son neutros, puros, pero los enfrenta, les dota de una carga, les carga de polaridad: trabaja con un blanco y un negro, que lo mismo podrían mudar en amarillo y rojo, o rosa y naranja, o cualquier otra pareja de colores, a los que podríamos describir cultural o simbólicamente como racistas: un blanco y un negro que detestan y rechazan a su contrario, y que lo hacen precisamente porque lo convierten en contrario, cada uno de los cuales hallaría la solución a esta tensión que les enfrenta en el blanqueamiento o ennegrecimiento respectivos del otro, momento en el que la dialéctica triunfaría cesando y cesaría triunfando al ser aceptado por ambas partes, sin convicción pero obligatoriamente, el gris de resultas gracias al cual cada uno seguiría soñando la aniquilación del otro según su matiz o, mejor dicho, su matriz: la condición indispensable es, por supuesto, además de lograr un blanco suficientemente ennegrecido y un negro suficientemente blanqueado, mantener un blanco y un negro racistas, conservando la impureza de ambos, su carga dialéctica, su dialéctica polaridad, y expulsando al color del color: momento en que todos los colores de la paleta serían ya marginales. Porque en el fondo la dialéctica ha de seguir gobernando, chapuceando en el mundo del color cuyo arte desprecia tanto como desconoce, cargándose colores que no puede eliminar sin eliminar su poder: la famosa síntesis, la carga de la prueba, el modo de poder --y de poder, sobre todo y ante todo, apartar del campo de juego e incluso de lucha a los artistas que dominan las mezclas y la creación de un mundo de diferencias sin oposición.

¿Nacionales o españoles?

Los nacionales están como siempre han estado, pues además nunca han hecho otra cosa que estar: importa más el lenguaje que el hablante --porque lo que importa es lo que diga el poder: ¿qué es lo que es? El ser es lo que diga el poder, palabra de ley, ley de la realidad, realidad del poder. El castellano obliga al vasco a hablar en castellano, el catalán obliga al castellano a hablar en catalán, el andaluz no obliga a hablar a nadie, quizá porque es como un mudo que ya tiene bastante incluso con balbucir y chapurrear el poder, es decir, la palabra del poder. Si la cadena de las obligaciones cesase, no podría darse la paradoja de que los nacionales fueran bilingües. Si cada uno no obligase a los otros y fuese obligado por los otros a lo suyo, el País Vasco hablaría únicamente en euskera, Cataluña solamente en catalán, y Andalucía quizá no hablaría o tal vez no hiciera otra cosa que hablar. Entre los no nacionales quizá es más importante el hablante que el lenguaje, pero los no nacionales no son españoles, no están: es decir, hablan como pueden y donde pueden, como si dijéramos en silencio, cada uno en su casa y nadie en la de todos --pero no importa, no importa lo que diga la impotencia, la impotencia por su propia definición no puede hablar: es decir, no puede crear, tan sólo obedece a una realidad a la que no engendra la palabra, responde a un poder que es el de nacer, vivir y morir, sobre el que no hay nada que decir pues por su propia naturaleza está fuera del sistema: del de la palabra de ley, ley de la realidad, realidad del poder.

Qué pasa aún hoy

El resentimiento es como la peste eterna o casi eterna: una epidemia con tal poder de contagio, que puede desbordar e incluso eliminar a los médicos que la tratan, después de acumular bajo su fuerza a más y más sanos como por su propio pie --tal es su fiebre, la baja pasión que provoca, que llega a convertirse y ocupar el lugar del poder que no le corresponde y al que inunda de una ilusión enfermiza y mortal: todas las injusticias, las esclavitudes y hasta los crímenes tienen lugar en este instante ya demasiado conocido y, sin embargo, no siempre previsto, de consecuencias nunca atajadas del todo, en el que el poder parece que va a superar por fin y de una vez por todas todos los males, los sufrimientos e incluso la muerte (la opresión, la desigualdad, la explotación). Es el resentimiento del hombre contra la mujer, de la mujer contra el hombre, del uno contra el otro, del otro contra el uno, y de todos contra todos o casi: la víctima es el inocente transformado en culpable de herir e incluso matar tan sólo con una palabra, y el verdugo es el culpable de esta transformación incluso del lenguaje en delito que no sólo no pide perdón sino además hace que pidan perdón los inocentes. Nadie debe matar por supuesto, pero es que los inocentes ni siquiera deben vivir, o deben hacerlo como si no lo hicieran: es decir, deben dejar de afirmarse a sí mismos en su propio ser para comenzar a negarse a sí como los demás en el ser de todos. Un buen ejercicio de humildad, mansedumbre y modestia no les vendría mal para empezar: quizá lograran ahorrarnos a todos muchos problemas. Pero quizá no baste, porque cuando el ser es una culpa, no sólo hay que disculparse por principio, ya que incluso hay quien respira y daña al prójimo. Es la vieja moral que vuelve cuando no acaba de irse: su sino es morir matando.

graffitis de la ley sin humo

00Fumar escribe.

01El tabaco mata y no es el primer criminal que anda suelto en la calle.

02Prohibido fumar, que beber mata.

03Si matas no fumes, que te matas, tío.

04Fidel, que fumar mata, chico.

05Fumar mata, el sistema de pensiones te lo agradece.

06Los fumadores pasivos son unos gorrones y, además, no tragan el humo.

07El tabaco es muy adictivo: deje la política.

08Fumar mata, en Canarias una hora antes que en la península.

09Prohibido fumar, que no está España para tantos humos.

10Fumar perdujica alegremente la salud.

11Fumar mata, debe de ser por el humo.

12Fumar mata, a partir de ahora mataremos sin humo.

13Fumar mata, tu viuda no te olvida.

14Fumar mata y la policía es la cruz roja: ¡qué mundo tan maravilloso!

15¡Aleluya, fumar mata: por fin somos capaces de hacer dos cosas al mismo tiempo! 

16Prohibido fumar, prohibido crear espacios libres de esta manera.

                                                     

17El tabaco mata, el cáñamo cura.

18Si el humo nos mata, ya no nos queda más que el polvo.

19Prohibido fumar, prohibido mezclar la hierba.

20Fumar es de derechas, igual que la izquierda.

21Señores, prohibido fumar, que tienen muchos humos.

22Prohibido fumar, qué chispa tiene este gobierno en llamas.

23Fumar mata de una insolación o de una pulmonía, depende de la época del año y del gobierno de guardia.

24Fumar mata y, lo que es peor, algunos no han fumado en su vida.

25Fumar mata y el cadáver que dejas huele que te mueres.

26Señores, prohibido fumar, pero son muy libres de estar que echen humo.

27Fumar mata, pero ¿quién es el culpable entre tanto humo?

28Jau, Jerónimo, gran padre blanco decir que indios ir a fumar pipa de la paz a puta calle.

29No fumo, no bebo, no follo y, lo que es más grave, no sé si soy el bueno o es que estoy muy malito.

30Prohibido fumar, que los no fumadores tienen la exclusiva de los malos humos.

31Voto por los estancos como lugares sin tabaco y los cigarrillos como productos sin humo: soy del gobierno.

32Fumanchú le dijo a James Bond: fuma o muere, James Bond; y James Bond le respondió a Fumanchú: casi prefiero fumar, Fumanchú.

33Fumar mata, pero el cigarrillo de después relaja.

 

34Folla, porque mientras follas no fumas, creo.

35El humo mata, luego el polvo debió de ser como el humo.

36El tabaco mata y la masturbación ciega: al menos entre cigarrillo y cigarrillo, folla.

37Fumar mata: el cartelito enferma.

38Por tu salud, compañera: el tabaco mata y la felación engorda.

39Señores y señoras, esclavos y esclavas, dueños y criados, mojigatos y mojigatas, ya están ustedes en una zona libre de humo y también de polvo y paja.

40Fumar mata: prohibamos morirse de una vez por todas.

41Mejor morir del tabaco que vivir del acojone.

42Prohibido fumar, no estamos en el 68: prohibido también el 69.

43Fume prohibición, el único cigarrillo que alarga la vida del gobernador.

44Fumar mata y hay un vicioso menos, fumar remata y hay un puritano más.

45El tabaco mata, el terror pervive.

46Voto esta vez por el tabaco para los criminales y la silla eléctrica para los fumadores: estoy en la oposición.

47Fumar produce impotencia, como el gobierno.

48El tabaco mata, pero el poder es peor: el poder aboba.

49Fumar mata, bin laden, nunca es tarde para comenzar.

50Prohibido fumar, izquierda, ar, derecha, ar, las manos sobre la cabeza, ar.

 

51Si el tabaco no te mata no te preocupes: siempre nos quedará el Seguro.

52Follar durante el embarazo no perjudica la salud del fumador.

53El cigarrillo mata, el precio de la cajetilla hiere.

54Prohibido fumar en el campo de batalla: fumar mata.

55Proteja a los niños, piense en su futuro: fume a su lado, acostúmbreles al aire del porvenir.

56Fumar perjudica gravemente su salud y la de los fetos que están a su alrededor.

57Prohibido fumar en toda España, salvo en sus naciones, nacionalidades y regiones con más humos.

58El tabasco mata, el ketchup ensucia, la mayonesa engorda.

59George, estúpido, léeme los labios: Husein fumaba, el arma de destrucción masiva era el tabaco.

60El buen fumador puede ayudar a su médico a que deje de fumar en el despacho.

61Primera ley del tabaco: todo cigarrillo es inocente mientras la señora ministra no perciba el humo cuyo encendido desprende.

62Dejar de fumar aumenta el riesgo de que los años de vida sean tantos y tan largos que parezcan no acabar.

63Nenes, el tabaco pipa, la prohibición caca.

64Españoles, volved a casa antes de las diez de la noche y sin que el aliento os huela a tabaco: las autoridades sanitarias pasan la noche en vela por culpa de vuestra salud, desgraciados.

65Prohibido fumar en el corredor de la muerte: puede provocar un cáncer mortal de pulmón.

66James Bond le dijo a Fumanchú: fuma y fuma, Fumanchú; pero por si acaso...

 

67Houston, tenemos un problema: el gobierno no fuma.

68Si el humo del tabaco es malo, ¿por qué los censores tienen tan malos humos?

69Fumar puede perjudicar su semen: sus hijos pueden salirle ministro. 

70No fumes, mortal, y serás eterno o, lo que es lo mismo, te lo parecerá.

71Pohibido fumar, prohibido que suba el precio de la vivienda.

72El tabaco mata: el gobierno siempre dando alegrías.

73Fuma, hermano, que no te librarás de las consecuencias.

74Ave, César, los que no van a fumar te saludan.

75Fumar mata casi tanto como el andamio.

76El tabaco mata, la banca es inocente.

77Fumar mata y todos fumaremos un día.

78El tabaco mata y lo peor de todo es cómo viven los que no fuman.

79El tabaco mata, pero tranquilos: el gobierno ya ha encontrado al culpable.

80El tabaco mata, gracias a Dios que el salario medio no da para comprobarlo.

81El tabaco mata, pero tu sueldo te protegerá.