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El dinero no puede

El dinero no puede con el juego (y, en general, el gobierno con los jugadores), pero no es el azar el que lo conduce a la impotencia sino el que no mantenga con el azar la relación que en cambio mantiene el jugador: una relación de amor que quizá desprecia y de la que sin duda está en la ausencia y la ignorancia el que apuesta por el dinero. Los que apuestan no son los mismos que los que juegan, ni siquiera son exactamente espectadores: son los que evalúan a los jugadores no tanto por su valor como por su precio y, acaso confundiendo uno y otro, deciden por quién jugarse el dinero, que indistintamente como medio y como fin es para los apostantes lo mismo que el éxito. Pero prescinden casi por completo de lo que es privativo del juego: el azar, la suerte y, por supuesto, el deseo, la capacidad de afirmación e implicación en él y con él --el no tener más capital que el del juego, ni más patrimonio que el de ser un jugador, ni más salario que el de jugar. En otras palabras, el hambre y una saciedad que nadie alcanza sino con un nuevo y más grande apetito, con una nueva y más fuerte necesidad de ponerse a jugar, de vestirse de jugador, de ofrecerse al juego como a la prueba que le revelará quién es realmente él, cuál es su amor, cuál su destino, cuál su felicidad --o su desgracia. Deseo de seguir el juego, de continuar la aventura, de proseguir la suerte --recién descubierto el reino de la casualidad, rendirse a él en cuerpo y alma, y actuar sin malicia, inocentemente, como un jugador, un chaval, un crío. Porque es una fortuna que las cosas sean como son: un puro juego de azar al que hasta los apostantes han de aprender a jugar más allá del cálculo de probabilidades, cuando salta la sorpresa y aparece de pronto la verdadera naturaleza de lo que nos traemos entre manos.

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