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Divino de los pobres

Si juzgó a Pinochet, ¿cómo no juzgar a Franco, que al fin y al cabo es de entre todos los dictadores el suyo o al menos el más cercano? Esta es la prueba de la verdad de Marte, el dios que somete a juicio a la guerra, pues ninguna guerra le es ajena ni extraña: ¿cómo lo iba a ser la suya propia? Este es el flanco por el que desfallecería su ética y su estética y por el que podía atacarle con éxito su conciencia, el único juez ante el que responde. O casi el único: Júpiter le ha llamado al orden. Marte, hijo mío, tu intención es buena; pero te has excedido en tus funciones, te has pasado de la raya, para ser más preciso: la competencia en ciertos asuntos es exclusivamente mía, qué te crees; yo los juzgo o los dejo de juzgar según me plazca. El placer, o sea, el poder es mío: tú, hijo mío, no olvides que eres un subalterno. Puedes dormir con la conciencia tranquila, incluso con la fama satisfecha; porque aunque algunos sostengan con hiriente chulería que los verdaderamente malos son los perdedores -es su temor a la derrota, la desconfianza en sus propias fuerzas y, en suma, su pobreza en todos los sentidos la que, sin eximentes de ningún tipo, les arrastra al crimen-, en verdad los malos son los vencedores a causa de una evidente cuestión de poderío: el poder de los otros, sin duda nuestros enemigos, no es bueno, hijo mío; tú bien lo aprendiste, Marte, de pequeño. De modo que deja de fastidiar a tu padre y no hagas más el niño, que ya no eres un jovencito y, por más años que cumplas, no ocuparás el lugar más elevado: Júpiter es el rey del Olimpo. Reflexiona y seguirás siendo uno de sus virreyes. Eres libre, yo te absuelvo; pero prueba de tu propia medicina y no cometas de nuevo los mismos errores: ¡eres capaz de intentar resarcirte a ti mismo ahora que, además de vengador justiciero, eres reivindicativa víctima! Pero no olvides que lo que ha hecho Júpiter contigo es salvarte y recuerda que, como hombre, no eres tan humano como tus amigos: quizá más, sin duda más; pero poderoso, institucional y, en cierto modo, divino. Divino de los pobres, pero divino al fin y al cabo. Aún más lo serías si comprendieras que los ricos también lloran, chico, y no sólo por este motivo han de estar sometidos para bien o para mal a nuestro gobierno.

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