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Los integristas: sin faldas y a lo loco

Los chicos con los chicos y las chicas con las chicas: ellas con faldas y, además, largas; y ellos con pantalones, no por supuesto cortos. El pantalón hace al hombre y la falda a la mujer, pero ambas prendas han de ser igualmente extensas: las piernas desnudas, incluso las de los varones, con sus nalgas y pantorrillas al aire, son de una intensidad malvada, endemoniada --quizá, sobre todo, por infantil. En realidad los hombres y las mujeres son unos animales vestidos, tapados, cubiertos por un velo de autoridad, sumisión y silencio que no sólo afecta al cuerpo sino, a través de esta estúpida y perversa afección, al nacimiento del alma en su seno, es decir, al efecto del encarcelamiento del cuerpo que crece abombado hacia el interior de faldas y pantalones: o sea, el espíritu que hace de un chico un hombre y de una chica una mujer, y les hace internos, ocultos, secretos como la enfermedad, el miedo, la angustia o el abandono. El espíritu es, claro, el de la ropa en cuestión, uno para los chicos y otro para las chicas y, para los dos, fundamentalmente el mismo: taparse, por Dios, taparse. ¿Qué ocurrirá el día en que ellas quieran vestir la minifalda y algunos de ellos también? El tiempo de la desnudez avanza: ¿lo pararán los simples y los malvados? Los integristas son unos tipos que van sin faldas, pero igualmente a lo loco --y los únicos que les apoyan son las integristas que caminan detrás de ellos animándoles a que sigan desbrozando la misma senda cerrada y obtusa: dos más dos suman cuatro; quien no dijo cuatro, latigazo, zas. La semejanza entre unos y otras va más allá de los pantalones y las faldas: está íntegramente situada en la más malvada de las simplezas y la más simple de las maldades --los pobrecitos todavía no han visto nada.

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