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El peligro de tener sin fumar a la prensa

Los periódicos, esta atrevida empresa de plebeyos que se hallan dispuestos a todo con tal de seguir siendo lo que son, pues pocos o ninguno se cambiaría por un príncipe y, en cualquier caso, el salto a una escena dominada por las exigencias de una representación oficial trasnochada y caduca lo pagarían caro: la máscara saca y expresa al hombre, pero el hábito lo deshace y abisma en su propia comedia y ya ni él mismo se reconoce nunca más, pues no se puede vestir de etiqueta todos los días sin estropear la personalidad-, no desaparecerán sino el día en que se produzca la desaparición de la política, un oficio que ni siquiera el pueblo desea que se extinga en la noche de los tiempos de este rápido presente, pues a veces se guía todavía por la fantástica luz que a pesar de todo la prensa aporta a un mundo cada vez más real y, por tanto, más difícil y complejo, en algunas ocasiones ciertamente incomprensible y más bien escasamente vivible y habitable: una luz fantástica, artificial, pero que brilla en mitad de las tinieblas como la de un espectáculo diario que sin embargo no pierde por este motivo su poder de cautivar y satisfacer los deseos de seguridad, confort y tranquilidad de la población -aunque a veces no se cumplan más que en la butaca del salón de casa-, aprovechando y a la vez realimentando con este fin una extraña suerte de  seducción feliz o dominación amorosa deseada y querida. El periódico es un arma en la batalla, unas veces con la tendencia a que no se note demasiado a quién sirve para de este modo servir mejor a su general y otras sin que le importe si se nota o no se nota porque en cualquier caso sirve a la verdad que se ha incorporado a las filas y banderas de su ejército: son las dos tendencias clásicas del periodismo, la de la preocupación y la del desparpajo, que se combinan como el guante y la mano entre otras cosas para que no se desencadene la revolución sin volverla a atar al orden, la anarquía al gobierno y el caos al sistema. En el fondo todos los periodistas son en la actualidad iguales y no se puede culpar a ninguno de ellos de esta increíble identidad, pues el papel que representan ha ido creciendo en importancia con el tiempo y, se les llame para defender o para atacar, el hecho indiscutible y cierto es que se les necesita cada vez más en primera línea de combate: de este modo, si en el anonimato y el seudónimo se adivinaba quizá su cuidado e incluso su pudor, en el nombre propio y la firma -incluso con la imagen en el efímero y extenso papel impreso- es su descaro, su confianza y a veces su desafío lo que salta a la vista de todos como una realidad invisible por acostumbrada, pero evidente en su conquistada cotidianidad: la fama les ha asaltado por igual a unos y otros, que apenas se han parado a pensar que por la vanidad entra la ruina, o sea, el enemigo que con sus premios y honores mella su ser y su curiosidad y, a cambio de un equilibrio siempre inestable, les arrebata una particular forma de vivir la vida siempre en danza y una aún más singular convicción de hallarse por encima o incluso de vuelta de casi todas las cosas. Los periódicos sirven de distintos modos al poder que a pesar de dictaduras y democracias se halla inevitablemente en la calle y no es tan teatral como parece, tan sujeto a unas tablas, tan constreñido a un guión siquiera con unas cuantas liberalidades dramáticas, y lo hacen entre críticas y alabanzas -no se puede desechar la idea de que con las primeras lo elevan y con las segundas lo rebajan-, y, sin embargo, es por esta senda en la que se reclaman los hijos naturales de la plebe, como un nuevo y controvertido patriciado ajeno a los viejos intereses de la república, por la que se pueden salvar del desprestigio y rechazo que acompaña a toda servidumbre: una preocupación, no hay duda, a la que habría que enfrentarse con más desparpajo que el que se manifiesta en la pregunta tan frecuente por la muerte de la prensa escrita. Se trata más bien de la cuestión de la vida y la salud, la dignidad y la prosperidad, la libertad y la supervivencia de la empresa y el oficio de periodista: cómo vivir, mientras se produce la revolución que acabe con la política, el periodismo y todo, en unas condiciones mínimamente adecuadas el presente y el futuro de una actividad cuyo más tenaz enemigo no es la crisis periódica -nunca mejor dicho- ni la imposible muerte a manos de los nuevos medios de comunicación, sino la búsqueda -a un precio que exceda de un carlino, pues nunca conviene despilfarrar el resto- del éxito, la gloria y el poder. Vamos, la falta de tabaco o, lo que es peor, tenerlo y que se halle prohibido fumar.

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