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La Iglesia ha fracasado

El mundo no sigue un plan que Dios no tiene para él, pero la Iglesia pretende que siga otro que ella tiene en su lugar y en su nombre: el hombre no es el rey de la creación, nada obedece a un propósito o un plan, todo carece de sentido y finalidad, el hombre no es la cima de la evolución, que no es progreso, pero el servicio que la Iglesia presta a este mundo es una oferta sin fecha de caducidad al poder: sometimiento, control y aceptación de la voluntad del señor por parte de los hombres --un sistema basado en la violencia contra uno mismo, contra su deseo, su libertad e incluso su responsabilidad, el solo intento de dirigir uno su vida y responder de la dirección ante sí y ante los demás, una divinización o sacralización del poder como organización dominadora de la tierra superior, distante y ajena a los dominados -a los que no permite más opción que la vida, la rebelión y la muerte-, un entusiasmo desmedido y sin duda exagerado por el ejercicio del poder temporal, soberbio incluso en su pretensión de buena voluntad, la buena voluntad según la cual el pastor ha de gobernar el rebaño y dirigir al hombre por el buen camino, conducirlo al bien, incluso arrastrarlo a la luz si al fin no entiende, no comprende qué es lo mejor para él -lo que siempre le ha estado destinado- y persiste sin remedio en una elección equivocada, su estúpida libertad, su falsa responsabilidad y su insensato deseo, no asimila la amorosa sumisión al de arriba por la propia supervivencia y bienestar del de abajo, el primado de la autoridad sobre todas las cosas, el valor de la disciplina y la obediencia, todo aquello y mucho más que lleva ofreciendo veinte siglos y lo seguirá haciendo veinte más mientras haya demanda de este poder, de esta violencia silenciosa y brutal, íntima y burda, privada y tosca, no por familiar y hermética menos escandalosa, que crea sombras de hombres y mujeres, cuerpos de fuego quemados a los que les nacen definitivamente almas de paja que son puro humo, el humo de un hombre abrasado en su propia llama, asado en su propia salsa y comido en su propia carne, el casto, el íntegro, el puro, el que vive de espaldas a la sexualidad y, desdichadamente para él o al menos para su santa madre iglesia, ha de rendirse de vez en cuando al sexo para servir a los intereses más altos de la reproducción -la heterosexualidad es un mal menor, pero la homosexualidad es directamente una desviación de las leyes de la naturaleza-, el que pasa por la vida sin tocarla ni mancharla, según lo que le mandan los que mandan -ser bueno, humilde y manso-, y espera a la muerte aunque ya no esté en condiciones de esperar o no esperar nada, el leal súbdito, el ciudadano respetable, incluso el rey prudente, el buen republicano largamente anhelado por el poder, este viejo celoso ajado y achacoso que aún blande en su mano el pesado bastón de mando en señal de amenaza y autoridad: hijos míos, perdonad el decimono trato, pero dominaos unos a otros como os domino yo a diferencia de cada uno de vosotros que no es capaz del todo de hacerlo consigo mismo. Al fin y al cabo, ¿qué ha hecho el poder que separa a los hombres en gobernantes y gobernados con las ligeras modificaciones y variantes que introduce la representación propia de la democracia? Sencillamente, servir a la servidora, beneficiar a la gran madre, la auténtica gobernadora de la humanidad, creadora y destructora al mismo tiempo, que prefiere mantenerse a la sombra sin exponerse a sufrir la brillante y peligrosa luz del sol que, en las autoridades de nuestro pobre mundo, cae ridícula y hasta patética, de puro marionetas  que son de las ocultas pero conocidísimas fuerzas que agitan febrilmente los invisibles hilos tras las cortinas de la dorada función. Dos enseñanzas que acaso nunca deseamos recibir han acabado por aprender los hombres: la vida no es más que lucha de poder a poder por la conservación y la supremacía, y la Iglesia madre de la humanidad está equivocada y ha fracasado en todo lo que ha ido más allá de sobrevivir e imponerse. En la vida no tuvo nunca nada que hacer.

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