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Nuevos demócratas de toda la vida

De las capuchas a las corbatas, ahora que estas se están pasando de moda, porque hay toda una revolución en marcha que avanza sobre la política: pero bienvenidos sean los que dejan de eliminar al que difiere, aunque lo hagan con varias décadas de retraso, en un momento tan difícil para ellos que el cese no resulta especialmente meritorio y al modo de la política a la española: unos nuevos demócratas de toda la vida se suman a la escena, a pesar de tratarse de una escena en franca decadencia que sin embargo ellos agitarán unos pocos años. A veces no hay más remedio que ponerse a la cola y pasar por taquilla. Pero ahora el futuro es democratizarse y no hay propaganda que pueda ocultar este proceso: porque las ideas, los deseos y las palabras de unos no son los de todos y, aunque un día lograsen el respaldo de una mayoría, seguirían sin serlo, pues se trata únicamente de las palabras, los deseos y las ideas de quienes pretenden hablar, desear y pensar por todos, ahora que precisamente la representación es un asunto de parte y como cuestión de conjunto está quebrada. Durante un tiempo la animarán sin duda con su vieja y caduca pretensión de totalidad, el único espejismo posible y aún vigente de su salvación, y lo sepan o no lo sepan la servirán de algún modo entre las sonrisas de muchos y quizás las carcajadas de algunos, pero nada más y nada menos:  cuando se es el último de la fila no hay modo de ir más atrás. Naturalmente, nadie les va a pedir que den el salto de no querer representar a nadie como hasta ahora a no querer representar ni siquiera a una parte de los que junto a sus nuevos colegas de la política representarán, porque sería un salto de gigante del pasado más largo al futuro más inminente, pero empezar a diferir de sí mismos es un paso inevitable que habrán de dar más pronto que tarde porque no se puede querer representar a todos y buscar en la democracia la mayoría suficiente para que una política tan totalmente representativa y particularmente democrática tenga éxito: con desarme o sin desarme, ser siempre los mismos, frente a los cuales los que difieren no son más que un estorbo que apartar a un lado esta vez más por medio de la persuasión que de la fuerza, es parte del falso sueño de anteayer y de la auténtica pesadilla de ayer mismo. Pero ahora que cesan las armas ha llegado la hora de cambiar de rollo o, mejor dicho, de dejarlo: los buenos no tienen por qué ser buenos por ser de dentro, pero desde luego los malos no son los de fuera. No estamos para una representación total, ahora que hasta el mero actuar por otro se viene abajo.

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