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Llamamos hombre

Llamamos hombre al hijo recién nacido de la propia creencia en la nada que ha descubierto detrás de la demasiado obvia existencia de Dios -el Dios que la ocultaba como la tapadera el vacío- en el que creía con una fe superior a la que podía depositar en su propia vida -vida de una criatura a la que le es imposible responder de sí misma-: por este motivo el hombre vive como si no muriera, como si no hubiera muerte, ni vida, ni nada, pues la nada ya habita en él, en su tierra y en su carne, en su sangre y en su materia, desde el día en que explotara a la existencia tras la pérdida irreparable de la creencia en su Dios y la súbita e irresistible aparición de la nada en la que antaño no creía porque su Creador la velaba y hacía desaparecer tras su aplastante existencia, y ningún esfuerzo mereciera de verdad la pena porque todo está decidido de antemano y el resultado es siempre idéntico e invariable: nada, en el cielo y en la tierra, en los mares y en las estrellas, porque él es aún y para siempre lo que ya no podrá dejar de ser nunca más: el animal que es el que cree y lo que cree que es --el hijo del sentimiento cuyo pensamiento aborta, un no nacido para la razón pero para la reflexión muerto y bien muerto, alguien sin el valor necesario y suficiente para convencerse y creer en el sujeto de su vieja fe: no él sino el uno que elimina el cero, porque él es nadie, o sea, lo que es creer en él y no en el otro, el que respondía de él y por él mismo, y mucho más cuando ya es huérfano y, haga lo que haga, todo es inútil porque es imposible que pueda dar cuenta de sí mismo, cerrar la brecha en la que surge, lo constituye y da fe de él. Una mezcla prácticamente insuperable de desprecio a la vida y miedo a la muerte le ha parido, mejor dicho, una combinación casi perfecta de rechazo a lo que para él no es muy distinto a la muerte y temor a la nada que no le aguarda simplemente más allá de la vida, porque es su propiedad inalienable y más característica, la forma que encierra el fondo oscuro e insobornable de su naturaleza, el espacio íntimo y personal de una vida humana, la nada de nadie. El desprecio a la muerte, porque hay valores más importantes que el de la mera vida, por ejemplo el amor a la libertad y el peligro y el riesgo que afronta el que la ama o, simplemente, el deseo de una vida distinta aunque quizá no nueva, no es de esta civilización, ni de este tiempo cuyo rey es el hombre, o sea, don nadie, y el trono está vacío porque lo ocupa un muerto, pero permanece ahí en pie en los caminos y aún no han nacido los hombres que lo destruirían simplemente a su paso, o sea, los hombres antes de volver a ser definitivamente ellos mismos, plurales y únicos, múltiples y distintos, que desean medirse consigo mismos, comprobar quiénes son, labrar su estatura, conquistar su nombre, levantar su casa, y no deber nada a nadie, porque no son nadie y no les espera nada ni después de la vida ni antes de la muerte: tan sólo su vida y su memoria, su singularidad y su historia, su muerte y su leyenda --y el mundo, un pedazo más o menos soleado de hierba y roca, al que volver a vivir atravesando el círculo al que parecían condenados por medio de una línea de ruptura que los compone de nuevo con una vieja y rara consistencia: los hombres o los también llamados los que nacen y mueren infinidad de veces, los hombres o los que caminan con la casa a cuestas y también podrían ser llamados los que caminan con la casa a cuestas... 

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