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Vosotros fuera y todo para nosotros

La batalla por el poder carece de seriedad, políticamente es nula, ni democracia ni libertad ni verdad ni siquiera vergüenza: el malo eres tú y el bueno soy yo, el tuyo es un mal hijo mientras el mío es el bueno, incluso el ciudadano de verdad es el mío, que es el auténtico y cabal, no como el tuyo, que es fatal. Póngase el adjetivo que cada uno quiera: socialista, nacionalista, izquierdista, derechista,  liberal, y manténgase la actitud batalladora. Pero seriedad, ninguna: mentiras, tonterías y artimañas -que no llegan a estrategia, tal es su falta de grandeza- que no son dignas de ser estimadas en su literalidad, que son lo que son y no son más: armas de bajo disparo empleadas por los impotentes para hacerse con el señuelo del poder, cerrar el campo de batalla y alcanzar la paz de los camposantos sobre la eliminación, la exclusión y la negación del rival cuya caracterización es tan ridícula, que solamente los necios que no están en la jugada pueden creérsela como lo necios que son. Pero cuanta más ética, estética y genética, peor: más bobería. Ni siquiera cabe hablar de cerrazón de los batalladores, pues por no ser no son ni cerrados: es, simple y llanamente, el deseo de poder de los que no pueden más, de los que no quieren más rivales, de los que no resisten una batalla más. Paz, paz, paz: o sea, vosotros fuera y todo para nosotros. Y libertad: es decir, la nuestra, que ya no podemos más. Tomarse en serio la política es hacer el tonto: batalla por el poder, dada por cualquiera, que ya es hasta político, y nada más. Es broma: la política, claro, su palabra, su palabreo, en fin. La moraleja de esta historia es la siguiente: leña al político y al pueblo que lo sigue, lo saca y lo copia. Total falta de escrúpulos. Seriedad (qué tendrá el poder, preguntan algunos, para que el político esté tan engolfado a él -el político y toda su corte de afiliados, simpatizantes, militantes y votantes: es decir, la vida diaria, social, económica y cultural-, sin que además le haga ni más alto ni más guapo ni más listo: pues muy sencillo, le hace más bajo, más feo y más tonto, básicamente, o sea, políticamente un simplón. Le ayuda a no pensar, le sirve para ser siempre el mismo, para creerse una vez el amo. Lo que tiene el poder, amigos míos, incluso el hegemónico y el supremo, es que, por más afrodisiaco que resulte, no cura en absoluto la impotencia. En realidad, lo único que hace, hablando en serio, es intentar quitar de enmedio a los que pueden, los que triunfan, los que gozan, los que aman: es todavía entre nosotros una cosa de curas o de eunucos, o sea, de impotentes voluntarios o forzados.)

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