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Una banda de cuatreros sin respeto a su propia ley

Todos se mienten pero no siempre se engañan, unos se van con las ganancias y otros no se quedan con las pérdidas: ciertamente, su relación se basa en la confianza de que todos se beneficiarán con el sistema por el que no se perjudicarán sino los otros, pues nadie se queda con las manos vacías si se mueve el dinero y se pasa lo suficientemente rápido de mano en mano, y hasta las pérdidas, cuando se producen, se han de compensar como siempre se ha hecho: con el circulante de los demás que se ha de volver a inyectar a las fauces del sistema. ¿El mayor peligro? Hallarse fuera del negocio, lejos del secreto, donde no se juega con el dinero, no se especula con la riqueza y no se bromea con la pobreza: ante este riesgo verdaderamente mortal se pueden permitir asumir otros riesgos que se poodrían considerar connaturales a este oficio por el que siempre se debe proceder a la acumulación de más y más de aquello que, entre los despistados y para despistar, se llama el vil metal, o sea, aquello con lo que, si acaso no se adquiere el resto, al menos se llena el vacío que con cada nueva entrada se vuelve más pesado y más hondo, más amplio y más grande, más pleno y más sonado, todos con un dineral, pues si no se puede comprar todo aún más fortuna se ha de amasar y, ciertamente, si todo se puede compar con el dólar lo que sucede es que lo que se compra no es sin embargo lo mismo que lo que se podría adquirir a través por ejemplo del regalo. Pero a veces se muestra y se revela el vacío en toda su dimensión, se origina una quiebra de la confianza en que se fundamenta el asunto, se descubre un fraude en la sociedad por el cual uno de los operadores se ha aprovechado del capital de los demás para crear el suyo propio sin poner nada de su parte, ni siquiera el rendimiento de cada cantidad: ¿qué se puede hacer en este caso, cuando el sheriff se apartó hace ya tiempo de la escena dejando el camino abierto a lo que se llama, no sin cierta ironía, el libre funcionamiento del mercado? ¿Se lavará la afrenta, se castigará el deshonor, se reparará la ofensa? ¿O, dicho de otra manera, se devolverá el dinero en esta honorable sociedad de probos y honrados ciudadanos en la que tal vez se ha renunciado al empleo de los más llamativos códigos del hampa? Uno se ha quedado con todo sin aportar nada a cambio y los demás aportándolo todo se han quedado sin nada, es decir, sin un euro ni el beneficio de la décima parte del capital del que se esperaba obtener un ciento por ciento: ¿bobos, necios, simplísimos como apuntan algunos? Primos los que se encuentran mirando con cara de no entener en el fondo nada de un espectáculo con el que se indigan, pero del que no se enteran, sobre todo de que se hallan fuera de juego y posiblemente pagando, además sin saberlo, por él y porque no se pare la rueda y la fiesta no se detenga. ¿Cómo se definiría el capitalismo? Una cuadrilla de cuatreros en la que no siempre se respeta entre ellos la ley, es decir, la ley de que se han dotado los primeros propietarios, los originarios y más originales privatizadores de las cosas: el reparto de riesgos y beneficios, cuyo negocio se funda en la confianza de que el capital se halla y se debe hallar siempre en movimiento, entre manos, o sea, en el aire o el vacío que se debe entender como su regla, su secreto y su truco, el arte de prestidigitación en que se sustenta. Lástima que a veces el mago de las finanzas se haya de valer de los conejos de sus colegas de profesión: un conejo por aquí, otro por allá, y nada de nada al final. Se ha roto la ley de los cuatreros: se trata de quedarse no con nuestro dinero sino con el de los demás.

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