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El depredador revestido de benefactor

El caudillismo se halla en el fondo de la política, el caciquismo en el de la democracia: naturalmente, ambos son ilegales y delictivos, pero se ejercen desde el poder y, en cierto modo, son poder, son lo que se mueve por debajo de la ley. El poder es lo que se ejerce realmente: con él se consigue que uno y los suyos vivan a expensas de los otros, y se consigue por medio del miedo aunque no a través del valor, porque el poder lo proporciona la política y la democracia, las coartadas más fabulosas que se hayan inventado para ejercer el poder en nombre del pueblo, pero privándole incluso del recurso a la ley como en toda dictadura que se precie. La ley es la de unos pocos, como el poder no lo es de muchos más, cosa que se observa claramente cuando se caen las caretas y en lugar de la representación aparece de pronto la realidad. El poder no se somete a la ley si no es para beneficiarse a cambio, pero a veces no obedece a este mecanismo porque el poder quiere todo el poder y no se resiste si no se lo impide otro poder, otra fuerza, bien directamente, bien legalmente. Pero lo que la ley no puede ocultar es la existencia del poder y que se trata de su obra y a veces la descuida porque, como decimos, se halla demasiado limitado por su presencia: darle poder a la ley es difícil y complicado para el poder mismo y, sin embargo, a veces no hay más remedio que hacerlo y es ella precisamente la que se muestra puro y duro poder, forma severa e implacable casi como la ilegalidad que se comete desde el uso del poder y a menudo impunemente. Pero cuando se atraviesa la raya es el mismo poder basado en la representación política democrática el que ha de reaccionar y plantear como excepción a la norma lo que sin duda lo es, pero devolviendo al primer plano de la escena lo que se llama un tanto exageradamente el imperio de la ley, una figura que se supone vela y rige por encima del poder mismo: si en la naturaleza se descubre una ley, cuando no simplemente se la inventa, apoyándose quizá en los largos períodos de tiempo que el físico contempla, en la sociedad resulta más arriesgado y es desde luego más visible y evidente el hecho en bruto de que la ley es el poder, a pesar de los diferentes tipos de ejercicio que conocemos. Pero por encima de todos ellos casi se puede afirmar que el poder es, sencillamente, el depredador revestido de benefactor y, en este aspecto, importa tanto la dictadura como la democracia, la política como la milicia y sus asociados, pues se trata de disfrutar de él: conocer sus sensaciones, emplear su secreto, descubrir sus placeres, buscar su efecto. Ser el poder, todo el poder, un poder realmente excesivo cuando lo pretenden tantos.

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