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No hay un primer hombre sino semen por todas partes

La ley de la vida es la reproducción, es decir, la vida. Pero la vida no es más que un inmenso potencial de multiplicación y diferenciación del ser: la multiplicación y diferenciación es la manifestación de la ley, el modo en que la ley funciona, lo que la ley sigue, lo que la guía y la produce y la mantiene: un acontecimiento. La vida es un acontecimiento muy singular, un movimiento muy preciso por el que la misma conservación es una proliferación: sin multiplicación ni diferenciación no hay vida, aunque tampoco muerte. Conservarse es proliferar, del mismo modo que ser es multiplicarse y diferenciarse: el ser es siempre el mismo, pero el mismo es capaz de cambiar y ser a la vez otro, porque el ser es uno, uno cualquiera, pero con esta capacidad de diferenciarse en lo uno y lo otro, lo idéntico y lo que difiere: una multiplicación y diferenciación u otra --paradójicamente, la identidad es una multiplicación y diferenciación correctas, íntegras y puras: ser uno mismo es reproducirse en otros en los que estar uno mismo terminado, obra cumplida en lo que difiere de él y lo multiplica según su esencia. El ser es la multiplicación y diferenciación de cualquier cosa, de la vida, que multiplicándose y diferenciándose sin ley afecta a su naturaleza y muta, pero manteniendo las condiciones generales de reproducción: lo malo es malo para otro, pero no para lo uno malo que fue bueno y es ya otro. El ser es cualquier cosa con vida pero también con muerte, con fuerza y voluntad de proliferación en otros -que son sus hijos- pero también de cese en sí -como un padre que quizás es a su vez hijo de otros-, que puede morir pero también matar y quiere siempre reproducirse, es decir, multiplicarse y diferenciarse, que es agenciarse otros agentes de su misma agencia, otros eslabones de la misma cadena, otras fibras de la misma cuerda, otros productos de la misma fábrica con capacidad, además, de producir otros nuevos productos a su vez fabricantes, porque la fábrica es un taller escuela de ingenieros y obreros a la vez, obreros inteligentes e ingenieros hábiles, ingenieros manuales y obreros cerebrales implicados en la construcción de su vida. La vida es una cadena en la que un eslabón conduce a otro, pero no lo hace sin antes crearlo y el recién creado cree a su vez otro, que a su vez crea otro más, y de este modo prácticamente hasta el infinito, pero con la aplicación de la ley en cada eslabón, es decir, con el cese de la proliferación no en la producción sino en el producto que sale de la fábrica, no en la industria de la reproducción sino en el reproductor que fabrica otro ser y deja la proliferación en otras mentes y manos. Una proliferación sin ley es una proliferación sin cese, prolifera de tal modo el eslabón en sí -él que parece no ser otra cosa que eslabón alzado sobre la cadena a la que ya no contribuye-, que en vez de fabricar y desmontar otros eslabones los destruye y desmonta eliminando poco a poco la cadena, provocando el desencadenamiento de la vida y  encadenando y originando el encadenado de la muerte. Lo malo prolifera para no morir -que es imposible, porque incluso la proliferación exige a veces la muerte-, pero mata para no dejar de proliferar, que es para él vivir y ser en una existencia que es como si la viera amenazada, como si el fantasma del cese le rondara desde algún momento -porque proliferar es también dejar de hacerlo- y no pudiera parar, porque parar le supondría la muerte: y, sin embargo, devorando eslabón a eslabón la cadena es como si destrozase peldaño a peldaño la escalera que le conduciría al cielo en que descansase en paz culminando la obra. Parecería que la naturaleza de la proliferación variase, su lógica y su sentido, tal vez como si un error hubiese que taparlo con otro produciendo de este modo una extraña cadena de ceses por la que donde antes estaba la muerte está después la vida y, sin embargo, ningún eslabón que pretendiese tapar lo que ya es en sí mismo el fin de la propia cadena fuera capaz de lograr otra cosa que agravar el proceso de desencadenamiento ya iniciado: ¿acaso este particular reproductor no tiene cabeza -más bien que la ha perdido- y es más un necio que un loco? ¿Será tal vez un proliferador indiferente, que quiere ser el mismo a cualquier precio? Desde luego nunca ha suscitado tal atención, pues ya ha sido reconocido, aislado, identificado, quizá con malas palabras pero sin duda con todo un discurso acerca de su misterio, y todo el mundo está pendiente de él como de un demonio: no es para menos, por supuesto, toda vez que por si fuera poco no aparece revestido de dignidad y excelencia. Sin embargo, proliferando sin ley, sin control, sin cese, quizá sin cerebro pero con inusitado poderío, de una manera que le resulta realmente imparable es como aproxima su fin en sí y en otro, pero sin esperar al desenlace una vez alcanzada la reproducción según la ley de la naturaleza -conservarse es acabar de crear otro ser distinto de uno y de crearse y en cierto modo acabarse en él, la mayor forma de multiplicarse y diferenciarse que existe, que ni siquiera exige la semejanza con un modelo-: es como si no quisiera morir y hubiera que matarlo -la cadena es un juego que sube muy arriba en el tiempo y a veces hay que lanzar sobre el eslabón equivocado que lo interrumpe y corta todo el poder de la guerra que defiende el juego y combate por unirlo y reanudarlo- porque la vida está por encima de quien parecería querer ser su sujeto. Pues en el ser no hay ningún sujeto, pero tampoco ningún objeto de otro ser, ya que no es un dios el que lo crea aunque aún menos un hombre que recibiera la existencia de un dios del que sería su criatura: el ser, simplemente, ser. Ni siquiera es una unidad que encerrara todas las multiplicidades y diferencias y pudiera conjugarse según las formas del verbo, sino tan sólo la multiplicidad y la diferencia sin sujeto, origen ni destino, explícitas en su despliegue e implícitas en su retiro. No hay un primer hombre, sino semen por todas partes. 

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