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El tren de las 3 y 10 a Yuma

En busca de otra hora y otro destino

El forajido sangriento de las novelas no es exactamente como le pintan los trazos gruesos de las obras que sobre él tratan, él las protagoniza tal vez a su pesar y sin duda sin su consentimiento pero desde luego que no las escribe probablemente porque no es un escritor sino un pintor que aprovecha los ratos libres que le dejan el trabajo y el ocio para dedicarlos a satisfacer sus profundas y extraordinarias ansias de captar la belleza -la de un ave y la de una mujer, pero también la de un hombre que, desnudo, será finalmente su amigo-, de modo que no sigue el modelo ideal aunque oscuro que el público espera que él reproduzca al dedillo -robo y sangre, sangre, sangre- y, en consecuencia, no es copia de ningún tipo anterior a él ni seguramente ejemplo de ningún otro posterior, sino que empieza y termina en sí mismo, su singularidad y su rareza -nacido para vivir entre los buenos, aunque quizá por este motivo abandonado de niño a su suerte con una biblia en las manos que leyó en tres días, acaba junto a los malos, que a diferencia de sus adversarios en esta guerra no declarada a muerte entre unos y otros parecen desde luego lo que son en casi todas las ocasiones en que los pinta el arte reducido a la política de ley y orden de la buena sociedad-, sin que exista posibilidad alguna de cumplir las expectativas que genera su persona, ni como delincuente ni por su supuesto como policía -siquiera de sí mismo- ni como héroe o villano del pueblo: su peripecia nos descubrirá que nadie es quien dice ser sino más bien lo que calla, lo que silencia el discurso, que no resiste el avance de la verdad sin desmoronarse de pronto como un cuento para niños -o, más bien, adultos a los que infantiliza-, pero también nos indicará al mismo tiempo que lo único que vale y tiene valor en la vida es el afecto -y la verdad misma-, quizá porque al final no resulte vano que en el fondo de su espíritu él sea un artista que por lo demás escucha la voz que le habla al hombre por instinto de coger lo que desea, es decir, lo que otro ha cogido y deseado antés que él pero no puede o no sabe mantener en su poder (otro más fuerte vendrá que te hara ver que lo tuyo no es tal), entre otras razones porque la naturaleza no desaparece del todo ni ante la más desarrollada y solida civilización y la guerra del hambre y los apetitos desatados con sus continuos cambios de lugar de las cosas no cesa núnca de veras, tan solo adopta formas más refinadas y quizás hipócritas: la hipocresia consiste básicamente en vivir y hacer como que no pasa nada y todo es siempre lo mismo, pero en este más que accidentado camino de ida hacia el tren del cadalso luego del cual el reo descansara de este confuso infierno cotidiano de canallas buenos y malos entremezclados estallará rota en mil pedazos como una cabeza reventada de disparos. Los buenos aman al prójimo y los malos no quieren ni a su madre, pero el joven primogénito de la familia de rancheros a punto de deshaucio subyugado por las novelas populares rechaza estar algún día en el lugar aparentemente privilegiado del padre -y, como si dijéramos, no ser él mismo sino más bien similar al adulto, incluso idéntico, comprenderlo y sin duda amarlo y perdonarlo de una vez por todas: sin embargo, el hijo volverá a ser engañado de nuevo en lo que parece una constante de todos los que con el tiempo acaban reproduciendo a sus mayores- al que por el momento desprecia no precisamente en silencio, aunque quizá para compensar tampoco desea al final estar en el lugar maravillosamente literário del asesino de leyenda más rápido que el rayo al que admira en secreto. Pero ¿cómo admirar en cambio a padre si en realidad es un pobre hombre sin carácter ni temperamento que deja incendiar su granero, atropellar su dignidad ante la mirada acusadora de su hijo y amenazar la mera supervivencia de los suyos? El hombre es bueno, porque malo no es por supuesto, pues no va a matar a nadie por más que el acreedor con el que ha contraído una deuda que desde luego no es necesario en absoluto que salde viole su propiedad ante sus mismas narices y le coduzca prácticamente a la ruina como si estuviera enfrente de una segunda catástrofe climatológica, las asfixiantes sequías de la política y la economía sumadas a las de la naturaleza: el fenómeno no es nuevo por supuesto, la deuda es un mecanimo puesto en marcha con el fin de apoderarse de aquello cuyo valor excede a su cobro y cuyo cobro no resulta por lo tanto aconsejable. A veces, sin embargo, el problema es tan fácil y sencillo como cobrar lo adeudado, ser indemnizado por las pérdidas morales y reales sufridas a consecuencia de la participación involuntaria e indirecta -un par de reses y tres jornales- en la cínicamente  bella causa de asaltar la diligencia con los salarios de los agotados obreros del ferrocarril -mejor los negros que los chinos, que trabajan a golpes y latigazos-, y esta vez no habrá caso: si el propietario que actúa de banquero es egoísta y miserable y no mira por la justicia sino por el beneficio más alto que le proporcionará adueñarse del rancho al que él mismo lleva a la quiebra al cortale las vías de subsistencia material y financiación económica en una especie de robo legal, pero no por legal menos indecente, en cambio el ladron es generoso y quizás la justicia no sea sino el efecto de un exceso de las facultades y una situación de disponibilidad y riqueza a la que no le falta nada, porque no quiere acumular más de lo que puede gastar, no piensa en guardar para el mañana, no quita de hoy y no tiene un ayer del que temer su vuelta. El honorable y criminal usurero es un hombre del progreso y uno de los cadaveres que va dejando tirados por el camino es el del ranchero empeñado y sin suerte ni coraje que ha de ofrecerse a la ley como mercenario, un sueldo a cambio del cual desempeñar una misión que por su peligro muy pocos desean y él, el gran mentiroso al que nadie respeta porque ni sus mentiras le guardan relación, que tiene que justificar quizás tambien ante su ojos su nuevo empleo en dudosas alegaciones de justicia y honradez -los buenos matan a los malos si es preciso y los malos mueren como debe ser pero antes matarían a todos si pudieran-, asume como el empeño de su vida, la joya esta vez aceptada de su salvación no solo económica sino también moral. tanto colectiva como individual, ante una esposa a la que quiza no atiende como merece, pues le hace trabajar en demasia y sin compensación, y un hijo al que no es capaz de imponerse, ya que arriesga su vida durante una larga y mortal aventura en la que sin embargo el propio hijo le habrá de rescatar más de una vez de las demasiado conocidas garras del fracaso. Pues, la verdad, menudo lugarteniente le ha salido al improvisado policia, casi tan eficaz como el de la banda que asalta ferrocarriles y asola pueblos, aunque naturalmente de una personalidad básica muy distinta: mientras los valores y aciertos del hijo nacen de la rebeldia frente a la débil y atribulada  autoridad del padre al que no entiende, los valores y al fin desaciertos del pistolero de videojuego surgen de la fidelidad a la escueta pero férrea y terrible disciplina del jefe de la banda cuyo espíritu de poeta no percibe, no comprende, pues ni siquiera intuye que su súbita presencia le irrita y molesta, interrumpe su inspiración y espanta al modelo de su arte, cosa que para un creador es, aunque sufrible, quizás imperdonable. Si además habla demasiado, piensa poco, y mata como habla: sin pensar, simplemente por matar y por hablar, sin nececesidad ni sentido -podría decirse, sin economia de medios, rigor ni austeridad-, y apenas el principio que sigue es uno -y soberano- según el cual el que comete un error, el débil, el estúpido, está muerto y es como mejor está, sino más bien otro -doméstico y gregario- según el cual el motor de la evolución es el poder y es al jefe al que la banda en bloque le debe no sólo el presente que tiene sino también el futuro que aún pueda tener, ¿qué final puede razonablemente esperar, qué puede aguardar de su insatisfecho y colérico amo alguien que en el fondo de su fondo más pérdido es tan ingenuo como para sentirse también él en deuda con este sanguinario benefactor de sus inconscientes y míseros días? Un hombre dominado por el odio, poseído por la ignorancia y convertido en puro espíritu de sumisión, o muere cuando ya no sirve o mata cuando aún lo puede hacer, pero en cualquier caso la perplejidad tras una sombra de sospecha apenas esbozada casi con el último aliento le acompañará a la tumba: viva el jefe, tal vez, que el último error nos lo cobra con la vida, quizá la única desobediencia, la postrer libertad, la definitiva tontería, una pálida, asesina y fulgurante luz al fin del oscuro y tenebroso cámino: él es el señor de la muerte y la vida y no hay nadie tan inexcrutable como él. Porque él, ¿quién es realmente él, juez supremo que facilita la ejecución de la justicia divina, pistola en mano, mano de Dios, a la que calca en el desempeño de su duro oficio? Tanto los suyos como lo ajenos le creen una bestia, unos de una manera y otros de otra todos sienten hacia él un miedo cerval,  pero la incógnita casa que le sirve de prisión y alivio durante unas horas, apurada propiedad del que es ya su patético vigilante en la inminente carrera que arrastrará a este último a saborear las mieles de la autoestima y de la muerte, no será objeto de sangrantes burlas y vejaciones ni guardarán ante él un silencio sepulcral sino que recibirá el trato que merecen los hombres más alla de que sean ladrones o propietarios y hayan matado en la vida, pues quizá al final todos en las circunstancias adecuadas son capaces no sólo de desear la muerte sino también de matar salvada por supuesto la repugnancia que el paso del pensamiento a la acción le cause a su conciencia, que si bien distingue que no es lo mismo matar a un hombre que hacerlo con un animal quizá no establece sin embargo tal cesura en una situación de guerra desencadenada en la que resulta más que evidente que está en juego la vida, no sólo la familia, la propiedad y la fama, ya que la dignidad es una buena farsa urdida desde el principio: héroe de guerra, caballero mutilado, honrado ciudadano, buen padre de familia, veraz esposo, defensor de la ley y amante del orden, y le seguirá más allá de la tumba, hasta la imprevista memoria y la fabulosa identidad. Los buenos son corruptos, extorsionadores de sus vecinos, torturadores, asesinos de niños y mujeres, genocidas, abusadores, maltratadores, exterminadores de sus diferentes, y, sobre todo, falsarios, simuladores de unas virtudes de que carecen, embusteros: la causa última de todo lo que hacen es la lucha del bien contra el mal y la avala el altísimo, que ampara a los buenos y castiga a los malos, pero no el ferrocarril y todo lo que él simboliza, el atropello de todos los que difieren casi hasta en la naturaleza, pues son egoístas, salvajes y despiadados -amén de interesados, cínicos y codiciosos- para mayor gloria de los altruistas, civilizados y piadosos que han de recurrir a la legítima defensa para proteger a la sociedad de los indeseables como los pastores de los lobos. ¿Torturas? Es un criminal que mató a mi hermano. ¿Exterminio? Eran renegados, no cristianos de Jesucristo. ¿Sabotajes y extorsiones? Es la ley del mercado, que levanta a unos y derriba a otros. Y, sin embargo, el malo es el verdadero rostro de los buenos, incluso en algunas ocasiones su versión corregida y mejorada, el que les recuerda que han sobrepasado todos los límites y no pueden decir sin faltar a la verdad que son los mismos, pues ya todo son máscaras y las máscaras no sirven, no funcionan, no cubren el rostro que es como una espalda, no tapan las vergüenzas que son como sus ojos, el espejo del bien es la mirada del mal y la deformidad que él refleja no es más que una figura mal vista y peor entendida de la lucha por la vida que no siempre respeta la bella hipocresía imperante: lo real es la imagen de un asesino que no tiene reparos en matar sea a quien sea, pero -lo que es peor- destruye con su sola palabra la mentira que envuelve a los moralistas, lectores de un solo libro, para más desgracia el libro de los libros, y además atiende a la belleza, es un artista que dinamita la moral, de modo que quizá podrían encontrarse y reunirse ambos, homicidas de uno y otro pelaje, hombres de uno y otro lado de la frontera, en este solo punto. Casi, si no fuera porque cuando cruzan por una vez sus monólogos, cuando finalmente dialogan como amistosos enemigos que ya no guardan las formas, cada uno dispara sus balas por su boca y estalla el conflicto aplazado e inevitable que hay entre ellos, llega con el balazo que es cada palabra la muerte de hecho y bien de hecho, porque aún las cosas no empiezan ni terminan en los labios sino que pasan de la lengua a la mano, aún no están cortados los hombres en pedazos y las palabras hieren y curan, el lenguaje es poderoso y vive unido al cuerpo y al devenir de la vida, pues no ha intentado aún un reino propio en el que nacer y morir subido quizá a lo alto de la cabeza o rebajado tal vez a la altura de la nada: los bocazas mueren, pero no por nada, sino por bocazas, cuando callados estarían más guapos o al menos vivirían más tiempo del que viven, la ética y la estética cabalgan tan juntas como la vida y la muerte, la razón y la fuerza, el poder y el deseo. Pero ¿cómo resistirse a una idea tan soberbia como la de ser bueno, una identidad de la que poder sentirse con derecho orgulloso, aunque la cosa no sea completamente redonda y de una pieza sino frágil y quebradiza como una luna de cristal? Porque la verdad es un lenguaje más veloz y mortífero que las balas y, cuando sale de la garganta que lo dispara, el que lo recibe ya está moralmente muerto un poco antes de estarlo realmente, del todo y sin posibilidad de enmienda. Afortunadamente no es el caso de padre, que va a la muerte como el que sabe que el sacrificio de su vida es el precio a pagar por el rescate y la conservación de la de los demás y camina hacia su fin, junto al preso más singular que haya podido conocerse, impulsado por el deseo de salvar a su familia y ser digno del amor de su hijo como un dios valeroso y suicida al que la muerte elevará por encima de su estatura e incluso de su elevación, pues hay mucho de falsedad en su impetuosa e increíble hazaña y tanto de impostura en su valor insensato y mortal. Y, sin embargo, el padre ha dejado de ser nadie a ojos de todos para convertirse por primera vez en alguien respetable que incluso traspasará el umbral de la leyenda para hacer una vez más historia ficción: él es el hombre del tren de las tres y diez a Yuma, él, el pequeño actor de todos los días que ha probado a poner en escena todos los papeles y vestir con todos los ropajes del teatro de la moral sus acciones difíciles de explicar para que al fin no le sirva sino la verdad desnuda: es un tullido sin rastro alguno de heroicidad, mutilado en la retirada de una guerra fratricida por el descuido de uno de sus inferiores, que ha de mantenerlo en secreto con la consiguiente tortura para su alma creada quizá sobre el dolor y la ocultación, cuya revelación le valdrá, de acuerdo, ganarse la ayuda del prójimo más lejano que hubiera podido imaginar, la recompensa por haber realizado con éxito su trabajo y la gloria del héroe muerto en combate tras dura y sincera pelea. Para ser un ranchero impedido era difícil de tumbar -para el pistolero la vida y la muerte es como un juego de actualidad-, pero es que no estaba solo y, aunque no actuaba en banda, sin duda lo hacía a dúo, cosa que nadie diría y nadie deberá decir jamás: no han de quedar testigos de que el asesino pintor de su corazón, fallido un primer intento de escapar de las tinieblas por medio del amor, ha encontrado una salida para su vida podrida mientras poco a poco y como sin querer adquiría la costumbre de actuar con honradez gracias a su quizá único y sin duda más extraño amigo: ni con los buenos ni con los malos, unos por falsos y otros por representar su verdad, sino solo, pasando por mitad de unos y otros, dejándolos atrás, superándolos, cortándolos por enmedio, adelantándolos como quizá lo estuvieron siempre, alejándose tanto de la falsa espiritualidad y moralidad de unos como de la burda materialidad y animalidad de los otros, y persiguiendo la belleza, el conocimiento y la serenidad. ¿Quién es el mejor de todos? ¿Y el peor? Solamente él tiene el poder de aniquilar uno tras otro a los componentes de su banda pagándoles con el mismo miedo y terror que son sus credenciales, pero solamente él es capaz de conducirse a sí mismo a través de una lluvia de balas al tren que teóricamente le dejará a las puertas de la horca: él es, en fin, el único responsable de conservar el gran simulacro a rebosar de tópicos de los héroes del pueblo, aunque también de destruir en sentido contrario el de los buenos y los malos lleno de canallas pintarrajeados como rostros pálidos. Porque el padre ha vuelto y el hijo ocupa por fin el lugar del muerto: ahí os quedáis con vuestra comedia de hoy, el drama de mañana, montada la vida sobre la muerte, la supervivencia de la especie sobre la desaparición del individuo que de este modo asegura la transmisión de sus genes y la reproducción de las condiciones generales de su espacio y su tiempo; ven caballito, ven, escucha mi silbido y cabalguemos definitivamente hacia lo ignorado, lo otro, lo que aún no ha nacido, en busca quizá de otra hora y otro destino.

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