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¿Un loco, un criminal, un idiota?

¿Un loco, un criminal, un idiota? Posiblemente todas estas cosas y ninguna, pero sobre todo un activista de la unidad política, religiosa y cultural de Europa lograda a sangre y fuego; un antidemócrata que hace de la violencia y el terror los medios con que imponer su programa político de homogeneización y uniformización social europea a base de exterminar todo lo que difiere, porque es lo que le contraría, amenaza y revuelve: un acto de autodefensa de la civilización occidental cristiana en peligro de muerte a pesar de su superioridad moral y material sobre el resto --porque lo que según él corre un gravísimo riesgo de desaparición es el mismo Dios, el propio Hombre: el temor del rey, el pánico del obispo, el miedo del filósofo, reunidos en un solo hombre decidido a afrontar la amenaza como en los viejos tiempos. La aniquilación del diferente, ya sea de otra doctrina religiosa como de otra doctrina política: los que arruinan la identidad de Europa y los que permiten su ruina, los invasores de fuera y los traidores de dentro, unidos por un mismo odio y designio destructor de la sociedad. ¿Quién odia a quién, señores? Para él -¿él?- la muerte que suministra a los otros es una acción atroz pero necesaria de amor a los suyos: ahora bien, a pesar de lo que crea los suyos son cada vez menos, unos pocos matan como él y otros más hablan, porque unos hablan y otros actúan, quizá porque hace falta menos valor para el lenguaje que para la acción de la muerte programada en uno y otra. Europa es para este héroe trágico de lo uno, bueno y verdadero, la Europa pequeña y cerrada de los cristianos y los derechistas determinados a hacer todo lo que sea preciso por más terrible y apocalíptico que resulte: todo nos suena demasiado familiar, la violencia forzosa, el terror obligado, la identidad impuesta, la vida debida y ordenada. Los muertos son los malos, los matadores los buenos. Aquellos son las bajas de guerra de un hombre -porque es un hombre- que está aún en guerra contra un enemigo que no solo es el suyo. Posdata: respetad a quienes los cuerdos dañamos incluso cuando pretendemos sanarlos, porque no son los locos los que matan. Los que lo hacen militan en las filas de una política que no es capaz de solucionar con energía sus viejos problemas: entre otros, el de enterrar dignamente el pasado y, con él, todo tipo de anacronismos. Nuestro solitario y violento fascista, que no es desde luego de los tipos para los cuales la democracia consiste simplemente en unas elecciones para la dictadura, es un sólido resto del ayer en un hoy que aún no anuncia su mañana.

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