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El que no es esclavo es porque no quiere.

Cuando por lo social se menoscaba lo individual, o por lo general lo particular, y se interviene en nombre de lo público en el espacio privado con prohibiciones, restricciones y censuras sin cuento, se entra en un devenir o una deriva contra cada uno y contra todos de la que no se beneficia sino el grupo que ocupa el poder y lo emplea fundamentalmente para su mantenimiento por medio de la división, el enfrentamiento, la sumisión y el temor de la ciudadanía a las consecuencias de la determinación de su voluntad tomada a partir de este momento como causa de rebeldía: el individuo se lo tiene que pensar dos veces antes de actuar, porque la libertad se castiga. Se produce la reposición de la vieja escena de los buenos y los malos ciudadanos: los buenos son los que acatan al gobierno y sus leyes, los malos los que no lo hacen, de modo que la virtud ciudadana se halla una vez más en la defensa a ultranza de las autoridades, su inteligencia, justificación y en último caso excusa, pues el centro de gravedad se ha desplazado casi imperceptiblemente de la libertad a la autoridad. La libertad privada es una cosa de la que se vuelve a ocupar la autoridad pública en aras de la prosperidad e incluso la mera supervivencia de la sociedad, como en otras ocasiones se hizo en pro de la nación, la monarquía e incluso la democracia, pues la honestidad se repliega ante la necesidad del poder de proceder a su conservación a toda costa: el que no gobierna en libertad lo hará en su ausencia, porque aunque gobernar no sepa es lo que desea con todas sus fuerzas y energías. La política se torna o, mejor dicho, se recrea como la forma por excelencia de forzar, autorizar y reprimir al pueblo o al menos a aquella parte de él que se encarga de conservar la autonomía e integridad del conjunto, pues la parte a la que se hace pasar por la del pueblo consciente y responsable no es sino el segmento dependiente y vicario de un gobierno del todo que, acuciado por dificultades y problemas para cuya solución no se halla preparado, se preocupa sobre todo de sí mismo por medio de ganar todo el tiempo posible antes de sufrir la inminente caída, aunque también se podría gobernar de esta manera por un tiempo indefinido, pues un gobierno que se centra en lo social necesita tener autoridad para imponerse frente a otro que lo hace en lo individual y se concentra más bien en la libertad: en resumidas cuentas, se trata de mandar y nada más, con la resolución de hacerse obedecer sea como sea por supuesto. Todos los controles se refuerzan, pues ya se ha operado la transformación que no se asegurará sino a través de la creación de una población acobardada y dispuesta a asumir de buen grado los dictados de un gobierno que se convierte poco a poco de demócrata en autoritario montando sobre el arma de la dialéctica, esta herramienta cuyo beneficio siempre se le ha de brindar generosamente al pueblo: este beneficio, este resultado se llama en síntesis sumisión voluntaria, libre esclavitud, obediencia deseada. Y sin embargo el gobierno, el mando, el poder que se alza sobre la voluntad de los individuos en nombre de la comunidad, es decir, de la existencia de todos ellos en tanto que generalidad en la que se transciende la particularidad de cada uno, es demasiado particular: ¿acaso no pretende, tratándose de un grupo pequeño y cerrado sumido en sus propias contradicciones internas, representar la totalidad en la que se diluye cada una de las partes? Nadie se ha dado cuenta, quizá ni siquiera los que se hallan en él, pero el tiempo del gobierno universal ya se ha iniciado: se trata de un puñado de individuos provisto de las mejores intenciones y los peores resultados gracias a los cuales la vida de la humanidad se hallaría en sus manos y aún se le habría de agradecer que no hubiera que morir por él. Morir ni matar desde luego: si acaso un poco de lío, de bronca,  de revuelo o, en fin, de malos humos y cortos vuelos. El que no es esclavo es porque no quiere.

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