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Regular o no regular: ¿he ahí la cuestión?

La ley no puede impedir la locura, puede sancionarla pero no abortarla, de modo que la solución a la crisis de la economía no puede pasar por ponerla a esta última una camisa de fuerza: este es quizá un buen castigo, pero sin duda un falso remedio. Es precisa alguna otra medida para parecer un revolucionario y esta medida distinta no puede proceder de una psiquiatría más humana y moderna. Por otra parte, tampoco la locura puede controlarse a sí misma y hacerlo desde fuera ya hemos dicho que es en el mejor de los casos un esfuerzo bienintencionado, pero absurdo y vano: téngase en cuenta además que esta locura de la economía pasa por ser el motor de la sociedad, la riqueza y la prosperidad, prueba más que evidente, involuntaria pero evidente, de su demencia e insania. Y, sin embargo, es el motor, no cabe duda: un motor acelerado y loco que arrastra al vacío al vehículo, al conductor y al peatón al mismo tiempo, con la diferencia de que cuando no alcanza velocidades muy altas los destrozos que origina están dentro de los límites de unos riesgos razonables y asumibles al menos para la dirección general de tráfico. El bienestar de los muchos bien vale el precio del atropello de los pocos, pero si el motor funciona revolucionado -la revolución popular económica- a velocidades muy elevadas la situación económica cambia y el atropello de los más unido al bienestar de los menos genera el estallido de la crisis: qué porrazo el nuestro y qué motorazo el suyo. ¿Quién parará en seco sus revoluciones, quién devolverá el número de accidentes a unas cifras aceptables, de modo que todo vuelva a su ser y recupere su estado normal, sensato y cuerdo, además de feliz y afortunado? Pues no hay alternativa, no hay tal estado, nadie está tan loco, tan fuera de lugar, para plantearse siquiera el cambio de una máquina por otra, un cambio no programado, azaroso e incierto, y una máquina nueva o al menos diferente que hay que inventar y producir con su necesaria e imprescindible carga de lucidez y atrevimiento y su inevitable secuela de ensayos, pruebas y errores. Hay que elegir, no va a quedar más remedio: lo podríamos formular como la elección entre una locura u otra, es decir, la antieconomía -tradúzcase con precisión el término- o la economía que conocemos y sus grados y niveles mínimos y máximos de demencia que nadie en su sano juicio puede pretender regular. Regular o no regular no es la alternativa sino la última ilusión y el postrer servicio a una causa perdida que no deja de arrastrarse por los suelos como la verdadera divinidad de la tierra. Cuando el cielo es el dinero y este cae de pronto sobre las cabezas de los que al fin y al cabo, a pesar del adineramiento que han sufrido y gozado hace un momento, no son más que unos simples mortales, la tierra es un desierto en el que no sobreviven ni las ratas: estas han sido los primeros en precipitarse como un solo rebaño al agujero.

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