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Una decadencia áurea

Los sindicatos son unas organizaciones cultas y refinadas de alto valor simbólico: son en realidad de las pocas fuerzas que, pudiendo hacer todo lo que pueden, no lo hacen porque aman más la impotencia que el poder --una impotencia a la que llaman sentido de la responsabilidad. Los sindicalistas que los controlan son políticos y por tanto calculan las consecuencias de sus actos y, además, políticos conservadores -si es que una y otra cosa no son lo mismo-, pues desean conservar la política, evitar la revolución, asegurar lo viejo y no dar paso a lo nuevo: saben o al menos entienden que los medios son siempre los mismos y, en consecuencia, lo que diferencia a los políticos de los demás son los fines --en lo tocante a los sindicalistas el mantenimiento de la  organización general que corta y empaqueta los flujos en vez de dejarlos correr y actuar libremente a su marcha: fines buenos, diferentes, para medios inevitablemente indiferentes, malos. Hubo una vez un movimiento que luchaba y ganaba para ganar, que en el presente lucha y gana para perder, pues tiene puesta su victoria en la derrota y el fracaso es su única ley: ganar la batalla -en la que el batallador por principio pierde siempre-  para perder además la guerra, porque dar la batalla es ya un éxito sin parangón. Los sindicatos son organizaciones testimoniales, residuales, cívicas: representan una debilidad dorada, una decadencia áurea --la casa en ruinas de los ricos, el dominio en cueros de los poderosos. ¿Están domesticados? Son orgánicos --los obreros tienen patronos, políticos y sindicalistas: ¿cómo ganar en estas condiciones? ¿Cómo librar sus viejas luchas? Han de pasar por tantos organismos, que ya no les queda fuerza para nada: tal es el triunfo que les espera y la razón por la cual hay cada vez hay menos afiliación sindical --pues no hay mejor símbolo de su éxito. En suma, los sindicatos han nacido o al menos crecido para defender de los obreros a la vasta organización mundial --sus jefes, sin duda cada vez más capacitados y preparados, están abducidos por unos pocos terrestres y en su amor indudable hacia los suyos no cabe dejar de ver el paternalismo de estos pocos dirigentes que hacen su juego cada vez más encastados, más ensimismados, más envanecidos, más representativos de la nada y más encaramados sobre una representación prácticamente vacía: a unos y otros les acabarán votando sus familiares y amigos y seguirán ahí sin enterarse gran cosa. Ni siquiera que su poder no es suyo y bajo los cascotes no será el poder de la mano unida al brazo el que crujirá.

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