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Viudas negras y maridos solteros

Células malignas se esparcen por el mundo, no son de aquí ni allí pero en realidad nacen contra la vida en cualquier sitio y siembran la muerte hoy en este lugar y mañana en aquel otro; no se reproducen por sexo ni por amor, pero tienen todo el odio para germinar en cualquier suelo y componer una especie de cuerpo mortífero y letal cuyos efectos se sienten donde bulle la vida; nunca son las mismas, pero siempre son asesinas, y, aunque no obedecen a un centro en concreto, tampoco se limitan a actuar en la periferia: es difícil localizarlas en un solo punto del espacio, pues surgen al calor de la gente y se confunden con ella disfrazándose de células corrientes y anónimas; nada más lejos de la realidad que sean como cualesquiera otras, pues transportan una oculta carga de muerte que las diferencia de las de los simples mortales y sus quehaceres y ocupaciones de cada día, pues las malignas se dedican única y exclusivamente a la extraordinaria tarea de eliminar todo lo que se mueve: obviamente, tras su paso reina no sólo la muerte sino también una inmovilidad aún más dramática y estremecedora entre los sobrevivientes y también entre el público, pues en el vasto e ininterrumpido espectáculo que es en la actualidad el mundo se le dirige un mensaje que, escrito a sangre y fuego, advierte de la llegada del reino del terror y las sombras en el que habrían de prevalecer la inseguridad, la desconfianza y la sospecha. Lástima, quizá, que ignoren que las células sanas se comportan con la tradicional y saludable inconsciencia gracias a la que permanecen ajenas y extrañas al ánimo de muerte, el deseo de venganza y el espíritu de mortificación y castigo que enferma a las que descuidan su amor y arruinan su vida por nada y para nada, salvo para matar un puñado aleatorio de inocentes y llevar una vida de perros. Son viudas negras y maridos solteros que, como células sin núcleo y ramificadas en todas direcciones, se aíslan de la carne caliente y palpitante de los cuerpos sin número para lanzar contra ellos su carga terrorífica: es en este aciago día cuando sacan su billete y toman el metro para realizar allí, en un vagón u otro, su rabioso y sagrado trabajo en el que el único peligro que corren es el de no matar y no morir al mismo tiempo.

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