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Una energía fantasma

Los cementerios son espacios que se edifican donde los muertos, o sea, al lado de los vivos; pero a los muertos de los demás no los quiere nadie, se pasean por el mundo como fantasmas que no tienen un lugar en el que descansar en paz: la regla es que cada cual se ocupa de sus propios asuntos y los muertos son evidentemente un engorro con el que ningún extraño se las quiere ver. Si se trata de ser honestos, en cualquier caso la energía nuclear da vida a muchos; pero se diría que sus restos no pertenecen a nadie, serían como muertos de los que no se hubieran beneficiado en vida sus inexistentes deudos --los que los difuntos nunca habrían tenido, de los que se habrían de sentir necesariamente huérfanos, aunque afortunadamente para ellos ya no tendrían ocasión de comprobarlo pues se hallarían tan muertos como improductivos: en una palabra, la energía nuclear no tiene familia en una sociedad en la que sin embargo  la familia se erige un valor capital, y no la tiene al menos cuando se muere y ya no resulta útil a los que se quedan en este mundo de vivos llenos de ingratitud y frío que miran para otro lado: ¿yo? Yo no tengo nada que ver con el difunto; que no se me vincule a él por haber tenido alguna relación en el pasado; el cadáver no es mío: que se busque a sus hijos y, si no se los encuentra, indaguen por el lado de los padres. En definitiva, ya ha servido todo lo que tenía que servir, ya es hora de que alguien se lleve  al muerto lejos de nuestro hogar; no ignoramos por supuesto que en esta vida nada es gratuito y, si hay que pagar, se paga: la construcción de un cementerio de esta clase es una oportunidad que a los pobres no se les puede escapar de nuevo, pues son muchos los trenes a los que por este o aquel prejuicio no se suben y, por poner otro motivo por delante de su evolución, se quedan en la estación sin entender el progreso ni el hecho de que el precio a pagar por él sale de nuestros bolsillos y se escribe en euros y con seis ceros detrás. Todo sea por los restos que, ya se sabe, hay que enterrar con dignidad y cuidado; pues si se dejan por ahí tirados, pueden resultar tan radiactivos como la misma energía. La de los ricos cuyo cementerio se ha de instalar donde los pobres, que son unos tipos a los que siempre se puede encontrar a mano y, si no, cabe buscar un poco más allá: ¿acaso no podríamos hallar un buen terrenito en algún pequeño país miserable del vasto y remoto extranjero? A la energía nuclear no se le conocen familiares ni beneficiarios, de modo que podría definirse como la que nadie usa -una energía fantasma-, de padres prácticamente desconocidos e hijos lógicamente avergonzados, cuyos restos se subastan un tanto sombríamente como si contuvieran una muerte que en cualquier momento se podría escapar del cementerio para asesinar por la espalda a los que se hubieran quedado con la puja. Porque es aún la muerte, y no la vida, la que atemoriza a los hombres incluso si se trata de la extremadamente caliente energía nuclear que los consumidores utilizan con los ojos cerrados y los productores fabrican demasiado en silencio.

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