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La escuela al lado de la casa y de la calle

El autoritarismo no es la solución, pero es el problema al que seguimos agarrados como niños: no lo echaremos de nuestro lado desde luego con la aplicación de una concepción según la cual no hay diferencia entre el profesor y el alumno, porque es falso --tan falso y equivocado como que no la haya entre el patrón y el obrero o el político y el ciudadano y el tratamiento evidentemente interesado de tú a tú entre uno y otro sea distinto a un simulacro levantado con más o menos buena voluntad y sin duda con un fuerte culatazo, porque la hora de la verdad llega siempre y es cuando esta fatalidad reaparece producida por lo más inocente e insospechado cuando el profesor cae en la tentación de decir basta ya, un poco de disciplina, y lo que ha echado a perder con la palabra lo quiere recuperar con la porra: pero la una faltaba a su promesa y la otra sobra a su declaración de intenciones. --de igual modo que aquélla faltaría a su enunciado si la hubiera pronunciado el estudiante: venga, jefe, que usted y yo somos colegas. En consecuencia el restablecimiento de la autoridad no trae consigo sino la rebelión del alumnado, que también dice por su parte: no, yo de sumisión nada de nada, vaya usted a atropellar a quien usted ya sabe. Si quiere que volvamos a este trato, de acuerdo, pero que sea recíproco y no signifique sino que nos respetamos; y si mantenemos el tú, que sirva para que tampoco nos perdamos el respeto, que es un afecto que, como la admiración y el amor, no abole la diferencia sino al contrario: la necesita como el aire que respira, incluso si a veces hay viento en contra --pues tampoco hay que disparar contra los días malos. Toda la afirmación, todo el aprecio, todo el valor que cabe en la distancia es para muchos inaudito, pero no cabe sino en esta medida porque es realmente muy grande y reducir su espacio es disminuirlo y finalmente aplastarlo: cualquier aproximación que anule la desigualdad realmente existente entre dispares perjudica al que está más lejos del centro, sobre todo si ha llegado a creer que no existía una diferencia de jerarquía no sometida a ningún otro principio que el jerárquico entre el centro y la periferia, entre los dirigentes del centro y los dirigidos a sus clases y aulas --porque el edificio, incluso agrietado, continúa en pie. Si somos iguales o hemos de tener las mismas oportunidades, enterremos las viejas diferencias inmóviles y estáticas prestablecidas y veamos quién de verdad difiere: quizá no hay otro sistema de aprendizaje verificable. El colegueo es un parche bajo el que empeora la avería y la palabra del mecánico ya no obra el milagro: originalmente, la autoridad es una conquista de cada uno, no la facultad de imponerse que un espabilado concede a un bobo para que le conserve su poder, su sillón o su trono. Por lo demás, en el negocio de la enseñanza nada es gratuito y, sin embargo, no todo produce los resultados esperados: por ejemplo, la confusión es la falsa solución de una cortina de humo para un orden cuyo problema es que, con claridad, no funciona --porque el engaño no arregla a la verdad, que es una cosa incapaz de imponerse por sí sola sin causar aparentes males mayores, es decir, la necesidad e incluso la oportunidad de generar un sistema que le es completamente distinto. El problema de la escuela no es más que el reflejo del que tenemos en la casa y en la calle: el entendimiento y el ejercicio de la diferencia como fuente de negaciones y conflictos, su suplantación por figuras opuestas dotadas según unos de una inapreciable positividad, el profesor arriba y el alumno abajo incluso si ocupan un mismo plano físico desmentido por otro cultural y simbólico --pero nunca la diferencia como espacio neutral en el que no hay amos ni criados. ¿Acaso cabe mayor amistad que la que tiene lugar entre uno que enseña lo que sabe y otro que aprende lo que ignora y entre uno y otro alumbran la revolución? La escuela no como jaula de carceleros y presos sino como patio de adiestramiento de hombres libres que ejercen funciones distintas de una misma naturaleza colectiva: porque, en realidad, la escuela no hace otra cosa que crear libres o esclavos y hay que elegir entre unos u otros.

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1 comentario

javier -

la diciplina es como la moral algunos la tienen y otros simplemente no.

firma: lo mas codiciado del planeta
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