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Los humanotes

Los sosos han triunfado, los fofos reinan: todo en ellos es reacción y, además, reactiva, pues no hay en ellos nada activo, mucho menos sus reacciones, ya que de acciones que haya que considerar como tales carecen --carecen de acciones nacidas en sí mismos que no deban nada a nadie. Pero es que les va la vida en el intento, pues son incapaces de subsistir en un medio que ellos consideran cruel, o sea, fuerte, noble y activo: su fuerza es, evidentemente, el no ellos y no hay nada de particular en que entiendan que ellos o nosotros y el nosotros sea el no ellos --¿quién puede achacarles que para ellos sea una cuestión personal si solamente respiran en un ambiente que ellos llaman humano, o sea, blandengue, mullido y bobo? Es esta parte de la humanidad que no puede convivir con la otra, porque según ella su sola presencia le sume en la inhumanidad, la violencia y el odio, y la pobre no tiene más remedio que luchar, o sea reaccionar débil, vil y reactivamente: en realidad es el instinto de conservación, aunque más sutil, más refinado, más taimado, más culto, el que le lanza a la guerra --una guerra humana desde luego en la que los malos, o sea los inhumanos en cualquiera de sus manifestaciones, son siempre los otros. ¿Quiénes? Para el caso que nos ocupa y quizás en general los bravos --pero, tranquilos, los mansos han tomado cartas en el asunto y avanzan como una enorme quejumbre que no nos acusará sin a la vez salvarnos: nos señalan con el dedo y nos rescatan, incluso contra nuestra voluntad y desde luego en nuestra más fatal inocencia, de nuestra falta de cabeza y de corazón. De modo que no es una cuestión de catalanes o españoles, que es como en la actualidad algunos llaman a los castellanos, sino de todos los humanotes alzados en pacíficas y violentas armas que pueblan -y despueblan- la descuartizada e irrompible piel de toro y para los cuales su conservación pasa inevitablemente por la falta de conservación de los demás: es lógico que nos maten a todos de aburrimiento y, cuando ya no tengan a nadie contra el que reaccionar, o sea contra el que vivir, mueran de no poder aburrir a nadie más porque ya han agotado todas sus fuentes de energía. Será de norte a sur y de este a oeste un país sin toros, o sea sin lobos, pero lleno de ovejas, algún que otro carnero con el que escarmentar de vez en cuando al rebaño y pastores, muchos pastores, pastores por todas partes: pastores laicos que quizás hagan buenos a los religiosos, pues lo que unos no prohibieron lo harán sin duda los otros, a los que también aburrirán por ser los últimos, aunque remotos, parientes de los romanos: los pastores de los cuerpos enzarzados con los de las almas por ver quién domina más y mejor el negocio del aburrimiento. No cabe duda que, unos antes y otros después, todos descansaremos en paz: afortunadamente para ellos, nosotros seremos los últimos, claro.

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