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La traición de nuestros corazones

La vida no tiene sentido, pero gracias a la que le proporciona el arte se llena de vida, de libertad, de juego: descubre por medio de la salvaje inocencia del arte la roja y palpitante carne de que se halla hecha y con la que se nutre con cada profundo mordisco con que se saja y se renueva a sí misma, el pozo de armoniosa y feliz monotonía de todos los días que parecía vacío o de aguas quietas y calmas es un océano embravecido en el que se puede nadar no sin peligro sin atisbar el principio ni el final en unas horas de vacación casi olvidada intercaladas dentro de una dura jornada de obligaciones y compromisos, el hambre callada de acontecimientos y novedades con que se salpica el transcurrir ordinario de la vida se sacia más allá de todo lo esperado porque no tiene más que abrir la boca y gastar de su propio bocado, la dulce pasión adormecida tras la ventana es una inagotable mina de Oviedo que tanto más colma cuanto más se extrae de sus mismas entrañas el gozoso material de vida que la vacía y con cuyo explosivo vaciado se llena a la vez de vigor el atropellado caudal de nuestra sangre, el apetito alimentado a diario según la nueva costumbre alcanzada se abre de nuevo cada mañana a deseos que se creían satisfechos y regulados y no tienen más ley ni más satisfacción que abrirse y ser abiertos en sí mismos, la misma saciedad de una existencia resuelta y acomodada es una medida que se rebasa casi sin quererlo con cada pequeño pero irremediable chispazo que salta mientras se esté en contacto siquiera ocasional con la extravagante vida que llega a las puertas de casa, el afecto mantenido a resguardo del torbellino de sucesos que se levanta en el exterior se desborda sin cálculo como un río que amenaza con destrozar los cauces establecidos y hacer que ya nada vuelva a ser lo mismo que antes, la identidad tras la que se conoce al ciudadano es un edificio que se desploma como un castillo de naipes porque no se corresponde con la construcción ni la ingeniería del habitante que nada más salir a la calle se encuentra con una bomba en su interior envuelto en llamas, la personalidad oculta tras la máscara de cada dís que se identifica como su única y verdadera manifestación de siempre es en el fondo una naturaleza desconocida e indomable que no se casa más que con sus instintos y las verdades y razones con que no se les traiciona ni soborna, el conocimiento se revela de repente como una genuina experiencia de la ganga que se representaba veta y que incluso si no se tratase de una mera fachada ya no sería la única fuente legítima de energía material y moral para la vida, la estabilidad es una figura doméstica que se proyecta sobre un campo secreto de minas en el que las explosiones se suceden una tras otra mientras sus víctimas se echan a volar con cada voladura que estalla bajo sus pies más allá de la tibia y pobre farsa cotidiana, el arte del séptimo día de nuestra semana de seis e iguales se cuela entre las rendijas del artificio al que llamamos realidad como una aventura lanzada a la velocidad de una locomotora al mismo corazón de la ciudad en la que se conduce como la furia prisionera y arrebatada con que se iluminan poco a poco las socorridas y aburridísimas tinieblas, la criatura trasparente y equívoca de la política y la sociedad del lugar se libera de pronto de sus férreas y calidas amarras  sin que perezca por este motivo a la súbita y peligrosa reaparición de la libertad a causa de la cual casi se queda en el aire y sin duda sometida al azar de todos los azares, la realidad y la ficción se parecen definitivamente en que las dos son representaciones que operan con el mineral en bruto de la vida y se distinguen en que mientras una se dice mentirosa y variada la otra se pretende la verdad y aquello como lo natural y uno ante lo cual no queda sino aguantarse, la mentira del arte afecta a la vida en la que pasa que se nace y se muere y alguna verdad ha de tener incluso para nosotros, la mentira de la vida es hacer como que no ocurren los acontecimientos con que se nos mata o se nos alumbra de nuevo y toda su verdad ha de reducirse a cero, el arte es la revolución de la vida que se ha mostrado todavía bulliciosa y caliente en su fondo magmático que parecía apagado, la vida es en cambio la conservación de la energía que ya ha realizado su función de crear una forma para estabilizarse y se ha retirado a una posición que no debería volver a encenderse, pero todo es un disparate, todo lo que se origina ante nuestros ojos es tan disparatado como la vida misma, el sentido común que se quiere aplicar como fiel guía en medio de los encadenamientos fortuitos y casuales que a veces se confunden con una causa interna es una de las herramientas más estrambóticas y absurdas que se puedan utilizar como linterna en la exploración de la oscura y rápida mina de la existencia, el azar se desarrolla en una sola de sus múltiples combinaciones y su papel se halla confirmado hasta el infinito por el sencillo hecho de que su protagonista es el juego para el que las fronteras entre arte y política se difuminan al igual que las que se edifican día tras día entre realidad y ficción, el juego cruel e inocente se observa por doquier y hay que tomárselo en serio porque desde luego no es broma, pero es lo que es y se trata de no emparentarlo con nada parecido a la seriedad, la gravedad y la cicunspección, pues si con algún espíritu se relaciona es con el de la ligereza, la libertad y la superficialidad incluso en la reflexión y el pensamiento, y no es vía para perseguir la unidad, la identidad y la continuidad del ser, pues en él se brinca, varía y difiere, o se juega ahora aquí y luego allí, ahora con uno, luego con otro y después con otro más, todo depende de lo que uno desee y de cómo se presenten las cosas, del azar y de todos los movimientos, cambios y permanencias del día, pero siempre en la perspectiva del goce, la diversión y la vida, es decir, en el horizonte de la diferencia y la multiplicidad, porque ni uno es el único, bueno y verdadero, ni el otro se ha de identificar con él en este sentido, ya que en el juego no hay dios ni demonio que valga, se puede disfrutar y hacer disfrutar a los demás más o menos, pero nadie se puede quedar con los dados y no hay lugar en él ni para el espectador que mira cómo se divierten los jugadores ni para el ganador que hace que sus amigos se pierdan la partida que les pertenece con el mismo derecho a unos y otros, pues la distracción es la causa y el efecto del juego que pone a todos los seres sobre el verde en el que se les enseña quiénes son de verdad y que siempre hay un tercero y, sin embargo, no se rompe ninguna ley que establezca una relación de semejanza, paridad o fidelidad entre uno y otro, ya que todos juegan con todos y no se sabe de ninguna otra manera de ser la humanidad: lo que representa este tercero que se cruza invariablemente en la vida de la pareja no es un triángulo amoroso, sino la ineludible aparición de la diversidad e incluso de la vida que se puede dar en una forma sin número, en una geometría sin dibujo, es decir, la comuna sexual universal que no se puede imaginar ni representar por nada ni por nadie, pues se expresa de mil maneras diferentes, por ejemplo, de dos en dos cada vez pero desde uno que es muchos y juega con todos los que puede a lo largo del tiempo en que se extiende, en paralelo y horizontal, pero también en las mismas condiciones de tres en tres y con todas las variaciones posibles partiendo, sin embargo, de la situación privilegiada aunque equívoca del número dos, que se mantiene cada vez o sucesivamente y no modifica por ello la disparidad de la naturaleza en la que su matemática se inscribe, pero ¿y el mal, el daño?, el daño es no entender a pesar de todas las pruebas en su contra que no hay más vida ni más amor ni más felicidad que la que se genera en la libertad, la diferencia, la pluralidad y el no querer ser amo ni vasallo de nadie: el ansia de poder, el deseo de posesión y la ambición de propiedad como la verdadera limitación que encierra a los seres entre cuatro paredes ciertas y seguras en que sin duda se empequeñecen y esterilizan y, cuando se les arroja fuera, les arrastra a no abandonar jamás el círculo de hierro del dolor, la angustia, la obsesión, el sufrimiento, la pena, la preocupación, la falta e incluso la locura y el crimen, cuando no les deja simplemente colgados del vacío y la nada una vez que se han situado un poco más allá del círculo pero sin romperlo sino conservándolo a sus espaldas como el espacio al que nunca se ha de volver, la dura y confortable geometría en que se resume la frustración de nuestros días y la conservación de nuestras almas, la traición de nuestros corazones y el acomodo de nuestras cabezas, y de cuyo interior neutro y en hueco se borra físicamente el cómico viviente y actuante para el que el mundo se aparece carente de arte y ya nada tiene en él el sabor de lo diferente y genuino, pues en su lugar se ha instalado tras la experiencia terrible y maravillosa del juego y de la realidad y de la farsa el espíritu opuesto de la metafísica y la religión por el cual no se tiene gusto más que por el ideal único y solo de la belleza y el bien o el modelo entero y de una pieza de la verdad y la esencia tras el que se esconde la atracción irresistible por la muerte en la vida y la nada en la muerte, el más allá de un aquí y el siempre de un ahora que ya se dicen cero cuando el arte ya no es el verdadero otro mundo del nuestro y ni siquiera la vida es la otra vida de la que se nos resiste y escapa como una mujer obligada a elegir o puta o santa, o libertina o boba, o actriz o muerta, pero no exactamente de unos muertos a los que solamente los vivos pueden resucitar si los contemplan como unos señores que se hallan llenos de vida y les esperan con las manos abiertas y las páginas cerradas como pliegues de una piel que se estira y se encoge a voluntad del cliente, como el cuerpo a cuyo interior raudo y celérico se incorporan los mortales gracias a la proverbial generosidad y entrega de los difuntos cuyas líneas escritas nunca desaparecen del todo sino que se quedan en suspenso y al albur de los anhelos de vida disparatada aunque auténtica de los que simplemente sobreviven encerrados en un esquema en el que las cosas se hallan demasiado claras unas por un lado y otras por el que se supone su contrario: la realidad y el teatro, lo aventurado y lo cierto, el arte y la vida, el cine y la política, incluso lo vivo y lo muerto, pero se les rompen ante las propias narices en cuanto también ellos desean resucitar de algún modo de sus vidas olvidadas y oscuras y explorarse a sí mismos en sus minas ocultas e inolvidables a causa de un amor nunca perdido por la vida, pues en el cementero del que salen los inmortales subidos a su tren de cine en su recorrido de leyenda hay más vida que en los muertos en vida que tanto para su placer como para su desgracia no se pliegan sin embargo nunca del todo, os lo dice un mirón con una salud de muerte y una vida de película que habla todavía demasiado, demasiado.

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