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La vida o el simple hecho de la palabra

No existe el valor de la palabra donde se ha instalado la mentira, que consiste en que la palabra no se corresponde con los hechos, es puro en sí, se agota en sí misma y, sin embargo, la palabra se convierte en mero ejercicio e instrumento del poder, se dice por él y para él, y carece de la potencia en su verbo, su vientre es estéril, su seno liso y hueco. Ya no se sirve a sí misma, sirve al poder, que es mudo y sordo, y no se cree en lo que dice sino en el que tiene y que tiene el poder de utilizarla sin respeto a su contenido y vaciándola de su fuerza, privándola de su virtud y conduciéndola a su nada, que aún es peor que el silencio. Si dice amo no se lo cree nadie, pero tampoco si dice destruyo, en ningún caso tiene consecuencias, no se produce nada de nada, entra por un oído y sale por el otro, no se proyecta de la cabeza a la mano, no recorre el camino del cerebro al brazo, se pierde en el aire, se ahoga en el mar, atonta, no hace pensar más que en la mentira y añorar el silencio: ya no es más que el abuso del que se ha hecho con el poder de hablar y la impotencia de los que la oyen como oyen llover o tronar, el privilegio de uno y el menoscabo de los otros. No se cree en la palabra porque ha extraviado su verdad, su entidad y su fatalidad, el hecho que se sigue de decirla, el hecho en bruto que en sí misma es, y cuanto más se la repite más sufre su capacidad de obrar en la vida y en lo que la vida tiene de simple hecho de la palabra, hasta el punto de que se transforma en una cáscara vacía, un fruto huero, una semilla inerte que ya no funciona en su campo de acción porque se le ha transplantado al pedregal del poder donde todo lo que se dice es mentira, mentira de poder, hecho de nada. En cambio se cree de manera aterrada y terrorífica, o quizá sin sensibilidad de ningún tipo, en la realidad soberana y absoluta del que tiene el poder de hablar y el de silenciar, porque se cree a pies juntillas que hay poder, que hay quizá tiranía democrática, popular y legítima, de la que se puede esperar el bien para unos y el mal para otros y hasta que cambien las tornas. Corear lo que dice el bocón del poder, seguir el juego de la mentira, más allá de todo cansancio y hastío, porque el poder no tiene palabra y sin embargo se le oye hablar y hablar sin cesar, mentir y mentir de cualquier modo, decir y no callar en absoluto que no es mudo sino además verdadero y no se arroja sobre el oyente como un chorro de palabras que estropea los oídos y cierra las bocas: el pueblo eco y vacío, el pueblo tormenta y silencioso, el pueblo en estruendo y rebeldía.

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