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Cada ciudadano es un hombre de Estado

Como todo el mundo sabe, el Dalai Lama es un peligroso comunista que amenaza el orden internacional, pero la democracia resiste el salvaje ataque con el que las hordas anticapitalistas que el muy hipócrita encabeza con engaño pretenden derribar el último baluarte asiático de la civilización occidental: hordas desgraciadamente confundidas ya con el mismo pueblo tibetano, presa a la vez que cómplice de un oscuro movimiento revolucionario de alcance mundial que no puede acabar sino en un baño de sangre no deseado por las autoridades, pero impuesto por las circunstancias, pues todos los medios son pocos a la hora de atajar esta bárbara agresión contra la libertad. La subversión no descansa y, disfrazada esta vez bajo los ropajes de la más alta espiritualidad, ataca sus viejos objetivos de siempre: la paz pública, la propiedad privada, el progreso económico, el bienestar social, la estabilidad institucional y la representación política. Pretende provocar el caos y originar un conflicto de consecuencias incalculables para la humanidad y, sin embargo, si somos capaces de descubrirla y desenmascararla, esta mísera banda de delincuentes desalmados, bolcheviques o maoístas lo mismo da, no causará más que un pequeño problema local como el que ahora afrontamos: un brote de anarquía al lado de nuestro gran aliado natural en la gobernabilidad de un mundo cada vez más inestable e inseguro necesitado, por la misma razón, de enormes dosis de responsabilidad, es decir, de estatalidad por parte de todos. Los nuevos rojos -pues sus túnicas son de este color- no saldrán jamás del Tíbet y el mundo podrá dormir tranquilo una vez más. La información sobre lo que sucede en aquel agujero en el que nos jugamos la democracia y la prosperidad no necesita lo más mínimo ser controlada por el poder, pues hay un hombre de Estado no sólo en cada periodista sino también en cada ciudadano: ya no somos súbditos de ninguna tiranía cercana ni remota, sino los nuevos monarcas que han de velar cada uno y todos juntos a la vez por el bien del Estado universal y una legalidad que es la que nos diferencia y separa de la barbarie de aquí y allá. No a las hordas rojas tibetanas, sí al respeto a la China democrática, pacífica y feliz. Amén.

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