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Una filípica más o sobre la razón de establo

Él debería saber mejor que nadie quién es él, porque todos lo sobrentienden o intuyen aunque él juega a ser otro, el joven líder que soñaba con la libertad en vez del gran hombre de Estado que no puede escapar y quizá ni siquiera quiere de este hecho definitivo en su vida: natural que, a pesar de su aparente seguridad y aplomo, tenga dudas. La seguridad y aplomo son los del estadista, pero las dudas son las del muchacho que fue y quizá es aún en su memoria: desde luego, habría que ser hombre de Estado de la cuna a la sepultura, pero la democracia vale más por lo que evita que por lo que logra. Posiblemente él lo sabe como también sospecha que pocos le quieren, algunos todavía le temen, y la mayoría siente hacia él una curiosidad irresistible: podría ser para él una pesadilla, pero no es el caso, pues le basta con su comprensión, generosidad y hasta complacencia para consigo. De ser preciso, la conciencia la salva con las acciones no ejecutadas y las dudas quizá las tiene para que le digamos que adoptó la decisión correcta y no dio la orden que no debía: volar cúpulas no es bonito, puede ser revolucionario pero no bonito, y lo que no hizo de joven no lo debía hacer de adulto. La gobernanza exige unos sacrificios sin cuento, pero mejor no hacerlo para no contarlo, pues si lo hacemos y no lo decimos siempre habrá alguien que nos señale con el dedo o nos mire de aquella manera por la que encontremos en su mirada el viejo temor al criminal de turno y nos confunda con quien no queremos: un hombre de Estado libre y suelto, pero con las manos manchadas de sangre, demasiado resuelto para lo que prometía, no utilizar nunca el atajo sino única y exclusivamente el camino largo y recto, el buen camino. ¿Qué dudas puede tener aún? El chico es listo, le dirían aún sus mayores a fin de ayudarle a que las despejara de una vez por todas, incluso sabe hablar con las tripas sin perder la compostura, rechaza que en su casa nadie le imponga reglas aunque aún pretende que las suyas rijan en casa de los demás, vende crecepelo -siempre su preocupación casi obsesiva por los calvos- como pocos en su oficio, y además carece de la ambición de militar entre los que le pueden y le pudieron siempre, pues le sobra con realizar su viejo sueño de poder a quien le pudo y lograr que haga por fin lo que su poder quiere: someterse a lo que él llama con su habitual gracejo sus ideas, que quizá no son más que las secreciones de su crónico malestar juvenil y la inmutable pasión dominante de su vida. Las dudas le asaltan, nos confiesa, pero no las hay de que hundirse en la bosta hasta más arriba del cuello lo habría dejado todo limpio como una patena y, sin embargo, el vaquero no cuidó hasta las últimas consecuencias el ganado: no estuvo al parecer dispuesto a salir de la vaquería cubierto de mierda hasta la cabeza, no osó decir yo volé la cúpula y salvé los cielos, y en vez de peor fue tan sólo malo. Dudas, dice. La razón de establo le asista.

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