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Vivo en un vídeo clip

Michael Jackson no ha muerto; lo hizo a una edad indefinida hace casi medio siglo y esta primera muerte fue premonitoria de lo que luego sería su vida: la muerte a través de la cual nacería de verdad a una nueva vida y sería en cierto modo el verdadero padre de sí mismo, fuera cual fuese el resultado siempre incierto de su amor con la mujer que él también era y no tenía nada que ver con el tipo de sexualidad que prefería; fue mujer para ser engendrado y parir en él mismo como una nueva naturaleza casi inaudita. Un Michael Jackson es desde entonces un ser virtual carente de sexo, edad, color, salud e incluso vida, que ha de entregar su existencia a la pira de la virtualidad en la que enciende su máscara, o sea, su persona: la base de todas sus operaciones, el material primario a partir del cual elabora todas sus transformaciones, en especial la que hace de él un ser de otra dimensión, no tanto un artista como a través del arte de la música y el baile que a él lo llena un brillante y espectacular muñeco de cuerda de la nueva era tecnológica subsidiario de la humanidad que es su carne como para un fabricante de hamburguesas también lo sería. Pero no hay nada vulgar en un ser de la virtualidad de Michael Jackson, pues a pesar de ser perseguido por la típica basura que muchos de los tipos virtualmente inconscientes que dominan por mayoría la realidad arrojan a la cola de las estrellas divergentes como su al parecer ineludible carga de destino el único Michael Jackson real, vivo y existente es un cristal frágil, pero irrompible, al que la oscuridad repentina de la muerte le devuelve el valor de la extraordinaria luz que refleja a través de su vida forjada en el reino del mayor espectáculo del mundo del que fue cliente, cobaya y rey, y que abarcó en cuerpo y alma toda su existencia, pues no hubo en él separación entre lo físico y lo psíquico, lo público y lo privado, lo real y lo imaginario. Extraño juego de relevos el que al final tuvo lugar entre la negritud y la blancura o los polos opuestos confundidos y alternándose sin solución de continuidad alguna: una imagen que quiso ser por completo realidad y una realidad que no pudo ser del todo imagen, y la misma naturaleza de fondo lograda a través de la muerte virtual y la vida real de un ex humano que al parecer fue un hombre bueno, quizás un poco más sensible o tal vez un poco más inteligente que el resto, pero un hombre bueno como tantos otros que sin embargo vivió y murió como muy pocos de ellos. Ah, y lo olvidaba: cantaba como un ángel negro, bailaba como un demonio blanco, y aún hace ambas cosas como nadie. Porque Michael Jackson no ha muerto; vive en el mismo vídeo clip en que ha vivido siempre.

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