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¿Volverá la guerra fría?

Los días de la autoridad han terminado, la ley yace en el suelo golpeada por unos y por otros como una pelota de goma o una cabeza de corcho que no sintiera nada: ha sonado la hora que nunca dejó de sonar de la fuerza, la decisión y el deseo, que no siempre caminan necesariamente de la mano de la astucia, la audacia y la valentía, porque en esta hora hasta la muerte será como el comer, el trabajar o el dormir. No habrá paz pero tampoco guerra: paz, porque no hay uno que pueda imponerse a los demás, y guerra, porque hay muchos que pueden eliminar a los otros. La guerra volverá a ser lo que es y lo parecerá de nuevo: un conflicto en el que la muerte es una eventualidad de una vida arriesgada y peligrosa corrida al azar de los acontecimientos a cada cual más incontrolable e incluso intempestivo. La paz será local, al igual que las guerras, que serán breves, intensas y calientes: la guerra fría descansó en un equívoco, la confusión de la guerra con el crimen provocado por el odio, una excrecencia de la política, este reino de los indecentes, que servía a la sumisión de la población y del mundo por el miedo. Y habrá crímenes: individuales y colectivos, generales y particulares, que obedecerán a la política y de los que la política debería responder una vez al menos: no hay que olvidar que el reino de los indecentes es también el de los criminales, pero tampoco que la sombra del holocausto fue quizá la mayor indecencia de los políticos y al parecer pretende volver a cubrir el cielo y suplantar en él sus días y sus noches, sus tormentas y sus brillos. ¿Soportará una vez más el mundo este falso y desdichado juego de la política, una actividad a la que a pesar de todo hace posible la guerra y su hambre de victoria y su saciedad de muerte? Porque los políticos han cambiado no sólo la guerra sino también la política y, en estas condiciones, es tan sólo el terrorista el que les da su cabal medida, y en cierto modo es también él su prueba de fuego: de criminal a criminal o de guerrero a guerrero. En realidad la guerra es tan distinta a todo, que no hay un modelo al que remitirla, porque es el original del que surgen las mil copias diferentes que no la encierran en el molde de una serie de fenómenos idénticos por las que la reconoceríamos de una vez por todas.

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