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El último nazi

Descubierto en Austria el último nazi sobreviviente al régimen que tantas energías invirtió en la formación de los extranjeros: el que ha sido unánimemente considerado por la prensa una bestia, un monstruo, una alimaña, cuando no incluso -ayudada por psicólogos y psiquiatras- un psicópata, es simplemente un hombre, según él todo un hombre, que sin embargo no ha tenido nunca en la vida ni mujer ni hijos ni nietos, sencillamente porque los convirtió desde un principio -y por principio- a todos en esclavos. ¿Acaso no eran suyos tanto los que nacieron libres como los que lo hicieron en cautividad? Tuvo que crear a los primeros con un esfuerzo formidable y espantoso, pero los segundos ya le vinieron dados, hechos, fabricados -este significado es quizá el único que en realidad tiene lo dado-: no hay trabajo que no tenga recompensa, e incluso disponemos ya del prefabricado, maravilla de la ciencia y la técnica. Pero hay un problema: el bueno del nazi creía ser un señor, pero le disgustaba sobremanera el trato entre iguales y entendía la señoría como la facultad y la capacidad absolutamente legítimas e incluso legales de crear esclavos incluso entre los suyos, por si acaso, no fuera a ser que hubiera de castigarlos por ejercer mal, o sea, contra él, contra la autoridad, la libertad que necesariamente habrían de emplear bien en el encierro. Bien, es decir, con obediencia, acato y sumisión a la superioridad: ¿acaso no vive el esclavo porque lo permite el señor y no ejecuta sobre él el derecho de vida y muerte que le es propio y casi natural? Es más: conducirlos al interior de un mundo pequeño y cerrado del que les resultaba literalmente imposible escapar, era la mejor manera de librarles de males mayores verdaderamente indeseables tanto para los hombres como para su dios, que esta vez es un hombre, y qué hombre. Uno que no ha conocido nunca en su vida a otro igual: tan sólo inferiores, menores que él pero por él producidos, pues mayores que él, o sea, dueños de sí mismos y respetuosos, admiradores y amantes de la libertad, de la auténtica señoría de cada cual, no los quería ver ni en pintura. Buscaba la desigualdad, sí, pero bajo la forma de la inferioridad, del dominio sobre los otros, del poder, en fin, sobre quienes inevitablemente eran inferiores y estaban sometidos a él: un extraño señor, un señor a la inversa --el austriaco no tenía relaciones, y relaciones íntimas, sumamente particulares, más que con los esclavos de un poder que por lo demás es bastante común entre los ricos ciudadanos occidentales. De este modo nunca aseguró el amor ni la amistad, pero tuvo sus pocas y básicas necesidades cubiertas y garantizadas: la que es síntesis y resumen de todas es la sensación de poder físico y real, único y total, sobre un entorno constituido por sus propias criaturas. Un creador, lo dicho, aunque por supuesto sin igual en el mundo --pues ya apenas quedan, ¿no?

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