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Un ser único y absoluto

La ley se basa en la suposición de la existencia de un sujeto libre y soberano, responsable y consciente: el derecho al aborto se inscribe en esta suposición capital y se dirige a una mujer, la mujer, poseedora de estas características. Pero también se mantienen suposiciones menos modernas, más tradicionales y podríamos decir clásicas, constantes: por ejemplo, la pertenencia del hijo a la madre, el dominio de la mujer sobre su propio vientre --una responsabilidad antigua, casi eterna, que se extiende a la decisión del parto: una propiedad específicamente femenina. La mujer se asegura de este modo sus propios hijos, el deseo, la voluntad y la libertad: es decir, que no se trate tan sólo de una reproductora, ni siquiera de una criadora, y se encuentre en cambio implicada en todo el proceso del principio hasta el fin --porque se trata de ser madre de verdad... o de no serlo de ningún modo: de no ser madre a la fuerza, por obligación, de mentira. Se podría decir que se buscan madres entre las señoras, no entre las esclavas. Una vez que se satisface esta necesidad y la mujer se ve ya con su propia prole, de tal manera que ya no se podría acoger a la idea de que se trata de los hijos del hombre, se puede analizar aquella suposición, establecer ciertas garantías por si no se da lo que se supone, y deducir que, a veces, si no siempre, tanto en el alumbramiento como en el aborto se observa única y exclusivamente una frivolidad, un capricho, una ligereza y, en cualquier caso, una obviedad: se tiene hijos porque se quiere tenerlos y no se los tiene porque no se quiere. Ciertamente, se debería saber lo que se hace y también lo que se desea, tal y como se deriva de la suposición fundamental sobre la que se erige la ley, pero en la realidad se ve de todo y, a veces, si no siempre -se trata de repetirlo, sin duda-, el sujeto sobre el que se legisla, del que invariablemente se desea su existencia y sin embargo se teme su inexistir o al menos su existir discontinuo, accidentado y problemático, se halla en manos de sus impulsos, sus alteraciones pero también sus fijezas: las ficciones, sin embargo, se realizan con un promedio de acierto relativamente aceptable, de modo que la suposición se da por buena. No se debería preñar a ninguna estúpida, pero el deseo se halla en todas partes: el de tener un hijo a los sesenta años, el de abortar a los seis meses de embarazo. ¿Cuál se supone que debe ser la actuación de la ley? En el lugar del sujeto se halla a veces una copia del omnipotente, un ser único y absoluto y, esta vez, humano, incluso femenino, que se quiere, como aquél sobre el que se calla, el legislador bajo su propio y soberano ímpetu. 

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