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Erase una vez...

Érase una vez una mujer que se odiaba a sí misma, al menos los senos de que le hubo dotado la naturaleza, pues al parecer no se sentía tan extraña con su vagina, ya que, como veremos más tarde, se supone que la conservó junto a todo su aparato de reproducción: digamos que se detestaba en parte o, para ser más positivos y quizás exactos, se sentía hombre cuyo mecanismo es desde luego más simple que el de la mujer y, si bien se puede ser con relativa facilidad hombre de una pieza, para ser mujer necesitamos al menos dos. El caso es que, detestándose mujer en una parte o deseándose hombre casi en su totalidad, se privó de los senos, mantuvo la vagina, se hormonó, crió bigote y barba y se hizo varón: varón, como luego comprobaremos, casi de cuerpo entero: sus problemas de identidad frente al espejo desaparecieron, no por arte de magia, sino por ciencia que se ocupa, por más increíble o polémico que resulte, de los problemas de la realidad. Hasta aquí se puede decir que todo es normal: un hombre que se hallaba encerrado en un cuerpo de mujer estalla como una mariposa surgida de su crisálida, pero al revés, pues las mariposas masculinas no acostumbran a protagonizar tal vuelo, más bien se afanan en no salir de su cascarón en pos de la hembra que sin duda no son. Lo hasta cierto punto anormal, si se nos permite esta calificación, sucedió después, pero en todo momento se ha de tener muy presente que no se trató de una mujer aunque como tal alumbrara y pariera, sino de un hombre fecundado, embarazado y con altas probabilidades de dar a luz a un precioso cachorro de él y su pareja y, quizá, un varón que aportó, con o sin amor, su virilidad: porque, en efecto, el hombre que se empeñó con todas sus fuerzas en surgir del cuerpo de mujer que lo aprisionaba sintió de pronto unos enormes deseos de saborear las mieles de la paternidad y, sin demora ni mucho menos cese, decidió ponerse manos a la ingente labor: como no podía embarazar a su mujer, se embarazó a él mismo, por supuesto con ayuda externa, pues aún no se ha logrado un hermafroditismo quizá deseable en estos casos, y al cabo de nueve meses de gestación parió a un hermoso niño del que se sintió feliz y orgulloso papá. Tan extraordinario como este suceso, que dada la complejidad del caso no podía ocurrir de otra manera, fue que la mamá no se pasó los nueve meses de rigor con la criatura en su seno y, sin embargo, aunque más libre y descansada fue mamá y mujer de verdad: el papá también lo fue en los mismos términos, pero con la particularidad de tratarse del primer hombre conocido de la historia, pues de la prehistoria casi se ignora todo, que realmente parió. A partir de este insólito pero actualísimo hecho ya se puede exclamar con acierto y razón: ¡el padre que te parió, chaval!

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