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Cállate tú, para que hable él

El ex presidente de los españoles es un fascista, un criminal y un militarista, pero lo es en casa; porque en el extranjero, incluso en el que fuera nuestra casa, es el ex presidente de los españoles: ya no es quien es -o quien algunos dicen-, sino lo que es. Y es lo que es, y no quien es, como todos los que asisten a la cumbre: jefes de Estado y presidentes de gobierno que, por arte de magia de la figuración, no son quienes son sino lo que son, lo que dice el título: la cima de Iberoamérica. ¿Pero no habrá nada debajo de sus cargos?  Debería haber tipos -o puros lenguajes- que hablasen -por escrupuloso orden- del ser, o sea, de todo lo que es -en política, economía, historia, sociedad-, cosa que resultaría muy parecida a hablar desde el no ser o incluso no hablar de ningún modo: en este sentido no hablar es la mejor manera de ocultar quién es quién, seamos mucho, poco o nada; pero hay quien habla demasiado -¿quizá porque es él mismo demasiado?-, incluso no permite que hablen los demás, y pasa lo que pasa: cada cual debe salir de su escondrijo, abandonar por un momento los papeles de la representación, y mostrar quién es. Cállate, que eres un charlatán que no deja hablar a nadie; y ya tenemos por lo menos a un charlatán entre tantos tipos correctos y bien hablados que simulan perfectamente ser lo que es en vez de quienes son: ¿es el único -el único quién- que tenemos? Al menos tenemos otros dos más: el que no habla porque le interrumpen en su turno de palabra -le podríamos llamar el silenciado- y el que manda o parece mandar callar al que interrumpe al otro -el silenciador le podríamos decir-; de modo que ya no tenemos simples, aunque encumbrados, jefes de Estado y presidentes de gobierno, sino un charlatán, un acallado y un callador. Ya nada es lo que es, pero la función ha de continuar y, para que continúe, la diplomacia ha de intentar restaurar la paz de los cementerios del ser: ¿cómo lograr, sin embargo, que el jefe de Estado de los venezolanos deje de ser quien es? El presidente de los españoles es fácil que vuelva a ser el que es -prácticamente no lo ha dejado de ser nunca-, y el jefe de Estado español apenas lo deja de ser de vez en cuando, pues tiene muchos años de actuación en el teatro de la invisibilidad y la desaparición: muy pocos españoles saben quién es quién en España, pero seguramente hay muchos venezolanos que no ignoran quién es su presidente -e incluso quiénes no son ya sus adversarios, porque literalmente ya no son nada-, y el presidente no tiene más que subordinados por las buenas o por las malas, los más de los primeros en casa y los más de los segundos en casa y en el extranjero a la vez. ¿En qué acabará esta ruptura de las formas de la representación, esta figuración rasgada? El segundo plano ha tomado al primero, la tramoya ha subido al escenario, el quién ha ganado al qué: el charlatán está dolido -realmente es un dolido, pues ha vivido y sufrido en sus carnes nada más y nada menos que cinco siglos de vergüenza, los años que ha cumplido su estirpe, el linaje de su resentimiento-, quizá porque siente la amenaza de dejar de ser quien es -un caudillo de lengua larga adorado por un pueblo que le ríe las gracias, pero no le perdonaría que dejase sin respuesta a quien le afea las charlas.-, gracias a lo cual ha conseguido ser, de entre todos los suyos, el que más es: el uno, el jefe, el todo -pero no un jefe de Estado cualquiera-, y pide reparar su honra, lavar su ofensa, restañar su herida: amenaza, a su vez, con tomar represalias contra los otros que viven -aún- en su territorio.  ¿Qué hacer para que el teatro vuelva a funcionar, es decir, para que todo vuelva a su ser? Es una tarea hercúlea y muy poco agradecida intentar volver invisibles a los dictadores aupados por el pueblo; su ego es infinitamente más grande que el de los jefes de Estado y presidentes de gobierno comunes y corrientes cuya vanidad está continuamente sometida a prueba: la democracia es un mero procedimiento político de elección de tiranos cuando le es extirpida la facultad de crítica y la eficacia de su fuerza y su poder (lección para españoles, pues los venezolanos ya la han tomado a la fuerza: cuando decimos que el que no está en contra de la guerra es un asesino -y el que está a favor de los derechos de los terroristas es un criminal, y el que no está en contra de la pornografía es un pervertido, y el que está a favor de las drogas es un inmoral-, estamos iniciando un movimiento irracional violento de palabra y de obra -que puede ocasionar y de hecho ocasiona muertos civiles e incluso reales-, una dialéctica del odio personal y la muerte política del otro, del que difiere, construida necesariamente sobre las ruinas y los escombros de todo lo que conocemos por pensamiento y debate: la negación del adversario o, simplemente, del diferente ocupa entonces el centro de la escena. Pero, aún más, el diferente muda en enemigo: y ¿qué hacemos habitualmente con el enemigo? Gracias a esta odiosa y mortífera dialéctica, gracias a este falso movimiento de la libertad, vuelven de nuevo al escenario los malos, los inhumanos, los agresivos, los que no tienen corazón, los que son como las fieras: porque, efectivamente, todo ocurre en nombre de la humanidad. Una moral violentísima aguarda a la vuelta de la esquina: la representación pública ha de purificarse, si el poder no sufre una depuración no es tanto porque no quiere como porque no puede).

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