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Quién pastor, quién oveja y quién lobo

Los mejores esfuerzos realizados en el ámbito de la religión han sido los protagonizados por los religiosos que pretendían introducir un poco de razón y cordura -humanidad lo llamaban- en un terreno abonado a la ignorancia, la superstición, la locura y, muchas veces, el crimen cometido con motivo de un ejercicio esclavizador y tiránico del poder al que llamaban cristiandad: o cuando el disparate y el desatino sirven a los apetitos de todo tipo de unos hombres que quieren ser, contra todos y contra todo, los únicos y los sumos (los otros han de desaparecer si no les obedecen, y los demás obedecerles si no queren desaparecer). Los racionalistas de la religión, nombre que les da la tradición, señalaban, por ejemplo, el error de confundir el amor a Dios con el rechazo a los hombres y la manera de corregirlo, pero apartar a la religión del inmenso error de asociarse con la muerte no era una mera cuestión de sabiduría: la religión, que habla de Dios y de su amor a la humanidad y sus mejores hombres nos lo recuerdan (el mundo para los hombres y Dios para quien lo quiera), es una fuerza que amenaza la libertad e incluso la vida de los suyos y de los ajenos, pues en este campo no existe la neutralidad: o racional o religioso, o sumiso o condenado --pero, como va dirigida al rebaño, la religión solamente amenaza a los lobos: de error en error, sin explicaciones, es el error el que la salva y la protege (el que está en posesión de la verdad puede justificar todos los crímenes perpetrados en nombre de un bien superior). Y es que el pastor puede errar, pero tiene el cayado y, mientras lo tenga, también tiene junto a él el poder de decidir quién es pastor, quién oveja y quién lobo: el que ama a Dios sobre todas las cosas, el que sigue a pies juntillas a quien lo ama incluso en contra de sus hermanos y el que es distinto y, por tanto, susceptible de ser tachado de enemigo de la religión: ni siquiera de una de ellas sino de la única de todas, porque religión no hay más que una como poderoso no hay más que otro, es decir, el mismo. Al racionalista le pierde la religión o, más bien, le perdía, pero era inevitable, pues fuera de Dios, y más allá del miedo y terror a sus semejantes, no encontraba el movimiento de la tierra sino el hundimiento de su yo, su conciencia y su vida en las arenas movedizas que entonces eran para él el mundo. Los religiosos, unos y otros, no tienen pies para correr ni piernas para brincar -es demoníaco, o sea, su propia construcción ideal les impide vislumbrar una salida-, sino cuerpo para que los trague por su propio peso la tierra.  

1 comentario

raul -

muy bueno, mucho mucho.
me gustaria k le echaras un vistazo a mi ultimo post, de paso y si te interesa, ahora no recuerdo como se llama pero si cae en tus manos el relato del k hablo en mi post, k forma parte de un libro con mas relatos k no recuerdo el nombre :( creo k te gustaria mucho.
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